El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

sábado, 17 de marzo de 2012

Un viaje al interior.



Un día le dijo su maestro, que desde pequeño lo había formado celosamente en la búsqueda de la verdad:

- No puedes seguir a mi lado. Como tu cuerpo, tu conciencia ha crecido, y necesitas respuestas que yo no puedo darte. Deberás salir para hallar la verdad lejos de aquí, de mi protección, que impide que comprendas lo que no puedo explicarte. Tu necesidad de conocimiento es más fuerte en ti que la calma que se necesita para entender, para llegar a la clarividencia.

- Pero maestro, ¿y a dónde iré?, si nunca abandoné el camino de tus pasos; si no conozco más allá de donde alcanza mi vista -. Dijo el joven y apasionado discípulo.

- Yo no puedo seguir mirando por ti, porque te confundirías e inevitablemente malgastarías tu tiempo. Pero deberás buscar siempre al más sabio entre los seres, allá donde te conduzcan tus pies; sólo de esa manera llegarás a encontrar lo que tu corazón ansía.

- ¿Y que debo llevarme para un viaje tan indeterminado, que no se cuanto durará?

- Con nada viniste al mundo y nada se te exigió para ello; sólo tus pasos serán necesarios. Te enseñé a sobrevivir con lo que la vida trae cada día y con eso es suficiente. Ya sabes alimentar tu cuerpo, ahora deberás saciar el hambre que te devora por dentro y te impulsa a seguir buscando.

¿Y hasta dónde habré de llegar para encontrar a aquel que ilumine para siempre mi alma? ¿Cómo sabré quien es?

- Un día dejé de ser discípulo; ése fue el día en que te conocí. Hasta entonces había sido un practicante, un seguidor del maestro que a mí me enseñó, el cuál encontré muy lejos después de media vida buscando y que me llevo más allá del ancho mar.

- ¿Pero tú ya eras un gran maestro?

-¿Cómo si no habrías sido tú mi discípulo? Pero no hagas más preguntas y parte; tu curiosidad necesita ser saciada para dar descanso a tu espíritu.



Y partió sin saber siquiera a dónde, con un ligero equipaje que guardaba justo lo necesario para sobrevivir al día siguiente.
Dejó atrás la inmensa llanura y cruzó las montañas que siempre limitaron su horizonte. Descendió a los bosques oscuros que ocupaban las colosales laderas y llegó hasta el ancho valle donde tomaba forma el río, que antes descendía furioso desde las cumbres afiladas.

Encontró un hombre que vivía sólo en una choza, alejado lo suficiente de la aldea que se veía más lejos como para no tener contacto con su vida cotidiana. Cultivaba un huerto junto a un pequeño arroyo y mantenía dos cabras y un perro como asiduos compañeros.
El mediodía era caluroso y el hombre descansaba sentado en un surco nuevo con la cabeza tapada por un sombrero y una botella de agua a la sombra de su cuerpo. El perro, sentado al otro lado de él, completaba la escena campestre.

- Tenga buenos días señor  - dijo -. 
El hombre tardó un poco en levantar la cabeza para mirarlo, pero no contestó nada.

-¿Podría matar mi sed? Desde que bajé de la montaña y tras gastar la nieve que en ella recogí, no he probado una gota de agua -. El hombre, sin levantarse, le ofreció la botella de agua para que bebiera.

- Gracias, es un honor... -. Y comenzó a beber. Cuando terminó, después de mojar con el agua las manos para refrescar su cara, el hombre le dijo:

- ¿Qué encuentra de honorable en mí? Usted tenía sed y a mí me sobraba el agua. Me pidió refrescar su garganta, pues es lo que necesitaba, y yo le he dado el agua que me sobra.

- "Según te presentas te reciben", me enseñaron -. Dijo el joven discípulo.

- Compruebo que ha tenido un buen maestro; que le ha enseñado cosas importantes hasta el punto de saber practicarlas. ¿Qué ha venido a buscar aquí?, si todo es igual que en cualquier parte.

- Mi maestro no puede enseñarme todo aquello que despierta mi curiosidad, mi ansia de saber, y me ha mandado a recorrer el mundo buscando otro maestro que me haga comprender la verdad última de cada cosa, la verdad definitiva que encierra la vida.

- Aquí no encontrará lo que busca - dijo -; los hombres se pierden en el afán diario, imponiéndose metas, tareas que deben realizar para sentirse felices y que nunca logran acabar.
 A mí me tienen por sabio sólo por que ellos no saben vivir como yo, en soledad. Pero creen también que estoy un poco loco, y sólo cuando alguna desgracia sacude sus vidas acuden a mí para que suplique al cielo por ellos y así poder continuar con su ajetreado ritmo vital.
Yo no podría enseñarte más de lo que ya sabes. Deberás seguir buscando más allá, al final del curso del río, cuando se ensancha formando marismas a las puertas del ancho mar. Allí habita un hombre realmente sabio que se alimenta sin cultivar, sin cazar ni pescar, y que no mantiene compañía pues disfruta en soledad de toda la naturaleza. Sin dar, sin quitar, en armonía perfecta con las cosas.



El joven discípulo retomó el camino siguiendo la dirección que le marcara aquel hombre, contento de saber por dónde dirigir sus pasos. Dejó a un lado la aldea para acompañar al río en su discurso y llegó a la gran marisma, al ancho delta donde otros ríos lo acompañaban en su morir.
Preguntó por el hombre sabio que vivía en las marismas a quien encontró en su camino, pero nadie conocía a sabio alguno. Un pescador le dijo conocer una isla en el centro del delta donde habitaba un ser extraño, a quien era muy difícil ver pues se ocultaba de las miradas curiosas que llegaban de fuera como si quisiera no ser sorprendido. Vivía mezclado con la naturaleza de modo que formaba parte de ella, haciéndose casi imperceptible.
Sintió al momento reconocer que se encontraba en buen camino, que por fin había llegado al final de su viaje. Pidió al pescador que lo llevara hasta la isla en su barca y que lo dejara allí, quería conocer a aquel ser que resultaba tan extraño a las gentes.
Cuando pisó la arena de la isla y el pescador desapareció a sus espaldas, se sorprendió, pues aquel que buscaba estaba delante de él mirándole a los ojos.

-¿Qué has venido a buscar tan lejos; aquí, al final del río de la vida?

- Vengo a buscaros a vos. Necesito conocer toda la verdad, llegar a comprender, saber el porqué de cada cosa. Quien me ha mandado me ha dicho que busque al más sabio entre los seres, y mis pasos me han conducido hasta aquí.

- He esperado mucho tiempo tu llegada - dijo el extraño ser casi desnudo, apenas cubierto por un viejo retal y unos pelos y unas barbas colosales -. Entre la multitud, siempre hay alguno que quiere ir más lejos, que quiere saber más. ¿Y para qué saber más de lo necesario? El conocimiento es importante para comprender que no lo es todo, que no es imprescindible. Mira a tu alrededor y dime para que te sirven aquí tus conocimientos, ¿sabes lo que debes hacer?

El joven discípulo se quedo pensativo, aquel hombre lo estaba decepcionando, no esperaba su respuesta y se sintió desconcertado. Miró al ocaso en el ancho mar, al tiempo que reconocía que aquel ser lo había transportado a otro plano de la realidad que no esperaba.

- Más allá de esa masa de agua que miras existen otros seres, otros mundos; como existen más estrellas después de las que vemos. Si quieres saber más tendrás que superar esa frontera, que no será la última mientras dure tu deseo.

- Mi maestro - dijo el joven - cruzó el océano en busca de lo mismo que yo ahora. ¿Porqué no habría de hacerlo yo?

- "Quien busca no encuentra"- dijo el sabio -. "Quien encuentra no busca"; así es la naturaleza de las cosas.
"Quien busca la verdad fuera de sí mismo no sabe lo que busca". "Quien busca, sin saber qué,  jamás encuentra".
La verdad está y surge de todas y cada una de las cosas, de cada ser; por eso es universal e infinita y no se puede comprender desde la parte, sino desde el todo.
En la totalidad de las cosas nacemos al mundo, para el mundo; y en la totalidad de las cosas nos disolvemos.
No existen verdades relativas, sino trazos de verdad que están supeditados siempre a la totalidad.
Eres valiente, no temes que puedas descubrir y eso aumenta tu osadía. Pero tu valor no te llevará demasiado lejos sin  antes llegar a comprender que lo que buscas está dentro de ti; que la verdad no hay que buscarla, se parte de ella.
Cruzarás el océano, incluso irás más lejos aún para encontrarte. ¿Es que no comprendes que nunca podrás escapar de ti mismo, de lo que eres?
Como tú lo has hecho ahora, antes partió tu maestro y regresó. Tal vez tú fuiste su última prueba, la razón de todo su viaje. Sin ti, quizás nada para él hubiera tenido sentido. ¿De qué sirve lo aprendido, la experiencia, sino se trasmite?
Más hay cosas que no se pueden mostrar, no se pueden enseñar, porque sólo se pueden aprender.
Mira al cielo. ¿Ves esas aves que vuelan alto formando una uve? Como todos los años regresan de las tierras altas cuando acaba el verano para no morir de frío en el invierno en una tierra que no es la suya, y volver de donde partieron huyendo del calor estival en el que se habrían extinguido. Sólo hacen lo que deben, pues su misión es sobrevivir para perpetuar la parte de vida que les corresponde.
Siempre hay algunas que nunca regresarán, demasiado débiles ya sus alas para emprender el último retorno. Otras pocas serán retenidas por la naturaleza y se adaptarán por necesidad a un medio que no es el suyo para abrir otra puerta nueva, una posibilidad más de vida.
Ahora ya sabes qué debes hacer. Sólo tienes que elegir. Si quieres ser un maestro deberás encontrar un discípulo, como quien quiere ser padre deberá dar vida a un hijo.



Pero recuerda: a partir de entonces abandonarás tu camino para emprender el de otro. Y que las enseñanzas de tus errores sean tus primeras lecciones, pues del fracaso surge el éxito y del éxito el fracaso. Sólo quien consigue renacer de sus cenizas merece el mundo.










viernes, 9 de marzo de 2012

El mensaje de la botella.



- Había llegado por fin, como un mensaje escrito en sucio papel dentro de una botella de cristal; después de atravesar en soledad un océano tempestuoso, alborotado por la gran tormenta que lo zarandeó sin compasión, hundiéndolo en las simas más profundas y elevándolo después sobre el cielo tenebroso y colérico.

Y tras sobrevivir a su furia llegó la calma mortecina, implacable de un mar sin movimiento; donde el tiempo se perpetuaba en asfixiante monotonía bajo el rigor del sol aplastante, y su luz asesina pretendía incendiar el papel tras el cristal; como si quisiese acallar la única voz, la última señal de vida bajo en firmamento estático, inamovible, pintado de mar.
Apareció entonces un viento suave que trajo de nuevo el movimiento de forma apenas perceptible; una brisa ligera que erizó por un momento la piel de la mar dormida, sobre la que se hacían pompas las primeras gotas, que como lágrimas caían dispersas del cielo, que comenzaba a cubrirse de nubes grises.

La lluvia fecundó la mar estéril y regresaron los vientos a favor, aunque nada acompañaría su deriva; y cuando a lo lejos surgió la nueva costa que ganaba espacio al mar, temió estrellarse contra las rocas del acantilado, mas el suave oleaje lo llevó a lomos lenta y cadenciosamente hasta una playa donde un niño jugaba con su perro.

El niño comenzó a lanzar piedras en su dirección mientras mandaba a su perro adentrarse en el agua para coger aquello que llamaba su atención y que se resistía a llegar a la orilla, impacientando su interés. Creyó que nunca tomaría tierra, pues las piedras caían amenazantes a un lado y al otro, pero una voz que lo increpaba desde la distancia detuvo en su juego al niño. Era la voz de su abuelo, que viendo lo que su nieto hacía, se acercaba pacientemente mientras esperaba que llegara el naufrago a la playa.
Con su bastón lo acercó a la orilla hasta que varó en la arena, de donde lo recogió.


- ¡Abuelo, abuelo! - le decía el niño - ¿Qué tiene, que tiene?
- Sólo es un papel, un mensaje mandado en una botella, nada más.
- Pero, ¿qué pone abuelo, qué pone?
- Espera, no seas impaciente, deja que lo saque primero. Tendré que romper la botella, no alcanzo a cogerlo -. El abuelo rompió la botella contra los guijarros de una pequeña cala, y tras recoger del suelo el papel enrollado en sí mismo, lo extendió en sus manos.
Una palabra aparecía casi borrada, quemada sobre el papel descolorido. Una palabra que el abuelo no acertaba a ver con claridad, que no comprendía bien.
- Ven, ven - ordenó a su nieto -. Mira ¿qué pone aquí?
El niño tomó el papel en sus manos, pero tampoco consiguió descifrar su significado, pues la palabra había perdido su corazón y solo el principio y el final constaban: su-mi.
- Seguro que no es nada importante; los chicos juegan a mandarse mensajes desde los muelles cuando no tienen más que hacer - dijo el abuelo -. Trae, lo tiraremos de nuevo al mar, allí de donde ha venido y donde encontrará al final su calma.
- ¿Pero abuelo; y si es algo importante?
- ¿Que puede tener de importante un mensaje en una botella? Anda toma, tíralo tú al agua.
Había hecho en sus manos una bola con el papel, el cuál le entregó.
- Vamos, tíralo ya - le increpó el abuelo -. Y lanzó con todas sus fuerzas la bola al agua, que lentamente fue atraiéndola mar adentro. Y a medida que se lo llevaba, el papel fue desplegándose hasta quedar totalmente extendido sobre la superficie. Las ondulaciones del agua y los rayos del sol contrastaban las letras, que se movían y tomaban significado cuando las otras ocultas volvían a la vida con la sal del agua:
SUNAMI.

Y así llegaron mis palabras y mis sentimientos, como mensaje en una botella que atraviesa un mar hostil. Llegaron con la esperanza de evitar la catástrofe; pero nadie me entendió, nadie me creyó...¿Cómo iba a ser posible algo así? Y sucedió.





sábado, 3 de marzo de 2012

RETAZOS DE LA CIUDAD DE LA CALMA.



Nada empañará nuestras esperanzas de futuro si sabemos conservar lo mejor de nuestro pasado...



...Y ahí siempre estarán nuestras obras, recordándonos que somos grandes artífices de la vida, creando universos nuevos siempre que lo necesitamos; ganando vida al río de la vida...


... El mismo que cesa también su furia para que tomemos su regazo y poder vivir a nuestro lado; en simbiosis mística, casi perfecta a veces, misteriosa...



...Fuerza salvaje, natural, que se doblega ante el poder creativo humano, que todo lo transforma...



...Y rebrota la vida, como imagen del pasado en el árbol que creímos viejo y caduco, y que nos trae la luz que cada día necesitamos...





  

...Y déjate llevar por la mansa corriente que te transporta a tus universos; en paz, sin prisas, disfrutando cada momento. Sintiendo propia la tierra que pisas, porque es tuya ahora; como el suave viento que refresca tu rostro henchido de calor, de vida que discurre...