El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

miércoles, 29 de abril de 2015

¿REVOLUCIÓN, O, CAMBIO?








- Otra vez necesitamos cambiar. Nuestras almas están saciadas de insatisfacción por la falta de utopías necesarias - dijeron las palabras -. Hemos derrochado la energía de las ilusiones hasta hipotecar la espiritualidad por cosas materiales. Ahora, esas cosas no sofocan la ansiedad del vacío que deja la impotencia de recuperar lo que sacrificamos, nuestra inocencia. Pero hemos aprendido, es fuerte nuestra decisión. Queremos recuperar al ser más íntimo y humano y lograr lo que no consiguieron nuestras ambiciones: ser felices. Estamos preparados para la lucha. Necesitamos una revolución que propicie el cambio necesario.







Todas las revoluciones son motivadas por la necesidad de adaptarse a los cambios - reveló el sentir - que se suceden y que tienen un origen anterior al momento en que se producen, pues la vida es cambio que en cada cambio se perpetúa. Cuando sucede una catástrofe natural que afecta a un grupo social, en él se origina un caos que altera y revoluciona su orden establecido. Del mismo modo ocurre cuando sucede una catástrofe social, un error en masa que afecta a la subsistencia de los individuos. Son los cambios los que traen la revolución, no a la inversa. No perduran las revoluciones, sí los cambios, que dejan huella permanente en los seres y en las cosas. Las revoluciones sociales son los costes de la resistencia de los individuos a la adaptación de los cambios, que termina por superarlos. El ser humano es social, pero en sus peculiaridades individuales domina el instinto de conservación, que es reacio a cambiar.









Las guerras son consecuencia de las revoluciones que se originan con los cambios, donde los mejor situados tratan de no perder ni un ápice de su espacio, de su seguridad, acaparando y vendiendo cara su posición; y los menos favorecidos son empujados a buscar un medio imprescindible donde sobrevivir por encima de cualquier circunstancia.
La verdadera revolución se gesta en las mentes de los individuos, no en sus masas. Las masas no tienen mente. Y es una revolución silenciosa pero efectiva. Resulta de la comunión de individualidades que optan por un mismo compromiso de comportamiento, que parte de lo que se desea sin despreciar lo que se ha conseguido antes, sin lo cual no sería posible.
Quizás nunca hayamos partido de cero, como tampoco podremos hacerlo ahora. No conseguiremos desprendernos ya nunca de lo que hemos logrado. Nuestros errores, como dijo el maestro,"son parte de nuestro despertar a la vida".







jueves, 16 de abril de 2015

LOS MENSAJEROS.






- Como fruto de la perseverancia en la lucha por descubrir al ser propio y auténtico, surgió en mí la consciencia del encanto de mis palabras y la persuasión de su sentimiento, ávido de ser entregado a las generaciones para que de él se nutran. Pero quizás me equivoque si busco entre el éxito y el poder a los portadores de mi mensaje - sugirió el discípulo al maestro.

- ¿Es tu última duda? ¿ Temes fracasar?


-Nunca dejaré de dudar y el temor no me es ajeno. La duda y el miedo corren juntos de la mano. Los asumo igual que la voluntad de proseguir mi cometido, aquel para el que fui disciplinado hasta asentar sus raíces en mi corazón.

- Entonces, presta atención a mis palabras - le dijo el maestro:

- No te ayudarán los hombres de éxito y de poder, temerosos de perder un ápice. No sacrificarán nada por ti. Son conscientes de que ambos dones son pasajeros caprichosos del tiempo. Llegan y se van en cualquier estación de la vida, por lo que no quieren perder la suya.

El éxito y el poder supeditan la personalidad a una conducta egoísta, negada al desprendimiento personal y a la colaboración desinteresada. Lo que tú ofreces son verdades intemporales que no se pueden poseer, sino disfrutar en la consecución de una vida por ellas alumbrada. 
El hombre de éxito se nutre de éxito, nada más; y languidece cuando éste le abandona. No admira lo que llega de otro si no sirve para su realce personal, para reafirmar su vanidad y su egocentrismo. Y teme que la sombra de otro tape su imagen artificiosa.
El poderoso utiliza su fuerza para abrirse paso entre los más débiles, situándose delante y marcando el rumbo a seguir; pero evitará siempre sentir el peso del yugo que carga sobre todos, dejando que sean otros quienes derrochen sus fuerzas tirando del carro de la vida. Su poder radica en conservar la fuerza mientras otros derrochan la suya. Serás un estorbo a sus propósitos. Sólo traición te espera a su lado.

Tus palabras están destinadas a quienes necesitan de su consuelo y esperanza. En los más débiles, en los pobres desheredados de la tierra encuentra sentido la verdad de tus sentimientos. Son sus auténticos portadores, pues a ellos va destinado el mensaje. Todo lo que se siente propio es defendido con ahínco. Lo que se recibe sin contrapartidas, sin concesiones previas, es carga ligera que se lleva con agrado. 
Y son legión; nadie podrá corromperlos y nada detendrá su entusiasmo por progresar una vez puestos en marcha. Si te rodeas de ellos, puede que con el tiempo no se recuerde tu nombre, pero tu mensaje quedará grabado en la eternidad de las generaciones.






   

domingo, 5 de abril de 2015

ESPERANDO A ODETTE.





- Impasible e inmóvil en el mismo lugar, la sentía aparecer cada día. No solía retrasarse. Llegaba siempre con el más pequeño en la sillita de ruedas y el otro mayor agarrado a la costura de su chandal. Con los perros atados a la cintura. Su voz comenzaba a oírse a lo lejos mezclada con las voces de los niños y los ladridos de Zar y Noa, que se impacientaban por llegar al parque y ser liberados de sus ataduras. 


Ella era el mejor ser que conocía. El género humano debería sentirse orgulloso de contar con espíritus tan puros como el de Odette.  Su sonrisa permanente llenaba de gracia un rostro no demasiado bello, pero que irradiaba jovialidad y confianza desde aquella expresión feliz que representaban la alegría de sus labios y la claridad de sus ojos risueños. Nunca se apesadumbraba por nada. Todo lo tomaba con un sentido del humor fino y mordaz a la vez, que convertía cada tema de conversación con ella en algo desenfadado y cordial. Amiga fiel y gran compañera. Una mujer valiente  en quien no cabían ni el desánimo ni la tristeza, que, por sacar adelante a sus hijos, trabajaba sin rendirse a las adversidades. Fue madre soltera con Mario, el mayor de los dos. El padre, cuando se enteró del asunto, se esfumó con la misma rapidez con que la había dejado embarazada. Se conocieron en una fiesta después del trabajo. No tuvo tiempo para darse cuenta de que no era el hombre que le convenía. Él era portero de discoteca y Odette prestaba sus servicios de camarera en el comedor de un pequeño restaurante de playa, trabajo que tuvo que abandonar meses más tarde debido a su estado.

Había emigrado a la costa desde una provincia del interior, huyendo del desempleo para probar suerte en el sector de la hostelería durante la temporada de verano. De pronto se quedó desempleada otra vez y con un ser que comenzaba a pedir dentro de su cuerpo. Fue entonces cuando conoció al que fuera su marido, un hombre bueno, que la trató como se merecía y con quien fue feliz el tiempo que duró, pues murió prematuramente en un desafortunado accidente de tráfico.
Trabajaba en la construcción. Daba recubrimientos en paredes exteriores y pintaba fachadas de edificios colgado de un andamio. Apenas llevaban dos años de casados viviendo de alquiler en un pueblecito a unos pocos kilómetros de la costa. Un día al regresar en su coche del trabajo, se encontró con un caballo suelto en la carretera y se estrelló contra él. Ambos, hombre y caballo, perecieron. Pocos meses después nació Daniel, el más pequeño, sin conocer tampoco a su padre.  A Odette sólo le quedó una pequeña pensión y el recibo del seguro del coche sin pagar. No había sido demasiado, pero sí suficiente para conocer los límites de los hombres, que ahora, más que nunca, la veían como presa fácil.

Desde entonces no había dejado de ir por donde él estaba para compartir tiempo y espacio juntos. Él sabía de cada uno de sus sentimientos en soledad, cuando por fin se sentaba mientras jugaban los niños y los perros corrían y escarbaban en la arena del parque. Odette descansaba en su regazo y a veces le contaba cosas que nunca había confiado a nadie. Incluso un día vio como una lágrima corría por sus mejillas hasta los labios, que no dejaron de sonreír.


Gracias a su posición privilegiada él conocía a muchas personas distintas, con quienes a diario entraba en contacto. Quizás sabía más cosas de esas personas que ellas mismas, algo que jamás sospecharían y por lo que nunca podrían juzgarlo. Él, sin embargo, sí observaba los vaivenes y recovecos de sus almas, intuía sus necesidades y sabía de sus soledades, de sus necesidades y frustraciones. Conocía el lamento del loco, las cavilaciones del suicida y la soledad del anciano; el desengaño del enamorado y la pasión de la juventud, pero esperaba cada día a Odette impasible. Él era aquel banco del final del parque, escondido entre los grandes árboles que lo cercaban, donde Odette acudía cada día para pasear a los perros y jugar con sus niños, su gran tesoro. Nunca, el tiempo que vivió allí, faltó ella a su cita.