El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

sábado, 30 de enero de 2016

FRACASO.







Llamó primero antes de abrir la puerta, y tras obtener respuesta afirmativa, entró. La sorpresa fue soberbia, su ingenuidad infantil le había negado sospechar que sus padres pudieran encontrarse en el despacho del "padre tutor" cuando faltaba poco más de un mes para terminar el curso. Allí estaban con su hermana y su cuñado, de pie frente al escritorio de su superior, que permanecía en idéntica postura y con semblante serio. En sus caras se leía el disgusto de la decepción. Se quedó parado, mirándolos sin decir nada hasta que su padre exclamó:
-¡Hombre, ya estás aquí!

Después saludó. El peso de la responsabilidad que se le echó encima de pronto hizo que bajara su mirada, que fue a encontrarse con la papelera del despacho, donde, roto por la mitad, yacía un libreto publicitario de los distintos partidos políticos que concurrían a las elecciones de aquel año 77 del siglo XX en España. Él mismo lo había comprado en un kiosko de la ciudad durante las vacaciones de Semana Santa. Reconoció en aquel momento que le había faltado valor para explicar en casa el affaire en el que se hallaba metido, tal como le recomendaron en el colegio antes de las últimas vacaciones. Lamentó profundamente no haberlo hecho y haber regresado a aquel lugar, donde ya no le querían. Le advirtieron de que no le pasarían ni la mínima si decidía volver para acabar el curso al lado de sus compañeros. Aquel libreto era la prueba definitiva de un comportamiento descarriado, algo que en otras circunstancias habría sido considerado como una chiquillada sin importancia, incluso graciosa por su atrevimiento. El cuatro de julio cumpliría quince años, y a falta de poco más de un mes para ese día, ya tenía el regalo de cumpleaños: la expulsión del colegio se estaba consumando. No sería un cumpleaños feliz.

El germen de lo ocurrido había nacido tres años antes, cuando decidió marchar tras los pasos de aquel monje de hábito y cinto de cuero negros, algo regordete y de rostro bonachón, que apareció por la escuela del pueblo una tarde de invierno reclutando seminaristas. Si le hubieran preguntado porqué, quizá hubiese contestado que para aprender a hacer puentes y marchar a países lejanos y más pobres para ayudarles, tal como les había dicho el fraile misionero; aunque su sueño era ser actor. Había crecido con las series y las películas de la televisión de la época, y su visionaria fantasía, propia de un niño ilusionado, hizo que encontrara en los personajes que descubría en la pequeña pantalla el referente del mundo en el que deseaba participar cuando fuese mayor. Además, en casa sólo era el pequeño, había llegado demasiado tarde, cuando las vidas de sus hermanos comenzaban a tener importancia. Creció jugando solo, y más tarde serían sus sobrinos los compañeros de juegos.

Era bueno, su capacidad para interpretar papeles en pequeñas obras de teatro le había hecho resaltar varias veces ante sus compañeros de clase. El maestro le había incorporado con éxito a la compañía de teatro del pueblo. Tenía una memoria asombrosa y una gracia especial para la interpretación, pero no era un estudiante disciplinado, lo que le hubiera permitido ser brillante. No, era demasiado inquieto para ser constante, aunque para ciertas materias tuviera cualidades notables. Le gustaba la historia, la música y la literatura, sin embargo odiaba las matemáticas y las ciencias, demasiado dogmáticas y rígidas para congeniar con su alma inquieta y soñadora.

Para un adolescente es difícil reconocer los errores de las decisiones, darse cuenta a tiempo de haber tomado el tren equivocado. La adolescencia es una estación con demasiadas vías para partir en busca de lo desconocido y pocos andenes donde apearse si el trayecto resulta equivocado. Él se confundió buscando destacar pronto su valor inmaduro. Cuando ingresó en el colegio menor y se entregó a la nueva disciplina asumió que a partir de entonces tendría que decidir todo solo, y aunque realmente esa libertad le gustaba, no podría preguntar primero antes de cada decisión si temía equivocarse, ahora debería estar seguro de sus obligaciones y obedecer sin dudar. Y ahí comenzaron sus errores, pues obedecer no fue suficiente al cabo de un tiempo, cuando su inquietud comenzó a sentirse coartada por la rígida disciplina.

El primer curso lo había pasado fascinado por las novedades. Eran más de trescientos chicos y el internado era un universo vivo dentro de los muros. Sólo la disciplina garantizaba el orden necesario para la convivencia, y su tiranía la suplió entonces con la complicidad de la amistad. Paco era el amigo que nunca había tenido, con quien congenió enseguida, que se compenetraba con él como un hermano gemelo. Pero Paco partió a su casa enfermo poco antes de los exámenes de fin de curso, sin apenas despedirse. Cuando al inicio del siguiente curso preguntó por qué Paco no se había incorporado, le informaron que nunca volvería, que había muerto de leucemia aquel mismo verano.
Aquel fue un mal comienzo que no sería capaz de compensar con la guitarra nueva que pidiera a sus padres para el coro. Su voz había cambiado igual que sus expectativas. Participar de tantas actividades artísticas - coral, compañía de teatro, taller de pintura y manualidades -, así como de un número importante de competiciones deportivas, comenzaron a minar sus resultados académicos. Debiendo elegir, se volcó en aquellas descuidando éstos, y gota a gota comenzaron a caer las malas notas y a perder la confianza de sus superiores, que trató de suplir buscando alianzas con los compañeros. Pero su círculo fue cerrándose progresivamente, la competitividad en la que había basado su relación con los otros chicos le empezó a pasar factura y las derrotas fueron decidiéndose una detrás de otra.






Abandonó primero el teatro decepcionado por no obtener un papel importante; el coro se convirtió en una esclavitud; la filosofía, que comenzaba a germinar en su corazón, le enfrentaba con el dogmatismo teológico y con el sistema en cada oportunidad. El deporte lo redujo a pruebas de atletismo y al juego de pelota, donde podía tener un papel protagonista, para lo que se esforzaba olvidando obligaciones mayores. Y en esa deriva es como aquel último curso conoció a Suso, un cordero descarriado de buen nombre a quien su tío - padre tutor de tercer curso - había recluido allí para apartarlo de las malas compañías en Argüelles. Jugaba al fútbol de mimo. Nada más llegar se convirtió en un número uno, a la altura de los tres mejores del colegio. Pronto se hicieron amigos, para lo que el tabaco jugó un papel importante. Él había aprendido a fumar el verano anterior. Las visitas al servicio por la noche se hicieron cada vez frecuentes y entre cigarro y cigarro arraigó la complicidad entre los dos. Suso era, no sólo más inquieto, sino más decidido a la vez. Era rebelde y osaba de mostrar su independencia, y con ella su superioridad frente a los demás. Era dos años mayor que el resto de la clase. Estaba allí tratando de encauzar una trayectoria demasiado vertiginosa, donde los cursos habían ido quedando pendientes. No le importaban para nada los estudios, sabía que estaba allí de paso. Sin embargo él, el número veintinueve de taquilla, acostumbrado a ser otro - le llamaban Vicente por el apellido - aún podía decir que al menos llevaba los cursos al día a pesar de estar imbuido en una espiral de conflictos por su comportamiento contestatario. Y lo que en principio comenzó en él como una batalla contra el sistema dentro de un mundo que amaba, que creía poder cambiar y al que se aferraba con todas sus fuerzas, se transformó en guerra también con sus compañeros. Todo terminó de la peor manera posible con una falta muy grave por acoso a un compañero, al que culpaba de haber delatado su afición por el tabaco. Una noche, él y Suso hicieron que aquel pobre muchacho se orinara en la cama en pleno ataque de pánico inducido por sus maquinaciones maliciosas y despiadadas, que terminaron en agresión física por parte de Suso.

Estaba jugando solo en la cancha cuando le llamaron por megafonía. Era la hora de la merienda, después de la última clase de la tarde. Salía siempre corriendo con una pelota en cada bolsillo para estar con los primeros en el frontón. Aquel día se hallaba en el fondo del gran patio asfaltado, en la zona de elementos gimnásticos, donde le gustaba hacer barras. No se extraño, no era la primera vez que le llamaban para corregirlo y quedarle sin tiempo de recreo apenas después de haber pisado pista. Pero esta vez llebava en sus manos los triunfos de las últimas dos pruebas de atletismo ganados en el último certamen del colegio: primero en velocidad 100mtr lisos, y primero por relevos en 500.  Cuando detuvo su carrera nada más entrar en el claustro, decorados los corredores con todas las obras de manualidades que los alumnos habían realizado a lo largo de aquel año, se paró un momento contemplando los premios destinados a los ganadores. El también tendría uno como ganador del segundo premio de pirograbado. Siguió luego al fondo del pasillo, giró primero hacia la izquierda para luego abandonar el claustro por la salida que daba a las escaleras y el ascensor, y donde, antes del pasillo de clases, se encontraba el despacho del padre tutor.




domingo, 17 de enero de 2016

SE MUERE COMO SE VIVE.








-No fueron los excesos los que me trajeron a este punto sin retorno de la vida, que se extingue en mí sin poder hacer más de lo que intento para evitarlo - le dijo -. Fueron las decepciones de los fracasos las que arrastraron mi alma por la amargura y la vergüenza hasta conducirla por la senda del abandono, donde, con cada trago, con cada bocanada de humo, creí comprar el bálsamo para aliviar mi pena. 

Sembré errores y sólo fracaso obtuve por cosecha. Nada que comienza torcido resulta derecho. 

No conozco el sabor dulce de la victoria, ya que en todo perdí. Se bien de lo amargo de la derrota que fue constante en mi vida, pues hasta mis retoños crecieron torcidos; como no podía ser de otro modo en árbol mal formado y abandonado en la maleza.

Me refugié en los recuerdos de lo que creí ser y abandoné los sueños necesarios, que dicen que aportan siempre una razón por la que sobrevivir cada mañana. Y así me negué al mundo, en lucha permanente conmigo mismo hasta perder para siempre la dignidad que pretendía.
No comprendí entonces que la amargura del desengaño envenenaba mi sangre con cada derrota y ahora es demasiado tarde, la copa de la vida rebosa llena de odio por el mundo y amargura, y mi cuerpo no puede soportarlo más.
Todo está perdido, nada que se pueda hacer, estoy llegando al final. No me queda tiempo para rectificar, para saldar las cuentas que dejo y que harán que no descanse en paz. He aprendido que se muere igual que se vive, por eso no ansió el final, aunque se que sólo él aliviará para siempre mi dolor.