El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 26 de junio de 2012

PACO APARATO.






Llegaba sobre la misma hora, como casi todos los días. Conocía su coche, y siempre que lo veía a la puerta de casa no perdía la ocasión de echarse un trago de vino con su nuevo amigo.

Doblaba la esquina de la plaza que daba para las dos calles, donde solía esperar en la sombra a que abrieran el bar de enfrente para fumarse el primer cigarrillo del día, que conseguía siempre del paisano más madrugador que llegaba fumando y a quien por costumbre pedía aunque él  llevase sus cigarrillos escondidos entre las ropas.
Después tomaba calle arriba, la del Cementerio, donde a medio camino se encontraba la casa de su amigo con el coche aparcado frente la puerta. Despacio, como un gato sigiloso, se acercaba bajo las sombras de las fachadas en su silla de ruedas eléctrica hasta llegar a la altura del automóvil. Levantaba un poco su gorra visera y lo llamaba por su nombre desde allí con voz contenida, como si quisiera que nadie más que su amigo pudiera oírlo. No tardaba en abrirse la puerta tras intentarlo un par de veces más.

- Hombre "Paquiño", ¿qué haces ahí? Anda pasa, hoy hace calor hasta en la sombra.

Abrió las hojas de la pequeña verja del porche para que pudiese pasar y después la puerta de madera de la entrada, por la que se accedía al interior de la casa.

- ¡Cómo hace aquí de bueno! ¡Y cómo tienes todo de limpio, oye! -dijo -.

- ¿Te gusta eh? - continuó el amigo-.

- Te ha quedado muy bien. Aquí se está como Dios.

- Veo que cada vez que vengo por aquí mermas. Parece que te han quitado el último estorbo que te quedaba...

- Ya ves - dijo Paco  -, una cabronada. Estoy con unos dolores de riñones que no se como ponerme.

- Es normal - le contestó su amigo -. Antes, cuando aún te quedaba la otra pierna, podías apoyarte de otro modo y variar de posición con mayor facilidad, pero su perdida no ayuda a tus brazos cansados. Al menos, ahora ya no te duele.


- Ahora donde me duele es aquí abajo, en el hueso del culo.

Era un hombre cortado al medio y pegado a un artilugio rodante que se había convertido en la parte que le faltaba, y sin el cuál puede que su vida ya hubiese terminado.

- Bueno Paco, ¿y cómo va todo? Llega el calor y parece que apretará fuerte. Ya puedes cuidarte y andar por la sombra, pues como se te pare el "móvil" bajo este fuego vas a quedar achicharrado.




- No, marcho pronto. ¿Que hora es? - preguntó -.


- Según el reloj las doce y media - le dijo mientras miraba al que había colgado en la pared -, aunque puede que esté confundido. Como siempre me preguntas cuando entras...

- No hombre, es que nunca me fijo. Sí, ahora me acuerdo de que está ahí colgado. Pero anda, trae "pa ca" un vaso de vino de ese que guardas tan fresquito.

 - Pensé que después de ésta última habías dejado de beber; ya no tienes nada que ofrecer al carnicero.

- ¡Anda, trae un vasito, nada peor puede pasarme ya!

- No se, no se yo, Paco. A ver si va a terminar diciendo la gente que te cuido mal manteniendo tu vicio.

- No seas bobo y trae un vaso de vino. La gente que diga lo que quiera. De sobra saben que tú no estás a menudo por aquí, y a mi me conocen ya lo suficiente.

- Bueno, si es así, echaremos juntos un trago -. Y se fue a la pequeña bodega a por un par de vasos de vino. Llenó el de su amigo casi hasta arriba. Un vaso grande de desayuno, pues sabía que con uno normal se quedaría con más ganas que las que traía, y prefería no tener que repetir.
Cuando entraba de nuevo en el salón de la casa, donde le esperaba Paco, éste le dijo:

- ¡Vaya un aparato de radio más bueno que tienes, oye!¡ Y el televisor es cojonudo!

- Bueno, no te creas, la radio es "corriente y moliente", nada del otro mundo. Además no es radio, sino radiocassete, y está estropeado. La tele si es maja, y se ve fenomenal; la trajo el chico un día junto a otra más pequeña y parecida a ésta, que tengo en casa. Ahora las quitan para poner esas modernas de plasma, que son planas y más grandes. ¡Pero que está en perfectas condiciones!

- Pues brindemos - dijo Paco -, y que tengamos salud.

- Que así sea - contesto el otro - "De hoy en un año".

Paco no dijo nada más y sorbió el primer trago del vino fresco y claro que su amigo le sirviera, y tras un sonoro paladeo exclamó:

- ¡Qué rico está este vino!

- ¿Está bueno, a que sí, el claretillo de Serrada, la patria chica del "Verdejo"?

- ¡Joder que está! Oye, en Cigales tenían un vino clarete extraordinario. Alguno bebí mientras hice el servicio militar en Valladolid.

- Así que remontaste el Pisuerga y arribaste en Cigales. ¡Pero qué golfo!

- Iba a comer allí con el sargento. Torres se llamaba; me llevó varias veces para atender el jardín de la casa que el capitán de nuestra compañía mantenía en el pueblo. Y hacen un vinillo magnífico.

- Valladolid es cuna de vinos - le contestó el amigo -; sus caldos de la Ribera son renombrados, pero también tiene otras zonas, como la comarca de Rueda, donde elaboran los blancos más exquisitos...

Mientras su amigo continuaba hablando, Paco se pegó el segundo trago,  con el que dejó seco el vaso definitivamente, que alargó a su amigo para que lo pusiera encima de la mesa.


- Oye, ¿ tienes cigarrillos, verdad? Deja que me líe uno de esos que fumas tú.

- Pero sin "perejil" - dijo el amigo -, a ver si ahora la vas a mangar -.  Y se echó a reír. - Si quieres te lo lío.

- No, que yo se; trae "pa ca".

Tomó en sus manos temblorosas la bolsa de tabaco que le dio su amigo con el papelillo de liar, y con sus dedos extrajo un pequeño manojo de hebra que apenas sin desenredar extendió sobre el papel. Realizó seguidamente una labor de tabaco un tanto chusca, pero que rápido colocó entre sus labios pegajosos, luego reclamó a su amigo el mechero para encender. 
Lo agarró con las dos manos, pues con una sola apenas podía sostenerlo y encender a la vez, y tras darle un par de veces a la ruleta consiguió prender el maltrecho cigarrillo que se había liado. Mas luego que hubo prendido tuvo que hacer grandes esfuerzos para avivar la brasa y aspirar la primera bocanada, que llegó entera a sus pulmones, y que la recibieron con un improperio de toses y ahogos que tardó en contener. Seguidamente, cuando el humo terminó de ascender por encima de su cabeza, despegó de sus labios el cigarro que se había consumido a la mitad, aunque sólo a lo largo, y la brasa, con su alargada ceniza amenazó con caer en sus ya requemados pantalones. Su amigo le acercó un cenicero amarillo con el logotipo de Zinzano que por poco no llega a tiempo. Cogió el cenicero en la otra mano y frotando suavemente el pitillo dentro de su cavidad intentó caer su ceniza, pero su falta de tacto y de vista impidieron que lo consiguiera del todo. Quiso seguidamente aspirar de nuevo otra bocanada, aunque sus pulmones agotados no consiguieron reavivar la brasa medio incandescente, que finalmente terminó precipitándose sobre sus pantalones.


- ¡Joder..! - Dijo - Y empezó a sacudirse la ropa con la otra mano sin saber dónde había caído la ceniza.

- ¡A ver si ahora, después de viejo, vas a morir quemado! ¡Dicen que es una de las peores muertes que existen! - Y de nuevo se echó a reír.


Al final consiguió convencerse de que no iba a prenderse a pesar de ser un contenedor de alcohol, su piel dura aún conservaba útil el envase.



- Te dije que yo te lo liaba, pero eres un cabezota. El tabaco de ahora no es como el de antes, ¿no ves? Es hebra y hay que abrirla bien para que tome aire y no se apelmace en el papel. Además no hay que apretarla mucho cuando se lía, y para ello es mejor ponerle un filtro. Antes, con la picadura de nuestro tabaco negro bastaba con apretarlos bien del medio y enroscar después sus extremos, pero ahora nos venden porquería y cara; no me extraña que nos anuncien por delante que el tabaco mata; a saberse que le echarán para hacer fumable la mierda que nos venden.

- Oye, ¿qué hora es? 

- ¿Otra vez? Te dije la hora hace cinco minutos y dónde estaba el reloj.

- Voy a marcharme - dijo mientras miraba la máquina del tiempo-. Se hace la hora de comer y no quiero llegar tarde; pero toma, se me había olvidado . 

Y sacó una pera y un par de terrinas de mermelada de entre las perneras de sus pantalones, recogidas sobre el mismo asiento que ocupaba el tronco de su cuerpo.

- Toma, anda; pon "pa i eso".

- Te he dicho, Paco, que no tienes que traerme nada. Que tengo de todo.

- Anda, que a mi me sobra. Cógelo.

Su amigo se los aceptó por no hacerle ningún desprecio y los dejó sobre la mesa junto al pan reciente que acababa de comprar al panadero, que repartía por las calles de mañana.

- Pero trae otro "traguito" antes, "pa el camino".

- ¡Que "jodío" Paco! - Dijo el amigo. - Te están cortando a cachitos, pero mira que te gusta.

- Anda trae un"poquillo"más, que "pa un día" que vienes y te veo...

 - Bueno, bueno, espero que no te siente mal. Voy a por él -. Regresó al momento con un vaso medio lleno de vino y se lo entregó a Paco.

- Por cierto - dijo -.¿Este carrusel que traes te lo ha puesto la Seguridad Social? Porque vale una pasta.

- ¡Los cojones! - contestó -. Tuve que pagármelo yo. Me daban una silla de esas, de ruedas.

- Sí, para hacer brazo.

- Ya me dirás, que han dado subvenciones a "tol perro pichichi" -. Y  levantando el vaso con su brazo tembloroso, apuró el ansiado líquido de un trago.

- Pues sí - dijo el amigo -. Esto no tiene arreglo. Como siempre, quien tiene garras toma su parte, y el que no, se queda sin comer. ¡Qué mundo éste!

Y abrió de nuevo la puerta para que saliera. Paco hizo la maniobra con su carro en el salón girando en redondo, y en el momento que salía al porche, un vecino que vivía cerca y a quien conocía bien por ser también de él asiduo visitante, le soltó mientras cruzaba la puerta para salir a la calle: 

- ¡Coño Paco! Hoy no te había visto pasar.¿Cómo no has querido acercarte a verme y a echar un vaso?

- Hoy tengo jodido el estómago; con tanto medicamento...

- Bueno, pues hasta el próximo día. Ya sabes, cuando quieras...

Paco cogió la calle abajo tras despedirse de su amigo, y se fue surcando la sombra que se retiraba del suelo a las paredes con el sol vertical del mediodía.
Entonces el amigo, viendo como se alejaba silencioso, recordó el día que Paco le pidió un euro para comprar cuchillas de afeitar, a lo que él le había respondido que le daría unas cuantas de las suyas, pues tenía un paquete entero; pero Paco se había negado aduciendo que ya las había comprado y que se las debía al tendero. 

Hasta entonces no había caído en que ése era el precio que cobraba su vecino por un litro de vino, un euro.

Una sonrisa se dibujó en su boca mientras Paco desaparecía girando la esquina de la calle, y los temores y recelos de estar haciendo algo malo con su amigo desaparecieron, pues comprendía que aquello que él le propiciaba cuando se encontraban, y por cuya pasión se había perdido, tal vez aliviara por unos instantes los dolores que padecía y le hiciera olvidar el destino que se había sellado para él, y en lo que se había convertido esperando el final inminente.



No hay comentarios: