El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 29 de diciembre de 2015

HALLANDO LA FÓRMULA.





Sabía que existen muchas formas de decir las cosas, pero que sólo una encaja en cada momento. Esforzaba su mente buscando la fórmula adecuada para que su mensaje no sucumbiera al tiempo como la voz que se desgarra confundida entre el vocerío común, o se disipara en el silencio de la indiferencia igual que el grito que secuestra el aire frío de la noche en el desierto. 

Entendía que la sociedad adopta una estética diferente en cada época, una forma distinta de reflejar la realidad cambiante, de definir el momento presente y marcar los acontecimientos, mas estaba convencido también de lo intemporal en la existencia como la verdad que conocía, aprendida del reconocimiento de los errores cometidos más que de la fortuna de sus aciertos escasos, los cuales consideraba hijos de la rectificación. Había llegado a comprender que en la vida de cualquiera los triunfos del éxito no son más importantes que la ausencia de errores. Por activa y por pasiva no eran los aciertos, sino la falta de equivocaciones lo que garantizaba la plenitud en la vida.

Se preguntó entonces si su trayectoria vital, su figura, lo que representaba para los demás, podrían garantizar la imagen que necesitaba transmitir en su mensaje para ser bien recibido, aceptado como verdadero. Su vida debería ceñirse al compromiso de ser lo que se transmite, nada más, pues el principal destinatario de su mensaje era él mismo. De otro modo se estaría engañando.

Miró atrás, pero sin ira; se había equivocado demasiadas veces por falta de experiencia, por error de cálculo, pero jamás se olvidó del mundo para entregarse a sí mismo, o al deseo ambicioso de poseerlo. Sus errores no habían sido tan grandes como para convertirse en pecados por los que hubiera de pagar. Ahora su existir se debía a su razón de ser, al compromiso de revelar un mensaje. Meditó en el camino que todavía le quedaba por recorrer, esperando fuera suficiente lo aprendido para no volver a equivocarse. No deseaba aprender más.




jueves, 10 de diciembre de 2015

FORMA Y SENTIDO.








Habitamos una molécula en el cuerpo del cosmos infinito, demasiado pequeña para ser apreciada desde otro confín. Invisibles fuera de nuestra escala, somos el misterio vital que anima su existencia. 
Junto al resto de los seres significamos la semilla de la vida en el espacio conocido, el cual sondeamos incansables intentando propagarla. 
Así, miramos también en lo más pequeño para descifrar el patrón básico que se repite transformando en movimiento la materia inerte. 
Las respuestas que encontramos nos revelan nuevas posibilidades de realización, que a su vez suscitan más preguntas. Nuestro modo de evolucionar parte de la curiosidad que nos acompaña desde el momento primero en que abrimos los ojos al mundo, pues fomenta nuestras capacidades creativas para sobrevivir al resto de sus transformaciones. Somos, por lo tanto, vida en expansión.










Pero el género humano aún no es consciente de la transcendencia superior de su capacidad creativa, algo negado al resto de las especies. Desconocedor de muchas de sus facultades, se muestra incrédulo y desconfiado de las infinitas posibilidades de realización de que dispone y se aferra a lo conocido, lo experimentado, a su tiempo y espacio, antes de poner en marcha nuevas alternativas para las aspiraciones de su intelecto. En vano busca fuera de sí el gen del creador que lleva dentro. 
Es en él donde se contienen el centro y los extremos, lo magnánimo y lo benévolo, lo superior y lo inferior; siempre en lucha constante por sobrevivir, por alcanzar una supremacía que los destruiría si se impusieran unos sobre los otros.
Mas, en sus manos está la posibilidad de ser lo que desee; cuando se conozca a sí mismo y admita seguro que en él se contienen todas las maravillas de la existencia, armonizadas en forma y sentido.