El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

jueves, 15 de diciembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).





Regresar, ésa era la palabra que definía el momento; volver al punto de partida después de desgastarse durante la dura entrega necesaria. Regresar, pero de manera reconocible aun desgarrado a jirones. El mismo hombre que un día debió partir y que volvía cambiado, naturalmente. ¿A quién no afecta la guerra como para dejarle indiferente?¿A quién, el paso del tiempo no provoca arrugas en la piel? Pero nada podía ser más grande que haber sobrevivido a la entrega sin concesiones que la vida le exigiera; y aunque lleno de heridas, de aquellas que nunca cicatrizarían con el paso del tiempo, de nada sentía necesidad de arrepentirse, pues todo lo hizo por apremiante obligación y guiado solamente por su forma de ser, su sensibilidad y los escasos conocimientos de su joven edad. Todo lo puso al servicio que exigía lo que en cada momento era necesario, y siempre pensando en el objetivo principal: sobrevivir con quien a su lado estaba. No tenía porqué arrepentirse de nada, ni siquiera de haber matado a sangre fría, pues en ello sólo buscó evitar consecuencias peores y no hubo crueldad.
Tampoco era algo que lo hiciera sentirse orgulloso, derramar sangre de un ser igual que él no producía la misma sensación que matar a cualquier otro animal. Era como si en su interior muriese algo que permanecería sepultado en el fondo de su alma para siempre.
Mas la vida había triunfado y él era su testimonio, al menos para los suyos. Tomás le había dado noticias de los primeros compañeros y todos permanecían con vida después de los acontecimientos pasados. Se acordó de su corazonada en las sierras segovianas, cuando auguró a sus camaradas de escuadra que sobrevivirían a la guerra. Fue como una visión, algo más que el deseo de permanecer juntos, de perdurar; y aunque el destino los separaría, José nunca había dudado de aquella señal.


Una cálida y acogedora sensación inundó sus sentidos cuando el tren llegó a la pequeña ciudad de provincia de la que partió, Zamora. Sus ojos no pudieron contener el canal emocional que reventó desde su alma y de ellos brotaron desbordadas las lágrimas, tan necesarias como el oxigeno, como el agua que mantenía vivos los tejidos de su cuerpo. Cuando puso pie en el suelo y respiró el aire que llegaba del oeste y que reconoció al instante, el mismo aire que tragara al nacer cuando rompió a llorar por primera vez, por el que había luchado con tanta entrega hasta regresar, sus fosas nasales se expandieron para llenar los pulmones del gas vital que ahora sentía como si le perteneciera, y que trajo de nuevo a su memoria el famoso dicho: "Zamora no se ganó en una hora". 


Había aprendido desde pequeño que Zamora supo defenderse del asedio a la que fue sometida durante siete largos meses por las huestes de Sancho II para arrebatársela a su hermana Doña Urraca - reina de Zamora por el año 1o72- y reunificar el reino de León y Castilla dividido tras la muerte de Fernando I "el Magno". Pero Zamora supo resistir, decantando el asedio a su favor cuando al paso de Bellido Dolfos - noble de la ciudad y leal a Doña Urraca - se cerró el mal llamado "Portillo de la Traición", donde el Cid, impotente por la infructuosa persecución, debió llorar a su rey asesinado a manos de quien fuera su vasallo y amigo personal.

La historia de León y Castilla se resolvería como lo hacía el destino de sus reyes, arrastrados a intrigas por el poder entre hermanos, donde la traición y la lealtad eran difíciles de diferenciar. 



La luz dorada de un atardecer azul, sin nubes, comenzaba a ocultarse detrás de los tejados presagiando una fuerte helada nocturna, mas la tarde era tibia aún y a José le pareció propicio acercarse a la ciudad para reponer algo su estómago vacío y pasar la noche. Era mejor regresar de día, a los ojos de cualquiera que pudiera verle, la guerra no había acabado aún y su salvoconducto no lo libraría de los peligros de una detención nocturna. No sería la mejor manera de regresar. Pretendía hacerlo sin tener que agachar la cabeza, sin rebajar la mirada, y no quería pasar la noche detenido hasta que todo se aclarase.


Dejaron atrás la vieja estación que todavía se conservaba en pie gracias a la guerra, pues interrumpió las obras de la nueva, que habían sido inauguradas un año antes del estallido del conflicto por el entonces presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora.

Subieron por la "Cuesta de las Viñas" hasta la Ronda de las Tres Cruces, y desde allí, tomando la Avenida de la Libertad llegaron a la Calle San Torcuato, la otra gran arteria que junto con Santa Clara articula el centro comercial y administrativo de la ciudad. Ambas parten de la Calle Alfonso IX y discurren hacia el interior buscando la Plaza Mayor para converger en la breve Calle Renova, última antes de llegar. En conjunto, las tres calles albergaban un rico patrimonio monumental. San Torcuato con el Palacio de los Momos, de estilo renacentista, y Santa Clara con la Iglesia de Santiago del Burgo, de estilo románico, convergen en la Calle Renova con un importante numero de edificios de estilo modernista, para desembocar en la Plaza Mayor.

 Entraron en ella dejando a su izquierda San Andrés y la Calle de Balborraz, que en una gran pendiente conecta el casco antiguo con el río Duero. Balborraz fue importante en el siglo X por ser una calle gremial que enlazaba la judería vieja con el centro político y administrativo de la ciudad. Una ciudad levantada sobre una protuberancia rocosa a casi cuarenta metros sobre el nivel del río que la bordea por el sur. De sus murallas tomó el apodo de "la bien cercada", igual que por el temple de sus gentes, nobles y leales, adquirió su título como ciudad, otorgado por Enrique IV a finales del siglo XV.



Zamora es cuna de héroes como Viriato, con quien Roma  firmaría la paz tras ocho años cosechando derrotas frente a su táctica de guerrillas. Un pastor, que como experto conocedor del medio que le había visto crecer y del carácter de las gentes que componían las tribus autóctonas y que supo unir en torno a su caudillaje, se convertiría en un verdadero estratega que obligaría a retroceder a las legiones romanas hasta conseguir un acuerdo de paz y el reconocimiento del senado romano de su persona como líder de su pueblo. Sólo después, y comprando la lealtad de sus generales para que lo asesinaron mientras dormía, Roma podría deshacerse del ariete que rompía cada uno de sus empeños por dominar Iberia.




Zamora compondría su bandera, "la Seña Bermeja", incorporando ocho tiras rojas - una por cada victoria de Viriato frente a las legiones de Roma - y sobre ellas, una banda verde esmeralda representando la que colgara de su hombro Fernando el Católico durante la Batalla de Toro en 1476, y que tras su victoria, otorgaría a la bandera de la ciudad por la ayuda y los auxilios prestados.



Pasaron por debajo de la galería que forma la fachada porticada del antiguo ayuntamiento. Un edificio de estilo plateresco del siglo XVII con reminiscencias góticas. Su fachada, escoltada por dos torres laterales, está dividida en dos tramos distintos según la altura. En la parte de abajo, de clara influencia renacentista, cuatro grandes arcos de medio punto sobre columnas dóricas dan forma a la galería interior. En la parte superior son carpaneles platerescos, con los escudos de España y los dos cuarteles de Zamora adornando sus uniones. Las torres abren grandes ojivas, influencia del periodo en el que comenzó su primera construcción a finales del gótico, y que fueron desmochadas por encima de la segunda planta en el siglo XIX. 

El ayuntamiento por el sur y por el oeste la iglesia de San Juan de Puerta Nueva, de estilo románico del siglo XII, delimitan por ambos lados la monumental plaza. 

Giraron calle abajo por la de Los Herreros, otra de las grandes calles gremiales de la ciudad, dejando a su derecha la de Ramos Carrión. 

La Calle de Los Herreros, que estaba llena de bares y casas de comidas y que aún conservaba algún pequeño taller de artesanía, un par de tiendas de ultramarinos y dos o tres pensiones baratas, mantenía por entonces los estómagos de las clases más humildes en el centro de la ciudad, sobre todo los días de feria y mercado, que semana tras semana arrastraban hasta allí a las gentes del campo después de hacer sus compras y sus canjes, sus trueques y negocios.

José bajó con Berta las pendientes y estrechas escaleras que conducían a una afamada bodeguilla ubicada en el lado izquierdo de la calle, a media altura de su recorrido, donde se vendían vino y raciones de comidas tradicionales.

 Por aquellas horas del día, cuando la mayoría de los comercios y negocios habían cerrado, la bodega se encontraba casi vacía; sólo algunos paisanos, en su mayoría comerciantes de la zona que paraban por allí para echarse un vino y comentar los incidentes y las noticias nuevas del día, mantenían medio llena la barra que se extendía a lo largo de la primera estancia abovedada que surgía transversalmente tras abrir la puerta, al fondo de la pronunciada escalera, y que conectaba perpendicularmente con otra sala, abovedada también, que albergaba una amplia zona de mesas con el hogar de lumbre al fondo. José no tuvo problema para sentarse a una mesa cerca de la vieja chimenea de leña que aún se mantenía encendida y que calentaba la oscura bodega de largas bóvedas de ladrillos.

Cuando llegó el bodeguero pidió que le trajera vino y una ración de algo caliente para comer. El bodeguero le recomendó unos callos de ternera en salsa zamorana con una ensalada de pimientos y tomates con cebolla, aceitunas negras y una "mieja" de escabeche. José accedió a su propuesta y le preguntó si podría traer agua para su perra y algunas sobras de la comida del día, se lo pagaría.  El bodeguero lo miró un tanto disgustado por su última petición, pero sin decir nada regresó a la barra para realizar el servicio.




Pensaba en Alfredo. Tampoco él estaba seguro, "no las tenía todas consigo", como se suele decir. Después de lo ocurrido la desconfianza era muy grande y no se fiaba de los consejos que le dieran para que convenciese a su amigo de que debía entregarse. ¿Que garantía suponía ahora él? Como antes, no conocía a nadie con poder suficiente que le respaldara. La guerra estaba terminando y lo hacía también a favor de los asesinos, de sus verdaderos enemigos, y le faltaba la autoridad que necesitaba en aquellos momentos tan delicados. Se sentía apesadumbrado, dudaba de sus capacidades para realizar lo que sabía era necesario para acabar con todo. La guerra no terminaría para él si no cerraba el último capítulo inconcluso, pues su alma necesitaba iniciar algo nuevo, donde el pasado no contara para poder respirar otra vez la vida.


Pero necesitaba comer antes de tomar la próxima decisión. Un estómago en armonía con las necesidades del cuerpo - consideraba - es imprescindible para una determinación sosegada, necesaria siempre para alcanzar buen puerto.

Cuando el bodeguero llegó con el primer encargo dejándolo sobre la mesa, y mientras servía el primer vaso de vino, hasta Berta adoptó una nueva compostura; su fino olfato le hizo estirar el cuello buscando el aroma que rezumaba desde la cazuela caliente de barro la salsa hirviendo aún, y la espectacular ensalada alineada con aceite de oliva virgen y un buen chorro de vinagre de vino tinto.
 José se olvidó de todo de repente y concentró sus sentidos en lo que tenía delante. Partió un trozo de la media hogaza de pan blanco, de molledo alto sin ojos en la miga y carolo (la corteza) troceado en cuadrados, y después de dar a Berta la mitad, untó con el trozo sobrante la espesa salsa roja de los callos y se lo metió en la boca.
Saboreó el exquisito bocado, y su estómago lo acogió con mayor agrado del habitual después de tanto tiempo fuera de casa, comiendo de rancho y lo imprescindible. El sabor único y característico del pimentón picante de  Aldeanueva (Aldeanueva del Camino, Cáceres.) y el suave y aromático toque de cominos, reabrió su apetito. Hacía mucho, mucho tiempo que no comía por placer, y aquel plato típico que su madre cocinaba como nadie y que a él tanto le gustaba, satisfacía por entero su necesidad vital hasta el punto de que no lo hubiese cambiado por ningún otro. Berta, al calor de la lumbre y junto a los pies de José, roía un hueso de espinazo de las sobras del cocido repartido en la comida de la tarde, en el resplandor de las llamas que iluminaban el fondo de la bodega. Ambos eran inconscientemente felices, sus pensamientos habían cesado y sólo atendían al placer de saciar su apetito. Hombre y animal componían una postal para el recuerdo, algo que ninguno de los dos olvidaría el resto de sus vidas. Aquella comida, la primera después de mucho tiempo, libre de preocupaciones, sin interrupciones inesperadas, sin contratiempos inoportunos, les había transportado fuera de toda realidad perturbadora, de todo pensamiento decepcionante. José sentía sólo el momento, el calor del fuego en la piel y el sabor del vino tinto de la tierra que la coloreaba más que el reflejo de las llamas. Disfrutaba de nuevo de la comida sin observar cuanto tiempo llevaba sin hacerlo; y mirando para Berta, que no levantaba cabeza del suelo mientras trituraba el hueso con sus poderosas mandíbulas, experimentó un universo intemporal de felicidad momentánea que dejó su mente flotando en la nada durante unos segundos.


El bodeguero interrumpió su éxtasis para preguntar si quería alguna cosa más y si podía retirar las sobras, a lo que José, tras ladear la jarra y comprobar su contenido, contestó que no quería más, que todo le había gustado y que había saciado su apetito sobradamente. Después le pidió la cuenta para pagarle, y tras hacerlo y dejar una pequeña propina por el buen servicio, le preguntó por una pensión para pasar la noche; el bodeguero le  ofreció una habitación para los dos en un piso de la Calle San Andrés, cerca de la Plaza Mayor. José no lo pensó, pagó por adelantado la noche y esperó que el bodeguero le trajera el recibo por el hospedaje. Mientras, sus pensamientos retornaron a la realidad.


Micaela apareció con fuerza en su consciente recuperado; su  imagen lo englobaba todo en el futuro imaginario que vislumbraba cerca, inminente. Sin ella nada encontraba sentido, sin ella todo sería aún más duro. Ella suponía el impulso que necesitaba para abrirse paso a pesar de lo que viniese, pues a su lado nada podía ser demasiado grande, demasiado poderoso para robarles la ilusión de una vida nueva, mejor, siempre uno al lado del otro.

Eran jóvenes y la vida había contado con ellos para continuar. Estarían juntos hasta el final porque la suya sería una existencia larga, muy larga; y se necesitarían mutuamente de nuevo como se habían necesitado hasta entonces en la distancia que los separara. Ahora comprendía que no podría empezar desde cero, pues para eso tendría que volver a nacer. Lucharía en adelante por el porvenir y por aquello que aún quedaba atrás, como su amigo Alfredo; y a ello le dedicaría la misma entrega, la misma pasión, igual furia y constancia que le habían conducido a regresar con los suyos, al lugar del que partió y que nunca deseó abandonar. Pero su vida había tomado un cuerpo y estaba cargada de experiencias, nunca podría desprenderse de aquellas que no le gustaban por mucho que transcurriese el tiempo, y el futuro se presentaba como un cielo negro, roto tras la espantosa tormenta. Nada había acabado, debería seguir luchando aunque las armas fuesen distintas.


La ciudad comenzaba a dormirse lentamente al tiempo que apagaba sus luces. El río Duero la abrazaba en su regazo de aguas mansas y dejaba que se reflejara en ellas para convertirla en una perla; una perla hundida en el fondo que brillaba con la luz de la luna iluminando el cauce a su paso.






lunes, 5 de diciembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).


Entró en la cafetería de la estación con Berta a su lado, pidió un café con brandy, y después de pagar al camarero se sentó en una mesa alejada de la barra. A esas horas de la mañana  la estación estaba muy concurrida con gentes que iban y que venían  con sus equipajes, con sus enseres acuestas. El trafico de personas y mercancías era muy abultado, y el frío húmedo provocado por la niebla espesa que dominaba la atmósfera empujaba a entrar en la cafetería, por lo que en pocos minutos se llenó completamente de gente.


La estación de trenes de Miranda de Ebro, desde su creación en 1862, suponía un punto logístico de primer orden, clave para el transporte  de personas y mercancías en el norte de España. Conectaba Madrid con Irún atravesando la meseta castellana. La guerra había magnificado su importancia pues era un nudo de comunicaciones fundamental para la vertebración del territorio nacional; por allí pasaba todo el trafico de mercancías que llegaba desde Francia, incluido el suministro de armamento y munición proveniente de Alemania. El transporte de tropas y material bélico era constante en aquellos momentos, mayor que el tránsito de personas que viajaban de unos lugares a otros. Ambos flujos se entremezclaban en las horas centrales del día generando un ambiente bullicioso que duraba hasta la media noche, cuando la actividad decaía más.

Su planta rectangular, dividida longitudinalmente en dos partes iguales, sólo interrumpidas en su eje central por una zona común de vestíbulos, hacía única la estación de trenes con las vías a un lado y al otro del edificio. Sus grandes marquesinas, de casi cien metros de longitud, estaban construidas al estilo "victoriano" con grandes pórticos de hierro fundido y filigranas estampadas en los arcos. Las ménsulas y celosías del armazón metálico que las componían daban cabida a aquel enorme transito humano que no dejaba de afluir por las noches y que durante el día se convertía en auténtica marea.

José, después de tomarse el "carajillo" de café sacó la pipa para fumar; la vieja pipa de espuma de mar con la que Vázquez obsequiara su amistad en Vinaroz y que celosamente mantenía siempre guardada en su caja de madera de cedro.
Había terminado cogiendo cariño a aquel "cabronazo" que tanto le importunara al principio, pero que se había comportado a su lado de manera digna, a la altura de las circunstancias en los momentos claves.
Tanteó el macuto y extrajo de él la petaca de licor metálica de Sergio, que aún se mantenía medio llena, y tras desenroscar su tapón se sirvió un poco de brandy en la taza vacía de café. 





Recordó la enorme sonrisa del grandullón, golfo y bonachón, que había sido su sombra en cada uno de sus combates y parte de su conciencia en los momentos más delicados. Nunca olvidaría la sonrisa amigable y la comicidad de sus gestos cuando se enfadaba, algo que le divertía sobremanera. Desde lo de Brunete fueron inseparables, y José le había cogido un cariño sólo comparable a la admiración que por él sentía. Esa admiración se debía a la lealtad que Sergio le mostrara desde el primer día y que duró todo el tiempo que pasaron juntos. Tan leal como Berta, pero de mayor valor por tratarse de un hombre que jamás puso en duda sus decisiones y hasta el final estuvo a su lado. Sergio era el eslabón que lo unía otra vez con su especie, algo que con el tiempo le agradecería en lo más profundo de su alma pues no sólo había salvado su vida en el campo de batalla, sino que había librado a su espíritu de la desesperanza que alberga la desconfianza en el ser humano. Sergio le demostró que la amistad verdadera es más poderosa que el odio y el resentimiento, y que la lealtad la hace duradera y productiva librando al ser humano de su soledad.

El trasbordo le obligaba a esperar más de tres horas el tren  procedente de Valladolid, que cambiaría máquinas para regresar de nuevo. Pensó en darse un paseo por la pequeña ciudad para hacer más pasajero el tiempo de espera, pero la niebla y el frío húmedo del exterior no invitaban a ello, por lo que decidió pedir otro café al mozo camarero, que en aquellos momentos pasaba con bandeja y bayeta recogiendo vajilla y limpiando las mesas y los ceniceros.
Al cabo de unos minutos el camarero regresó con su café caliente, humeando su aroma fuerte y terrosa. José añadió el azúcar y un chorrito de brandy de su petaca, lo que provocó que el líquido casi rebasará el borde de la taza. Bajó la cabeza hasta que sus labios tocaron el brebaje caliente y sorbió con cuidado para que no se derramara sobre el platillo.

- Paisano, ¿es suya la perra? - José levantó la cabeza para mirar a quien le hablaba, interrumpiendo la labor en la que estaba concentrado.

- Sí, es mía - afirmó secamente.

- Me gustaría comprársela -. Dijo su interlocutor, un hombre de estatura mediana que cubría su cabeza con un sombrero de fieltro de pelo color laurel, con forma de "pastel de cerdo"; y su cuerpo con un abrigo de paño de lana del mismo color, con anchas solapas de pico y doble fila de botones. Parecía un hombre que superaba con amplitud los cuarenta años de edad, de tez redondeada, piel sonrosada y ojos claros. Un bigote estrecho, bien recortado, pelirrojo como sus cejas, se distinguía por encima de sus labios finos, que parecían más pequeños sobre la ancha y aplanada barbilla. Iba acompañado por un teniente de requetés en uniforme de campaña.

- No está en venta, gracias - dijo José -.

- Aún no conoce mi oferta. Tal vez quiera usted poner el precio. Le parecen bien unas...treinta pesetas. - José se dedicó a su café haciendo caso omiso a quien le hablaba.



- Vamos amigo, le ofrezco una buena cantidad, son pocos los que pueden ganar eso todos los meses. 

José siguió concentrado en su café mientras de reojo miraba a Berta, que se mantenía atenta a la escena que se estaba desarrollando. El teniente de requetés trató de adelantarse para hablar pero fue detenido por el de paisano, que dirigiéndose de nuevo a José, le dijo:

- Perdone, me he comportado como un necio; comprendo el valor sentimental que debe tener para usted este animal, de verdad que lo siento. Pero, ¿permite que nos sentemos, por favor? No le importunaré; soy cazador y admirador de los buenos perros. Ha sido una torpeza por mi parte no comprender antes que también usted lo es, y tal vez mi oferta no haya sido la adecuada. ¿Nos permite?  

José contestó afirmativamente con un movimiento de ojos y con su mano derecha para indicarles un asiento. El teniente lanzó una mirada de sorpresa al de paisano, pero éste, tomando una silla le invito a sentarse, algo que también hizo él.

- Mire - dijo -, llevo observándoles a usted y a su perra un buen rato y me ha sorprendido lo bien educada que está y el instinto que muestra. Creo que es un animal magnífico, que sabe cazar como ninguno; ¿me permite que la pruebe con un señuelo?

- Sabe cazar, se lo aseguro, pero no está en venta. - Dijo José mientras limpiaba la primera capa de ceniza de su pipa.

- Oiga, tal vez he sido un poco parco en mi oferta, no pretendía subestimarlo, pero estoy dispuesto a multiplicar por diez esa oferta.

José continuó callado, concentrado en la limpieza de su pipa. El teniente de requetés comenzaba a dar muestras de impaciencia pero se mantenía sin entrar en conversación. Era un joven casi imberbe, de carácter nervioso y desconfiado, que a pesar de su impecable uniforme de oficial no hacía gala de la  experiencia suficiente para estar a la altura. Debajo de su capote de lana gruesa con cuello de piel y grandes ojales, lucía almidonada y perfectamente planchada una camisa gris pálida con el distintivo de oficial y galleta con dos estrellas de seis puntas. De los embetunados correajes que sujetaban el cinturón colgaba la pistola enfundada, y unos pantalones bombachos color garbanzo terminaban escondidos en las cañas de unas brillantes botas de montar de "color cuero". La borla dorada prendida en la boina roja caía sobre el lado izquierdo de su rostro pálido y afilado. Su mirada era inconstante y escurridiza, y su impaciencia por intervenir en el trato provocaba que no fuera capaz de estarse totalmente quieto en su asiento, algo que ponía nerviosa a Berta, que se levantó del suelo para sentarse al lado de las piernas de José, de manera que parecía que quisiese tomar también parte en la conversación que se desarrollaba.

- Caballero - dijo el hombre de paisano dirigiéndose a José -, compruebo que es usted un negociador frío y hábil que sabe que todo tiene un precio, y voy ha hacerle una oferta que no podrá rechazar, pues va mucho más allá de su valor real. Comprendo que si mi anterior oferta no ha resultado suficiente, será porque el animal lo merece de verdad, por lo que le ofrezco tres mil pesetas y no se hable más. 

El de requetés se quedó estupefacto, totalmente descolocado, pues la oferta era una auténtica fortuna. Intentó decir algo, pero el de paisano le agarró la muñeca por debajo de la mesa para detenerlo.
José levantó la taza de café y se dio un trago que acabó con su contenido, dejando su interior barnizado por una fina capa de crema del aromático líquido y un pequeño poso de azúcar en su fondo, el cual rellenó de nuevo con brandy.

- Bueno, ¿qué me dice? Es mi última oferta.

- No quiero hacerle perder su tiempo y siento tener que repetirle que no está en venta - contestó José.

El hombre calló un momento sorprendido por la respuesta de José. No podía encajar que su última oferta hubiese sido rechazada.

- Oiga, no comprendo - dijo -. Le he ofrecido mucho más de lo que nadie pagaría nunca por un animal, es una auténtica fortuna. Con ese dinero podría emprender una nueva vida en cualquier sitio. No veo signos de riqueza en usted por ningún lado; al contrario, parece más bien necesitado. ¿Cuál es la razón que le impide desprenderse de ese animal?

José esperó unos segundos meditando la respuesta mientras encendía otra vez la pipa.



- ¿Cuanto vale para usted la amistad? Porque Berta es ahora mi mejor amigo. Para mí no tiene precio. 

El hombre, sorprendido, no supo que contestarle.

- Debo suponer que usted también tiene amigos - continuó mientras miraba al imberbe teniente - y que sabrá que vender a un amigo es traicionarle. Yo no traiciono a mis amigos. Para mi Berta no tiene precio y sólo con gratitud puedo pagar su compañía. Nunca me desprenderé de ella, como ella tampoco lo hará de mí libremente. Hacerlo sería renunciar a parte de mi vida, la cuál ella ha hecho posible, y eso sería renegar de mi mismo y una traición imperdonable a su lealtad. Supongo que ahora comprenderá que el dinero no puede comprarlo todo, siento decepcionarlo. Dijo que admiraba los perros de caza, pero más que eso, creo que lo que realmente le hace sentirse plenamente satisfecho es poseer todo aquello que le parece superior, sin contar a que se debe ni a quien pertenece, como si su dinero pudiese darle todo aquello que no es, que le falta. Y la lealtad, el respeto y la confianza se ganan, no pueden comprarse con todo el dinero del mundo.

La cara del hombre pelirrojo se quedo blanca como una pared encalada, y sus labios, sellados por la decepción, fueron incapaces de decir palabra alguna. Mas el joven oficial de requetés se levantó de la silla malhumorado y dispuesto por fin a intervenir; echó para atrás el capote con una mano, y apoyando ésta en la funda de su pistola,  levantó la voz para decir a José:

- Creo que no sabe con quien está hablando. El señor marqués no debería darle explicaciones; quiere ese animal y usted tiene la obligación de hacer que eso sea posible. Así que va a aceptar su oferta por las buenas, que se pasa de generosa. Todo lo que hay en el territorio del estado pertenece al estado y el ejército garantiza que así sea. Debería estar en el frente defendiendo a la patria, y ya que no es así, contribuirá en la manera que se le pida. Ahora ésta es la exigencia, no lo piense más -. Y  despacio, de manera fría, como si no quisiera ser detectado, desabrochó el corchete de la funda de su pistola. José captó su movimiento y no pudo por menos que dejar escapar una sonrisa irónica.

- Tranquilícese teniente, no le conviene nada meterse con ese hombre, deje tranquilas las manos -. El teniente se dio la vuelta para ver a quien a su espalda le prevenía de las consecuencias que podía acarrearle su conducta. Era Tomás, que regresaba al frente tras unos días de permiso en casa. José miró a Tomás brindándole una abierta sonrisa.

- Está usted hablando con un héroe de guerra, y como compañero de armas y amigo personal, no le permitiré que se sobrepase de nuevo - le advirtió Tomás al joven teniente. 

José vestía de paisano, pues todo en el ejercito le fue retirado. Había comprado ropa con el poco dinero que le aportara la comandancia para su regreso. El teniente de requetés dio un paso atrás desconcertado y en su cara se apreció una mueca de asombro. Tomás se adelantó entonces para dar un apretón de manos a José y éste se levantó casi al mismo tiempo que lo hacía Berta, dejando a un lado la mesa. Ambos amigos se juntaron en sincero abrazo mientras Berta aullaba contenta.

- ¡Cabronazo, qué bien te veo! - le dijo José - Estás flamante con ese uniforme nuevo. ¡De brigada nada menos! 

Y abrazándolo de nuevo dio unas palmadas en su espalda.

- ¡Joder, lo que menos podía pensar era encontrarte por aquí!- Le contestó Tomás.

- Ni yo; aunque ya sabes, "la vida es un pañuelo". Pero vamos, siéntate -. Continuó José, que seguidamente se dirigió a los dos contertulios que aún permanecían expectantes. También el hombre de mediana edad se había levantado del asiento cuando Tomás se acercó para saludar a José. Con el sombrero en las manos parecía esperar una última respuesta, pues aún no podía creer que su oferta fuera finalmente rechazada.

- Caballeros, como les dije, no acostumbro a vender a mis amigos; por eso, como ven, los conservo siempre. No existe riqueza mayor. Berta ha cazado para mí y lo seguirá haciendo, aunque ya no cazará hombres, lo hará sólo por el placer de liberar su instinto y hacerme feliz a mí.
Señor marqués, creo que me habrá comprendido; dígale a su sobrino que no sea tan ligero con el gatillo, esa no es forma de ser patriota. Si hubiera mandado a mi perra, ella sólo habría curtido su cara más que si hubiese estado en el frente, el cual no le vendría mal un buen tiempo para calmar sus ánimos. 

Ambos hombres se retiraron sin despedirse, sin decir nada; no era fácil saber si debido a la vergüenza, o a la impotencia que sentían por no conseguir su objetivo. Los dos amigos se sentaron después para charlar un rato. Tomás cogería el siguiente tren hacia el norte, que saldría apenas cuarenta minutos más tarde.