El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

lunes, 31 de marzo de 2014

EDUCAR PARA LA FELICIDAD.





Educaremos para la creatividad, para superar con facilidad los retos de la existencia cambiante, que a todos nos atañe por igual; no para la expansión desmedida de productos de consumo que son principio de todos los males, pues generan diferencias entre los seres y son causa de su extinción.

Educaremos para la colaboración, aquella que permite avanzar cualquier proyecto de sociedad destinado a la felicidad de sus individuos; no para la competencia, pues deja al juego del libre albedrío el destino de los seres, dónde sólo los más fuertes obtienen beneficio sin importarles el devenir de los tiempos, seguros de su posición.

Educaremos para encontrar en la diferencia la igualdad que conduce al respeto y a la responsabilidad, y que nos hace libres verdaderamente, pues nos libera de la esclavitud de nuestros gustos, de nuestras preferencias.

Educaremos para amar sin desear. Para disfrutar de las cosas sin poseerlas.
Para admirar las dotes del ser humano sin envidiar sus instintos, aquellos que le confieren su carácter más salvaje y animal.




martes, 25 de marzo de 2014

LA REALIDAD POSIBLE.





Solemos encadenar nuestra realidad al pasado más inmediato, sin caer en la cuenta de que es el futuro más próximo lo que provoca los cambios. Nuestro presente es el futuro que otros soñaron y así sucesivamente mientras el ser humano no pierda sus sueños, su capacidad de ilusionarse, su ímpetu creativo.

Demasiadas veces renunciamos a lo mejor de nosotros mismos por negarnos a soñar, a imaginar, a crear y poner en marcha otra realidad que no sea la impuesta por las circunstancias, incapaces de creer disfrutar del porvenir.
Sin embargo, cuando miramos a nuestro alrededor y contemplamos serenos las cosas, ¿cómo dudar de que son así, porque así lo hemos querido?
Nuestra realidad es como nosotros la definimos, y el sólo hecho de imaginar supone el principio de una nueva realización, de otra posibilidad de sentir y de trasmitir, de expandir la vida eternamente.




domingo, 23 de marzo de 2014

LA VERDAD INCÓMODA.







 Del caudal de sus ojos brotó un alma nueva, transformada en lágrimas que corrieron desvistiendo el ornamento de su joven rostro de príncipe. Y no quiso mirar más desde su atalaya el mundo que pululaba a los pies de su fortaleza, ávido de supervivencia. Un mundo vedado para los de su estirpe con el objetivo inútil de evitar sus inclemencias y desdichas, pero que sólo el lujo de sus riquezas lo hacían parecer distinto.

Ante sus ojos absortos se llevaron al anciano, pobre y enfermo, que cada mañana acudía a la sombra de su muralla para mendigar. Se había quedado muerto al sol del mediodía, rodeado de moscas mientras se deshacía el mercado y la plaza quedaba desierta. Los guardias lo retiraron aquel atardecer, y los niños que lo descubrieron, corrían y gritaban con alborozo haciendo corro en torno suyo.


Y tras levantar la mirada hundida en el suelo, invisible por el torrente de lágrimas, el joven príncipe soportó el intenso dolor sentimental que le producía la imagen de su padre, el rey; postrado ante el lecho de su amada hija, agonizante entre aromas de sándalo e incienso. Un hombre poderoso en la juventud de su vejez, aún con bríos y templanza, mas derrotado, demacrado y humillado por la enfermedad de su hija, la cuál no podía comprar con sus riquezas, ni detener con todo su poder.


La madre preparaba el séquito funerario de una muerte anunciada, para la cuál todos deberían estar preparados; sin reparar en fastos, sin considerar los gastos.



-Él también tuvo su séquito, aunque nadie anunció su muerte, pues a nadie le importaba - se decía el príncipe. 

Los niños, aquellos contra quienes el anciano luchaba a diario por sus crueles burlas y sus  juegos peligrosos , acompañaron sus primeros momentos de no existencia y lo recordaron en sus chácharas. Ellos lo escoltaron hasta la morgue entre gritos y cuchicheo, en desordenada procesión.

El joven príncipe no hallaba diferencia en el dolor, común en todos los hombres; ni en la seguridad de la muerte, que no hacía distinciones entre ricos y pobres, entre jóvenes y viejos.

Su vida, llena de riquezas, ya no le satisfacía. El lujo y la seguridad eran palabras huecas en su mente y la comodidad conque vivía no evitaba su sufrimiento; veía desaparecer la pureza según se apagaba la vida joven de su hermana, y cómo los placeres del amor puro y primero dejaban de ser el motor de su experiencia y el camino marcado.

Recobró su presencia y disimuló el gesto de dolor que no le abandonaba; después miró a su prometida, que sollozaba sola en un rincón, y en su mirada concentró todo el amor que por ella sentía y que desde ese momento le impediría morir a su lado.

La estrechó entre sus brazos, apretándola fuerte contra el pecho mientras con pasión besaba sus cabellos, y susurrando suave en su oído, le dijo: - Te amo tanto que no podré soportar que sufras por mí. Nuestro amor ha sido puro, perfecto, pero fue la inocencia quien guió nuestros pasos. Mas ya la inocencia partió, y con ella partiré yo para comprender el resto, lo que no cabe en ella.
No puedo ofrecerte más de lo que ya te he dado, el resto no vendrá sin dolor, y no lo merecemos; nuestro amor no lo merece.