El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

viernes, 29 de abril de 2016

EL DESCUBRIMIENTO MARAVILLOSO.




  







-Si la creatividad del ser humano surge de su conocimiento, ¿cuánto le queda por aprender? - Preguntaron las palabras -. Desde que posee memoria, su conocimiento sólo alcanza a mover la materia inanimada bajo su estricto control y supervisación, lo cual le impide despegar de su mundo para rebasar nuevas fronteras y dimensiones. 
¿Es posible que la creación sea la realización del conocimiento y que en él se contenga el principio y el final de la existencia? Si es así, ¿podría el ser humano haber resultado de algo aún más complejo que la pura casualidad de factores concadenados? ¿Podría su existencia responder a un esquema creativo del que forma parte y al que contribuye inconsciente, incrédulo en la seguridad de su autonomía?




- Miré mi piel mientras el agua resbalaba sobre ella transportando la espuma y descubrí la maravilla - reveló el sentir - . Ninguna de las creaciones humanas se acercaba a su perfección. Comprendí que el conocimiento era el germen del cultivo de la vida, y que sólo la falta de fe en su corta consciencia apartaba al ser humano de su objetivo: expansionar la existencia. Su temor a las transformaciones y el apego al tiempo material evitaba una evolución mayor de su desarrollo creativo; por centrar todas sus energías en conservar la llama vital que contiene, en vez de utilizarlas para descubrir y conquistar nuevas dimensiones.





  


  

miércoles, 20 de abril de 2016

LA LUCHA IMPRESCINDIBLE.











Despertó de sus sueños de niño y vio el mundo convertido en campo de batalla, y a los hombres librar lucha sin cuartel en una guerra interminable contra ellos mismos por sus sentimientos y pasiones, entregando al combate lo mejor y lo peor de sus condiciones.



Cerró los ojos espantado y trató de refugiarse en sí mismo, pues no quería luchar, pero sólo fuego encontró en su alma. La misma llama que había prendido en la ilusión de su niñez y que sobrevivía arrinconada en lo más profundo de su ser dispuesta a no extinguirse, empeñada en sobrevivir al avatar de la decepción. Sólo contaba con aquel fuego de vida que permanecía encendido en su interior para alumbrar el camino que debían seguir sus pasos, y que moriría si no demostraba su valía.


Abrió de nuevo sus ojos para no negarse la realidad que imperaba por encima de sus deseos y sintió la fría mordida del miedo en su espalda. Se creyó pequeño e indefenso en medio de tanta contradicción, pero armado de valor se volvió para comprobar que no podría escapar, pues la guerra lo envolvía todo y él se encontraba en medio de su fragor. 

Mas, ¿por qué luchar? ¿Eran suficientes las razones? Quienes combatían sin piedad eran los mismos seres que amaba y que en su lucha encarnizada por los suyos habían conseguido que él perdiera la fe en su valor.

Comprendió entonces que aquella guerra era contra sí mismo primero, pues sería lo que otros quisieran si no luchaba por lo que amaba, si no defendía aquello en lo que siempre creyó con fuerza y que veía consumirse en la hoguera de las vanidades humanas. No quería perecer rendido ante las imposiciones que moldeaban la realidad. Realidad nunca soñada, nunca aceptada como legítima por su corazón.

Decidió entregarse al combate y demostrar su valor, para ello nada mejor que ponerse en primera linea aún a riesgo de morir en el intento. Sus armas serían la compasión y la rectitud, en lucha permanente contra la la doblez y el engaño.
Su creencia firme en un mundo mejor no moriría en balde en el desengaño por el ser humano y la desesperanza en su porvenir, pues, demasiado joven aún, había conocido el infierno en la soledad de la frustración, que inunda el alma de infelicidad, y había sobrevivido a él para descubrir que la gloria también existe.




Su fe inalterable en otro modo de vida era la energía que necesitaba para afirmarse, para luchar contra corriente y decir al mundo que en él sí existía, que también era real. Que sólo lo que negamos a nuestra fe es imposible, pues la fe surge de la consciencia, incluso de aquello que no podemos ver ni tocar, y que son más estas cosas por descubrir que las que detectan nuestros sentidos. Que las soluciones a nuestras conductas equivocadas no se encuentran en las cosas materiales, sino en el reconocimiento de nuestros sentimientos, nuestras percepciones, casi siempre contradictorias, equívocas, por determinar y definir en nuestra razón.


Que la lucha eterna entre el bien y el mal se libra primero en nuestro interior y que cada uno es el primer enemigo a batir.

Que sólo se consigue un mundo mejor intentándolo cada día, en cada oportunidad.