El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

lunes, 31 de octubre de 2011

El adiestrador de mandriles. (Un hombre que amaba los animales.)




José se sentó con Berta a su lado. Todo estaba en calma, la noche había caído ocultando las últimas sombras y el silencio comenzaba a adueñarse de la sierra. Habían comido entre los dos un pedazo de queso y unas raspas de cecina con pan; Ángel se los había reservado con media botella de vino.

-Bueno Berta, ya lo ves, no podemos quejarnos; de momento no nos falta nada - le decía José mientras rebuscaba dentro de su mochila para encontrar el tabaco con el que rellenar su petaca y hacerse una pipa -. Tenemos buena comida, buen vino, y tabaco con el que calentar el hocico, ¿qué más se puede pedir en nuestras circunstancias?  

Berta lo miraba curiosa mientras se relamía del último bocado.
Al no dar con el objeto de su busqueda entre el revoltijo de cosas que se apiñaban en el fondo, volvió la mochila boca abajo para vaciarla, la pequeña Biblia que le regalara Piedad, la serrana de Algairén, salió de la lata que la contenía al golpearse con el suelo, quedando abierta boca abajo. José la recogió con cuidado sin cerrarla, y le dio la vuelta limpiando la suciedad que sus hojas abiertas habían tomado de la tierra polvorienta. Se acercó a la linterna de petroleo y aproximó a ella la Biblia para ver en que parte había quedado abierta, y leyó donde se asentaron sus ojos. Eran unos versículos del libro de Jeremías:
           
11 Pero Yavé está conmigo como fuerte guerrero;
por eso mis perseguidores tropezarán y no triunfarán;
serán enteramente confundidos, porque no prosperaron,
con perpetua ignominia, que nunca se olvidará.
12 Mas, ¡oh Yavé de los ejércitos!, tú que pruebas al justo
y penetras los riñones y el corazón,
que vea yo tu venganza contra ellos,
pues a ti te he encomendado mi causa.
13 Cantad a Yavé, alabad a Yavé, pues libra el alma del pobre de la mano de los malvados.
14 Maldito el día en que nací,
el día que mi madre me pario no sea bendito.
15 Maldito el hombre que anuncio a mi padre:
"Te ha nacido un hijo varón", llenándole de gozo.
16 Sea ese hombre como las ciudades que Yavé destruyó sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos
y al mediodía alaridos.
17 ¿Por qué no me mató en el seno materno,
y hubiera sido mi madre mi sepulcro,
y yo preñez eterna de sus entrañas?
18 ¿Por qué salí del seno materno para no ver sino trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta?

Reflexionó sobre el estado de ánimo que mostraban las palabras del profeta y lo reconoció como propio. En lo más profundo de su ser no podía reprimir la ira que el Fortu le provocaba y que encendía su deseo de venganza, pero al mismo tiempo una sensación de suciedad, de impureza, se apoderaba de su espíritu haciendo que se sintiera culpable.

-Ya lo ves Berta - le dijo a la perra mientras cerraba y guardaba el libro en su lata -, que tontos somos los hombres. Seguimos dejándonos dominar por nuestros sentimientos contradictorios, los cuales no sabemos descifrar ni reconocer; son ellos quienes rigen nuestras conductas, adelantando acontecimientos que de otro modo quizás nunca sucederían.
Mas no podemos filosofar ahora. Tiempo habrá, digo yo, para que de nuevo te suelte mi verborrea y puedas aprender un poco más del carácter de los hombres; aunque a veces pienso que sabes más que yo, al menos de lo que importa.


























Se hizo una pipa y la encendió, recogió de nuevo las cosas en la mochila y la cerró apartándola a un lado. Después quitó el corchete que cerraba su funda y sacó la pistola para cerciorarse de su estado; dejó caer el cargador en su mano y comprobó que contenía todas las balas; tiró para atrás del carro de la pistola para asegurarse de que la recámara estaba cargada, y tras observar que sí, dejó ir hacia adelante la corredera e introdujo de nuevo el cargador en la culata. Luego devolvió a su sitio la pistola y se puso en pie. Tras retirar la ceniza apagada de la cazuela, aspiró repetidas veces el humo de su pipa hasta que ésta mostró de nuevo la brasa incandescente del tabaco. Una espesa nube gris se escapó de sus labios y se disolvió delante del horizonte, oscurecido aún más por las laderas encrespadas que se levantaban delante de sus ojos, y que igual que el fondo del valle, parecían simas negras, abismos infranqueables que encogían el corazón en la primera impresión.

Caminaba hacia las trincheras pensando en el riesgo de conducir allí abajo a sus hombres, cuando se dio cuenta de que sus pensamientos lo habían ensimismado otra vez impidiendo que percibiera el intenso zumbido que rompía el silencio en la noche como el cuchillo asesino rasga el cuello de la víctima. Cientos, miles, quizás millones de chicharras cantando al calor de la noche oscura, ocultando cualquier otro ruido tras las sombras.
Recobró para sí el sentido de aquellos versículos encontrados de la Biblia: 

"Pero Yavé está conmigo como fuerte guerrero...
Cantad y alabad a Yavé 
porque libra el alma del pobre de las manos de los malvados".

Sí, aquello era una buena señal, "lo que bien empieza bien acaba", pensaba. La improvista sinfonía de las chicharras con su intenso zumbido permanente, sin la más pequeña interrupción, era el talismán que necesitaban para bajar al hoyo y situar en posición de escalada a sus hombres antes de que la artillería iniciara su trabajo con las primeras luces del alba; y eso sería demasiado pronto, a las 6 de la mañana ya se veía perfectamente.

-Que tal Vázquez, Sergio, Ramirez. ¿Todo preparado? - Preguntó José.

-Sí  camarada - afirmo Vázquez -, los hombres están listos y perfectamente equipados de armamento y munición.

-Cada hombre debe llevar cinco granadas de mano; quedamos en eso.

-Sí - contestó Ramirez -, se han repartido como dijiste; y diez cargadores.


























-El plan consiste en llevar a nuestros hombres ahí abajo y mantenerlos desplegados y camuflados al pie de la ladera hasta que comience el asalto final, por lo que es imprescindible pasar desapercibidos mientras dure la noche; toda la operación se vendría abajo si nos descubrieran, sería fatal. Tendríamos entonces que retroceder ordenadamente a nuestras primeras posiciones, lo que provocaría un elevado número de bajas en la retirada y que no estuviésemos recuperados para el avance tras el bombardeo. Por eso,  Sergio y yo iremos delante con diez de los mejores hombres en la lucha  cuerpo a cuerpo. Con este primer grupo trataremos de asegurar el fondo de la vaguada. Después, a nuestra señal, bajará el resto de la compañía en el más estricto silencio y en columna de a dos, para que una vez llegado al fondo, pueda abrirse de norte a sur en forma de abanico sobre toda la base de la colina. Allí permaneceremos apostados hasta que llegue el momento de entrar en acción. Para entonces habremos de tener localizados los nidos de ametralladoras que barren a media altura la ladera, son el objetivo primero y fundamental. El ataque lo realizaremos con bombas de mano y a la bayoneta calada. Los mejores tiradores, por si acaso nuestros amigos de la 10ª se duermen, cubrirán desde atrás la acción de los escaladores, que iremos conquistando cada nido, cada trinchera ladea arriba hasta alcanzar la cima.

Con todo organizado José se lanzó con sus hombres a la oscuridad del valle, a la tierra de nadie donde sólo habitaban alimañas y hombres muertos que no pudieron ser recogidos tras el último combate. El terreno al bajar simulaba un paisaje lunar lleno de cráteres provocados por los intensos bombardeos, pero la vegetación, aunque duramente castigada por las deflagraciones, comenzaba a ganar espacio a medida que descendían. Al fondo se veía, casi se intuía, un pequeño arroyo definido a lo largo de la vaguada por una linea de cañas y algunos arbustos. Era la frontera de la tierra de nadie. A partir de allí todo iba a resultar más peligroso, por lo que antes de cruzar con su grupo de hombres, se detuvo con ellos camuflándose con las cañas altas que crecían en la orilla.
Primero mandó a Berta al otro lado dejando que la perra se guiara por su instinto. Berta acostumbraba a ir delante, a escasos metros de José, levantando cualquier cosa que respiraba a su alrededor; pero con el mejor sentido, con la mayor discreción. Un buen perro detecta antes de ser detectado; ve con su olfato y se orienta con su oído; se aproxima el máximo a su presa y marca con su cuerpo la posición; y se lanza contra ella aprovechándose de su sorpresa. Berta era un buena perra, estaba atenta siempre a las órdenes de José y éste comprendía cada uno de los movimientos de ella.




Se abrió hueco entre las cañas y se zambulló suavemente en el agua hasta que ésta cubrió su cuello, y sin provocar ondas apenas, sólo la estela de su cuerpo desplazándose bajo el agua, cruzó los tres escasos metros de cauce del arroyo. Salió, y tras expurgarse apenas, comenzó a olisquear a un lado y el otro del arroyo. José seguía atento a cada uno de sus movimientos, esperando el momento en que Berta le diera paso. El animal continuó olisqueando, adelantándose un poco más cada vez. Él la dejó que empleara el tiempo necesario para asegurarse, no podía permitir que los sorprendieran. Por fin, después de varios minutos de rastreo, la perra se paró y comenzó a mover impaciente el rabo mirando en la dirección de José y sus hombres, tratando de decirles con los movimientos insistentes de su cuerpo que quería continuar. La distancia que los separaba de la base de la ladera alcanzaría unos cincuenta metros, y Berta había marcado el límite de distancia en relación con José, diez metros aproximadamente. Ésa era  la razón de haberse detenido. José lo comprendió enseguida y se dio cuenta de que en aquellos escasos metros que distaban entre Berta y la ladera residía la máxima dificultad. Pero la perra no se movería hasta que alcanzaran su posición, por lo que ordenó a Sergio que se quedara allí para ordenar el descenso de la compañía, una vez que él cruzara el arroyo con la mitad de los hombres y ganaran junto a Berta los escasos metros que quedaban hasta la ladera.

Y así fue. Cuando llegó con los suyos al borde de la ladera, tras unos segundos en los que le pareció que el aire se le helaba en los pulmones cortando su respiración mientras ganaban a la carrera los escasos metros desde el arroyo, José reprodujo varias veces el reclamo de la perdiz y Berta acudió rápido a su lado, tirándose junto a él contra la tierra de la ladera. Sergio transmitió desde la otra orilla del arroyo la orden para que la compañía empezase a descender del páramo, y en la más profunda oscuridad, en el más absoluto de los silencios posibles, bajo el umbral de sonido de las chicharras cantando, Vázquez y Ramirez abrieron las filas a un lado y al otro del arroyo, extendiendo la compañía a lo largo de su orilla.
Cuando todos los hombres estuvieron desplegados y preparados, cruzaron el arroyo a las órdenes de los oficiales y saltaron a la carrera hasta alcanzar la base la colina. Apostados, aprovechando las desigualdades del terreno para protegerse, se tendieron sobre él con su armas preparadas para el combate, esperando pacientes la hora en que los cañones romperían el alba.

-Parece todo demasiado tranquilo -. Observó Sergio, que cuerpo en tierra junto a José, vigilaba las alturas de la primera loma, dónde realmente comenzaba la verdadera escalada hacia la cima.

-Sí, demasiado tranquilo - dijo José -. ¿Pero eso ahora nos favorece, no? En cuanto las chicharras abandonen su canto, los movimientos de nuestros enemigos quedarán al descubierto.

-Señor, hemos detenido a dos hombres en nuestra ala derecha - le informó Ramirez -. Dicen que bajaban por agua al arroyo; creo que no mienten, les hemos retenido varias garrafas que portaban.



-Tráigalos aquí, quiero interrogarles - le ordenó José -. Procure que no se la jueguen teniente, es preferible que pierdan sus cuellos a que nos delaten; pero intente que eso no suceda, trataremos de obtener alguna información a ser posible. Pero repito, que no abandonen sus cuellos los cuchillos de nuestros hombres mientras tanto.


Ramirez se retiró para volver al cabo de unos minutos con los dos soldados hechos prisioneros.

-Aquí los tiene señor -. Dijo Ramirez mientras varios moros sujetaban a los dos hombres, que fueron obligados a clavar sus rodillas en el suelo apoyando sus costados contra la tierra de la ladera, mientras los cuchillos de sus captores apretaban con suavidad sus gaznates. José se incorporó poniéndose en cuclillas.

-Aquí no matamos a los prisioneros, no es nuestro estilo. Pero cuando no obtenemos colaboración - les dijo -, los dejamos en manos de nuestros compañeros, los falangistas; esos saben más de lo que hay que hacer para obtener información. Os aseguro que son muy efectivos y se quitan el muerto de encima pronto.

Los dos prisioneros mantenían sus ojos eclipsados por el terror, apenas sin parpadear mientras sufrían el frío afilado que acariciaba sus cuellos. Uno de ellos parecía más entero, aunque no sereno; el otro se meó encima con las últimas palabras de José; Berta lo delató olisqueando junto a él.

-Bien, lo que pretendo deciros es que no tenéis escapatoria. Ya lo veis, estamos aquí preparados para cuando todo empiece, y habéis tenido la mala suerte de caer en nuestras manos. Sólo quiero que me digáis con que material contáis ahí arriba y cuantos hombres. Os aseguro que si no me engañáis seguiréis vivos.

Ninguno de los dos hombres dijo nada; intentaron mirarse pero no pudieron.

-Bueno acabemos con esto, no es momento ni lugar para entretenernos con ninguna carga ni pasar el muerto a otro. He intentado ser generoso. ¡Soldados..!

-¡Uh... un momento!- dijo el prisionero que se había orinado encima -. Yo le diré lo que quiere saber.








  


domingo, 23 de octubre de 2011

El adiestrador de mandriles (Un hombre que amaba los animales).





-¿Cuantos hombres hemos perdido? - Preguntó José tras conseguir estabilizar las posiciones conseguidas después del contraataque.

-Hemos perdido doce hombres - aseguró Sergio -. Y otros tantos han quedado fuera de servicio debido a sus heridas.
 ¡Joder! ¿Que coños hacen esos farsantes de la 10ª? - Continuó -. ¿No cubren ellos el flanco izquierdo? Deberían haber entrado en acción al mismo tiempo; nuestros hombres aguantaron demasiado tiempo luchando solos en aquel ala.

- Todo se lo debemos a mi paisano, como siempre - siguió José -. Ahí lo tienes, nos manda recuerdos.

-¡Joder con tu paisano de los cojones! Empieza a cansarme esta historia. No teníamos con qué entretenernos y encima esta otra guerra.

-No te preocupes Sergio; a mi ya no me motivan en sentido alguno sus fechorías. No entraré al trapo, es lo único que pretende; pero espero el momento en que cometerá un error, entonces caeré sobre él de una vez por todas. Sabe que no puede librarse de mí; quienes mandan conocen lo nuestro, por eso estamos juntos otra vez.  Yo sólo espero saciar mi sed de venganza, se trata de una cuestión personal; como cientos, como miles, millones de cuestiones personales que han hecho aflorar este conflicto y que terminarán con él. Estoy convencido, y nunca antes lo hubiera pensado, que ya me da igual todo y que nada más quiero ver acabar esta guerra, no sin antes haber terminado yo con la mía.

-Es un juego muy peligroso José - le dijo Sergio -. No te olvides de que es la vida de otros hombres la que estáis poniendo en juego; no tenéis ningún derecho.

-Perdona Sergio pero, ¿qué derecho asiste a quienes nos mantienen en masa enfrentados a tiro limpio en éstas malditas sierras? Ellos son los auténticos culpables. En una guerra hablar de derechos a veces resulta algo grotesco, casi cómico, porque los derechos se ganan o se pierden en ella. Se lucha por ellos y se mantienen mientras se vive. No me hables de derechos, creí que estabas de mi parte.

-Y lo estoy; pero me resulta difícil aceptar que teniendo enfrente un enemigo de quien ocuparnos, tengamos que hacerlo también por quien debiera cubrir nuestras espaldas.

-La batalla nos pondrá en nuestro sitio a cada uno y habrá un momento en el que él tendrá que decidir - dijo José -. Espero con ansiedad ese momento porque se que llegará; entonces jugaré mis bazas.

La contraofensiva nacional fue lanzada el día seis de Agosto. En el sector norte, entre Mequinenza y Fayón, la 42División republicana debió retroceder sobre sus pasos empujada hacia el Ebro, el cual no cruzó en su totalidad al ceder y desarmarse los puentes, incapaces de soportar un tránsito tan precipitado y copioso. Muchos hombres fueron hechos prisioneros, y la bolsa propiciada por aquella fallida maniobra de entretenimiento del ejército republicano, quedó cerrada.




Pero por el centro las cosas pintaban de otra manera. Los republicanos se habían atrincherado utilizando las facilidades que el terreno les ofrecía, ocupando las laderas y las cotas más altas de las sierras de la Terra Alta. Los contraataques se saldaban con un gran número de bajas por ambos bandos, sin que se movieran apenas las posiciones. A pesar de los continuos bombardeos y el duro castigo de la artillería, la resistencia republicana era encarnizada y seguía rechazando cada una de las embestidas.

La guerra se encontraba en un momento crucial y la República estaba aprovechando el tirón de moral que había proporcionado el exitoso cruce del Ebro. Los ejércitos nacionales pararon su ofensiva sobre Valencia, lo que suponía por sí mismo un triunfo importante para el gobierno republicano, que tomaba oxígeno ahora mientras acariciaba la idea de dar la vuelta a la situación calamitosa en la que se encontraba y ganar la guerra; o al menos enlazarla con el inevitable estallido en Europa de un conflicto general, del cuál, la batalla del Ebro podría ser su primer combate.


Azaña y Negrín compartían la creencia de que una victoria en el Ebro decantaría a Francia e Inglaterra por la intervención directa en el conflicto para combatir el avance que los totalitarismos de Hitler y Mussolini estaban consiguiendo en España, que ayudaban al bando sublevado con la única intención de hacerse con la hegemonía europea. La República creía que su resistencia en el campo de batalla suponía la única garantía para conseguirlo, pues estaban seguros de que la voracidad y las ansias expansionistas de Hitler no se calmarían permitiendo que se anexionara parte de Checoslovaquia. El pequeño territorio de los Sudetes sólo era la escusa para la invasión de un país democrático centro-europeo, que valientemente había apoyado a la República desde el principio del conflicto. Pero para Francia e Inglaterra, el triunfo final de una república apoyada por la Rusia de Stalin tampoco era algo que desearan. Las potencias democráticas veían con peores ojos al régimen comunista soviético que a los totalitarismos alemán e italiano, a quienes creían más manejables dado su entronque capitalista y burgués. Tal vez pensaran que sus líderes eran eufóricos oradores que encandilaban a las masas en un momento propicio para ello, y que cediéndoles un poco del protagonismo que deseaban se calmarían sus pretensiones. Más se equivocaban, Hitler llevaba a cabo un plan perfectamente diseñado y que comenzaba a dar sus frutos. No era una mera fachada tras la cual no se escondía nada. Su revolución, como la fascista en Italia, habían surgido sin conflictos sangrientos aparentes y sus pueblos los acogieron con entusiasmo. Pero la violencia soterrada había sido el embrión que propició su alzamiento social.


El calor era atroz y el agua un bien demasiado escaso en aquel terreno encrespado y boscoso, que se convertía en un horno para los combatientes durante las horas centrales del día. Las líneas defensivas se perdían a lo largo del paisaje quebradizo bajo un sol de plomo y los soldados volvían a sufrir las inclemencias del tiempo estival unidas a la intensidad de los combates, lo que los hacía más desesperados.



-Sergio, hemos de tomar esa vaguada si queremos avanzar. Pero tiene que ser por la noche, cuando la oscuridad impida que seamos vistos. Si queremos alcanzar esa cota debemos ganar la ladera antes del amanecer.

-Prepararé a los hombres - dijo Sergio -.

-Quiero los hombres más destacados en el "cuerpo a cuerpo" en cabeza, y los mejores tiradores detrás - le comunicó José -. Bajaremos en columna de a dos en el más absoluto orden y silencio, y cuando alcancemos el valle nos abriremos en abanico de un lado a otro para empezar a escalar la ladera al mismo tiempo. Deberemos tener cuidado con el fuego de morteros una vez que comiencen los disparos, aunque tengamos una ventaja relativa por encontrarnos demasiado por debajo de sus lineas de disparo. Aún así los nidos de ametralladora son los puntos claves, siendo imprescindible neutralizar su fuego cruzado. Para ello quiero situar en posición los mejores tiradores, a los que habrá que posibilitarles su posición y cobertura. Recuerda que no iniciaré el ataque hasta que haya cesado el fuego artillero, ese será el momento en que "to Dios" deberá estar preparado.

-No creo - dijo Sergio - que ahí abajo nos esperen sólo las liebres y los gazapos.

-Ya lo se - afirmó José -; por ello es por lo que he dispuesto así la formación de los hombres. Berta irá conmigo en cabeza; su olfato no falla.

-¿Y que pasa con los de la 10ª? - le preguntó Sergio -.

-Avisaremos a ese cabrón, pero no antes de que pueda pensar en otros planes. Le obligaremos a ir detrás de nosotros aunque no quiera.

-Te la estás jugando José; si sale mal todas las culpas recaerán sobre ti por no haber coordinado con tiempo la operación.

-Buscamos el momento propicio para el ataque y tratamos de adelantarnos - le dijo José -; no saltamos a la primera oportunidad que se nos presenta de forma improvisada, ¿por qué iba a fallar?

-No lo se; esos tipos de ahí arriba saben defenderse.

-Ya, pero limitándonos a continuos choques frontales desde nuestras posiciones contra las suyas, sólo conseguiremos ganar los metros que el número mayor de hombres entregados a morir permita. En la distancia entre nuestras lineas y las suyas está nuestra desventaja. Debemos evitar todas las bajas posibles en cada acción, causando al enemigo el mayor número de ellas que podamos; y por esto debemos adelantarnos a la acción de su artillería.

-¿Llego a tiempo? - Preguntó Vázquez.

-Sí, como siempre - dijo José -; Sergio te informará del plan para esta noche.

-¿Yo creí que descansábamos? - Dijo Vázquez con sorna.

-Pues no - le contestó Sergio -; nos vamos de excursión.

-No es para tomarlo a cachondeo señores, no podemos permitirnos fallos - les dijo José poniéndose un poco más serio -. Aquí no escaparemos tan fácilmente del enemigo como en el puente minero de Utrillas, así que preparad todo minuciosamente y elegid adecuadamente a los hombres que irán en cabeza. Bajaremos ahí a media noche, la falta de luna ayudará a camuflarnos. Quiero también que adelantéis una hora el "rancho", sólo esperaremos a que la noche se haya cerrado para entrar en acción. Por eso, poner en marcha el dispositivo rápidamente, yo iré a informar a la 10ª de nuestra maniobra para que cierren el flanco.

-Vas a ir tú a negociar con ese mamón - dijo Sergio -; me temo lo peor.

-No te preocupes Sergio - le contestó José con rotundidad -, es a mí a quien corresponde hacerlo. Ramirez vendrá conmigo, no me fío en absoluto de ese cerdo y no quiero pillarme las manos. Si no le comunico nuestros planes tendrá todas las escusas para jodernos si puede.

-Y si no también, menudo hijo de su madre, le importamos un carajo.

-Por eso - le respondió José - no podemos dar con él un paso en falso; si fracasa la operación, que no sea por nuestra ingenuidad.

A la hora de repartir le cena José aprovechó para acercarse con Ramirez y Berta hasta las lineas de la primera compañía de la 10ª Bandera, que comenzaban donde terminaban las suyas. Saludaron al primer soldado que encontraron y le preguntaron por su capitán. El soldado los condujo personalmente hasta el puesto de mando.

-Señor - dijo el soldado cuando llegaron donde se encontraba el Fortu, que  en esos momentos estaba de espaldas hablando con varios de sus hombres al mando -. Estos dos oficiales preguntan por usted.

El Fortu se dio la vuelta, y sin dar muestras de sorpresa dijo: 

-¿Hombre paisano, pensé que no ibas a pasar a verme?

-Pues ya lo ves - le dijo José -, en cuanto me he enterado; que no será porque no te haces notar.

-Ya, lo dices por lo de esta mañana; bueno creí que os bastabais solos.

-Hombre, cada uno tenemos suficiente trabajo en nuestro sector, pero no luchamos de forma separada; la linea del frente es continua y unos defendemos los extremos de los otros, como ha sido siempre. Te presento a mi ayudante, el teniente Ramirez.

-Mucho gusto camarada - dijo Fortu dirigiendo una fría mirada a Ramirez -. ¿Decías José? ...Ah sí: aun no disponía del apoyo de los tanques, no quise adelantarme por esa razón.

-Sí, pero dejaste un hueco abierto que nos costó unas cuantas bajas cerrarlo. Deberíais haber estado allí para cubrirlo. Los legionarios por el otro ala nunca fallan, no entiendo porque siempre los problemas surgen con vosotros. Pero me da igual, sólo vengo a decirte que esta media noche lanzaré a mis hombres sobre esa vaguada.

-Y quieres que nosotros estiremos nuestras lineas para cubrir el flanco - replicó Fortu -.

-La 4ª de la Legión lo hará por el otro extremo;nosotros realizaremos la primera oleada de penetración sobre sus líneas, detrás entrara en acción la IV y después vosotros cerraréis la operación adelantando vuestras baterías y las secciones de morteros.

-Supongo que tendrás las órdenes correspondientes - le preguntó Fortu -, que no actuarás por tu cuenta.

-En esta operación no hay órdenes específicas - contestó José -. Se trata de ganar el terreno que media entre nosotros y ellos antes de que empiece la ofensiva al amanecer; de no actuar ahora, perderemos muchos hombres otra vez y no conseguiremos escalar esa ladera.

-¡Me gusta, si señor me gusta! - exclamó Fortu - Y yo que pensaba que a ti esto de la guerra no te iba, compadre; pero veo que no desaprovechas la oportunidad de ganar méritos.

-¡Para, para el carro! - respondió José - No se trata de méritos, sino de salvar la situación de la manera más favorable. Vosotros tenéis las baterías antiaéreas y las piezas contra carro, es cuestión de lógica que nosotros vayamos delante. Sólo he venido a asegurarme de que podréis cubrir nuestras cabezas cuando empecemos la escalada. Tomaremos la cota y aseguraremos el terreno para que podáis ascender y posicionaros de nuevo.

-Faltaría más - le dijo Fortu -; pero me choca de verdad que me digas que vienes a asegurarte; en el último momento, cuando apenas queda tiempo para entrar en acción... Muestras más confianza con tu perro, al que veo te acompaña a todos lados-. Berta le lanzó un ladrido.

-Tómalo como un cumplido; al fin y al cabo te lo debía por lo de esta mañana.

El Fortu mostró una malévola sonrisa, no falta de cierto escozor y resentimiento, pero actuó como si formara parte del juego habitual entre camaradas diciendo:

-Vale, vale, de acuerdo; no puedo decir que no hayáis contado con mi ayuda, aunque haya sido un poco tarde. Bien - les comunicó Fortu -, ¿a qué hora comenzaréis a descender sobre la vaguada?

-Sobre la media noche, aprovechando la máxima oscuridad - dijo Ramirez.

-Joder, apenas me dais tiempo; pero vale, pondré en marcha a mis hombres ahora mismo. ¡Gómez, reúna a los oficiales! Y traiga una botella de brandy y unos vasos, brindaré con nuestros amigos.

-No tenemos tiempo para entretenernos; mis hombres están preparados - dijo José -, debemos irnos.

-Pero camarada, no puedes despreciar un brindis, acabamos de realizar un trato - insistió Fortu -.

-No hay ningún trato, mi obligación era avisarte. Soy un hombre serio que seguiré sin fiarme de ti -. Le replicó José.

Acto seguido José y Ramirez  realizaron un saludo de despedida y regresaron a las posiciones que sus hombres ocupaban.





-¿Cómo ha ido todo? - Les preguntó Sergio.

-Bien - contestó José -. Está dado por enterado. Le jode que le robemos protagonismo y que no contemos con él, pero no le queda otra elección.

-¿Crees que pondrá en peligro a nuestros hombres?

- No lo se; de todos modos nosotros no podremos evitarlo.

-Yo tampoco me fío de ese bravucón - dijo Ramirez -; pero él tampoco tiene otra alternativa y el plan es una buena opción.

-Bien - les dijo José -, dentro de un rato estaremos ahí abajo. Preparad los últimos detalles y poned a los hombres en disposición. Yo iré a comer algo con Berta e inmediatamente estaré con vosotros.







    
  

martes, 18 de octubre de 2011

El adiestrador de mandriles (Un hombre que amaba los animales).



La del Ebro sería la última gran batalla de la guerra civil. La más larga, sangrienta y decisiva de todas. Lo que comenzara como una maniobra de distracción del ejército republicano en Cataluña para aliviar al ejército de Levante de la presión de los ataques nacionales sobre Valencia, se convertiría en el choque de fuerzas más grande que aconteciera en el transcurso de la contienda.
El Ejército Republicano del Ebro, reorganizado y rearmado recientemente, era el corazón de la resistencia republicana. Los comunistas mandaban en el gobierno presidido por Negrín, partidario a ultranza de una resistencia que lograse enlazar el conflicto en España con el inminente estallido que se barruntaba inevitable en Europa, y que permitiría situar su lucha en otro contexto más favorable. Pero el cuerpo de aquel ejército tenía los pies de barro. Hombres curtidos en el combate como no había otros lucharían al lado de principiantes imberbes, de quienes deberían cuidarse también para no sufrir las equivocaciones de su inexperiencia. Y no tendrían más relevos ni repuestos para su material bélico, pues todas sus vías comerciales estaban interrumpidas o bloqueadas.

Franco lo sabía y quería convertir la batalla en la tumba definitiva del Ejército Popular Republicano.
El Campesino se había negado a cruzar el Ebro; su instinto, su intuición primaria, vital, se lo había impedido. Lister le destituiría del mando en la 46División aduciendo que había sido poseído por un ataque de pánico, pero es posible que el Campesino se opusiera desde el principio a una operación en la que un río caudaloso cubriría sus espaldas; era de tierra adentro y no sabía nadar, y además, los estrategas soviéticos habían desaconsejado el ataque por lo arriesgado de su realización. Las distensiones existentes entre el barbudo fanfarrón y sus superiores directos, Lister y Modesto, eran muy grandes después de lo de Teruel. El Campesino había sentido allí, en carnes propias, la mordida terrible del ogro insaciable de sangre en que se había convertido para él Franco, y había escapado por los pelos después de ser abandonado a su suerte. Ya no se fiaba de nadie, y en aquel momento el partido comunista, que manejaba íntegramente aquel ejército, era en un avispero a punto de ser abandonado en desbandada, y él era un experto en fugas.



Pero el cruce del Ebro resultó ser un éxito, el ejército republicano sorprendería a las débiles defensas nacionales en la zona consiguiendo una rápida penetración de más de cuarenta kilómetros en su territorio. No debería haber resultado tan sorprendente, teniendo en cuenta que el alto mando del ejército nacional tenía noticias de la agrupación de tropas republicanas en la zona, al otro lado del río, y que reiteradamente los responsables de la defensa en aquel sector venían reclamado refuerzos que pudiesen contener un ataque similar. Por otra parte era inevitable que los combates se extendieran en aquella zona provocados por la incesante presión que los ejércitos nacionales ejercían sobre Valencia. Puede que la testarudez de Franco residiera en la idea de acabar la guerra antes de que se iniciara un nuevo conflicto europeo global, desarmando por completo a un enemigo que pretendía lo contrario para que su lucha fuese el embrión de una guerra total en Europa contra el totalitarismo que representaban los regímenes nazi y fascista para las clases obreras.
Por otra parte, Franco pretendía una victoria total. Aquella táctica de presionar hasta forzar el movimiento del adversario, era de los más natural: cualquier depredador se lanza sobre su presa en retirada, es el momento más oportuno, no así cuando ésta se encuentra agazapada y no se conoce su reacción. En todo el transcurso de la guerra había sucedido igual: Rojo había tratado siempre de adelantarse rompiendo el sitio en el que se encontraba acorralado, pero Franco había estado allí esperándole en cada ocasión, y esta vez no dejaría que se escapara como había ocurrido siempre; sabía que aquella huida hacia adelante de Rojo era el resultado de la presión que sus tropas ejercían en Levante. Esta vez lo tenía en el terreno que él quería, la superioridad numérica y profesional de su ejército había hecho posible que su táctica de ataques frontales diera resultado, y en ella incidiría a partir de entonces durante la batalla a pesar de que sus generales lo desaconsejaran. Pretendía la exterminación total del ejército republicano y aquel era el método más eficaz, aunque significase también un sacrificio mayor en vidas y material; no le importaban las bajas que serían necesarias, ni el material que se perdiera, todo ello se repondría; sólo le importaba dejar reducido a escombros lo que quedaba del ejército republicano, para que acabada la guerra no quedara la más mínima resistencia interior que pudiera representar el peligro de un nuevo conflicto.


Los combates por Gandesa eran terribles. Lister había avanzado en dos días como una flecha imparable en su dirección cuarenta kilómetros tras cruzar el Ebro, pero había quedado detenido ante sus puertas por las eficaces defensas nacionales que consiguieron frenar su avance. Yagüe, consciente del movimiento de tropas al otro lado del río, había organizado una férrea linea defensiva el día anterior a la noche del veinticinco con sus fuerzas más destacadas, hombres que sabía responderían a sus expectativas.
Gandesa era el objetivo principal por el que el mando republicano había planteado la batalla. Suponía un nudo de comunicaciones importantísimo, sin el cual el ejército nacional se vería privado de maniobra, embolsado entre dos frentes. Pero Franco reaccionó rápida y enérgicamente utilizando la aviación, que causó daños enormes a las fuerzas republicanas emboscadas en los pinares próximos a Gandesa, que trataban de cubrirse de sus ataques. Los aviones se emplearían a fondo lanzando bombas incendiarias sobre el arbolado y ametrallando el avance de la infantería republicana sin oposición alguna por parte de su fuerza aérea. Su inexplicable ausencia durante los primeros días de la batalla hizo imposible la toma de Gandesa por parte de las tropas del ejército republicano. 

-Parece que han desistido de tomar Gandesa - le comunicó José a Vázquez - y se han puesto a cavar.
Quiero un recuento de hombres y munición y que nadie abandone por ningún motivo las filas. Se preparan para una batalla defensiva donde tratarán de mantener el territorio ganado. La superioridad de nuestra artillería y la falta de apoyo aéreo que contrarreste a nuestros aviones han hecho cambiar de planes a Rojo y Modesto. Lister no ha podido llegar más lejos con el armamento de que dispone. Sus tropas han alcanzado esta posición a puro "güevo", caminando a través de esas sierras durante los días más calurosos del año.

-La verdad es que tienen los cojones bien puestos esos tíos - añadió Vázquez -. Después de la que le dimos en Teruel aún les queda moral suficiente para iniciar una ofensiva tan arriesgada.

-No les quedaba otra Vázquez -. Afirmó José, quien no dejaba de visualizar detenidamente con sus prismáticos cada zona de la linea de trincheras republicanas. De pronto, indicando la dirección con su brazo extendido gritó: 

-¡Saquen de ahí a ese hombre, rápido!

Un soldado regresaba a su posición desde la tierra de nadie arrastrando el cuerpo mutilado y sin vida de un compañero. De inmediato se lanzaron sobre él varios hombres que consiguieron atraerlo a las trincheras, no sin dificultades, pues el soldado, en medio de un sofoco que nublaba su razón, se negaba a soltar el cuerpo muerto de su amigo.
Lo sujetaron con fuerza una vez que consiguieron introducirle en la trinchera, tratando de dominar sus nervios exaltados. José y Vázquez se acercaron, Sergio estaba entre el grupo de hombres que se habían lanzado para salvarlo.
-¿Qué ha pasado soldado?¿Por qué no ha permanecido en la formación? - le preguntó José -.

-Era mi mejor amigo, señor - contestó nervioso y excitado -; cuando llegué donde él estaba, aún vivía. Una granada había segado sus piernas, pero todavía pudo reconocerme; sabía que no le dejaría solo en aquellos momentos.

Los hombres que presenciaban la escena y que habían participado en su rescate, permanecían con sus oídos atónitos por lo que oían y los ojos incrédulos de lo que habían visto, mientras el hombre mantenía una viva agitación.

-Muy bien cabo, tranquilícese - le pidió José.

-Se ha vuelto loco - le dijo descreído Vázquez a José acercándose a su oído -; era un miliciano a quien arrastraba a las trincheras. Ha arriesgado su vida por nada.

-Se equivoca mi teniente - respondió el soldado, que había entendido lo que Vázquez le comunicara a José -. Era mi amigo y yo mismo le maté.

-Explíquese cabo - le ordenó José -, todo esto no tiene sentido.


-Mi capitán - contestó el soldado -, él era un amigo verdadero. Nos separó la guerra, ninguna otra cosa hubiera podido conseguirlo. Los dos somos de un pueblo de Segovia, Cantimpalos, pero a él le pilló el alzamiento en Madrid. Su padre era tratante de ganados, y aquel día había viajado con él a la capital para llevar una partida, como era su costumbre una vez al mes. Desde entonces no nos habíamos vuelto a ver; hasta hoy, cuando en medio de todo el "fregao", en la última avanzada contra esa maldita loma, hice saltar por los aires un nido de ametralladoras con una granada. Después fuimos rechazados debiendo retroceder sobre nuestros pasos; fue en ese instante cuando oí su voz llamándome por mi nombre. Al principio me pareció cualquier cosa debida a la emoción del momento y seguí el repliegue de mis compañeros, pero la segunda vez la voz fue más clara, era inconfundible, me estaba llamando. Entonces me volví y lo reconocí, estaba allí pidiéndome, suplicándome que no le dejara solo en medio de la nada mientras se desangraba; mi granada le había segado las dos piernas y había echado afuera sus tripas.

-Tranquilo soldado - le repitió José de nuevo -. Veo que se encuentra bien, pero quiero que le atiendan en enfermería, debe calmarse.


José mandó a Sergio con dos hombres para que acompañaran al cabo al puesto de enfermería. Se quedó de nuevo sólo con Vázquez pasando revista a la linea de trincheras donde estaban apostados. Habían perdido algunos soldados en el contraataque, pero aquello no había hecho más que empezar. Una nueva oleada de aviones de la Legión Cóndor comenzaba a descargar sus bombas sobre las posiciones enemigas; cuando terminaran su paso mortífero, la artillería reanudaría su sinfonía de fuego sobre las líneas republicanas. La táctica de Franco consistía en machacar con la artillería y la aviación un sector, para una vez convertido en escombros mandar a la infantería para tomarlo. Los combates no se interrumpían ni de día ni de noche, sucediéndose de manera rutinaria. Los republicanos se habían atrincherado aprovechando las ventajas de un terreno boscoso y desigual en el cual dominaban las principales cotas, aunque sin el apoyo aéreo suficiente, ya que los Messerchmitt  alemanes, muy superiores a los nuevos modelos de "mosca" y "chato" rusos, se habían hecho con el control del cielo. Durante la batalla las baterías antiaéreas republicanas llegarían al máximo de su madurez, sólo la escasez de este tipo de arma impediría mejores resultados en la defensa de las cotas más altas; igual que en los puentes de pontones sobre el Ebro, para los que serían, prácticamente, la única cobertura frente a los bombardeos incesantes de la aviación nacional.

Cuando Sergio regresó, José le preguntó por el soldado.

-Se ha quedado tranquilo, pero me preocupa su estado; parece que se hubiera vuelto mudo, sus labios se han sellado  y su mirada da la impresión de encontrarse sustraída por imágenes de su mente, como si viera algo mucho más allá de la realidad que le muestran sus ojos - le dijo Sergio a José -. Creo que ha resultado afectado, conmocionado por la experiencia, no se recuperará para combatir. ¡Joder, que puta guerra, siempre nos sorprende! Toma, te traía este parte. 

Y le entregó un sobre cerrado. José abrió el sobre para leer las nuevas recibidas desde el puesto de mando del Estado Mayor.

-Han abierto las compuertas de los embalses río arriba y la corriente se ha llevado sus puentes, muchos hombres y todo el material que ha pillado de por medio. La aviación no deja de bombardear el río.

Así era, las compuertas de los embalses de Camarasa y Tremp fueron abiertas produciendo una violenta crecida de las aguas del Ebro que se llevaron por delante hombres, bestias y material, pero los pasos serían reconstruidos rápida y eficazmente por los ingenieros republicanos. Aquella iba a ser otra de las constantes durante la batalla, el río mostraría la importancia que en realidad tenía.

-La 42División republicana está embolsada en el sector de Mequinenza y Fayón; las fuerzas regulares y los legionarios de Yagüe les han parado los pies -. En Flix, Tagüeña mantiene una cabeza de puente de grandes proporciones, aunque los bombardeos de la zona son incesantes. Nosotros de momento no nos moveremos de aquí, en esa sierra está nuestro objetivo: los altos de Pandols. Y, novedad - dijo José dirigiéndose a sus dos subordinados con su irónica sonrisa característica -, vienen para reforzarnos antiguas unidades de la 62. Vuelven nuestros amigos falangistas de la 10ª.