El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 11 de mayo de 2010

El adiestrador de mandriles.



- Mas, esta crisis que ahora de pronto nos invade, que nos ha dejado sin confianza, llenos de incertidumbre... Que nos deprime hasta el punto de no encontrar salida, ¿ a qué se debe ?
 ¿ Cuál la solución ?  -. Preguntaron las palabras angustiadas, obsesionadas por la indecisión, ante la cual el sentir se reveló sin dudarlo:


- Creemos necesitar la respuesta sobre la causa y el origen de nuestro mal, cuando lo que pretendemos es curarnos; pero antes hemos creído saber cuánto y cómo dosificar lo pernicioso de nuestros hábitos, de nuestras conductas equivocadas mientras estábamos sanos. Negaremos siempre habernos equivocado.
De este modo no existe solución, sino resultado.
En las crisis se pueden prever los resultados pero no existen soluciones de retorno a la situación anterior.


Nuestra vida transcurre entre decisiones, elecciones que creemos libres y con las que tratamos que dar respuestas a nuestras dudas. Y la mayoría de las veces los resultados, que no responden a lo que esperábamos, se tornan en nuevas dudas que nos dejan desconcertados frente a todo aquello que no hemos elegido, motivando nuevas decisiones.  
Las crisis se producen por la imposibilidad de decidir, que nos noquea bloqueando nuestra
determinación.  Acostumbrados a valorar nuestra existencia en base a nuestra capacidad de decisión, olvidamos que es demasiado limitada: podremos salir a la calle o no, si llueve, pero nuestra decisión no evitará que siga lloviendo. Lo cierto es, que condicionada por otras motivaciones, elegimos la decisión que creemos nos interesa más. Con nuestras decisiones tratamos de acomodarnos a los cambios a los que estamos sometidos por el movimiento que nos contiene y con el que intentamos coincidir: nos movemos sin parar durante la noche mientras dormimos buscando el acomodo, mas si no dormimos, diremos que toda la noche la pasamos dando vueltas.  No es que dejemos de acomodarnos mientras dormimos, sino que la falta de sueño hace que seamos conscientes de nuestro movimiento. Y exactamente eso es lo que sucede cuando entramos en crisis, pues sentimos el movimiento que fatalmente abate nuestro descanso y que no podemos compensar.


A la vez que elegimos eliminamos otras posibilidades, lo que nos aleja del todo acercándonos a la parte, y mientras podemos elegir creemos que todo está a nuestro alcance, aunque muchas sean las cosas que nos falten, y otras, sobren por su excesiva abundancia. Entonces nos estaremos acercando a la nada.


Hemos decidido qué queríamos ser, pero no, cómo queríamos ser, y ahora nos encontramos desconcertados y confundidos. Hemos decidido qué tener, sin pensar en el valor de lo que no elegimos ni en lo lícito de tal posesión, al igual que en su conveniencia. Abrumados entonces, sentimos el peso, la carga de la posesión impuesta por nuestras decisiones. Porque toda pertenencia significa una carga añadida a nuestra existencia, la cuál habremos de mantener, cuidar y conservar siempre a costa de nosotros mismos.


No somos infelices por no tener, sino por desear; y en la realización de nuestros anhelos se encuentra la insatisfacción que nos conduce a más deseos, y con ellos, a más decisiones motivadas, forzadas.
Justo en el momento que sentimos que nuestras decisiones son forzadas, que no dependen de nosotros mismos, entramos en crisis, en contradicción total que nos paraliza.





La respuesta del porqué de nuestro mal puede que se encuentre en el análisis de nuestra conducta, no así la solución al problema que se nos plantea y que supone un reto; porque significa un retorno al principio de nuestra personalidad, para, desde su reconocimiento, ir perdiendo apego a los deseos que nos han llevado a ser quienes somos. En este caso no cuenta la decisión, sino la pasividad. La pasividad, que no la negación; aquella que se adapta al ritmo del movimiento no inducido, artificiosamente creado, sino al natural de las cosas que acontecen sin que nuestra decisión tenga consecuencias. No tiene sentido gastar nuestra última munición en un último asalto, cuando mejor nos vendría emplearla en escapar. 
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