El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

jueves, 15 de diciembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).





Regresar, ésa era la palabra que definía el momento; volver al punto de partida después de desgastarse durante la dura entrega necesaria. Regresar, pero de manera reconocible aun desgarrado a jirones. El mismo hombre que un día debió partir y que volvía cambiado, naturalmente. ¿A quién no afecta la guerra como para dejarle indiferente?¿A quién, el paso del tiempo no provoca arrugas en la piel? Pero nada podía ser más grande que haber sobrevivido a la entrega sin concesiones que la vida le exigiera; y aunque lleno de heridas, de aquellas que nunca cicatrizarían con el paso del tiempo, de nada sentía necesidad de arrepentirse, pues todo lo hizo por apremiante obligación y guiado solamente por su forma de ser, su sensibilidad y los escasos conocimientos de su joven edad. Todo lo puso al servicio que exigía lo que en cada momento era necesario, y siempre pensando en el objetivo principal: sobrevivir con quien a su lado estaba. No tenía porqué arrepentirse de nada, ni siquiera de haber matado a sangre fría, pues en ello sólo buscó evitar consecuencias peores y no hubo crueldad.
Tampoco era algo que lo hiciera sentirse orgulloso, derramar sangre de un ser igual que él no producía la misma sensación que matar a cualquier otro animal. Era como si en su interior muriese algo que permanecería sepultado en el fondo de su alma para siempre.
Mas la vida había triunfado y él era su testimonio, al menos para los suyos. Tomás le había dado noticias de los primeros compañeros y todos permanecían con vida después de los acontecimientos pasados. Se acordó de su corazonada en las sierras segovianas, cuando auguró a sus camaradas de escuadra que sobrevivirían a la guerra. Fue como una visión, algo más que el deseo de permanecer juntos, de perdurar; y aunque el destino los separaría, José nunca había dudado de aquella señal.


Una cálida y acogedora sensación inundó sus sentidos cuando el tren llegó a la pequeña ciudad de provincia de la que partió, Zamora. Sus ojos no pudieron contener el canal emocional que reventó desde su alma y de ellos brotaron desbordadas las lágrimas, tan necesarias como el oxigeno, como el agua que mantenía vivos los tejidos de su cuerpo. Cuando puso pie en el suelo y respiró el aire que llegaba del oeste y que reconoció al instante, el mismo aire que tragara al nacer cuando rompió a llorar por primera vez, por el que había luchado con tanta entrega hasta regresar, sus fosas nasales se expandieron para llenar los pulmones del gas vital que ahora sentía como si le perteneciera, y que trajo de nuevo a su memoria el famoso dicho: "Zamora no se ganó en una hora". 


Había aprendido desde pequeño que Zamora supo defenderse del asedio a la que fue sometida durante siete largos meses por las huestes de Sancho II para arrebatársela a su hermana Doña Urraca - reina de Zamora por el año 1o72- y reunificar el reino de León y Castilla dividido tras la muerte de Fernando I "el Magno". Pero Zamora supo resistir, decantando el asedio a su favor cuando al paso de Bellido Dolfos - noble de la ciudad y leal a Doña Urraca - se cerró el mal llamado "Portillo de la Traición", donde el Cid, impotente por la infructuosa persecución, debió llorar a su rey asesinado a manos de quien fuera su vasallo y amigo personal.

La historia de León y Castilla se resolvería como lo hacía el destino de sus reyes, arrastrados a intrigas por el poder entre hermanos, donde la traición y la lealtad eran difíciles de diferenciar. 



La luz dorada de un atardecer azul, sin nubes, comenzaba a ocultarse detrás de los tejados presagiando una fuerte helada nocturna, mas la tarde era tibia aún y a José le pareció propicio acercarse a la ciudad para reponer algo su estómago vacío y pasar la noche. Era mejor regresar de día, a los ojos de cualquiera que pudiera verle, la guerra no había acabado aún y su salvoconducto no lo libraría de los peligros de una detención nocturna. No sería la mejor manera de regresar. Pretendía hacerlo sin tener que agachar la cabeza, sin rebajar la mirada, y no quería pasar la noche detenido hasta que todo se aclarase.


Dejaron atrás la vieja estación que todavía se conservaba en pie gracias a la guerra, pues interrumpió las obras de la nueva, que habían sido inauguradas un año antes del estallido del conflicto por el entonces presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora.

Subieron por la "Cuesta de las Viñas" hasta la Ronda de las Tres Cruces, y desde allí, tomando la Avenida de la Libertad llegaron a la Calle San Torcuato, la otra gran arteria que junto con Santa Clara articula el centro comercial y administrativo de la ciudad. Ambas parten de la Calle Alfonso IX y discurren hacia el interior buscando la Plaza Mayor para converger en la breve Calle Renova, última antes de llegar. En conjunto, las tres calles albergaban un rico patrimonio monumental. San Torcuato con el Palacio de los Momos, de estilo renacentista, y Santa Clara con la Iglesia de Santiago del Burgo, de estilo románico, convergen en la Calle Renova con un importante numero de edificios de estilo modernista, para desembocar en la Plaza Mayor.

 Entraron en ella dejando a su izquierda San Andrés y la Calle de Balborraz, que en una gran pendiente conecta el casco antiguo con el río Duero. Balborraz fue importante en el siglo X por ser una calle gremial que enlazaba la judería vieja con el centro político y administrativo de la ciudad. Una ciudad levantada sobre una protuberancia rocosa a casi cuarenta metros sobre el nivel del río que la bordea por el sur. De sus murallas tomó el apodo de "la bien cercada", igual que por el temple de sus gentes, nobles y leales, adquirió su título como ciudad, otorgado por Enrique IV a finales del siglo XV.



Zamora es cuna de héroes como Viriato, con quien Roma  firmaría la paz tras ocho años cosechando derrotas frente a su táctica de guerrillas. Un pastor, que como experto conocedor del medio que le había visto crecer y del carácter de las gentes que componían las tribus autóctonas y que supo unir en torno a su caudillaje, se convertiría en un verdadero estratega que obligaría a retroceder a las legiones romanas hasta conseguir un acuerdo de paz y el reconocimiento del senado romano de su persona como líder de su pueblo. Sólo después, y comprando la lealtad de sus generales para que lo asesinaron mientras dormía, Roma podría deshacerse del ariete que rompía cada uno de sus empeños por dominar Iberia.




Zamora compondría su bandera, "la Seña Bermeja", incorporando ocho tiras rojas - una por cada victoria de Viriato frente a las legiones de Roma - y sobre ellas, una banda verde esmeralda representando la que colgara de su hombro Fernando el Católico durante la Batalla de Toro en 1476, y que tras su victoria, otorgaría a la bandera de la ciudad por la ayuda y los auxilios prestados.



Pasaron por debajo de la galería que forma la fachada porticada del antiguo ayuntamiento. Un edificio de estilo plateresco del siglo XVII con reminiscencias góticas. Su fachada, escoltada por dos torres laterales, está dividida en dos tramos distintos según la altura. En la parte de abajo, de clara influencia renacentista, cuatro grandes arcos de medio punto sobre columnas dóricas dan forma a la galería interior. En la parte superior son carpaneles platerescos, con los escudos de España y los dos cuarteles de Zamora adornando sus uniones. Las torres abren grandes ojivas, influencia del periodo en el que comenzó su primera construcción a finales del gótico, y que fueron desmochadas por encima de la segunda planta en el siglo XIX. 

El ayuntamiento por el sur y por el oeste la iglesia de San Juan de Puerta Nueva, de estilo románico del siglo XII, delimitan por ambos lados la monumental plaza. 

Giraron calle abajo por la de Los Herreros, otra de las grandes calles gremiales de la ciudad, dejando a su derecha la de Ramos Carrión. 

La Calle de Los Herreros, que estaba llena de bares y casas de comidas y que aún conservaba algún pequeño taller de artesanía, un par de tiendas de ultramarinos y dos o tres pensiones baratas, mantenía por entonces los estómagos de las clases más humildes en el centro de la ciudad, sobre todo los días de feria y mercado, que semana tras semana arrastraban hasta allí a las gentes del campo después de hacer sus compras y sus canjes, sus trueques y negocios.

José bajó con Berta las pendientes y estrechas escaleras que conducían a una afamada bodeguilla ubicada en el lado izquierdo de la calle, a media altura de su recorrido, donde se vendían vino y raciones de comidas tradicionales.

 Por aquellas horas del día, cuando la mayoría de los comercios y negocios habían cerrado, la bodega se encontraba casi vacía; sólo algunos paisanos, en su mayoría comerciantes de la zona que paraban por allí para echarse un vino y comentar los incidentes y las noticias nuevas del día, mantenían medio llena la barra que se extendía a lo largo de la primera estancia abovedada que surgía transversalmente tras abrir la puerta, al fondo de la pronunciada escalera, y que conectaba perpendicularmente con otra sala, abovedada también, que albergaba una amplia zona de mesas con el hogar de lumbre al fondo. José no tuvo problema para sentarse a una mesa cerca de la vieja chimenea de leña que aún se mantenía encendida y que calentaba la oscura bodega de largas bóvedas de ladrillos.

Cuando llegó el bodeguero pidió que le trajera vino y una ración de algo caliente para comer. El bodeguero le recomendó unos callos de ternera en salsa zamorana con una ensalada de pimientos y tomates con cebolla, aceitunas negras y una "mieja" de escabeche. José accedió a su propuesta y le preguntó si podría traer agua para su perra y algunas sobras de la comida del día, se lo pagaría.  El bodeguero lo miró un tanto disgustado por su última petición, pero sin decir nada regresó a la barra para realizar el servicio.




Pensaba en Alfredo. Tampoco él estaba seguro, "no las tenía todas consigo", como se suele decir. Después de lo ocurrido la desconfianza era muy grande y no se fiaba de los consejos que le dieran para que convenciese a su amigo de que debía entregarse. ¿Que garantía suponía ahora él? Como antes, no conocía a nadie con poder suficiente que le respaldara. La guerra estaba terminando y lo hacía también a favor de los asesinos, de sus verdaderos enemigos, y le faltaba la autoridad que necesitaba en aquellos momentos tan delicados. Se sentía apesadumbrado, dudaba de sus capacidades para realizar lo que sabía era necesario para acabar con todo. La guerra no terminaría para él si no cerraba el último capítulo inconcluso, pues su alma necesitaba iniciar algo nuevo, donde el pasado no contara para poder respirar otra vez la vida.


Pero necesitaba comer antes de tomar la próxima decisión. Un estómago en armonía con las necesidades del cuerpo - consideraba - es imprescindible para una determinación sosegada, necesaria siempre para alcanzar buen puerto.

Cuando el bodeguero llegó con el primer encargo dejándolo sobre la mesa, y mientras servía el primer vaso de vino, hasta Berta adoptó una nueva compostura; su fino olfato le hizo estirar el cuello buscando el aroma que rezumaba desde la cazuela caliente de barro la salsa hirviendo aún, y la espectacular ensalada alineada con aceite de oliva virgen y un buen chorro de vinagre de vino tinto.
 José se olvidó de todo de repente y concentró sus sentidos en lo que tenía delante. Partió un trozo de la media hogaza de pan blanco, de molledo alto sin ojos en la miga y carolo (la corteza) troceado en cuadrados, y después de dar a Berta la mitad, untó con el trozo sobrante la espesa salsa roja de los callos y se lo metió en la boca.
Saboreó el exquisito bocado, y su estómago lo acogió con mayor agrado del habitual después de tanto tiempo fuera de casa, comiendo de rancho y lo imprescindible. El sabor único y característico del pimentón picante de  Aldeanueva (Aldeanueva del Camino, Cáceres.) y el suave y aromático toque de cominos, reabrió su apetito. Hacía mucho, mucho tiempo que no comía por placer, y aquel plato típico que su madre cocinaba como nadie y que a él tanto le gustaba, satisfacía por entero su necesidad vital hasta el punto de que no lo hubiese cambiado por ningún otro. Berta, al calor de la lumbre y junto a los pies de José, roía un hueso de espinazo de las sobras del cocido repartido en la comida de la tarde, en el resplandor de las llamas que iluminaban el fondo de la bodega. Ambos eran inconscientemente felices, sus pensamientos habían cesado y sólo atendían al placer de saciar su apetito. Hombre y animal componían una postal para el recuerdo, algo que ninguno de los dos olvidaría el resto de sus vidas. Aquella comida, la primera después de mucho tiempo, libre de preocupaciones, sin interrupciones inesperadas, sin contratiempos inoportunos, les había transportado fuera de toda realidad perturbadora, de todo pensamiento decepcionante. José sentía sólo el momento, el calor del fuego en la piel y el sabor del vino tinto de la tierra que la coloreaba más que el reflejo de las llamas. Disfrutaba de nuevo de la comida sin observar cuanto tiempo llevaba sin hacerlo; y mirando para Berta, que no levantaba cabeza del suelo mientras trituraba el hueso con sus poderosas mandíbulas, experimentó un universo intemporal de felicidad momentánea que dejó su mente flotando en la nada durante unos segundos.


El bodeguero interrumpió su éxtasis para preguntar si quería alguna cosa más y si podía retirar las sobras, a lo que José, tras ladear la jarra y comprobar su contenido, contestó que no quería más, que todo le había gustado y que había saciado su apetito sobradamente. Después le pidió la cuenta para pagarle, y tras hacerlo y dejar una pequeña propina por el buen servicio, le preguntó por una pensión para pasar la noche; el bodeguero le  ofreció una habitación para los dos en un piso de la Calle San Andrés, cerca de la Plaza Mayor. José no lo pensó, pagó por adelantado la noche y esperó que el bodeguero le trajera el recibo por el hospedaje. Mientras, sus pensamientos retornaron a la realidad.


Micaela apareció con fuerza en su consciente recuperado; su  imagen lo englobaba todo en el futuro imaginario que vislumbraba cerca, inminente. Sin ella nada encontraba sentido, sin ella todo sería aún más duro. Ella suponía el impulso que necesitaba para abrirse paso a pesar de lo que viniese, pues a su lado nada podía ser demasiado grande, demasiado poderoso para robarles la ilusión de una vida nueva, mejor, siempre uno al lado del otro.

Eran jóvenes y la vida había contado con ellos para continuar. Estarían juntos hasta el final porque la suya sería una existencia larga, muy larga; y se necesitarían mutuamente de nuevo como se habían necesitado hasta entonces en la distancia que los separara. Ahora comprendía que no podría empezar desde cero, pues para eso tendría que volver a nacer. Lucharía en adelante por el porvenir y por aquello que aún quedaba atrás, como su amigo Alfredo; y a ello le dedicaría la misma entrega, la misma pasión, igual furia y constancia que le habían conducido a regresar con los suyos, al lugar del que partió y que nunca deseó abandonar. Pero su vida había tomado un cuerpo y estaba cargada de experiencias, nunca podría desprenderse de aquellas que no le gustaban por mucho que transcurriese el tiempo, y el futuro se presentaba como un cielo negro, roto tras la espantosa tormenta. Nada había acabado, debería seguir luchando aunque las armas fuesen distintas.


La ciudad comenzaba a dormirse lentamente al tiempo que apagaba sus luces. El río Duero la abrazaba en su regazo de aguas mansas y dejaba que se reflejara en ellas para convertirla en una perla; una perla hundida en el fondo que brillaba con la luz de la luna iluminando el cauce a su paso.






lunes, 5 de diciembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).


Entró en la cafetería de la estación con Berta a su lado, pidió un café con brandy, y después de pagar al camarero se sentó en una mesa alejada de la barra. A esas horas de la mañana  la estación estaba muy concurrida con gentes que iban y que venían  con sus equipajes, con sus enseres acuestas. El trafico de personas y mercancías era muy abultado, y el frío húmedo provocado por la niebla espesa que dominaba la atmósfera empujaba a entrar en la cafetería, por lo que en pocos minutos se llenó completamente de gente.


La estación de trenes de Miranda de Ebro, desde su creación en 1862, suponía un punto logístico de primer orden, clave para el transporte  de personas y mercancías en el norte de España. Conectaba Madrid con Irún atravesando la meseta castellana. La guerra había magnificado su importancia pues era un nudo de comunicaciones fundamental para la vertebración del territorio nacional; por allí pasaba todo el trafico de mercancías que llegaba desde Francia, incluido el suministro de armamento y munición proveniente de Alemania. El transporte de tropas y material bélico era constante en aquellos momentos, mayor que el tránsito de personas que viajaban de unos lugares a otros. Ambos flujos se entremezclaban en las horas centrales del día generando un ambiente bullicioso que duraba hasta la media noche, cuando la actividad decaía más.

Su planta rectangular, dividida longitudinalmente en dos partes iguales, sólo interrumpidas en su eje central por una zona común de vestíbulos, hacía única la estación de trenes con las vías a un lado y al otro del edificio. Sus grandes marquesinas, de casi cien metros de longitud, estaban construidas al estilo "victoriano" con grandes pórticos de hierro fundido y filigranas estampadas en los arcos. Las ménsulas y celosías del armazón metálico que las componían daban cabida a aquel enorme transito humano que no dejaba de afluir por las noches y que durante el día se convertía en auténtica marea.

José, después de tomarse el "carajillo" de café sacó la pipa para fumar; la vieja pipa de espuma de mar con la que Vázquez obsequiara su amistad en Vinaroz y que celosamente mantenía siempre guardada en su caja de madera de cedro.
Había terminado cogiendo cariño a aquel "cabronazo" que tanto le importunara al principio, pero que se había comportado a su lado de manera digna, a la altura de las circunstancias en los momentos claves.
Tanteó el macuto y extrajo de él la petaca de licor metálica de Sergio, que aún se mantenía medio llena, y tras desenroscar su tapón se sirvió un poco de brandy en la taza vacía de café. 





Recordó la enorme sonrisa del grandullón, golfo y bonachón, que había sido su sombra en cada uno de sus combates y parte de su conciencia en los momentos más delicados. Nunca olvidaría la sonrisa amigable y la comicidad de sus gestos cuando se enfadaba, algo que le divertía sobremanera. Desde lo de Brunete fueron inseparables, y José le había cogido un cariño sólo comparable a la admiración que por él sentía. Esa admiración se debía a la lealtad que Sergio le mostrara desde el primer día y que duró todo el tiempo que pasaron juntos. Tan leal como Berta, pero de mayor valor por tratarse de un hombre que jamás puso en duda sus decisiones y hasta el final estuvo a su lado. Sergio era el eslabón que lo unía otra vez con su especie, algo que con el tiempo le agradecería en lo más profundo de su alma pues no sólo había salvado su vida en el campo de batalla, sino que había librado a su espíritu de la desesperanza que alberga la desconfianza en el ser humano. Sergio le demostró que la amistad verdadera es más poderosa que el odio y el resentimiento, y que la lealtad la hace duradera y productiva librando al ser humano de su soledad.

El trasbordo le obligaba a esperar más de tres horas el tren  procedente de Valladolid, que cambiaría máquinas para regresar de nuevo. Pensó en darse un paseo por la pequeña ciudad para hacer más pasajero el tiempo de espera, pero la niebla y el frío húmedo del exterior no invitaban a ello, por lo que decidió pedir otro café al mozo camarero, que en aquellos momentos pasaba con bandeja y bayeta recogiendo vajilla y limpiando las mesas y los ceniceros.
Al cabo de unos minutos el camarero regresó con su café caliente, humeando su aroma fuerte y terrosa. José añadió el azúcar y un chorrito de brandy de su petaca, lo que provocó que el líquido casi rebasará el borde de la taza. Bajó la cabeza hasta que sus labios tocaron el brebaje caliente y sorbió con cuidado para que no se derramara sobre el platillo.

- Paisano, ¿es suya la perra? - José levantó la cabeza para mirar a quien le hablaba, interrumpiendo la labor en la que estaba concentrado.

- Sí, es mía - afirmó secamente.

- Me gustaría comprársela -. Dijo su interlocutor, un hombre de estatura mediana que cubría su cabeza con un sombrero de fieltro de pelo color laurel, con forma de "pastel de cerdo"; y su cuerpo con un abrigo de paño de lana del mismo color, con anchas solapas de pico y doble fila de botones. Parecía un hombre que superaba con amplitud los cuarenta años de edad, de tez redondeada, piel sonrosada y ojos claros. Un bigote estrecho, bien recortado, pelirrojo como sus cejas, se distinguía por encima de sus labios finos, que parecían más pequeños sobre la ancha y aplanada barbilla. Iba acompañado por un teniente de requetés en uniforme de campaña.

- No está en venta, gracias - dijo José -.

- Aún no conoce mi oferta. Tal vez quiera usted poner el precio. Le parecen bien unas...treinta pesetas. - José se dedicó a su café haciendo caso omiso a quien le hablaba.



- Vamos amigo, le ofrezco una buena cantidad, son pocos los que pueden ganar eso todos los meses. 

José siguió concentrado en su café mientras de reojo miraba a Berta, que se mantenía atenta a la escena que se estaba desarrollando. El teniente de requetés trató de adelantarse para hablar pero fue detenido por el de paisano, que dirigiéndose de nuevo a José, le dijo:

- Perdone, me he comportado como un necio; comprendo el valor sentimental que debe tener para usted este animal, de verdad que lo siento. Pero, ¿permite que nos sentemos, por favor? No le importunaré; soy cazador y admirador de los buenos perros. Ha sido una torpeza por mi parte no comprender antes que también usted lo es, y tal vez mi oferta no haya sido la adecuada. ¿Nos permite?  

José contestó afirmativamente con un movimiento de ojos y con su mano derecha para indicarles un asiento. El teniente lanzó una mirada de sorpresa al de paisano, pero éste, tomando una silla le invito a sentarse, algo que también hizo él.

- Mire - dijo -, llevo observándoles a usted y a su perra un buen rato y me ha sorprendido lo bien educada que está y el instinto que muestra. Creo que es un animal magnífico, que sabe cazar como ninguno; ¿me permite que la pruebe con un señuelo?

- Sabe cazar, se lo aseguro, pero no está en venta. - Dijo José mientras limpiaba la primera capa de ceniza de su pipa.

- Oiga, tal vez he sido un poco parco en mi oferta, no pretendía subestimarlo, pero estoy dispuesto a multiplicar por diez esa oferta.

José continuó callado, concentrado en la limpieza de su pipa. El teniente de requetés comenzaba a dar muestras de impaciencia pero se mantenía sin entrar en conversación. Era un joven casi imberbe, de carácter nervioso y desconfiado, que a pesar de su impecable uniforme de oficial no hacía gala de la  experiencia suficiente para estar a la altura. Debajo de su capote de lana gruesa con cuello de piel y grandes ojales, lucía almidonada y perfectamente planchada una camisa gris pálida con el distintivo de oficial y galleta con dos estrellas de seis puntas. De los embetunados correajes que sujetaban el cinturón colgaba la pistola enfundada, y unos pantalones bombachos color garbanzo terminaban escondidos en las cañas de unas brillantes botas de montar de "color cuero". La borla dorada prendida en la boina roja caía sobre el lado izquierdo de su rostro pálido y afilado. Su mirada era inconstante y escurridiza, y su impaciencia por intervenir en el trato provocaba que no fuera capaz de estarse totalmente quieto en su asiento, algo que ponía nerviosa a Berta, que se levantó del suelo para sentarse al lado de las piernas de José, de manera que parecía que quisiese tomar también parte en la conversación que se desarrollaba.

- Caballero - dijo el hombre de paisano dirigiéndose a José -, compruebo que es usted un negociador frío y hábil que sabe que todo tiene un precio, y voy ha hacerle una oferta que no podrá rechazar, pues va mucho más allá de su valor real. Comprendo que si mi anterior oferta no ha resultado suficiente, será porque el animal lo merece de verdad, por lo que le ofrezco tres mil pesetas y no se hable más. 

El de requetés se quedó estupefacto, totalmente descolocado, pues la oferta era una auténtica fortuna. Intentó decir algo, pero el de paisano le agarró la muñeca por debajo de la mesa para detenerlo.
José levantó la taza de café y se dio un trago que acabó con su contenido, dejando su interior barnizado por una fina capa de crema del aromático líquido y un pequeño poso de azúcar en su fondo, el cual rellenó de nuevo con brandy.

- Bueno, ¿qué me dice? Es mi última oferta.

- No quiero hacerle perder su tiempo y siento tener que repetirle que no está en venta - contestó José.

El hombre calló un momento sorprendido por la respuesta de José. No podía encajar que su última oferta hubiese sido rechazada.

- Oiga, no comprendo - dijo -. Le he ofrecido mucho más de lo que nadie pagaría nunca por un animal, es una auténtica fortuna. Con ese dinero podría emprender una nueva vida en cualquier sitio. No veo signos de riqueza en usted por ningún lado; al contrario, parece más bien necesitado. ¿Cuál es la razón que le impide desprenderse de ese animal?

José esperó unos segundos meditando la respuesta mientras encendía otra vez la pipa.



- ¿Cuanto vale para usted la amistad? Porque Berta es ahora mi mejor amigo. Para mí no tiene precio. 

El hombre, sorprendido, no supo que contestarle.

- Debo suponer que usted también tiene amigos - continuó mientras miraba al imberbe teniente - y que sabrá que vender a un amigo es traicionarle. Yo no traiciono a mis amigos. Para mi Berta no tiene precio y sólo con gratitud puedo pagar su compañía. Nunca me desprenderé de ella, como ella tampoco lo hará de mí libremente. Hacerlo sería renunciar a parte de mi vida, la cuál ella ha hecho posible, y eso sería renegar de mi mismo y una traición imperdonable a su lealtad. Supongo que ahora comprenderá que el dinero no puede comprarlo todo, siento decepcionarlo. Dijo que admiraba los perros de caza, pero más que eso, creo que lo que realmente le hace sentirse plenamente satisfecho es poseer todo aquello que le parece superior, sin contar a que se debe ni a quien pertenece, como si su dinero pudiese darle todo aquello que no es, que le falta. Y la lealtad, el respeto y la confianza se ganan, no pueden comprarse con todo el dinero del mundo.

La cara del hombre pelirrojo se quedo blanca como una pared encalada, y sus labios, sellados por la decepción, fueron incapaces de decir palabra alguna. Mas el joven oficial de requetés se levantó de la silla malhumorado y dispuesto por fin a intervenir; echó para atrás el capote con una mano, y apoyando ésta en la funda de su pistola,  levantó la voz para decir a José:

- Creo que no sabe con quien está hablando. El señor marqués no debería darle explicaciones; quiere ese animal y usted tiene la obligación de hacer que eso sea posible. Así que va a aceptar su oferta por las buenas, que se pasa de generosa. Todo lo que hay en el territorio del estado pertenece al estado y el ejército garantiza que así sea. Debería estar en el frente defendiendo a la patria, y ya que no es así, contribuirá en la manera que se le pida. Ahora ésta es la exigencia, no lo piense más -. Y  despacio, de manera fría, como si no quisiera ser detectado, desabrochó el corchete de la funda de su pistola. José captó su movimiento y no pudo por menos que dejar escapar una sonrisa irónica.

- Tranquilícese teniente, no le conviene nada meterse con ese hombre, deje tranquilas las manos -. El teniente se dio la vuelta para ver a quien a su espalda le prevenía de las consecuencias que podía acarrearle su conducta. Era Tomás, que regresaba al frente tras unos días de permiso en casa. José miró a Tomás brindándole una abierta sonrisa.

- Está usted hablando con un héroe de guerra, y como compañero de armas y amigo personal, no le permitiré que se sobrepase de nuevo - le advirtió Tomás al joven teniente. 

José vestía de paisano, pues todo en el ejercito le fue retirado. Había comprado ropa con el poco dinero que le aportara la comandancia para su regreso. El teniente de requetés dio un paso atrás desconcertado y en su cara se apreció una mueca de asombro. Tomás se adelantó entonces para dar un apretón de manos a José y éste se levantó casi al mismo tiempo que lo hacía Berta, dejando a un lado la mesa. Ambos amigos se juntaron en sincero abrazo mientras Berta aullaba contenta.

- ¡Cabronazo, qué bien te veo! - le dijo José - Estás flamante con ese uniforme nuevo. ¡De brigada nada menos! 

Y abrazándolo de nuevo dio unas palmadas en su espalda.

- ¡Joder, lo que menos podía pensar era encontrarte por aquí!- Le contestó Tomás.

- Ni yo; aunque ya sabes, "la vida es un pañuelo". Pero vamos, siéntate -. Continuó José, que seguidamente se dirigió a los dos contertulios que aún permanecían expectantes. También el hombre de mediana edad se había levantado del asiento cuando Tomás se acercó para saludar a José. Con el sombrero en las manos parecía esperar una última respuesta, pues aún no podía creer que su oferta fuera finalmente rechazada.

- Caballeros, como les dije, no acostumbro a vender a mis amigos; por eso, como ven, los conservo siempre. No existe riqueza mayor. Berta ha cazado para mí y lo seguirá haciendo, aunque ya no cazará hombres, lo hará sólo por el placer de liberar su instinto y hacerme feliz a mí.
Señor marqués, creo que me habrá comprendido; dígale a su sobrino que no sea tan ligero con el gatillo, esa no es forma de ser patriota. Si hubiera mandado a mi perra, ella sólo habría curtido su cara más que si hubiese estado en el frente, el cual no le vendría mal un buen tiempo para calmar sus ánimos. 

Ambos hombres se retiraron sin despedirse, sin decir nada; no era fácil saber si debido a la vergüenza, o a la impotencia que sentían por no conseguir su objetivo. Los dos amigos se sentaron después para charlar un rato. Tomás cogería el siguiente tren hacia el norte, que saldría apenas cuarenta minutos más tarde.










     

martes, 15 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES.





Y preguntaron las palabras al sentir por el buen estado, el buen gobierno y el buen gobernante, y el sentir se reveló:


El estado puede compararse con una gran orquesta en la que  sus ciudadanos son los músicos y quien gobierna, el maestro director.


La razón de ser de la orquesta es la música, necesaria para la felicidad y el disfrute, que es realmente lo que se anhela. El buen estado representa y realiza el anhelo de felicidad de sus ciudadanos como fin primordial.



Las notas musicales son las normas permanentes que permiten formar una armonía; las normas naturales son permanentes, porque contra otra fuerza o razón se repiten siempre como las notas musicales, para poder crear con ellas cualquier melodía.


El buen gobierno es el resultado de la interpretación correcta de las normas permanentes, de las notas musicales sobre las que se construye la melodía a interpretar. Los músicos deben practicar las notas para ejecutar bien la melodía  y el director de orquesta no interferir en la medida de lo posible; sólo actuará como punto de referencia para indicar la dirección antes de que ésta pueda perderse.
El buen gobernante no debe interferir en el libre y natural desarrollo de su estado, como tampoco permitirá que ninguna parte sobresalga por encima de él. El buen director se mantiene fiel a la partitura para no interferir en su realización, marcando la referencia para que ningún intérprete pueda desviarse. De ello se deduce que no hay orquesta sin director, ni director sin músicos.
Pero para que los músicos armonicen sin rivalizar y sin tratar de destacar entre ellos, su director no primará, como tampoco reprimirá a ninguno, pues es la armonía lo principal y sobre ello habrán de trabajar juntos.
Ateniéndose siempre a la partitura ganará la confianza de quienes dirige, pues para todos será la misma norma y a todos igualará permitiendo sus individualidades, sin las cuales no tendría vida la orquesta.
Sin pretender mejorar la melodía, interpretará ésta tal cuál es, como fue concebida, y será reconocida por todos.
No queriendo sobresalir brillará, sera famosa su interpretación, porque será la justa y así se recordará siempre.



viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).





El horizonte paría paisajes nuevos que pronto se perdían en la lejanía. La luz dorada, otoñal, variaba su intensidad después de cada instante y vestía distintas las sierras que se alejaban con sus montes y espesuras; y los campos yermos, desolados, que comenzaban a expandirse sobre la llanura hasta la siguiente depresión para precipitarse frescos sobre el valle, descendían hasta los pueblos y las aldeas y se alzaban más allá, por encima de éstas, marcando la frontera donde la montaña comenzaba a erigirse imponente y colosal. Después venían los puertos, el interminable ascenso zigzagueante sobre las faldas dejando atrás los poblados en el fondo, tapados por la niebla que se cerraba más cuanto más se ascendía y que de golpe se cambiaba por oscuridad total sobre el ruido amplificado del tren al pasar por el primer túnel escavado en la montaña. Luego la claridad aparecía de golpe y el paisaje imponía de nuevo su sobrecogedora inmensidad.

José regresaba a casa con Berta, la guerra en el frente había acabado bruscamente para los dos. Pero a pesar de lo que dejaba atrás y que marcaría para siempre su vida, no sentía nostalgia, había vencido por fin y aquello era lo único importante; el resto quedaría imborrable en su memoria y ciertos sentimientos como el de la amistad verdadera, que sólo se interrumpe por la distancia inevitable,  jamás le abandonaría. 
Dejó descansar la vista sobre el horizonte que se ensanchaba más allá de la ventana del vagón, al bajar el puerto. Los pastos rebrotados por la otoñada extendían su manto verde entre los tonos rojizos y pardos de las hojas de los árboles, y los pueblos aparecían de nuevo uno tras otro separándose más cuanto más se imponía la llanura en el paisaje. Las imágenes al otro lado de los cristales desfilaban ante sus ojos mezclándose con otras que su mente reproducía a la vez sin sobreponerse, sin tapar la frescura del momento; el tiempo que las separaba era lo único que podía diferenciarlas, porque la sensación que producían en él era idéntica, como el día que forzado a ello debió abandonar su hogar para empezar a conocer el mundo.
Volvía a casa por fin, feliz pero decepcionado a la vez. Feliz porque había conseguido salvar el pellejo, que era lo que realmente importaba; estaría de nuevo con los suyos y con Micaela, con quien esperaba comenzar una nueva vida por cuenta propia creando una familia. Decepcionado, pues antes de partir del hogar aún creía y admiraba al género humano, fe que debió abandonar durante el conflicto para poder sobrevivir y que ahora esperaba poder recuperar engendrando una nueva vida que representara otro amanecer, un futuro cierto, algo en lo que creer con fuerzas otra vez.
Pensaba en Micaela y en todo lo que representaba para él. Sentía ahora como entonces su calor, su ternura, su pasión, y ardía en ganas de tenerla entre sus brazos para sellar sus labios con besos y limpiar las lágrimas de su rostro emocionado por la alegría. 
Y tras el deseo primero regresaron los recuerdos, y con ellos el rostro perfecto, el cuerpo escultural, clásico de Piedad, la hermosa serrana que le había hecho dudar de sus principios  cuando le mostró la cara más trágica de la guerra. Su amor por Micaela había evitado cualquier otro deseo, pero no dejaba de reconocer que por un momento se sintió atraído hacia aquella mujer; por su coraje y belleza. 
Tanteó el macuto y después de aflojar la cuerda de su boca extrajo la caja de hojalata; la abrió y sacó la pequeña biblia, debajo estaba el rosario y la carta de Piedad. De nuevo pensó en Micaela, a quien debería explicárselo todo sin estar seguro de cómo reaccionaría. Cogió el rosario y dejó correr entre sus dedos las bolas de azabache que marcaban las cuentas de los rezos, y mirando otra vez por la ventana, recordó que partió de casa sin llevar ningún dios consigo, y que regresaba reconociendo que algo se mueve por encima de todas las cosas. 

La batalla aún no había concluido, pero para entonces la suerte estaba echada para la República. Gran Bretaña, Francia y Alemania firmarían el día treinta de Septiembre los "Acuerdos de Múnich", que permitirían a Alemania anexionarse el territorio de los Sudetes en Checoslovaquia. El gobierno de Negrín vio como se esfumaba con ello la posibilidad de internacionalizar el conflicto, su única esperanza de sobrevivir. De nada serviría la retirada simbólica y unilateral de las "Brigadas Internacionales por parte del gobierno republicano, con lo que se intentaba ganar para su causa al "Comité de no intervención" de la Sociedad de Naciones; pero aquellos hombres - diez mil, de los más de treinta mil que llegarían a intervenir en el conflicto - ya no eran vitales para el desarrollo de las operaciones. Habían sido las fuerzas más combativas de la República, estando siempre presentes en primera línea en todos los combates, en todas las batallas de la guerra, por lo que sufrieron un tremendo desgaste. En la batalla del Ebro y tras la re-estructuración del ejército republicano, sus filas contaban con más soldados españoles que extranjeros, y sólo representaban un símbolo, una referencia ideológica de lo que llegó a significar la república española en el contexto socio-político de su época. Franco repatriaría a diez mil 
italianos, lo que tampoco significaba nada teniendo en cuenta el carácter internacional de su ejército, que había crecido alcanzando la cifra de un millón de hombres armados durante el transcurso de la guerra.  



El ejército republicano soportó una tras otra las cargas del ejército nacional, más profesional y mejor armado, y aún falto de los recursos necesarios contuvo con heroicidad su presión hasta el último momento; hasta que sus fuerzas, agotadas y maltrechas, carentes de cualquier tipo de ayuda exterior, debieron retroceder ante la aplastante superioridad de su enemigo.
La batalla del Ebro duraría cuatro largos meses, durante los cuales sólo las lluvias torrenciales de aquel otoño en las sierras de la Terra Alta darían tregua a los durísimos combates, que se saldaban con un impresionante número de bajas por parte de ambos contendientes.
Nada más que la apabullante superioridad numérica y armamentística del ejército nacional, que dominaba los cielos con más de quinientos aparatos y machacaba las posiciones republicanas con casi mil baterías artilleras, decantó finalmente la batalla a su favor, pues los republicanos se batieron hasta el momento final con idéntica bravura, con la misma pasión e idealismo que los había definido hasta entonces. La suerte del ejército republicano hubiera sido otra, si a su capacidad organizativa y disciplinaria, que llegó a alcanzar su punto de madurez en el transcurso de la batalla, se hubieran unido los relevos y aprovisionamientos necesarios; pero los problemas logísticos motivados por el aislamiento internacional en que se encontraba por entonces la República, con su último aliado (Checoslovaquia)
entregado a las garras de la Alemania nazi, y con Rusia aislada por el Pacto de Munich, derivaron en una derrota sin paliativos que inició el principio del final del periodo republicano en España.

José, sumido en los recuerdos más recientes, se quedó dormido. Berta, echada a su lado en el asiento, descansó la cabeza en los muslos de él y cerró también los ojos.


[- Capitán Alonso: díganos si es verdad que usted y su igual en el rango, el capitán Cuesta Pascual, pelearon delante de sus hombres en el campo de batalla.

-Sí señor - respondió José -, así fue.

-Dígales al tribunal, capitán, si fue usted quien deliberadamente y sin discusión previa inició la pelea golpeando en la cara a su camarada, el capitán Cuesta -. Preguntó otra vez el fiscal militar.

-Sí señor, yo inicié la pelea.

-Bien Capitán, supongo que sabía de la gravedad del hecho. Mostrar cualquier tipo de división interna a nuestros soldados es una falta muy grave.

-Lo se, señor -. Dijo José.

-Díganos si no es verdad que entre ustedes dos existía una rencilla personal previa, que fue lo que provocó el episodio -. Prosiguió la acusación fiscal.

-Nuestras diferencias personales no tuvieron nada que ver, al menos en lo que a mí se refiere  - replicó José -. Sólo intenté garantizar la integridad de mis hombres, que fue amenazada por una acción deliberada del capitán Cuesta.

-¿Esta diciendo capitán, que con su acción en el combate, el capitán Cuesta puso en peligro a sus hombres?

-Murieron varios de ellos, señor. Hay testigos que pueden corroborarlo.

-¿Y no cree capitán, que en vez de obrar como lo hizo, hubiese sido mejor ponerlo en conocimiento de sus superiores? - Argumentó el fiscal.




-Tal vez para mí - respondió José -, pero no para mis hombres, a quienes los combates no daban tregua y tenían que cargar con las espaldas descubiertas, pues quien debía cubrirlas, en vez de machacar las posiciones de la infantería enemiga para facilitar nuestro avance evitaba con su fuego de morteros que en los momentos necesarios pudieran replegarse. Muchos murieron por no poder hacerlo; quedaron encerrados entre dos fuegos sin poder moverse.

-¿Considera entonces capitán, que en ciertos momentos la determinación de los mandos debe saltarse las normas generales en beneficio de sus soldados, aunque sea un perjuicio para la disciplina en el ejército  -. La defensa no hizo objeción alguna a la pregunta.

-En principio considero por encima de todo el derecho a la vida. Ya se que en tiempos de guerra y hablando de batallas pueda parecer absurdo, y tal vez lo sea. ¿Pero si no nos atenemos a él, a qué atenernos? Si la vida de quienes luchan a tu lado no es más importante que cualquier otra cosa, ¿cómo vencer, cómo sobrevivir?
No, puede que no pensara en todas esas cosas de las que me habla y que resultan tan lógicas, como lo de la disciplina; pero de igual modo que yo no podría influir ni condicionar las decisiones de nuestros generales, ellos no pueden personalmente ordenar y solucionar cada uno de nuestros problemas en la tropa. Todos debemos guiarnos por el sentido común; en momentos de acción de guerra, de combates continuados, ciertas decisiones hay que tomarlas sin dudar en el campo de batalla, en el momento crucial que se necesitan, y no hay tiempo para entrar en consideraciones de otro tipo si se quiere sobrevivir y vencer.

-Dice usted que sus diferencias personales con el capitán Cuesta no tuvieron nada que ver con el incidente, pero ¿por qué acusó usted entonces a su camarada de intrusiones en su vida sentimental con expresiones como: "Por tu culpa está aterrorizada mi novia..." o, "Mi amigo Alfredo está desaparecido acosado por tus amenazas?"

José se quedó pensativo. Sabía que llegaría el momento que aquella pregunta iba a ser inevitable y no encontraba las palabras, tal vez porque las necesarias eran las mismas pronunciadas, y no tenían doblez.

-Conteste a la pregunta capitán - insistió el fiscal -: ¿Hizo usted estas afirmaciones?

-Sí - respondió José.

-Entonces, ¿porqué dice usted que no fue un asunto personal lo que provocó el incidente?

-Porque no lo fue. Otra cosa es que aprovechara el momento para echarle en cara lo que hacía tiempo tenía ganas y eso perjudicase su imagen ante sus soldados; mis soldados ya conocían sus mañas, no podían sorprenderse. Tal vez, después de lo sucedido, hubiesen dudado de mí de no haberle plantado cara.

-Su camarada el capitán Cuesta, no sólo ha perdido la credibilidad entre sus hombres, ya no volverá a mandarlos porque en el incidente ha perdido la movilidad en sus piernas y nunca más podrá caminar ¿Se siente responsable?




-Sí, totalmente - respondió con rotundidad José -.  Siento no haber podido evitar lo que finalmente pasó, nunca lo podré olvidar; pero el hecho de sentirme responsable no me hace ver las cosas de otro modo, sus pasos fueron siempre equivocados y sólo ellos le llevaron al precipicio.

-Veo que se regocija con lo que le ha sucedido a su camarada, capitán; por lo que su mente no albergará ningún arrepentimiento.

-No tengo nada de que arrepentirme -. Afirmó José.

-No haré más preguntas - dijo el fiscal mirando a los miembros del consejo, compuesto por un general y cuatro militares más, todos ellos de alta graduación. Acto seguido intervino la defensa asignada, que insistió en los argumentos aportados por José, pero sin hacer alusión a la implicación del Fortu en el caso del oro de la CNT y su participación en la represión para la implantación de las colectividades en Algairén, como tampoco lo había hecho la acusación fiscal . José comprobó cómo sus palabras eran destacadas o ignoradas según la conveniencia, pero no se sorprendió por ello, ya nada podía decepcionarlo más que el hecho de haber llegado hasta allí.
El general que presidía el consejo, tras una breve reflexión con el resto de los miembros que lo componían, se puso en pie, y con él todo el tribunal.

-Este tribunal, después de escuchar a las partes en este caso y tras reflexionar sobre su transcendencia para el buen funcionamiento de nuestro régimen disciplinario, en momentos tan delicados como los presentes, considera muy grave la acción del capitán Alonso sobre su igual el capitán Cuesta, pues puso en entredicho la disciplina entre nuestros soldados y propició un accidente fatal que casi cuesta la vida a uno de nuestros mandos.
Considerando que el capitán Cuesta amenazó al acusado con un arma en el transcurso de la disputa, y que fue aquel, quien tropezando con el cuerpo de un soldado muerto en el suelo se precipitó al vacío, exculpamos al acusado de sus lesiones. Pero la gravedad del hecho impide un veredicto favorable para el acusado por poner en peligro la disciplina y lealtad de nuestras tropas. Por ello, este tribunal despoja de sus estrellas y condecoraciones militares al capitán Alonso y le quita el mando que en su día le fuera concedido. A partir de este momento queda licenciado del ejército para regresar a casa. La guerra ha terminado para él. Volverá, pero sin mayor beneficio ni retribución que cualquier soldado raso que retorna. ] 


Despertó de pronto algo perturbado por los recuerdos, que se mezclaban con los sueños convirtiéndose en un todo indescifrable que embotaba su cabeza impidiéndole pensar con claridad.
El tren se detenía para hacer transbordo en la estación de Miranda de Ebro. José entraba en tierras castellanas después de muchos meses, y la sensación que sentía era la de respirar otro aire, de ver otra luz distinta a la que durante tantos meses lo había acompañado y de la que siempre se sintió huérfano.
Decidió bajar a estirar las piernas y tomar un café caliente en la estación.





sábado, 5 de noviembre de 2011

EL ADIESTRADOR DE MANDRILES (Un hombre que amaba los animales).


Al mismo tiempo que las primeras luces del alba rasgan la oscuridad de la noche, comienzan las baterías a machacar con sus obuses las alturas de la sierra. El silencio absoluto que el frescor de la madrugada ha impuesto sobre todas las especies, incluidos los hombres, que se echan por encima sus mantas y capotes para protegerse de él, se rompe de golpe con la primera detonación; un estruendo continuado que durará un par de horas y que será rematado por las descargas mortíferas de la aviación, comienza entonces.

-¿Qué sabemos de la IV de la Legión y de los de la 10ª, Vázquez? - Le pregunta José.

-De momento todo marcha según lo previsto. El espacio que dejamos abierto ha sido cerrado y esperan también que cese el fuego de la artillería para entrar en acción -. Contesta Vázquez -.

-Bien - les dice José a sus oficiales -. Sabemos que allí arriba disponen de dos piezas antiaéreas Skoda de 76 mm., dos cañones Schneider de 75 y un obús de campaña Vickers de 105. Esta batería, junto con una sección de morteros, está dispuesta para controlar toda la vaguada. Cuanto antes tomemos nosotros la cima antes cesará la sangría de hombres ahí abajo. La mayor dificultad se encuentra en el espacio que separa esta primera cota visible, del cerro mayor; aunque para entonces estaremos al cubierto de su fuego artillero, será nuestra única ventaja. Pero antes tendremos que abrirnos paso entre las fuerzas que queden activas después del bombardeo. Los nidos de ametralladora los reventaremos a golpe de granadas. A mis órdenes entrará en contacto la primera sección de tiradores; tras ella la segunda adelantando las filas. Esperemos que para entonces los de la IV Bandera hayan ganado la vaguada y que los de la 10ª de Falange contrarresten con sus baterías el fuego de allí arriba, para que puedan cruzar el arroyo y ganar la ladera.



La cima de la primera loma se vislumbra con claridad entre los pinos y las encinas que crecen en la ladera; más allá se abre un claro que deja ver la pared rocosa levantándose por encima, sobre la que se estrellan los proyectiles provocando espesas nubes de polvo y de trozos de piedra volando en todas direcciones.
José espera el cese total de las cadencias de disparo de las baterías para mandar a sus hombres al combate. Cuando esto sucede, salta el primero de su refugio y a golpe de silbato y acompañado siempre por Berta lanza a sus hombres a la escalada sobre la primera cota; a la carrera por un terreno empinado, donde ganar o no la distancia entre árbol y árbol significa vivir o morir.
A fuerza de bombas de mano consiguen llegar arriba después de neutralizar una Maxim que les cierra el paso por 
el ala derecha.

La mañana es calurosa y el sol golpea de soslayo sobre aquella posición impidiendo una visión adecuada del ala izquierda del enemigo, situado en la cima. Los proyectiles de los morteros republicanos comienzan a caer sobre sus cabezas y se abre un intenso fuego de ametralladoras desde allí arriba. Contra toda lógica, José empuja a sus hombres hacia delante en una escalada mortal, sorteando el fuego de fusilería hasta llegar a la pared frontal del cerro y quedar fuera del alcance de los morteros. Caen algunos hombres, pero la mayoría de los de la primera oleada consiguen con éxito el objetivo; mas cuando la segunda oleada comienza la escalada, un intenso fuego de morteros irrumpe de pronto en medio de la avanzada. Los hombres saltan por los aires envueltos en enormes explosiones de tierra que hacen imposible el avance, mientras las ametralladoras desde la cumbre, como la guadaña siega el heno fresco, se llevan las vidas de los soldados detenidos en medio del claro por el fuego amigo.


-¡Joder, que coños pasa! Ese fuego proviene de los nuestros - exclama Sergio  -. Una fuerte descarga impacta a pocos metros por encima sobre la pared rocosa y un montón de tierra y cascotes caen sobre los dos.

-¡Esto es cosa de ese hijo puta de mi pueblo! ¡La madre que lo trajo al mundo! - Dice José. - ¡Esta vez lo mataré!


El fuego de morteros provenientes de su retaguardia sigue impidiendo el despliegue de la segunda sección, que ha perdido varios hombres en el primer intento.




-¡Deberían estar disparando sobre la cima! - Exclama Sergio - ¡Nos van a hacer papilla! Te aseguro que esta vez, si no matas tú a ese hijo puta lo haré yo. ¡Me cago en "tos sus muertos"! -. José no puede reprimir una risa maliciosa, que en nada gusta a Sergio.

-Sí, encima tómatelo a broma. Ese cabrón se ha pasado de la raya esta vez y no se te ocurre otra cosa sino echarte a reír. 

José continúa haciéndolo, pues no puede reprimir lo cómico que le resulta ver a Sergio enfadado;

-No me río por nada, sino de ti - le dice José -. Te pones muy cómico cuando te enfadas así. Pensabas que lo de nuestro "amiguete" era sólo pura obsesión mía. Ahora comprendes que nunca vendrá a mí cara a cara, pero que intentará eliminarme, aunque para ello tengan que morir otros. Te das cuenta de lo ruin y lo miserable de su persona y eso te saca de tus casillas. Pero no te preocupes, contaba con sus artimañas; sólo retrasará nuestro plan unos minutos, mas por esta traición tendrá sentido mi venganza.

-Joder José, que no estamos en una pelea personal, esto es muy serio . 


El fuego de los morteros y las baterías de la décima comienzan a alcanzar las alturas del cerro, contrarrestando el fuego graneado iniciado desde allí y dejando de nuevo abierto el corredor desde la loma hasta el cerro principal.
La segunda sección, con Vázquez a la cabeza, se echa de nuevo a la carga para ganar la pared rocosa, y José despliega a sus hombres de un lado al otro de su base, que empiezan a escalar por las zonas más erosionadas y de escasa vegetación. 
Aprovechando cada hoyo, cada grieta, cada desnivel favorable para protegerse en su avance del fuego enemigo, van ganando metro a metro la empinada ladera, llena de socavones naturales, grandes piedras y arbustos de espinos. Los aviones nacionales comienzan a llegar en oleadas ametrallando las alturas de la colina y haciendo callar con sus bombas los cañones. Nada sobre la superficie de la colina parece que pueda sobrevivir, ni siquiera la poca vegetación existente que ha vencido antes a los elementos de la naturaleza para implantarse sobre ella. 

El bombardeo incesante de los aviones los mantiene parados, tirados cuerpo a tierra a pocos metros de la cima. José y sus hombres creen que todo les resultará más fácil a partir de ahora, pero en el momento inmediato a la última descarga de la aviación, los republicanos se lanzan en un contraataque inesperado contra las fuerzas asaltantes a golpe de bombas de mano y a la bayoneta calada, que los obliga a retroceder. Ambas secciones se entremezclan por el empuje de las fuerzas republicanas, que armadas con un inexplicable valor comienzan a recobrar algunos metros. Los hombres de José intentan contener la embestida sin descomponer demasiado sus filas, para evitar cualquier penetración enemiga que pueda poner en peligro la entrada en juego de la IV de la Legión. Mientras tanto el Fortu sigue empleando inútilmente sus baterías contra la cima del cerro sin mandar ninguna otra ayuda adicional.
José, empeñado en la lucha, se acuerda de la madre de su paisano porque ahora necesita de verdad su ayuda; su ala izquierda se empieza a debilitar y son necesarios relevos con urgencia.  "El mal nacido del Fortu sabe lo que se hace" - piensa -. "Lo que pretende es llevarse los galones, y con el menor riesgo posible". 


Y así es, el Fortu pretende entrar en auxilio de los hombres de José, pero sólo si éstos son desbordados en algún punto, mientras tanto los suyos no abandonarán por nada las posiciones.
José pretende llegar hasta el ala izquierda desplazándose con unos cuantos hombres desde el centro, pero la lucha es encarnizada y por el momento no está controlada la situación en su sector. Los esfuerzos por romper por el centro el contraataque republicano comienzan a dar sus frutos cuando secciones de la IV Bandera de la Legión irrumpen en el combate desde el ala derecha para ayudarlos. José se desplaza entonces con un pelotón hasta el otro lado, donde apenas resisten ya la penetración de las fuerzas republicanas, que detienen entonces el avance con su llegada.
Durante unos breves, pero vitales e intensos minutos de combates cuerpo a cuerpo, las lineas republicanas comienzan a ceder terreno dejando tras de sí una carnicería espantosa. La lucha por la conquista del cerro se llevará a uno de cada dos hombres en el combate.

Los republicanos no pueden retroceder, la artillería nacional sigue machacando sus alturas y la colina se está convirtiendo en su mortaja; pero inexplicablemente, como muertos levantándose de sus tumbas, aparecen más y más soldados republicanos, que se lanzan a la carga tras salir de las cuevas que les sirven de refugio y donde han permanecido ocultos al fuego aéreo y de la artillería. 
Otra vez el empuje republicano obliga a las fuerzas nacionales a retroceder en la escalada. José y sus hombres sufren un nuevo revés y en el repliegue Berta cae herida por un disparo que ha alcanzado su cuello, por donde chorrea la sangre. José se lanza sobre ella para retirarla hasta una posición más segura, y desgarrando las mangas de su camisa aplica un fuerte vendaje en su cuello para cortar la hemorragia. El disparo ha sido limpio y providencial, la bala ha entrado y salido atravesando los amplios pliegues de su piel sin afectar a ningún órgano; enseguida se recupera y juntos vuelven a la refriega.
Por suerte y al fin, los falangistas de la 10ª Bandera aparecen con sus armas automáticas. José empuja a los suyos a un esfuerzo límite, casi sobrehumano para ganar la cima; quiere que sus hombres la tomen primero, no  dejará para su enemigo la gloria de conseguirlo después de las bajas sufridas por su culpa. Los moros de José, especialistas en la lucha cuerpo a cuerpo, rompen definitivamente las lineas republicanas apoyados por los legionarios y alcanzan la cumbre del cerro, totalmente desolado, calcinado por los bombardeos, con las piezas artilleras inutilizadas y un montón de cadáveres diseminados alrededor sobre el terreno. El resto de las fuerzas republicanas, empujadas por los legionarios desde el ala derecha y embolsadas en el lecho de la pared rocosa del cerro, comienzan a rendirse.

El Fortu alcanza la cima a la cabeza de la segunda sección de su compañía; los combates han cesado antes de su llegada. Transportan a lomos de mulos las piezas ligeras de montaña, los morteros de 80mm y las ametralladoras pesadas, para posicionarlas en el nuevo emplazamiento.

Va con el pecho totalmente descubierto, con su camisa azul mahón desabrochada, empapada en sudor bajo los correajes de las cartucheras y del "naranjero", que cuelga a su espalda; el pelo alborotado y una ancha sonrisa de oreja a oreja, afilada por la burla de sus ojos verdes al ver delante de él a José, que le espera.


-Hola camarada - le dice Fortu a José cuando está a punto de llegar hasta él -. Nos ha costado, pero lo hemos conseguido.

José salta sobre él y le lanza un gancho de derecha que lo derriba.

-Te lo dije; te dije que si ponías de nuevo a mis hombres en peligro te mataría - y le propina una patada mientras está en el suelo -. ¡Vamos cabrón, levántate; defiéndete porque te voy a matar!

Berta es apartada de la pelea, pues tras el primer movimiento de José, se lanza sobre el Fortu y le muerde mientras éste permanece en el suelo. Mantendrá un desaforado ladrido todo el tiempo que dure la pelea.  
José aparta con el pie, lo más lejos que puede, el "naranjero" que se le ha caído al Fortu en el encontronazo y se retira un par de metros esperando que se levante. El Fortu mira a su alrededor, ve que los hombres hacen corro esperando el desenlace sin moverse. Es inútil recurrir ahora a otros para desembarazarse, depende únicamente de sí mismo; sus oficiales dejarán que demuestre su valor, no van a enfrentarse contra sus compañeros de armas por los problemas personales de sus mandos. 


Se levanta, y como si de un toro bravo se tratase, embiste a José, que lo espera sin moverse del sitio decidido a contener su empuje. El choque provoca que José tenga que retroceder un par de metros agarrado a él por sus axilas, hasta que detiene su embestida; en un movimiento rápido consigue zafarse del Fortu y le golpea repetidas veces con los dos puños el hígado y los riñones, consiguiendo que se pliegue. Al hacerlo cae sobré José, que lo "caza" con un gancho de derecha descendiente que se estampa en la parte superior de su mandíbula, muy cerca del oído. El Fortu cae al suelo mordiendo el polvo. José lo remata dándole patadas hasta que sus oficiales consiguen quitárselo de encima.

Mientras los suyos levantan del suelo al Fortu José le grita:
-¡Eres "un mierda". Sin tus traiciones, tus artimañas y tus matones no eres nada. Te refugias detrás de un uniforme y de unos símbolos, pero sólo eres un asesino a quien nadie había plantado cara todavía!

Sergio, Jimenez y Vázquez tratan de sujetar a José, que ciego de ira pretende seguir dando a su paisano lo que según él se merece; y su deseo es darle muerte.
Intenta soltarse de sus hombres, pero no lo consigue.

-¡La próxima vez no te escapas hijo de puta!¡Te voy a matar, lo juro; te mataré! - Le grita José.

-¡Tranquilízate joder! - le dice Sergio - Vale ya; le has dado lo que se merecía, déjalo ya.

-No, no vale; por culpa de ese mamón llevamos ya demasiadas bajas. Me importan tres cojones quienes le  protejan, no permitiré que nos siga machacando, antes lo mato.

-Debes tranquilizarte, esto no puede afectar a nuestros hombres más tiempo. Tienes que terminar con ello - le aconseja su amigo -. José se relaja entre los brazos de sus compañeros, que lo sueltan tras comprobar que se ha calmado. Se recompone la ropa y se sacude el polvo con la gorra. Berta queda libre y acude rápida hacia él, que comienza a acariciarla mientras comprueba el estado del vendaje que le ha aplicado.

-Cuidado José, tiene una pistola -. Grita Vázquez.

José se incorpora de la postura de cuclillas en la que se encuentra mientras acaricia a Berta, y dándose la vuelta mira al Fortu, que desde la orilla de la ladera le apunta con su arma. Tan sólo una docena de metros los separan, pero José comienza a caminar hacia él sin dejar de mirar a sus ojos, incrédulos ahora, ahogados en la angustia de sentirse por vez primera solo ante sus decisiones.
Llega con Berta a su altura y se para delante del cañón alzado contra su pecho.

-Vamos, dispara gilipollas - le dice José a su enemigo mientras Berta le enseña todo el poder de sus mandíbulas -; haz algo por ti mismo aunque sea la última vez. No tengas miedo, no te ocurrirá nada, eres irresponsable ¿verdad?. Venga, dispara, ¿o es que no tienes cojones para disparar a un hombre a sangre fría?¿Creía que en eso eras un especialista?

El Fortu lo mira sin pestañear, pero su mirada delata el terror que sufre por dentro. Está acabado, después de aquello nada volverá a ser lo mismo para él. Ha sido totalmente descubierto y esa sensación de indefensión hace que le tiemble el pulso. José da un par de pasos más hacia él, que presionado por el terror retrocede acercándose al borde de la ladera. José se detiene entonces, y casi sintiendo temblar el cañón del arma sobre su pecho, le espeta: 

-Sabía que eras un asesino, pero además compruebo que te falta valor, que eres un cobarde y que sin cómplices no significas nada. A otros hombres su miedo les ha llevado a hacer cosas heroicas, pero a ti te ha conducido directo al crimen para poder superar tus complejos y lograr tus viles ambiciones. Tu odio a los indefensos y tu afán de protagonismo y poder te colocó pronto en las JONS para hacer de las tuyas; en eso si que llegaste muy lejos, hasta Barcelona. Pero allí las cosas no eran como en el campo, en las calles se combatía y eráis minoritarios, los de la CNT mandaban incluso en las cárceles. Y cuando se produjo el golpe y abrieron las cárceles en Barcelona aprovechaste para cambiar la chaqueta, aunque realmente nunca dejaste de trabajar para los tuyos.
Has sido un asesino en los dos bandos y te has enriquecido con la muerte de otros, como en Algairén. Tu falta de escrúpulos te ha llevado a traicionar a quienes te protegieron para enriquecerte a su costa y además pasar por héroe ante quienes te pagan. Y por tu culpa está aterrorizada mi novia, a quien has pretendido con toda tu soez, y mi amigo Alfredo desaparecido, acosado por tus amenazas. Por eso es mejor que dispares ahora si es que aún te quedan cojones, que no lo creo. Aunque será igual, todo el mundo te conoce ya, saben que has jugado con dos barajas y que has hecho trampa. Estás acabado. 

José espera la reacción de Fortu durante unos segundos tensos, interminables, después se da la vuelta y comienza a caminar hacia los suyos. El Fortu aprieta el gatillo de su pistola pero ésta se encasquilla. José se vuelve de nuevo.

-Sabía que eras un cobarde -. Le dice mientras se va hacia él. El Fortu intenta que el carro de la pistola recobre su posición, pero el casquillo ha quedado atravesado impidiendo el retroceso. Quiere también despegarse de su oponente, que casi está llegando a su altura, y comienza a retroceder caminando hacia atrás sin percatarse de lo cerca que está de caer al vacío desde la cresta de la colina. José trata de avisarle indicándole con los brazos extendidos que pare, pero el Fortu, obstinado en recargar su arma mientras camina de espaldas, tropieza con uno de los múltiples cadáveres que yacen en la cima, y sin poder evitarlo cae de espaldas al fondo del barranco.