El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 31 de agosto de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )



















Dejó sobre la mesa la placa de oro con la inscripción de la CNT. 
Había estado pensando en lo que tendría que decir, buscando las palabras exactas que contuviesen el peso definitivo para convencer al coronel sobre la necesidad imperiosa que sentía, que le impedía dormir y que estaba afectando seriamente a su carácter; pero en aquel momento las palabras desaparecieron de sus labios dejando paso a las dudas, las preguntas necesarias, inevitables, que se materializaron al instante sobre la mesa del coronel. Éste lo miró extrañado, confuso, como José esperaba que fuera: mejor razonar a través de la respuesta a sus preguntas que exponerse a explicar un problema personal, insignificante al lado de la guerra que se desarrollaba y que se mostraba como la más imperiosa de las razones.

-¿Quiere explicarme que significa esto capitán? No tengo tiempo para adivinanzas. ¿De dónde lo ha sacado y qué tiene que ver con nosotros?

-Tiene que ver conmigo coronel. Yo mandé ejecutar la orden de fusilamiento de una familia en un pueblo de la sierra de Algairén. Fui un simple instrumento en la cadena de mando, pero aún hoy me siento responsable por la obra de un asesino que todavía decide sobre quien vive y quien muere, y que es un traidor de la patria que lo vio nacer y  que lo ha cobijado siempre.

-¿Y qué relación guarda con todo ello esta pieza de oro, capitán?¿Cómo llegó a sus manos?

-Me la dio una mujer; única superviviente de la familia a la que me refería anteriormente, a la cual hice la promesa de llegar a encontrar a ese hombre y hacer que pague por su crimen. Ese oro sólo significa la prueba que lo delata.

-No somos policías capitán; estamos en plena campaña de guerra y ahora, precisamente, luchamos por sobrevivir. ¿Es que concibe usted otra razón más importante por la que hacerlo?

-En absoluto señor; pero como en todas, en esta guerra a veces olvidamos por qué luchamos, qué nos movió a ello. Nos despersonalizamos ante la perspectiva de no saber si mañana viviremos. 

-Capitán, ¿pretende decirme que he olvidado la verdadera razón por la que estamos aquí?

-No, mi coronel; intento decirle algo que me obsesiona y en lo que no puedo dejar de pensar. Están en juego las vidas de mi familia y de la mujer que quiero; y dentro de mi se aviva otra guerra que está acabando con mis convicciones, minando mi ánimo hasta el punto de hacerme  dudar de mi capacidad para seguir al frente de la compañía. Había pensado poner mi mando a su disposición, si fuese necesario, con tal de poder regresar unos días de permiso a casa; allí necesitan mi presencia con urgencia. Esperaba que mis servicios prestados hasta ahora fueran merecedores de tal favor, el cual solicito siendo consciente de la situación reinante en el momento actual, pero que aún así considero estrictamente necesario.


-Capitán, sabe que nuestros asuntos personales no pueden anteponerse a nuestras obligaciones; que nadie mejor que usted puede dirigir la compañía y que no puedo darle ese permiso que me pide.
Supongo que ese asesino a quien sigue la pista amenaza ahora a los suyos y que está deseando hacer algo por ellos; creo que lo conoce bien y que  asume lo que tendría que hacer si se encontraran, pero eso precisamente no le vendría bien a nuestro ejército, que le necesita. Es usted un buen soldado, que se preocupa y esfuerza por sus subordinados y que desprecia su tiempo, incluso su vida cuando se le encarga una misión. En el ejército no podemos permitirnos perder a hombres como usted.
Pero algo se podrá hacer para que calme su ansiedad y los suyos sigan seguros. El ejército protege a sus hombres; no permitirá que los suyos corran peligro. Dígame, ¿quien es ese hombre?


- Aún no lo se muy bien. Es paisano mio, de mi pueblo, pero ha estado involucrado en la revolución anarquista dejando a su paso un reguero de sangre y expoliación; esa placa de oro lo demuestra.
Creo que es un espía doble, pues estaba afiliado al sindicato de Falange, a las JONS; y ahora, de vuelta a casa por supuestas heridas de guerra, está imponiendo el terror de nuevo en nuestra comarca, matando y haciendo otra vez acopio de lo que no es suyo. Pretende a mi novia y tiene amenazada a toda su familia. No siente el menor escrúpulo y ahora la situación le aporta un poder casi absoluto al mando de un comando de Falange que actúa con perfecta autonomía. Está introducido en el partido y es un asesino nato, un radical sanguinario a quien nada le importa con tal de conseguir sus fines. Estoy convencido de que nadie más que yo puede detenerlo. Se cómo actúa, por qué se mueve y cuál es su debilidad. Dispone de una influencia grande en el partido de la provincia, casi toda su familia forma parte de él; me atrevería a decir que es capaz de menospreciar, de olvidar cualquier llamamiento o disposición que desde aquí se le pudiera hacer. Sólo al enfrentamiento personal respondería de algún modo. Yo soy una persona contra quien no podrá conspirar, y sentirá temor cuando se entere de que conozco su secreto.





























-Le entiendo capitán, pero todos estos embrollos no hacen sino perjudicar al ejército y a nuestra causa. No podemos permitir que ciertas cosas salgan a la luz, el pueblo llano no lo entendería y hay ya demasiada represión, no son necesarias más revoluciones; la gente debe estar quieta, cualquier movimiento mayor favorecería las matanzas y el terror.


-Se trata de detener las matanzas, señor. Usted mismo, mi coronel, detendría esta guerra si pudiera, aunque eso inevitablemente lo decidirá el peso de las armas. Mas, sí podemos hacer lo que esté en nuestras manos para parar estas cosas, debería ser nuestra obligación primera.


-Somos soldados capitán, y ésta, nuestra forma de combatir al enemigo: en el campo de batalla. El resto no nos corresponde.


-Como le dije antes, señor, a veces perdemos la noción de porqué estamos aquí. Puede que ganemos esta guerra, pero así no podremos ganar la confianza de nuestro pueblo. Nada impuesto por la fuerza del terror puede ser legítimo y siempre será rechazado por nuestras gentes.
Al principio, cuando todo esto empezó, no comprendía muy bien las razones que nos habían llevado a ello, pero ahora creo que ésta es otra guerra más entre ricos y pobres y siento como si estuviera combatiendo en el bando equivocado.
En mi tierra. señor, no se libran batallas; pero el miedo de nuestros dirigentes a perder el control permite una represión brutal por parte de hombres codiciosos y sin honor, que han encontrado en esta guerra el camino para enriquecerse y estar por encima de los demás sin temor a represalias. Dirigen y deciden la vida de nosotros, de los débiles, de los humildes, de los pobres, y nos explotan como a animales. Me siento huérfano luchando al lado de tales alimañas; los aplastaría si pudiera.
































-Capitán, esto es una guerra; ¿o supone tal vez que del otro lado no se producen desmanes?

-De nada me sirve saber eso cuando es mi familia quien está amenazada por aquellos a los que defiendo. Mi alma está herida, ahogada por la impotencia, y no le quedan razones para luchar.
Me alisté para salvar mi vida y ahora es lo que menos valoro; sin lo poco que tengo, no vale nada. El amor de una mujer es lo más valioso que alguien como yo puede tener coronel, y lo estoy perdiendo; y con él, el sentido que necesitan mis fuerzas para continuar con esta guerra.

-Me decepciona usted capitán, aún no ha dejado de sentirse un campesino a pesar de una escalada tan rápida en el ejército. No ha comprendido todavía que ya no forma parte de esa clase social a la que con tanto ardor defiende. Es un militar con estrellas y debería saber que esto es algo muy gordo, a lo que nadie en este país escapa. La población civil es la sufridora de todas las guerras; nosotros al fin y al cabo tenemos armas, podemos defendernos y morir matando, ellos no. Comemos todos los días y tenemos un cierto descanso seguros de nosotros mismos; ellos no tienen descanso, son los amenazados, los que no pueden defenderse, los que tienen que quitarse de sí para poder alimentar a sus hijos; los que, como alimañas salvajes, tienen que esconderse para no desaparecer.

-Estoy sorprendido mi coronel, creía que los ejércitos estaban para proteger a la gente civil y entiendo que trata de decirme que están hechos para dominar, para imponer las condiciones de los poderosos, quienes pagan su sustento. Se nutren con la sangre de las gentes sin recursos como yo, pobres explotados desde generaciones, y encuentran su verdadero sentido en los conflictos; de otro modo se muestran agónicos, decadentes. En las guerras son los salvadores, aunque para eso tengan que crearlas.

-No lo olvide capitán, esta contienda surgió de la violencia política que asolaba nuestro país. El ejército solo ha asumido el papel que le corresponde.

-Sí, protegiendo a los violentos para perpetuarse, mientras que las gentes honradas, a quienes la política importaría poco si ésta no inundara sus vidas, mueren a cada instante. Nos hemos erigido en salvadores de la patria eliminando compatriotas; honroso, sin duda.

-Se trata de dirigir a un país que se encontraba sin rumbo, que estaba perdiendo su razón de ser; se trata de cómo hacerlo y a quien corresponde - le dijo el coronel -. Los hombres no somos como ovejas, más bien somos lobos hambrientos, depredadores violentos; se necesita la fuerza para doblegarnos, la inteligencia no es suficiente cuando nuestra hambre, nuestra voracidad se desata. Pero, créame, comprendo su estado de ánimo y me preocupa de verdad. Yo también tengo lejos la familia y su recuerdo acude a mi mente en los peores momentos, pero además debo ocuparme de mis hombres, cuyas familias esperan que regresen un día, y no todos lo harán vivos.
Usted capitán me necesita a mi, y yo necesito su valor y su capacidad de mando; estamos obligados a ayudarnos. De momento no tendrá el permiso que desea, la situación aquí aún no está resuelta, pero le prometo que cuando recibamos refuerzos propondré para usted un merecido descanso; aunque quiero que sepa que no dependerá sólo de mi. Pero antes, con la urgencia que el asunto requiere, mandaré un informe sobre ese hombre a la comandancia general avisando de sus actividades y reclamando su detención como agente de la FAI-CNT; para ello necesito su colaboración. Utilizaremos esto para conseguir que pierda influencia en el partido y así parar sus actividades en FALANGE.
Por otra parte le exijo que deje a un lado sus devaneos moralistas, que en nada le ayudan a sobrellevar esto. No es su misión entrar en cuestiones políticas. La política en la guerra es otra cosa, se convierte en algo indeseable y peligroso, y a nosotros sólo nos incumbe el desarrollo de las operaciones militares; el resto lo tenemos vedado.
Tal vez dure poco nuestra amistad, pero quiero que sepa que dispone de mi apoyo y confianza, no los decepcione de nuevo capitán. Quiero de usted la entereza que hasta ahora ha demostrado.


-Gracias, mi coronel - dijo José -; lo tendré siempre en cuenta. Acataré sus órdenes el tiempo que estemos juntos. Estoy agradecido por su comprensión y no le fallaré.


































José se cuadró frente al coronel haciendo el saludo militar; después salió del despacho con paso firme y sereno de ánimo.



Al dirigirse donde estaba posicionada su compañía, mientras cruzaba el pueblo, un grupo de soldados abusaba de un prisionero británico en la puerta de la iglesia. Entre burlas y risas le obligaban a repetir el "Credo", propinándole culatazos y patadas cada vez que se confundía - apenas sabía hablar en español -. Obligado a estar de rodillas con los brazos extendidos en cruz, sangrando como un nazareno y ensombrecido su rostro por los hematomas, el polvo y el sudor, se esforzaba para recordar cada sílaba que se le obligaba a repetir, y todo su cuerpo temblaba por el temor al siguiente golpe. José desenfundó su pistola y la cargó; se fue derecho hacia ellos y al primero que encontró de espaldas riéndose del pobre diablo, le colocó el cañón en la nuca diciéndoles:


-Tal vez vuestra conversión la encontrareis en el infierno; y poco importaría si yo os enviara directamente a él. Dejad en paz a ese hombre y llevarlo con el resto de prisioneros.


Después, mirando a otro fijamente a los ojos, le dijo:


-Identifíquese sargento, diga su nombre - el soldado quedó petrificado por su profunda mirada sin dar respuesta, mudo ante la visión de su compañero encañonado por José -.  No quedará impune su acción. Todo se paga en este mundo, de otro modo el arrepentimiento y la redención serían imposibles. Las cuentas quedan saldadas siempre antes de irnos al otro mundo. ¡Diga cómo se llama! - gritó encolerizado -.


-Santos señor; me llamo Pedro Santos.


-Bien santos, no es un milagro precisamente lo que estaba haciendo; le hago responsable de mis órdenes. Atienda al prisionero, no quiero que nada más le ocurra. No tengo el menor interés de que el resto del mundo crea que somos unos sádicos asesinos.
En cuanto a usted, olvidaré por el momento el asunto, pero tenga en cuenta que seguiré sus pasos y que no le hará falta un consejo de guerra si vuelvo a pillarlo en un renuncio; yo mismo le mataré. No lo olvide sargento. Ahora, retírense.


Los soldados recogieron del suelo al soldado que había caído desfallecido por la paliza, lo levantaron por los sobacos y se lo llevaron.
José puso el seguro y enfundó su arma. Se quedó mirando un tiempo a los soldados que se retiraban y después dio media vuelta y siguió su camino. Recordó lo que le prometiera al coronel: "no le fallaría"; aunque sus nervios le llevasen al límite, aunque sus delirios le hiciesen dudar de sus convicciones, mantendría su palabra. Era un hombre de honor, desdecirse de su compromiso sería poco menos que negarse a sí mismo.








   

viernes, 13 de agosto de 2010

REHACER LA VIDA.

































- Corté mis dedos uno a uno, y mi mano; y corté después mi brazo. Pero nada me causó tanto dolor como cortar la comunicación con los míos, con mis hermanos. Siento más su pérdida que la de mis propios miembros, y no puedo recuperar el tiempo de separación; ya no agarra en mí ningún injerto que me una a ellos.  
¿ Qué debo hacer ? - preguntaron las palabras -.


- Nada hay ya que se pueda hacer - se reveló el sentir -, porque todo está hecho.
Como todos, alguna vez, tuviste que decidir y elegiste. Piensa por qué tomaste tu decisión, pues ellos también adoptaron la suya. "Dos no discuten si uno no quiere", siempre se ha dicho.
Podemos nacer de un mismo padre, en la misma madre, pero nuestro destino casi siempre es separarnos.
Suplamos lo que cortamos con quienes más cerca están, y hagamos de ellos nuestros hermanos. Acudirán también a nuestro funeral como despedida por habernos conocido en nuestro vivir a su lado.



























Seamos gratos con los próximos y honremos también a nuestros verdaderos hermanos; debemos recordar de donde partimos y también a donde vamos.

jueves, 5 de agosto de 2010

A QUIENES NOS PRECEDIERON









Deseosas de la verdad, las palabras preguntaron al sentir:

- ¿ Y qué hacer con nuestros mayores, quienes nos pusieron donde estamos y se aseguraron de que llegáramos tan lejos ?

Y el sentir se reveló:

- De su deseo nacimos y con nosotros se cumplió su destino mayor: perpetuar la vida.
De su cuchara comimos y sus manos limpiaron nuestras heces con agua pura.
En sus palabras conocimos la verdad y la mentira; el castigo y el perdón.
De su trabajo vestimos nuestros cuerpos desnudos y con su amor crecimos soportando el dolor.
Sufrieron por nosotros, cuando sin saber por qué, sufríamos; y sabiéndolo ellos, nuestra juventud no dejó que nos ayudaran sus consejos de otros tiempos.
Responsabilidad nuestra es su partida y su tiempo de espera mientras se envejece. 
Si de su mano comimos, como pajaritos que despiertan al aire y la luz, comerán de nuestra mano.
Si limpiaron nuestras heces y cuidaron nuestra enfermedad, limpiaremos su cuerpo como vida pura que nace, y curaremos sus heridas.
Pues la vida viene, pero también se va. Como se prepara un embarazo deseado y se espera con júbilo el nacimiento, deberíamos despedir la vida de quienes nos precedieron.
Nadie mejor que nosotros mismos está preparado para sus cuidados, nadie mejor los conoce. No les dejemos en otras manos confiando por entero nuestra responsabilidad. No existen escusas que nos autoricen a abandonar nuestra propia vida.
Saquemos fuerzas de nuestro hacer ineludible y responsable y sintámonos orgullosos por ello para no decaer en los momentos de tristeza; duros e inagotables de dolor y cansancio. Porque no es lo mismo dar de comer a un pajarito recién nacido, que a otro que ni siquiera lucha ya por no morir.