El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 15 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES.





Y preguntaron las palabras al sentir por el buen estado, el buen gobierno y el buen gobernante, y el sentir se reveló:


El estado puede compararse con una gran orquesta en la que  sus ciudadanos son los músicos y quien gobierna, el maestro director.


La razón de ser de la orquesta es la música, necesaria para la felicidad y el disfrute, que es realmente lo que se anhela. El buen estado representa y realiza el anhelo de felicidad de sus ciudadanos como fin primordial.



Las notas musicales son las normas permanentes que permiten formar una armonía; las normas naturales son permanentes, porque contra otra fuerza o razón se repiten siempre como las notas musicales, para poder crear con ellas cualquier melodía.


El buen gobierno es el resultado de la interpretación correcta de las normas permanentes, de las notas musicales sobre las que se construye la melodía a interpretar. Los músicos deben practicar las notas para ejecutar bien la melodía  y el director de orquesta no interferir en la medida de lo posible; sólo actuará como punto de referencia para indicar la dirección antes de que ésta pueda perderse.
El buen gobernante no debe interferir en el libre y natural desarrollo de su estado, como tampoco permitirá que ninguna parte sobresalga por encima de él. El buen director se mantiene fiel a la partitura para no interferir en su realización, marcando la referencia para que ningún intérprete pueda desviarse. De ello se deduce que no hay orquesta sin director, ni director sin músicos.
Pero para que los músicos armonicen sin rivalizar y sin tratar de destacar entre ellos, su director no primará, como tampoco reprimirá a ninguno, pues es la armonía lo principal y sobre ello habrán de trabajar juntos.
Ateniéndose siempre a la partitura ganará la confianza de quienes dirige, pues para todos será la misma norma y a todos igualará permitiendo sus individualidades, sin las cuales no tendría vida la orquesta.
Sin pretender mejorar la melodía, interpretará ésta tal cuál es, como fue concebida, y será reconocida por todos.
No queriendo sobresalir brillará, sera famosa su interpretación, porque será la justa y así se recordará siempre.



viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).





El horizonte paría paisajes nuevos que pronto se perdían en la lejanía. La luz dorada, otoñal, variaba su intensidad después de cada instante y vestía distintas las sierras que se alejaban con sus montes y espesuras; y los campos yermos, desolados, que comenzaban a expandirse sobre la llanura hasta la siguiente depresión para precipitarse frescos sobre el valle, descendían hasta los pueblos y las aldeas y se alzaban más allá, por encima de éstas, marcando la frontera donde la montaña comenzaba a erigirse imponente y colosal. Después venían los puertos, el interminable ascenso zigzagueante sobre las faldas dejando atrás los poblados en el fondo, tapados por la niebla que se cerraba más cuanto más se ascendía y que de golpe se cambiaba por oscuridad total sobre el ruido amplificado del tren al pasar por el primer túnel escavado en la montaña. Luego la claridad aparecía de golpe y el paisaje imponía de nuevo su sobrecogedora inmensidad.

José regresaba a casa con Berta, la guerra en el frente había acabado bruscamente para los dos. Pero a pesar de lo que dejaba atrás y que marcaría para siempre su vida, no sentía nostalgia, había vencido por fin y aquello era lo único importante; el resto quedaría imborrable en su memoria y ciertos sentimientos como el de la amistad verdadera, que sólo se interrumpe por la distancia inevitable,  jamás le abandonaría. 
Dejó descansar la vista sobre el horizonte que se ensanchaba más allá de la ventana del vagón, al bajar el puerto. Los pastos rebrotados por la otoñada extendían su manto verde entre los tonos rojizos y pardos de las hojas de los árboles, y los pueblos aparecían de nuevo uno tras otro separándose más cuanto más se imponía la llanura en el paisaje. Las imágenes al otro lado de los cristales desfilaban ante sus ojos mezclándose con otras que su mente reproducía a la vez sin sobreponerse, sin tapar la frescura del momento; el tiempo que las separaba era lo único que podía diferenciarlas, porque la sensación que producían en él era idéntica, como el día que forzado a ello debió abandonar su hogar para empezar a conocer el mundo.
Volvía a casa por fin, feliz pero decepcionado a la vez. Feliz porque había conseguido salvar el pellejo, que era lo que realmente importaba; estaría de nuevo con los suyos y con Micaela, con quien esperaba comenzar una nueva vida por cuenta propia creando una familia. Decepcionado, pues antes de partir del hogar aún creía y admiraba al género humano, fe que debió abandonar durante el conflicto para poder sobrevivir y que ahora esperaba poder recuperar engendrando una nueva vida que representara otro amanecer, un futuro cierto, algo en lo que creer con fuerzas otra vez.
Pensaba en Micaela y en todo lo que representaba para él. Sentía ahora como entonces su calor, su ternura, su pasión, y ardía en ganas de tenerla entre sus brazos para sellar sus labios con besos y limpiar las lágrimas de su rostro emocionado por la alegría. 
Y tras el deseo primero regresaron los recuerdos, y con ellos el rostro perfecto, el cuerpo escultural, clásico de Piedad, la hermosa serrana que le había hecho dudar de sus principios  cuando le mostró la cara más trágica de la guerra. Su amor por Micaela había evitado cualquier otro deseo, pero no dejaba de reconocer que por un momento se sintió atraído hacia aquella mujer; por su coraje y belleza. 
Tanteó el macuto y después de aflojar la cuerda de su boca extrajo la caja de hojalata; la abrió y sacó la pequeña biblia, debajo estaba el rosario y la carta de Piedad. De nuevo pensó en Micaela, a quien debería explicárselo todo sin estar seguro de cómo reaccionaría. Cogió el rosario y dejó correr entre sus dedos las bolas de azabache que marcaban las cuentas de los rezos, y mirando otra vez por la ventana, recordó que partió de casa sin llevar ningún dios consigo, y que regresaba reconociendo que algo se mueve por encima de todas las cosas. 

La batalla aún no había concluido, pero para entonces la suerte estaba echada para la República. Gran Bretaña, Francia y Alemania firmarían el día treinta de Septiembre los "Acuerdos de Múnich", que permitirían a Alemania anexionarse el territorio de los Sudetes en Checoslovaquia. El gobierno de Negrín vio como se esfumaba con ello la posibilidad de internacionalizar el conflicto, su única esperanza de sobrevivir. De nada serviría la retirada simbólica y unilateral de las "Brigadas Internacionales por parte del gobierno republicano, con lo que se intentaba ganar para su causa al "Comité de no intervención" de la Sociedad de Naciones; pero aquellos hombres - diez mil, de los más de treinta mil que llegarían a intervenir en el conflicto - ya no eran vitales para el desarrollo de las operaciones. Habían sido las fuerzas más combativas de la República, estando siempre presentes en primera línea en todos los combates, en todas las batallas de la guerra, por lo que sufrieron un tremendo desgaste. En la batalla del Ebro y tras la re-estructuración del ejército republicano, sus filas contaban con más soldados españoles que extranjeros, y sólo representaban un símbolo, una referencia ideológica de lo que llegó a significar la república española en el contexto socio-político de su época. Franco repatriaría a diez mil 
italianos, lo que tampoco significaba nada teniendo en cuenta el carácter internacional de su ejército, que había crecido alcanzando la cifra de un millón de hombres armados durante el transcurso de la guerra.  



El ejército republicano soportó una tras otra las cargas del ejército nacional, más profesional y mejor armado, y aún falto de los recursos necesarios contuvo con heroicidad su presión hasta el último momento; hasta que sus fuerzas, agotadas y maltrechas, carentes de cualquier tipo de ayuda exterior, debieron retroceder ante la aplastante superioridad de su enemigo.
La batalla del Ebro duraría cuatro largos meses, durante los cuales sólo las lluvias torrenciales de aquel otoño en las sierras de la Terra Alta darían tregua a los durísimos combates, que se saldaban con un impresionante número de bajas por parte de ambos contendientes.
Nada más que la apabullante superioridad numérica y armamentística del ejército nacional, que dominaba los cielos con más de quinientos aparatos y machacaba las posiciones republicanas con casi mil baterías artilleras, decantó finalmente la batalla a su favor, pues los republicanos se batieron hasta el momento final con idéntica bravura, con la misma pasión e idealismo que los había definido hasta entonces. La suerte del ejército republicano hubiera sido otra, si a su capacidad organizativa y disciplinaria, que llegó a alcanzar su punto de madurez en el transcurso de la batalla, se hubieran unido los relevos y aprovisionamientos necesarios; pero los problemas logísticos motivados por el aislamiento internacional en que se encontraba por entonces la República, con su último aliado (Checoslovaquia)
entregado a las garras de la Alemania nazi, y con Rusia aislada por el Pacto de Munich, derivaron en una derrota sin paliativos que inició el principio del final del periodo republicano en España.

José, sumido en los recuerdos más recientes, se quedó dormido. Berta, echada a su lado en el asiento, descansó la cabeza en los muslos de él y cerró también los ojos.


[- Capitán Alonso: díganos si es verdad que usted y su igual en el rango, el capitán Cuesta Pascual, pelearon delante de sus hombres en el campo de batalla.

-Sí señor - respondió José -, así fue.

-Dígales al tribunal, capitán, si fue usted quien deliberadamente y sin discusión previa inició la pelea golpeando en la cara a su camarada, el capitán Cuesta -. Preguntó otra vez el fiscal militar.

-Sí señor, yo inicié la pelea.

-Bien Capitán, supongo que sabía de la gravedad del hecho. Mostrar cualquier tipo de división interna a nuestros soldados es una falta muy grave.

-Lo se, señor -. Dijo José.

-Díganos si no es verdad que entre ustedes dos existía una rencilla personal previa, que fue lo que provocó el episodio -. Prosiguió la acusación fiscal.

-Nuestras diferencias personales no tuvieron nada que ver, al menos en lo que a mí se refiere  - replicó José -. Sólo intenté garantizar la integridad de mis hombres, que fue amenazada por una acción deliberada del capitán Cuesta.

-¿Esta diciendo capitán, que con su acción en el combate, el capitán Cuesta puso en peligro a sus hombres?

-Murieron varios de ellos, señor. Hay testigos que pueden corroborarlo.

-¿Y no cree capitán, que en vez de obrar como lo hizo, hubiese sido mejor ponerlo en conocimiento de sus superiores? - Argumentó el fiscal.




-Tal vez para mí - respondió José -, pero no para mis hombres, a quienes los combates no daban tregua y tenían que cargar con las espaldas descubiertas, pues quien debía cubrirlas, en vez de machacar las posiciones de la infantería enemiga para facilitar nuestro avance evitaba con su fuego de morteros que en los momentos necesarios pudieran replegarse. Muchos murieron por no poder hacerlo; quedaron encerrados entre dos fuegos sin poder moverse.

-¿Considera entonces capitán, que en ciertos momentos la determinación de los mandos debe saltarse las normas generales en beneficio de sus soldados, aunque sea un perjuicio para la disciplina en el ejército  -. La defensa no hizo objeción alguna a la pregunta.

-En principio considero por encima de todo el derecho a la vida. Ya se que en tiempos de guerra y hablando de batallas pueda parecer absurdo, y tal vez lo sea. ¿Pero si no nos atenemos a él, a qué atenernos? Si la vida de quienes luchan a tu lado no es más importante que cualquier otra cosa, ¿cómo vencer, cómo sobrevivir?
No, puede que no pensara en todas esas cosas de las que me habla y que resultan tan lógicas, como lo de la disciplina; pero de igual modo que yo no podría influir ni condicionar las decisiones de nuestros generales, ellos no pueden personalmente ordenar y solucionar cada uno de nuestros problemas en la tropa. Todos debemos guiarnos por el sentido común; en momentos de acción de guerra, de combates continuados, ciertas decisiones hay que tomarlas sin dudar en el campo de batalla, en el momento crucial que se necesitan, y no hay tiempo para entrar en consideraciones de otro tipo si se quiere sobrevivir y vencer.

-Dice usted que sus diferencias personales con el capitán Cuesta no tuvieron nada que ver con el incidente, pero ¿por qué acusó usted entonces a su camarada de intrusiones en su vida sentimental con expresiones como: "Por tu culpa está aterrorizada mi novia..." o, "Mi amigo Alfredo está desaparecido acosado por tus amenazas?"

José se quedó pensativo. Sabía que llegaría el momento que aquella pregunta iba a ser inevitable y no encontraba las palabras, tal vez porque las necesarias eran las mismas pronunciadas, y no tenían doblez.

-Conteste a la pregunta capitán - insistió el fiscal -: ¿Hizo usted estas afirmaciones?

-Sí - respondió José.

-Entonces, ¿porqué dice usted que no fue un asunto personal lo que provocó el incidente?

-Porque no lo fue. Otra cosa es que aprovechara el momento para echarle en cara lo que hacía tiempo tenía ganas y eso perjudicase su imagen ante sus soldados; mis soldados ya conocían sus mañas, no podían sorprenderse. Tal vez, después de lo sucedido, hubiesen dudado de mí de no haberle plantado cara.

-Su camarada el capitán Cuesta, no sólo ha perdido la credibilidad entre sus hombres, ya no volverá a mandarlos porque en el incidente ha perdido la movilidad en sus piernas y nunca más podrá caminar ¿Se siente responsable?




-Sí, totalmente - respondió con rotundidad José -.  Siento no haber podido evitar lo que finalmente pasó, nunca lo podré olvidar; pero el hecho de sentirme responsable no me hace ver las cosas de otro modo, sus pasos fueron siempre equivocados y sólo ellos le llevaron al precipicio.

-Veo que se regocija con lo que le ha sucedido a su camarada, capitán; por lo que su mente no albergará ningún arrepentimiento.

-No tengo nada de que arrepentirme -. Afirmó José.

-No haré más preguntas - dijo el fiscal mirando a los miembros del consejo, compuesto por un general y cuatro militares más, todos ellos de alta graduación. Acto seguido intervino la defensa asignada, que insistió en los argumentos aportados por José, pero sin hacer alusión a la implicación del Fortu en el caso del oro de la CNT y su participación en la represión para la implantación de las colectividades en Algairén, como tampoco lo había hecho la acusación fiscal . José comprobó cómo sus palabras eran destacadas o ignoradas según la conveniencia, pero no se sorprendió por ello, ya nada podía decepcionarlo más que el hecho de haber llegado hasta allí.
El general que presidía el consejo, tras una breve reflexión con el resto de los miembros que lo componían, se puso en pie, y con él todo el tribunal.

-Este tribunal, después de escuchar a las partes en este caso y tras reflexionar sobre su transcendencia para el buen funcionamiento de nuestro régimen disciplinario, en momentos tan delicados como los presentes, considera muy grave la acción del capitán Alonso sobre su igual el capitán Cuesta, pues puso en entredicho la disciplina entre nuestros soldados y propició un accidente fatal que casi cuesta la vida a uno de nuestros mandos.
Considerando que el capitán Cuesta amenazó al acusado con un arma en el transcurso de la disputa, y que fue aquel, quien tropezando con el cuerpo de un soldado muerto en el suelo se precipitó al vacío, exculpamos al acusado de sus lesiones. Pero la gravedad del hecho impide un veredicto favorable para el acusado por poner en peligro la disciplina y lealtad de nuestras tropas. Por ello, este tribunal despoja de sus estrellas y condecoraciones militares al capitán Alonso y le quita el mando que en su día le fuera concedido. A partir de este momento queda licenciado del ejército para regresar a casa. La guerra ha terminado para él. Volverá, pero sin mayor beneficio ni retribución que cualquier soldado raso que retorna. ] 


Despertó de pronto algo perturbado por los recuerdos, que se mezclaban con los sueños convirtiéndose en un todo indescifrable que embotaba su cabeza impidiéndole pensar con claridad.
El tren se detenía para hacer transbordo en la estación de Miranda de Ebro. José entraba en tierras castellanas después de muchos meses, y la sensación que sentía era la de respirar otro aire, de ver otra luz distinta a la que durante tantos meses lo había acompañado y de la que siempre se sintió huérfano.
Decidió bajar a estirar las piernas y tomar un café caliente en la estación.





sábado, 5 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).


Al mismo tiempo que las primeras luces del alba rasgan la oscuridad de la noche, comienzan las baterías a machacar con sus obuses las alturas de la sierra. El silencio absoluto que el frescor de la madrugada ha impuesto sobre todas las especies, incluidos los hombres, que se echan por encima sus mantas y capotes para protegerse de él, se rompe de golpe con la primera detonación; un estruendo continuado que durará un par de horas y que será rematado por las descargas mortíferas de la aviación, comienza entonces.

-¿Qué sabemos de la IV de la Legión y de los de la 10ª, Vázquez? - Le pregunta José.

-De momento todo marcha según lo previsto. El espacio que dejamos abierto ha sido cerrado y esperan también que cese el fuego de la artillería para entrar en acción -. Contesta Vázquez -.

-Bien - les dice José a sus oficiales -. Sabemos que allí arriba disponen de dos piezas antiaéreas Skoda de 76 mm., dos cañones Schneider de 75 y un obús de campaña Vickers de 105. Esta batería, junto con una sección de morteros, está dispuesta para controlar toda la vaguada. Cuanto antes tomemos nosotros la cima antes cesará la sangría de hombres ahí abajo. La mayor dificultad se encuentra en el espacio que separa esta primera cota visible, del cerro mayor; aunque para entonces estaremos al cubierto de su fuego artillero, será nuestra única ventaja. Pero antes tendremos que abrirnos paso entre las fuerzas que queden activas después del bombardeo. Los nidos de ametralladora los reventaremos a golpe de granadas. A mis órdenes entrará en contacto la primera sección de tiradores; tras ella la segunda adelantando las filas. Esperemos que para entonces los de la IV Bandera hayan ganado la vaguada y que los de la 10ª de Falange contrarresten con sus baterías el fuego de allí arriba, para que puedan cruzar el arroyo y ganar la ladera.



La cima de la primera loma se vislumbra con claridad entre los pinos y las encinas que crecen en la ladera; más allá se abre un claro que deja ver la pared rocosa levantándose por encima, sobre la que se estrellan los proyectiles provocando espesas nubes de polvo y de trozos de piedra volando en todas direcciones.
José espera el cese total de las cadencias de disparo de las baterías para mandar a sus hombres al combate. Cuando esto sucede, salta el primero de su refugio y a golpe de silbato y acompañado siempre por Berta lanza a sus hombres a la escalada sobre la primera cota; a la carrera por un terreno empinado, donde ganar o no la distancia entre árbol y árbol significa vivir o morir.
A fuerza de bombas de mano consiguen llegar arriba después de neutralizar una Maxim que les cierra el paso por 
el ala derecha.

La mañana es calurosa y el sol golpea de soslayo sobre aquella posición impidiendo una visión adecuada del ala izquierda del enemigo, situado en la cima. Los proyectiles de los morteros republicanos comienzan a caer sobre sus cabezas y se abre un intenso fuego de ametralladoras desde allí arriba. Contra toda lógica, José empuja a sus hombres hacia delante en una escalada mortal, sorteando el fuego de fusilería hasta llegar a la pared frontal del cerro y quedar fuera del alcance de los morteros. Caen algunos hombres, pero la mayoría de los de la primera oleada consiguen con éxito el objetivo; mas cuando la segunda oleada comienza la escalada, un intenso fuego de morteros irrumpe de pronto en medio de la avanzada. Los hombres saltan por los aires envueltos en enormes explosiones de tierra que hacen imposible el avance, mientras las ametralladoras desde la cumbre, como la guadaña siega el heno fresco, se llevan las vidas de los soldados detenidos en medio del claro por el fuego amigo.


-¡Joder, que coños pasa! Ese fuego proviene de los nuestros - exclama Sergio  -. Una fuerte descarga impacta a pocos metros por encima sobre la pared rocosa y un montón de tierra y cascotes caen sobre los dos.

-¡Esto es cosa de ese hijo puta de mi pueblo! ¡La madre que lo trajo al mundo! - Dice José. - ¡Esta vez lo mataré!


El fuego de morteros provenientes de su retaguardia sigue impidiendo el despliegue de la segunda sección, que ha perdido varios hombres en el primer intento.




-¡Deberían estar disparando sobre la cima! - Exclama Sergio - ¡Nos van a hacer papilla! Te aseguro que esta vez, si no matas tú a ese hijo puta lo haré yo. ¡Me cago en "tos sus muertos"! -. José no puede reprimir una risa maliciosa, que en nada gusta a Sergio.

-Sí, encima tómatelo a broma. Ese cabrón se ha pasado de la raya esta vez y no se te ocurre otra cosa sino echarte a reír. 

José continúa haciéndolo, pues no puede reprimir lo cómico que le resulta ver a Sergio enfadado;

-No me río por nada, sino de ti - le dice José -. Te pones muy cómico cuando te enfadas así. Pensabas que lo de nuestro "amiguete" era sólo pura obsesión mía. Ahora comprendes que nunca vendrá a mí cara a cara, pero que intentará eliminarme, aunque para ello tengan que morir otros. Te das cuenta de lo ruin y lo miserable de su persona y eso te saca de tus casillas. Pero no te preocupes, contaba con sus artimañas; sólo retrasará nuestro plan unos minutos, mas por esta traición tendrá sentido mi venganza.

-Joder José, que no estamos en una pelea personal, esto es muy serio . 


El fuego de los morteros y las baterías de la décima comienzan a alcanzar las alturas del cerro, contrarrestando el fuego graneado iniciado desde allí y dejando de nuevo abierto el corredor desde la loma hasta el cerro principal.
La segunda sección, con Vázquez a la cabeza, se echa de nuevo a la carga para ganar la pared rocosa, y José despliega a sus hombres de un lado al otro de su base, que empiezan a escalar por las zonas más erosionadas y de escasa vegetación. 
Aprovechando cada hoyo, cada grieta, cada desnivel favorable para protegerse en su avance del fuego enemigo, van ganando metro a metro la empinada ladera, llena de socavones naturales, grandes piedras y arbustos de espinos. Los aviones nacionales comienzan a llegar en oleadas ametrallando las alturas de la colina y haciendo callar con sus bombas los cañones. Nada sobre la superficie de la colina parece que pueda sobrevivir, ni siquiera la poca vegetación existente que ha vencido antes a los elementos de la naturaleza para implantarse sobre ella. 

El bombardeo incesante de los aviones los mantiene parados, tirados cuerpo a tierra a pocos metros de la cima. José y sus hombres creen que todo les resultará más fácil a partir de ahora, pero en el momento inmediato a la última descarga de la aviación, los republicanos se lanzan en un contraataque inesperado contra las fuerzas asaltantes a golpe de bombas de mano y a la bayoneta calada, que los obliga a retroceder. Ambas secciones se entremezclan por el empuje de las fuerzas republicanas, que armadas con un inexplicable valor comienzan a recobrar algunos metros. Los hombres de José intentan contener la embestida sin descomponer demasiado sus filas, para evitar cualquier penetración enemiga que pueda poner en peligro la entrada en juego de la IV de la Legión. Mientras tanto el Fortu sigue empleando inútilmente sus baterías contra la cima del cerro sin mandar ninguna otra ayuda adicional.
José, empeñado en la lucha, se acuerda de la madre de su paisano porque ahora necesita de verdad su ayuda; su ala izquierda se empieza a debilitar y son necesarios relevos con urgencia.  "El mal nacido del Fortu sabe lo que se hace" - piensa -. "Lo que pretende es llevarse los galones, y con el menor riesgo posible". 


Y así es, el Fortu pretende entrar en auxilio de los hombres de José, pero sólo si éstos son desbordados en algún punto, mientras tanto los suyos no abandonarán por nada las posiciones.
José pretende llegar hasta el ala izquierda desplazándose con unos cuantos hombres desde el centro, pero la lucha es encarnizada y por el momento no está controlada la situación en su sector. Los esfuerzos por romper por el centro el contraataque republicano comienzan a dar sus frutos cuando secciones de la IV Bandera de la Legión irrumpen en el combate desde el ala derecha para ayudarlos. José se desplaza entonces con un pelotón hasta el otro lado, donde apenas resisten ya la penetración de las fuerzas republicanas, que detienen entonces el avance con su llegada.
Durante unos breves, pero vitales e intensos minutos de combates cuerpo a cuerpo, las lineas republicanas comienzan a ceder terreno dejando tras de sí una carnicería espantosa. La lucha por la conquista del cerro se llevará a uno de cada dos hombres en el combate.

Los republicanos no pueden retroceder, la artillería nacional sigue machacando sus alturas y la colina se está convirtiendo en su mortaja; pero inexplicablemente, como muertos levantándose de sus tumbas, aparecen más y más soldados republicanos, que se lanzan a la carga tras salir de las cuevas que les sirven de refugio y donde han permanecido ocultos al fuego aéreo y de la artillería. 
Otra vez el empuje republicano obliga a las fuerzas nacionales a retroceder en la escalada. José y sus hombres sufren un nuevo revés y en el repliegue Berta cae herida por un disparo que ha alcanzado su cuello, por donde chorrea la sangre. José se lanza sobre ella para retirarla hasta una posición más segura, y desgarrando las mangas de su camisa aplica un fuerte vendaje en su cuello para cortar la hemorragia. El disparo ha sido limpio y providencial, la bala ha entrado y salido atravesando los amplios pliegues de su piel sin afectar a ningún órgano; enseguida se recupera y juntos vuelven a la refriega.
Por suerte y al fin, los falangistas de la 10ª Bandera aparecen con sus armas automáticas. José empuja a los suyos a un esfuerzo límite, casi sobrehumano para ganar la cima; quiere que sus hombres la tomen primero, no  dejará para su enemigo la gloria de conseguirlo después de las bajas sufridas por su culpa. Los moros de José, especialistas en la lucha cuerpo a cuerpo, rompen definitivamente las lineas republicanas apoyados por los legionarios y alcanzan la cumbre del cerro, totalmente desolado, calcinado por los bombardeos, con las piezas artilleras inutilizadas y un montón de cadáveres diseminados alrededor sobre el terreno. El resto de las fuerzas republicanas, empujadas por los legionarios desde el ala derecha y embolsadas en el lecho de la pared rocosa del cerro, comienzan a rendirse.

El Fortu alcanza la cima a la cabeza de la segunda sección de su compañía; los combates han cesado antes de su llegada. Transportan a lomos de mulos las piezas ligeras de montaña, los morteros de 80mm y las ametralladoras pesadas, para posicionarlas en el nuevo emplazamiento.

Va con el pecho totalmente descubierto, con su camisa azul mahón desabrochada, empapada en sudor bajo los correajes de las cartucheras y del "naranjero", que cuelga a su espalda; el pelo alborotado y una ancha sonrisa de oreja a oreja, afilada por la burla de sus ojos verdes al ver delante de él a José, que le espera.


-Hola camarada - le dice Fortu a José cuando está a punto de llegar hasta él -. Nos ha costado, pero lo hemos conseguido.

José salta sobre él y le lanza un gancho de derecha que lo derriba.

-Te lo dije; te dije que si ponías de nuevo a mis hombres en peligro te mataría - y le propina una patada mientras está en el suelo -. ¡Vamos cabrón, levántate; defiéndete porque te voy a matar!

Berta es apartada de la pelea, pues tras el primer movimiento de José, se lanza sobre el Fortu y le muerde mientras éste permanece en el suelo. Mantendrá un desaforado ladrido todo el tiempo que dure la pelea.  
José aparta con el pie, lo más lejos que puede, el "naranjero" que se le ha caído al Fortu en el encontronazo y se retira un par de metros esperando que se levante. El Fortu mira a su alrededor, ve que los hombres hacen corro esperando el desenlace sin moverse. Es inútil recurrir ahora a otros para desembarazarse, depende únicamente de sí mismo; sus oficiales dejarán que demuestre su valor, no van a enfrentarse contra sus compañeros de armas por los problemas personales de sus mandos. 


Se levanta, y como si de un toro bravo se tratase, embiste a José, que lo espera sin moverse del sitio decidido a contener su empuje. El choque provoca que José tenga que retroceder un par de metros agarrado a él por sus axilas, hasta que detiene su embestida; en un movimiento rápido consigue zafarse del Fortu y le golpea repetidas veces con los dos puños el hígado y los riñones, consiguiendo que se pliegue. Al hacerlo cae sobré José, que lo "caza" con un gancho de derecha descendiente que se estampa en la parte superior de su mandíbula, muy cerca del oído. El Fortu cae al suelo mordiendo el polvo. José lo remata dándole patadas hasta que sus oficiales consiguen quitárselo de encima.

Mientras los suyos levantan del suelo al Fortu José le grita:
-¡Eres "un mierda". Sin tus traiciones, tus artimañas y tus matones no eres nada. Te refugias detrás de un uniforme y de unos símbolos, pero sólo eres un asesino a quien nadie había plantado cara todavía!

Sergio, Jimenez y Vázquez tratan de sujetar a José, que ciego de ira pretende seguir dando a su paisano lo que según él se merece; y su deseo es darle muerte.
Intenta soltarse de sus hombres, pero no lo consigue.

-¡La próxima vez no te escapas hijo de puta!¡Te voy a matar, lo juro; te mataré! - Le grita José.

-¡Tranquilízate joder! - le dice Sergio - Vale ya; le has dado lo que se merecía, déjalo ya.

-No, no vale; por culpa de ese mamón llevamos ya demasiadas bajas. Me importan tres cojones quienes le  protejan, no permitiré que nos siga machacando, antes lo mato.

-Debes tranquilizarte, esto no puede afectar a nuestros hombres más tiempo. Tienes que terminar con ello - le aconseja su amigo -. José se relaja entre los brazos de sus compañeros, que lo sueltan tras comprobar que se ha calmado. Se recompone la ropa y se sacude el polvo con la gorra. Berta queda libre y acude rápida hacia él, que comienza a acariciarla mientras comprueba el estado del vendaje que le ha aplicado.

-Cuidado José, tiene una pistola -. Grita Vázquez.

José se incorpora de la postura de cuclillas en la que se encuentra mientras acaricia a Berta, y dándose la vuelta mira al Fortu, que desde la orilla de la ladera le apunta con su arma. Tan sólo una docena de metros los separan, pero José comienza a caminar hacia él sin dejar de mirar a sus ojos, incrédulos ahora, ahogados en la angustia de sentirse por vez primera solo ante sus decisiones.
Llega con Berta a su altura y se para delante del cañón alzado contra su pecho.

-Vamos, dispara gilipollas - le dice José a su enemigo mientras Berta le enseña todo el poder de sus mandíbulas -; haz algo por ti mismo aunque sea la última vez. No tengas miedo, no te ocurrirá nada, eres irresponsable ¿verdad?. Venga, dispara, ¿o es que no tienes cojones para disparar a un hombre a sangre fría?¿Creía que en eso eras un especialista?

El Fortu lo mira sin pestañear, pero su mirada delata el terror que sufre por dentro. Está acabado, después de aquello nada volverá a ser lo mismo para él. Ha sido totalmente descubierto y esa sensación de indefensión hace que le tiemble el pulso. José da un par de pasos más hacia él, que presionado por el terror retrocede acercándose al borde de la ladera. José se detiene entonces, y casi sintiendo temblar el cañón del arma sobre su pecho, le espeta: 

-Sabía que eras un asesino, pero además compruebo que te falta valor, que eres un cobarde y que sin cómplices no significas nada. A otros hombres su miedo les ha llevado a hacer cosas heroicas, pero a ti te ha conducido directo al crimen para poder superar tus complejos y lograr tus viles ambiciones. Tu odio a los indefensos y tu afán de protagonismo y poder te colocó pronto en las JONS para hacer de las tuyas; en eso si que llegaste muy lejos, hasta Barcelona. Pero allí las cosas no eran como en el campo, en las calles se combatía y eráis minoritarios, los de la CNT mandaban incluso en las cárceles. Y cuando se produjo el golpe y abrieron las cárceles en Barcelona aprovechaste para cambiar la chaqueta, aunque realmente nunca dejaste de trabajar para los tuyos.
Has sido un asesino en los dos bandos y te has enriquecido con la muerte de otros, como en Algairén. Tu falta de escrúpulos te ha llevado a traicionar a quienes te protegieron para enriquecerte a su costa y además pasar por héroe ante quienes te pagan. Y por tu culpa está aterrorizada mi novia, a quien has pretendido con toda tu soez, y mi amigo Alfredo desaparecido, acosado por tus amenazas. Por eso es mejor que dispares ahora si es que aún te quedan cojones, que no lo creo. Aunque será igual, todo el mundo te conoce ya, saben que has jugado con dos barajas y que has hecho trampa. Estás acabado. 

José espera la reacción de Fortu durante unos segundos tensos, interminables, después se da la vuelta y comienza a caminar hacia los suyos. El Fortu aprieta el gatillo de su pistola pero ésta se encasquilla. José se vuelve de nuevo.

-Sabía que eras un cobarde -. Le dice mientras se va hacia él. El Fortu intenta que el carro de la pistola recobre su posición, pero el casquillo ha quedado atravesado impidiendo el retroceso. Quiere también despegarse de su oponente, que casi está llegando a su altura, y comienza a retroceder caminando hacia atrás sin percatarse de lo cerca que está de caer al vacío desde la cresta de la colina. José trata de avisarle indicándole con los brazos extendidos que pare, pero el Fortu, obstinado en recargar su arma mientras camina de espaldas, tropieza con uno de los múltiples cadáveres que yacen en la cima, y sin poder evitarlo cae de espaldas al fondo del barranco.