El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

sábado, 30 de octubre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( La noche más animada.)












Le bajaron del coche a la puerta del cementerio y lo sentaron en una silla de ruedas. En sus manos llevaba un ramo de rosas blancas. El perfecto peinado y la pulcritud de sus ropas no  eran suficientes para disimular el cansancio en sus párpados, que reflejaban otra noche en vela.
La indiferencia en sus ojos ocultaba sufrimiento, asfixiante tristeza interior que mantenía encerradas a cal y canto las palabras en su boca, que a veces se abría quejumbrosa como una puerta  vieja, atrapada en su quicio por el abandono.
Lo condujeron hasta la tumba por el pasillo central, entre los viejos cipreses; y según descendían dejando a un lado y al otro las de quienes ahora  recordaba como si fuera ayer, cuando todavía con ellos charlaba, reía, amaba, soñaba a su lado mientras intentaban conocerse a sí mismos, no pudo  evitar un helado sentimiento de pérdida que afluyó a sus ojos extenuados por el insomnio.
La sepultura de Marta estaba más abajo, al final del penúltimo pasillo que partía hacia el ala izquierda del cementerio, junto al muro de piedras y ladrillos  
encalados. 
El sol se escapaba entre las nubes grises, que se abrían como una ventana sobre aquel rincón apartado del cementerio, alumbrando por un tiempo las frías  tumbas de  granito y mármol.
Dejó encima de la losa las flores y de nuevo sus ojos se ahogaron en las lágrimas que no terminaron de brotar sobre su patético rostro, blanquecino ahora por la débil luz de aquella mañana de "todos los Santos".

Por fin terminó la noche más larga. Bañado en frío sudor  recibió la claridad de la mañana con las pupilas  abiertas y los párpados descolgados hasta los pómulos. En sus labios resecos, reventados por la tensión febril de sus pensamientos, se mantenía aún un extraño tic de excitación y temor.
Amarrado a su cama por la imposibilidad de sus piernas y con la voz estrangulada por la angustia, había pasado la última noche de ánimas entre pesadillas horribles y horas en vela apabullado por el temor a sus recuerdos.
Tras los cristales llovía; llovía con fuerza y las gotas de agua golpeaban en ellos. Algo fuera hacía ruido  con insistencia empujado por el aire que arreciaba con rachas fuertes. La luz de la habitación no podía  alumbrar su oscuridad interior, y no quería que sus padres y su hermana supieran que no dormía.
En la oscuridad del cuarto emergían  como fantasmas las imágenes de Marta, de su cuerpo blanco y puro sobre la losa gris de una tumba en una noche de verano; a la luz de la luna mientras él le hacía el amor con pasión desbordada e inconsciente. Después había cogido para ella unas rosas blancas, de un rosal trepador que  crecía junto a un muro cercano, y la había besado de nuevo. Terminaron riendo cuando por curiosidad leyeron la inscripción de la lápida: "A Marta, llamada al más allá una noche de verano".
Sus risas rompieron el silencio perfecto del Camposanto y la claridad de sus voces resonó entre las sombras de los cipreses, los panteones y las cruces de las tumbas, llenando de súbito terror sus corazones rebosantes de alegría.
Salieron corriendo cogidos de la mano, sin  mirar atrás; perseguidos por sus sombras convertidas en criaturas infernales que se deslizaban sobre las tumbas y desaparecían entre los árboles al pasar.
Dejaron abierta la puerta del cementerio y se metieron en el coche. Bramó el motor y las ruedas derraparon en la gravilla con furia dejando tras de sí una nube de polvo. Entre tanto ella comprobó su teléfono móvil para saber si había recibido llamadas después de abandonar la fiesta "gótica" a la que habían asistido tras el "botellón" de la facultad de empresariales, cuando dejaron a sus amigos en plena efusión alcohólica. Y sobre un estuche de CD se hizo una larga linea de coca que esnifó dejando blanco el orificio izquierdo de su nariz . Después se abrazó al cuello de él y le estampó un sonoro beso en la frente. Él buscó inconsciente sus labios apartando la mirada de la carretera por un instante, y cuando a ella volvió de nuevo su vista, Marta estaba allí, en el medio, con un ramo de rosas blancas en sus manos ensangrentadas. Giró bruscamente el volante intentando no atropellarla, pero perdió el control del coche y éste volcó varias veces hasta estrellarse contra la ladera, al otro lado de la calzada.
Despertó aquella noche de ánimas a la pesadilla del pasado como había despertado del coma dos meses después del accidente, con los oscuros recuerdos convertidos en fantasmas, en almas en pena y desconsuelo vagando por su mente embotada.


Y así los últimos cinco años, cada noche que sabía que a la mañana siguiente llevaría rosas blancas para Marta.










  

miércoles, 20 de octubre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )




























La unificación de fuerzas que encabezara Franco tras la toma del Alcázar de Toledo, el 19 de abril de aquel mismo año de 1937 en Salamanca, comenzaba a dar sus frutos también en el orden del control de todo los aparatos político y paramilitar, que hasta entonces, aún siguiendo un mismo objetivo, habían actuado apoyando al alzamiento militar desde una cierta autonomía que quedó sesgada tras el "Decreto de Unificación" con el que Franco se proclamó caudillo del Alzamiento Militar, definición ésta que evitaba el empleo de la palabra prohibida: partido.
El primer año de guerra había sido especialmente virulento, desmesuradamente sangriento, algo que se pretendía desde el bando nacional, pero que, de igual modo, les estaba afectando a nivel interno. La rivalidad entre falangistas y requetés por el control político durante los primeros momentos de la guerra, llevó a ambas organizaciones a una lucha interna que suponía una amenaza seria para la consolidación y el pretendido éxito del golpe dentro de las propias filas rebeldes.
En realidad, ambos movimientos partían de una base ideológica opuesta y nunca fueron buenos amigos. Franco necesitaba un liderazgo seguro, y aquella guerra en la retaguardia lo dificultaba. Quería controlar todos los órganos del nuevo estado sin dejar en otras manos la represión necesaria para conseguirlo. Además, la imagen de líder era muy importante en aquella época de revolución de masas, insignia sin la cuál era imposible ganar la guerra.

Franco era un general que sabía de la importancia del prestigio y la admiración que se necesitan para disponer de plena autoridad y mando, y aprovechando con éxito este factor, aglutinó en su persona todas las expectativas. Con el"Decreto de Unificación" dejó selladas las aspiraciones carlistas de sucesión y se aseguró el control de la Comunión Tradicionalista y de sus milicias:"el Requeté". De la misma forma neutralizó al nido de avispas - inflado por el gran número de afiliaciones durante los primeros meses de guerra - en que se había convertido Falange de las JONS tras la muerte de José Antonio Primo de Ribera, cuando sus dirigentes se mataban por el control de la organización escasos días antes de la promulgación del decreto. Los máximos dirigentes de ambas organizaciones, Manuel Hedilla por Falange, y Fal Conde de Comunión Tradicionalista, se negaron a la unificación. Franco mostró una vez más su mano dura encarcelando a Hedilla y conmutando posteriormente la pena de muerte que dictara sobre él. Fal Conde, exiliado en Portugal, también se negó a asumir el papel que Franco le asignara; pero era demasiado tarde, el conde de Rodezno asumiría por él el Ministerio de Justicia.
Desde entonces las aguas bajaban más calmadas, y a pesar de que la violencia y los asesinatos seguían produciéndose, cada vez eras menos sistemáticos; el ejército había tomado el pulso a la situación civil en retaguardia, algo que hasta entonces habían controlado los paramilitares de Falange y el Requeté.

El Fortu había sido apartado de toda actividad por la dirección provincial de Falange bajo órdenes estrictas de la comandancia general, a expensas de estudiar el informe surgido al amparo de una denuncia particular presentada contra él ante dicha instancia.
Ya no se sentía cómodo, la falta de correrías al amparo de secuaces que escondían su identidad en la impunidad de la noche, le restaba seguridad. Pero no tenía escapatoria, no podía huir a ninguna parte, sólo esperaba que las influencias y el oscurantismo de la guerra jugaran a su favor. Estaba demasiado implicado, y pensaba que eso le beneficiaría si Franco ganaba la guerra.

José, cada día se sumergía más en la realidad de la guerra en la que se encontraba inmerso, sin tener noticias de su novia y de su familia. Sin saber nada de los suyos desde que Alfredo le mandara aquella carta tan desesperada, incluso la impaciencia de los primeros días por resolver el asunto había desaparecido casi por completo. Juró a su coronel mantener la palabra y aquel compromiso parecía haber actuado como un bálsamo que había aplacado su tormenta interior. Por otro lado, los acontecimientos en el frente  no daban tregua al pensamiento, iban siempre por delante de cualquier otra realidad. Si las noticias del cese de algún enfrentamiento llegaban hoy, ayer había empezado otro del que aún no se sabía. El frente ardía en una sucesión de explosiones a lo largo de toda su linea divisoria sin que por ello variaran las posiciones de los ejércitos, pero la gran batalla por Teruel estaba fraguándose en aquellos momentos por los planes del General Rojo, jefe del Estado Mayor del Ejército Republicano.

 La guerra la estaban ganando los rebeldes a la República, ésta no había conseguido ningún triunfo; más aún, la pérdida del frente del Norte le había privado de una fuente de recursos vitales para el sostenimiento de la guerra. Tan sólo las columnas anarquistas habían conseguido arrancar de las garras nacionales una porción de territorio rural, y precisamente, el triunfo no correspondía al gobierno republicano.
El ejército popular se veía obligado a retroceder hacia el Mediterráneo, Madrid ya sólo era el estandarte que mantenía viva la llama de la resistencia republicana, y el alto mando de su ejército estaba convencido de que aquel era el gran punto de inflexión que Franco necesitaba romper para ganar la guerra rápidamente, y que ello se empeñaría intentando conseguirlo, pues creía tener información sobre los planes de Franco para un nuevo ataque contra la capital a principios de invierno. Rojo, tal vez sólo interpretaba de un modo correcto los movimientos de posiciones de los ejércitos y las aspiraciones y objetivos de sus rivales, aunque bien es posible también que su estrategia se viera muy condicionada por otras muchas circunstancias, puesto que la decisión del ataque sobre el saliente de Teruel en el frente de Aragón no era la primera de las contempladas. El plan original consistía en desviar la atención de Franco sobre Madrid, irrumpiendo con una ofensiva en Extremadura que consiguiera romper las comunicaciones de la zona rebelde y cortar sus suministros, pero eso suponía un gran desplazamiento de tropas del frente de Aragón - especialmente sensible tras el derrumbe del frente Norte - que provocaba una controversia grande entre los generales republicanos, algunos de los cuales no estaban de acuerdo. También el gobierno era reticente a tal desplazamiento de tropas, pues requería unos medios de los que prácticamente no disponía.



























Por otra parte Teruel era importante. Quizás fuera el resultado del fracaso en Belchite, cuando el objetivo estaba en Zaragoza. Aquel saliente geográfico en la linea del frente suponía una amenaza que intentaba abrirse paso rompiendo en dos el territorio republicano, y posiblemente Rojo intuía que aquella maniobra era la que Franco manejaba ciertamente en su cabeza, por lo que trató de adelantarse. 


Rojo era un académico militar. Su vida estuvo desde siempre ligada al ejército. Huérfano de padre militar, - éste murió meses antes de que él naciera en Fuente la Higuera, Valencia, en 1894 - ingresa a los trece años en el internado militar "Huérfanos de Infantería", al morir su madre. De este modo, sin pretenderlo, es elegido por el ejército para algo que con los años se convertiría en su auténtica vocación. En 1911 inicia sus estudios militares en la Academia de Infantería de Toledo, justo al tiempo que Franco salía por la misma puerta tras concluir los suyos.  Después de tres años de convalecencia por problemas con su ojo izquierdo, finaliza sus estudios como segundo de su promoción con el grado de subteniente.
Su primer destino es Barcelona ( 1914 ), durante los violentos y peligrosos días de las revueltas en las calles, cuando tiene que reprimir las huelgas en Cataluña. La precaria situación económica le impulsa a enrolarse en la campaña española en el norte de África, donde se prometían importantes incentivos y grandes posibilidades de ascenso. Regresa como Capitán después de cuatro años de servicio, durante los cuales no ha conseguido calar en él el espíritu ambicioso y aventurero de los militares africanistas, cuyo estilo de vida, dado más a la vida castrense, los burdeles y los casinos, contrastan con sus creencias católicas y con su fuerte formación tradicional. Vuelve un tiempo destinado a Barcelona y tras casarse y tener su segundo hijo, en 1922 es destinado como profesor de enseñanza en la Academia Militar de Toledo, algo que añoraba desde años atrás. Aquella era la única institución de enseñanza para oficiales que existía entonces, y era de vital importancia para culminar su vocación por la enseñanza. Durante casi diez años se dedicó a la docencia y al estudio de temas militares, sobre los que publicó una extensa obra junto a su colega el capitán Emilio Alemán Ortega: "Colección Bibliográfica Militar",  que disfrutó de una gran popularidad dentro y fuera de España. En 1932 ingresa en la Escuela Superior de Guerra de Madrid con el objetivo de realizar el curso de Estado Mayor, diploma que obtiene en 1936, poco tiempo después de su ascenso a comandante.

Era sólo un comandante cuando se desata el golpe militar del 18 de julio, y a pesar de sus creencias religiosas y su rígida formación, no participa de las ideas autoritarias de los camaradas sublevados. Es un hombre leal, que logra mantenerse en su puesto pues sabe a quien se debe, y además de eso es evolutivo, ya que sus convicciones no le impiden adaptarse a las circunstancias.
En octubre de 1936 es ascendido a teniente coronel y designado como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa, mandadas por el general Miaja. Ha sido un militar destacado hasta entonces en la reorganización de las milicias populares y del ejército de la República al lado de Hernández Saravia y Enrique Jurado. Tuvo que negociar la imposible rendición de Moscardó en el Alcázar, habiendo de sufrir un retorno tan traumático a su querida academia. Se había ganado la confianza y la admiración de la tropa, y los superiores confiaban en él.

Franco estaría en noviembre de 1936 a las puertas de Madrid con todo un ejército fuertemente armado y muy profesional. Vicente Rojo lo esperaba seguro de sus defensas, con unas milicias recién formadas e inexpertas, abandonadas junto al resto de la población por un gobierno que se batía en desbandada rumbo a Valencia.
Y Madrid resistió; el "No Pasarán" se convirtió en una realidad gracias a la determinación de un pueblo y a la habilidad y astucia de un zorro de la guerra, que perseguido por las garras del oso, fue capaz de adelantarse a sus movimientos utilizando con éxito la sorpresa y supliendo la falta de medios por arrojo y determinación, para mantener una defensa resistente y eficaz de su madriguera.
Rojo le demostró a Franco que sabía jugársela, que era un militar escurridizo e imaginativo. La batalla por Madrid primero, y las del "Jarama" y Guadalajara después, demostrarían la capacidad de Rojo para la organización de tropas y para la estrategia. Era el auténtico genio de la contienda.

Había intuido que Teruel era importante, que debían adelantarse, mover pieza; y esa pieza era Teruel. La disposición de fuerzas así lo aconsejaba. Se necesitaba romper la presión en Aragón por muchos motivos, además de los políticos. Cataluña era muy importante para la República y las tierras aragonesas se convertirían en el campo de batalla donde se definiría finalmente la guerra.

La frialdad del invierno duro que se avecinaba se había adelantado al tiempo y las escarchas de madrugada vestían de blanco gélido el terreno, apenas visible por las profundas nieblas, casi permanentes, que se sucedían durante los primeros días del mes de diciembre. José pasaba más horas en la cantina junto a sus hombres, pero por ningún motivo se dejaba llevar por la euforia de la camaradería y en todo momento estaba al corriente de cada acontecimiento del día, por pequeño que éste fuera. Con serenidad y sobriedad calculadas canalizaba los sentimientos de la tropa, especialmente en aquellos días próximos a la Navidad, cuando los recuerdos familiares oprimían más los ánimos de los combatientes. Dejaba que cualquier soldado se acercase a él para charlar o para consultarle alguna duda. José estaba en esos momentos más implicado que nunca con sus hombres y ellos mantenían un tono de camaradería profundo y sosegado, necesario para estar preparados en todo momento.




























La recompensa a su abnegación no tardó en llegar. El coronel le había comunicado el estado satisfactorio de su denuncia, que había puesto fuera de juego a su paisano, con quien tendría que vérselas a su regreso cuando terminase la guerra, pues de permiso, nada de nada. Pero aquello había reconfortado y apaciguado su espíritu, y se sentía más seguro ahora que sabía que su enemigo estaba vigilado, que sus movimientos serían rastreados a partir de aquel momento sin que pudiera quedar impune alguno de sus crímenes. Y aunque su corazón anhelaba estar con Micaela y con los suyos, algo fuerte por dentro le decía que sólo su mala suerte evitaría que volviera a verles. Nadie, ni siquiera aquel sanguinario asesino se atrevería a ponerles la mano encima. Estaba seguro de ello, y creía percibir el temor que el Fortu sentiría cada vez que pensase en él. Se había convertido en la sombra negra que habría de perseguir su pensamiento hasta el momento del encuentro inevitable, y ésto era algo que elevaba su ánimo, que por primera vez reconocía el peso de su categoría y la valía de sus agallas. 

Pero el Fortu no estaba dispuesto a asumir una derrota, por lo que en su cabeza no cabía la idea de abandonar las pretensiones sobre Micaela. Para él, José seguía siendo un" Don Nadie", otro criado más de los muchos con los que poder contar a lo largo del año por cuatro "putas perras". La ventura de la guerra lo había alzado por casualidad, pero no era un auténtico combatiente. Él sí, sí que lo era; y creía en lo que hacía. Mucho antes de que empezara el conflicto él ya estaba preparado, conspirando, urdiendo tramas, alentando el caos para imponer después su orden de terror.
Acostumbrado a otras aventuras, José suponía un contratiempo nada más, nada importante, aunque por primera vez alguien había conseguido poner una estaca en la rueda de sus correrías y hacer que se sintiera incómodo. En otras ocasiones había sentido el miedo propio de las situaciones comprometidas, pero tenía siempre donde escapar si conseguía superarlas; ahora, alguien le conocía en los dos lados, no podría ocultarse en la ignorancia de sus paisanos, incluso entre aquellos que le protegían, que no quisieran verse implicados en tamañas atrocidades si muchas cosas se descubrieran. Y eso era lo que le ponía nervioso, sentir que perdía la impunidad, que nadie cubriría sus espaldas. No temía a José como hombre - había matado a muchos - temía la fuerza de sus armas: la razón. Ya nadie estaría de su parte; esta vez tendría que enfrentarse solo ante una bestia hambrienta de justicia, dispuesta a devorarlo. 


El Fiat negro aparcó en la cuneta de la carretera, delante de la posada. Tres hombres salieron del coche. Envueltos en la niebla espesa de la noche temprana, casi crepuscular, entraron armados en la taberna, de aspecto lúgubre y casi vacía a esa hora. Un viejo reloj de "Cu-Cu" marcaba las siete y cuarenta minutos de la tarde y fuera reinaba una oscuridad absoluta. En una esquina, comiendo algo sobre una mesa situada en las proximidades del tubo de salida de humos de una vieja estufa de "casca" ( cascarilla del piñón ), se encontraba un viajante de comercio junto al sumiso aprendiz que llevaba a su lado, un jovenzuelo flaco y miope que ocultaba su timidez tras unas gafas redondas de pasta y un flequillo que caía prominente sobre el lado derecho de su frente, tapando casi por completo el ojo de ese lado. De maneras refinadas, comía como por obligación, esperando que el otro le animara a hacerlo, y bebía el vino a sorbos, muy pausadamente. Ambos interrumpieron su refrigerio un instante cuando los tres hombres entraron en el local. Uno de ellos, sin saludar, voceó llamando al mesonero que en esos momentos se encontraba dentro, en la cocina.

-¡Un momento, ya voy! - contesto desde dentro -. Al cabo salió limpiándose las manos en el mandil de cocina diciendo: 

- Buenas noches. ¿Qué les pongo?

-Queremos saber si para por aquí Alfredo, el "Cojo"; el hijo de la "Tabernera". Tenemos una orden de detención contra él.

-Deberán ir a su casa. No baja mucho por aquí.

-De allí venimos. Quiero que cuelgue ahí este edicto. Mañana, a primera hora de la mañana, deberá presentarse en la caja de reclutamiento.

Los hombres salieron sin "dar la hora", igual que habían entrado. Los dos comensales se quedaron mirándose sin hablar. El más joven bajó la cabeza concentrándose en la comida, que parecía que había suscitado su interés de pronto; y el otro, aún con sus carrillos llenos y sus manos ocupadas por un vaso de vino y un trozo de pan respectivamente, miraba en ese momento al mesonero con una mueca de extrañeza.

-¿No es igual en la capital? Aquí es el pan nuestro de cada día. Si le hubieran encontrado ahora, no se que le habría pasado; quizás no volvería vivo.

-Pero, ¿qué es lo que ha hecho? - Le preguntó el viajante.

- ¿Todavía piensa usted que es necesario tener motivos para que le maten a uno? - Contestó el mesonero -. Pues no, el capricho y la ambición de los poderosos han alimentado esta guerra, que como  todas se hace para poseer lo que de otro modo no se puede.
Alfredo es un buen muchacho, que bastante tiene ya con soportar la desgracia que desde jovencillo sufre con su pierna, y que le ha llevado a frecuentar las botellas más que otros...





























Ambos hombres quedaron hablando. Fuera la noche era helada. La niebla impedía ver las débiles luces del pueblo sin atravesar antes la carretera, y la calle que subía suavemente hacia el centro era como una senda vacía y tenebrosa, rescatada de una pesadilla en una noche de insomnio.   


domingo, 3 de octubre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )





- Violaré a tu hermana y después la puta de tu madre morirá de pena, porque te mataré y los grajos te sacarán los ojos en alguna viña -. Gritó "Fortu" a Alfredo mientras que dos hombres lo sujetaban por los brazos apretándolo con fuerza contra la pared. 

-Nunca he aceptado un no por respuesta. Micaela será mía o de nadie más, no lo olvides; y tu serás el primero en caer si no obtengo por las buenas mi deseo. Sobráis todos los de tu calaña.

-  ¡ Ahora dejarlo ! Esta noche tenemos otro trabajo. Y tú - continuó - no olvides lo que te he dicho, futuro compadre; por la cuenta que te tiene.

El amanecer del día siguiente descubrió los cuerpos acribillados a balazos de una familia de pequeños propietarios de tierras de labranza, bañados por el rocío de la mañana. Un matrimonio joven, con dos hijos ya mozos que trabajaban duro para sostener la pequeña hacienda familiar que les servía de sustento. Sus tierras, como las de otros tantos, muertos para saciar la avaricia de sus asesinos, pasarían a manos de éstos de un modo u otro.
No hacía demasiado tiempo, durante el llamado "bienio negro" ( noviembre 1933 - diciembre 1935), años de gobiernos de la CEDA, el padre del Fortu desde el ayuntamiento y como alcalde, se había enfrentado con aquella familia por unos terrenos anexos al casco urbano que lindaban con otro suyo, y que pretendía enajenar  para su urbanización. El abuelo de la familia se negó desde el principio a la indemnización, lo cuál propicio un enfrentamiento personal que los llevó a tribunales. Ahora en periodo de guerra el abuelo estaba desaparecido, nadie sabía nada de su paradero y se rumoreaba que se encontraba escondido no muy lejos, en la casa de alguno de sus familiares. Sus hijos habían muerto, tal vez, por no descubrirlo.


- Hola Micaela, no esperaba encontrarte tan seria - le dijo el Fortu -. Te traigo un poco de vajilla y una cubertería. Son nuevas, mira.


- Te he dicho que no me traigas cosas, no las quiero.


- Pero son nuevas, me han costado unos "duros", son buenas.


- Me da igual, no las quiero -. Respondió Micaela con sequedad.


- ¿ Pero qué te pasa ? Deberías estar orgullosa de tener el amor de un hombre importante en estos momentos.


- No quiero tener el amor de alguien como tú, a quien todos odian y temen. Que intenta coger todo aquello con lo que se encapricha sin importarle el mal que origina.


- No te das cuenta de lo que dices - dijo Fortu -. Esta guerra decidirá quien mandará en adelante y por mucho tiempo. No habrá piedad con los perdedores, que serán los que de un lado y de otro esperan sin moverse a que todo se decida. Los hombres como yo no esperamos que las cosas vengan a nosotros, las conquistamos por nuestros medios.


- ¿ Y crees que con tus regalos y presionando a mi primo para verme contigo conquistarás mi amor ? Eres un ingenuo si piensas que algún día olvidaré a José.


- Las cosas cambian querida, el frente es un matadero. Tú si que eres una ingenua si piensas que tu valiente capitán tendrá tiempo para rescatarte.


- Eres despreciable, nunca te amaré -. Le saltó con desdén ella.


- Pues es una lástima, y quizás no me importe demasiado cuando vengas a suplicarme ayuda. Hasta ahora os he protegido a ti y a toda tu familia. En adelante deberéis valeros sin mi ayuda; entonces recapacitarás y me verás de otro modo, aunque puede que sea demasiado tarde.


- No te suplicaré -. Contestó con rabia Micaela. - Jamás buscaré tu ayuda. Nunca enloqueceré lo suficiente para olvidar que eres la causa de mi mal. Me valdré por mi misma -. Micaela apretó con fuerza el cuchillo con el que mondaba patatas, mirando con fijeza a los ojos del Fortu.
 - Y si pretendes algo más tendrás que matarme, porque iré a por ti.








- ¡ Ja ! - sonrió socarronamente el Portu - te crees segura a la sombra de tu valiente capitán, pero aquí no pinta nada. Nunca ha sido nadie, y quizás la guerra me quite un trabajo extra.


- No lo metas en esto, no sabe nada - replicó Micaela -; ya soporta demasiado horror, no quiero que se involucre en nada que tenga que ver contigo.


- Eso mismo es lo que yo pretendía - siguió el Fortu -, pero creo que él ya lo ha hecho y ahora tendré que matarlo. 


- ¡ Vete ! - Gritó Micaela levantando el cuchillo y  apuntándole con él. - No quiero verte más en mi casa; eres un ser miserable y ruin. No olvides llevarte tus regalos.


- ¡ Vale, vale ! Ya me voy, pero volveremos a vernos. ¡ Ah ! Dile a tu primo Alfredo que se cuide, últimamente le veo cojear demasiado -. Cogió el paquete con la vajilla y salió riéndose de la cocina.


- Maldito puerco, nunca me tendrás. Por más que el mundo sucumba a tus pies yo seré tu conquista imposible -. Masculló entre dientes Micaela, maldiciendo haber crecido al lado de un asesino tan cruel como lo era José Luis, el hijo del herrero.




José se mantenía lejos de aquella otra guerra que desde la distancia incendiaba a veces su corazón, y que recorría su cuerpo con premonitorios escalofríos cuando volvían a su mente los recuerdos de su pueblo, de Micaela y de los suyos. Pensaba que no muy tarde tendría que plantar cara al cobarde que acosaba a su novia y algo apretaba su estómago dejándolo sin respiración un instante. Sabía que no sería fácil, que no tendría otra opción más que matarlo, y en esa creencia fue creciendo su obsesión por ello. Sólo ansiaba poder regresar unos días de permiso a casa y la espera se le hacía más angustiosa con el transcurrir de los días. Además, todas las noticias apuntaban una gran ofensiva del ejército popular en Aragón para detener los planes de Franco sobre Madrid intentando romper el saliente de Teruel, que suponía la punta de lanza desde donde el ejército nacional pretendía abrirse paso hacia el Mediterráneo cortando en dos la zona republicana.
Teruel se convertiría así en el objetivo de la batalla más cruel, dura y desesperada de toda la guerra civil española. Cruel, porque se emplearían las más modernas tácticas de guerra con todo su potencial destructivo - artillería, tanques y aviación - de forma masiva, pasando a la lucha calle por calle hasta llegar a la bayoneta calada en algunos momentos cruciales. Porque la población civil sufriría un elevado número de bajas y los muertos se exhibirían como trofeos al finalizar la batalla.
Dura, pues las condiciones climatológicas de aquel invierno de finales de 1937 y principios de 1938 serían especialmente extremas, con temperaturas por debajo de cero que alcanzarían más de 20º, además de tener que superar la ciudad dos asedios consecutivos y enconados que aumentarían el padecimiento de sus habitantes.
Y desesperada porque para el ejército republicano suponía una prueba de fuego que determinaría su supervivencia. Una victoria rotunda se hacía necesaria para conseguir credibilidad en el exterior y para relanzar el optimismo que se necesitaba en el recién creado Ejército Popular.
Pero Teruel se iba a convertir en la herida más desgarradora y sangrante, que tocaría de muerte al ejército republicano arrastrando a la República hacia su final.









































El otoño trajo las primeras escarchas, que auguraban un invierno largo y crudo. José mantenía la costumbre de pasear a Berta por el campo abierto siempre que podía. Aquella mañana fría lo acompañaba su inseparable amigo Sergio, con quien mantenía una animada conversación surgida al calor del café y la botella de aguardiente. El vaho de sus alientos apenas se distinguía de las bocanadas de humo de sus cigarros, y abrigados desde la nuca a la barbilla, seguían el ritmo que Berta les marcaba en su deambular tras los olores, los aromas cálidos que rezumaban sobre la atmósfera helada.


- ¿ Tienes idea de cuál será nuestra próxima misión ? - le preguntó Sergio -.


- No, ni idea. De momento las órdenes son permanecer aquí, consolidando nuestra presencia en la plaza y evitando otra nueva incursión. Los movimientos de tropas enemigas presuponen un gran reagrupamiento en torno a Teruel, pero aún no se sabe nada con certeza. Mientras tanto permaneceremos aquí -. Le contestó José.


- Tal vez tengas suerte y llegue a tiempo el permiso que esperas -. Comentó Sergio. - ¿ Estás preocupado ?


- Hombre sí, claro que lo estoy. No saldré de aquí para ir a otro sitio mejor. Ya, ya se que veré a mi familia y a mi novia, pero las circunstancias no son las más apropiadas y no podré permanecer mucho tiempo. Lo que debo hacer me angustia y sólo puedo pensar que sabré resolverlo, pues no
tengo claro como habré de afrontarlo. Tengo una cuenta pendiente con mi paisano que no puedo dejar en otras manos, y eso me compromete.


- No debes implicarte -. Le advirtió Sergio. - Si el coronel te ha dicho que moverá el asunto, no necesitas más. Buscar otra salida es peligroso.


- Sergio, no puedo dejar en otras manos lo que a mi me corresponde. Son tiempos de guerra donde la política y el asesinato van de la mano y son insondables, se protegen a si mismos. Nada podrá la buena intención de un coronel tan lejano de una guerra que se libra al cubierto de la noche de forma sumergida, prepotente e impune. Debo matarlo con mis propias manos, así acabará la amenaza para los que quiero.


- ¿ Y cómo lo conseguirás ? -. Insistió el amigo.


- Matar es fácil, es cuestión de resolución y oportunidad -. Le replicó José.


- Lo se, pero alguien así no suele andar por ahí solo, y menos por las noches.


- Le tenderé un cebo que le será imposible rechazar. Vendrá a mí, no seré yo quien vaya a buscarlo.


- No se José, pero no me parece un buen asunto. Mejor sería seguir la vía administrativa y esperar que diera sus frutos.


- ¿ Esperar dices ? - Contestó con aspereza. - ¿Esperar a qué?¿A que termine la guerra para recoger nuestros muertos tras haber matado a otros ? ¿No lo entiendes ? La guerra no espera y es total. Es nuestro deber salvar lo que podamos de la destrucción que estamos provocando; es lo que quedará de bueno para nuestro futuro.


- Lo entiendo - dijo Sergio -; pero debes aceptar la realidad: sólo podemos hacer lo que realmente nos permite la física de las cosas, no aquello que nuestro deseo nos induce. Estás a más de quinientos kilómetros de casa y eres un oficial destacado, metido hasta el tuétano en el desarrollo bélico.


- Se que parecerá algo absurdo suponer que conseguiré un permiso para volver a casa en un momento como éste - le contestó con vehemencia José -, y que llevaré a cabo mis planes a pesar de los riesgos que conlleva una idea tan desesperada, pero eso es lo que ansío. Es posible que no consiga ese permiso, con ello cuento; pero si aparece la posibilidad no desperdiciaré mis sueños de ahora.


- Mira José, mira; parece que Berta ha cogido algo, un pollo de perdiz tal vez. ¿ Qué dices eh ?


- Si parece un pollo de perdiz. Ven Berta, ven aquí bonita; aquí, tráelo.
La perra se le acercó con la presa en la boca y la dejó a sus pies. José la recogió observando que apenas acababa de morir. Berta la había soltado con delicadeza mientras aflojaba su mordida lentamente, al tiempo que el cuerpo de su víctima se suspendía inerte en su boca cesando toda resistencia.


- ¿ Lo ves Sergio ? De haberla visto antes nosotros, tal vez nuestros movimientos la hubiesen alertado y habría podido salvarse. Pero Berta la descubrió primero y no lo vimos. Es una asesina, una depredadora que ha hecho algo para lo que estaba preparada; en su instinto la fuerza por sobrevivir la impulsa a matar y nosotros no hemos sabido, mejor dicho, no hemos querido evitarlo. Lo mismo que Berta es buena porque caza para mi, ese hijo de perra es bueno para quienes caza. Pero eso no impedirá que alcance mi objetivo antes o después.