El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

viernes, 28 de mayo de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )



Por fin, después de catorce días de resistencia y tras emprender el último intento de evasión - al fin logrado -, los pocos defensores que quedaban en Belchite, junto a los lugareños que no quisieron irse, firmaron la rendición ante la inminente conquista del pueblo por el Ejército Popular Republicano. Quienes se quedaron al lado de los militares que asumieron la rendición, lo hicieron pensando que no habría más represalias, pues todos aquellos que por cualquier razón se vieron amenazados por su implicación en el golpe militar y la posterior purga de simpatizantes de la República, consiguieron evadirse la noche anterior. Pero las venganzas y los fusilamientos sin juicio previo se sucedieron durante los días posteriores en Belchite. 
Los cadáveres llenaron de fosas comunes los cementerios, y el trujal, la prensa donde hasta entonces se obtenía el magnífico líquido verde pálido, casi oro, de los olivares de Belchite, se  abarrotó de cuerpos muertos y aún vivos; desangrados, arrastrados desde la pequeña plaza del trujal donde los descargaban por camiones y los introducían en tinajas enormes en las que se guardaba el aceite, para taparlos después con cal viva. La rueda de la muerte ejerció de nuevo su rito macabro y sólo la misma locura, que desata los más feroces instintos humanos en su ritual de exterminio, fue capaz de detener la masacre, pues impactó de tal modo con su barbarie a los mismos represores, que un comisario político detuvo la matanza conmocionado por tan salvaje espectáculo.

Los comunistas, que para entonces se habían hecho con el control del aparato político de la República y de las riendas del nuevo Ejército Popular, se apuntaron un tanto efímero y fatal que el mismo gobierno republicano censuró por el hecho de haber empleado más fuerzas y recursos de los necesarios en un objetivo tan minúsculo, dando la posibilidad a los "nacionales" de iniciar una contraofensiva que detendría el avance republicano, manteniendo Zaragoza alejada de las zonas de combates.

Belchite significaría el principio del fin de la guerra, pero para los combatientes ese final estaba demasiado lejos. Aún tendrían que sobrevivir a duras batallas que quedarían para siempre en la memoria de las gentes y en los anales de la historia. 
Franco sabía de la importancia política y propagandística en el exterior de la toma de la capital, Madrid. Pero también entendía lo importante que era romper el eje Madrid - Barcelona, aislando así ambas ciudades, principales y más importantes valedoras de la República. 
Después de más de un año de guerra no había conseguido recuperar ninguna ciudad perdida durante el golpe militar; más aún, las ciudades del norte, con todo su potencial industrial y bélico, habían caído en manos de los nacionales; sólo unos escasos kilómetros de territorio casi vacío eran los logros conseguidos después de las cruentas y costosísimas batallas libradas hasta entonces.
Franco insistió en la toma de Madrid, ya que intuía que esa presión conduciría al gobierno de la República a mover el grueso de su ejército sobre el frente de Aragón - el cuál él había reforzado con las divisiones procedentes del norte -, buscando una victoria que recuperase su prestigio en el exterior y le permitiera alcanzar nuevas alianzas internacionales en favor de su causa. Pero el panorama político internacional en nada beneficiaba a los intereses de la República.
En Europa, dos eran los enemigos de los regímenes democráticos: por un lado el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, consolidada por las purgas terroríficas de Stalin, y que éste trataba de exportar al resto del continente ayudando al gobierno republicano, en nada convenía a una República burguesa inspirada en los principios de "igualdad, fraternidad y libertad".
El segundo y más importante enemigo se encontraba en Alemania. El ascenso al poder de Hitler con su carácter mesiánico y sus intenciones expansionistas encandilaban a la población alemana, sometida desde la última gran contienda - primera guerra mundial - y sufridora de los altísimos costes de reparación de guerra a los países vencedores de la misma, los cuales hundieron su economía empujándola al vacío por la gran depresión de 1929, lo que acentuó la miseria y las desigualdades sociales. La economía alemana llegó a caer de tal modo, que el marco - la moneda nacional - se cambiaba por su peso en la báscula.
Hitler había rehabilitado el orgullo de la sociedad alemana plantando cara a las potencias extranjeras que hasta entonces controlaban el devenir del pueblo alemán, aportándole a éste un motivo para la revancha. Con la firma del tratado de no agresión con Rusia, Hitler se aseguró sus espaldas y dejó aislado al mundo democrático. Francia e Inglaterra - en teoría máximos valedores de la República - arrinconadas entre la espada y la pared y temerosas de dar más razones a sus oponentes para entablar con ellos una nueva contienda en Europa, se excusaron en la neutralidad para no entrar de lleno en el conflicto, como sí harían la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Y ese error, que más tarde pagarían con "sangre, sudor y lágrimas", condenó definitivamente a la República, necesitada de una ayuda exterior que nunca llegó de forma declarada y suficiente, con los abales necesarios para soportar la economía de una guerra moderna, que devoraba rápidamente todos los recursos  . 
Franco sabía el papel que desempeñaba, y conscientemente alentaba las esperanzas de Inglaterra haciéndole suponer que en España se restauraría la monarquía parlamentaria al terminar la contienda; pero en su cabeza anidaban otros objetivos, y él y sólo él tenía claro cuales eran.


Mas todos estos acontecimientos pasaban desapercibidos para los hombres que combatían en el frente, sólo preocupados por su propia supervivencia. Las noticias que llegaban eran demasiado locales y nada más hacían que incendiar los corazones de los soldados, que ardían por el deseo de venganza.

José y sus hombres mantenían sus posiciones tras el fracaso de la ofensiva del Ejército Popular Republicano. Deberían esperar dos meses más hasta la próxima batalla, que se produciría por la toma de Teruel.
La guerra de posiciones tensaba los nervios de los combatientes día tras día con los dedos del aburrimiento y de la nostalgia. Los hombres enquistaban sus temores y sus recelos en la espera, y la convivencia empezaba a resentirse; sólo las escaramuzas nocturnas y los altercados que se producían desde ambos extremos mantenían la cotidianidad de los días, y sus mentes alertas. 

Al cabo de un par de semanas después de lo de Belchite, llegó hasta sus líneas un batallón mecanizado de refuerzo perteneciente a la 81 división. Eran fuerzas italianas que habían sido reorganizadas después de la toma de Bilbao y engrosadas en el Cuerpo de Ejército de Galicia,  al mando del general Aranda. Con ellos llegó también Tomás, su antiguo compañero.

Italia participaba desde el primer momento en la contienda del lado de los sublevados aportando gran cantidad de material bélico y tropas, a través del recién creado cuerpo de tropa de voluntarios ( CTV ).  Tenían mala fama después de lo de Guadalajara. Se decía que querían ganar ellos solos la guerra y que además eran todos maricones; que "igual le iban las ostras como los caracoles" y que se perdían por el primer culo que les gustara. Tal vez algo injusto por parte de los españoles que combatían junto a ellos, pues supusieron el número mayor de fuerzas extrajeras que apoyaron al ejército sublevado de Franco. La Italia fascista fue el principal proveedor de armamento a la España nacional, pero el afán de protagonismo que el propio Mussolini - creador del partido fascista - pretendía para Italia en el contexto europeo e internacional, implicaba una victoria que contextualizara su ambición imperialista de la campaña de Etiopía. Consideró Madrid como un punto de primera importancia propagandística que no podía esperar y animó a sus generales a tomar la iniciativa en Guadalajara, en lo que se conoce como " Batalla por Madrid "; sin coordinación previa con el Estado Mayor nacionalista y en las peores condiciones meteorológicas - intensas lluvias y espesas nieblas a finales de invierno de ese mismo año 37 -, que dejaron varados en el barro a sus tanques incapaces de avanzar ni retroceder, sin cobertura aérea planificada y a merced de los ataques de la aviación republicana. La cantidad de material perdido y las bajas ( cuatro mil entre muertos y heridos ), significó una derrota definitiva del CTV, infligida por de las Brigadas Internacionales que combatían al lado de la República.
Franco promulgó entonces una orden, por la cuál ningún ejército extranjero podría tomar decisiones por su cuenta. A partir de entonces sólo de él dimanarían todas las órdenes.
El CTV, aún sin ser disuelto, fue reorganizado insertando sus unidades en las divisiones de diferentes cuerpos de ejército. Combatieron en todos los frentes de importancia: Guadarrama, Extremadura, frente del norte, frente de Aragón y del Ebro, y toma de Barcelona.


-A sus órdenes mi capitán. Se presenta el soldado Tomás de la Fuente Garrido, perteneciente al Regimiento Motorizado nº2 de la 81 División de Castilla. Antiguo amigo y camarada.

-¡Hombre Tomás! Baja esa mano por favor y dame un abrazo; me alegro de verte.

Ambos hombres quedaron unidos durante un momento en un efusivo y franco abrazo.

-Pero, cuéntame - le pidió José - ¿Cómo tu por aquí?

-Cualquier sitio es bueno si se sobrevive - dijo Tomás -. Acabamos de llegar del frente de Santander. Todo el grueso del ejército del norte está siendo trasladado a Aragón. Se prevén fuertes enfrentamientos durante los próximos meses.

-Y esos galones - Tomás llevaba en su uniforme los galones de sargento - ¿Cómo los ganaste?

- Alguien pensó que los merecía desde el día que conseguí evadir a mi sección de una encerrona en la lucha por la toma de Bilbao. En Sondica, concretamente. Pero a ti ya te veo hecho todo un capitán del ejército nacional. No hubiera podido reconocerte con las barbas que llevas y ese parche en el ojo. Cuando oí tu nombre por primera vez, según veníamos para acá, no me lo podía creer. Eres un hombre reconocido y valorado por tus superiores, y supongo que admirado y querido por la tropa.

-No lo se Tomás, tal vez sea así; pero no tengo tiempo para pensar en tales cosas, procuran que estemos siempre lo suficientemente entretenidos como para que a veces lleguemos a olvidarnos de nosotros mismos.

-Como siempre tan modesto - le comunicó Tomás -; no has cambiado en nada que no haya sido tu aspecto exterior.

-Pero anda, siéntate - José se movió para hacerle un sitio a su lado en el estrecho parapeto en el que se encontraba junto a su perra Berta -. Tomaremos un café caliente y un poco de brandy. Supongo que habrás cenado algo.

-Sí; partí en tu busca nada más repartirse el rancho. Un subordinado tuyo, el sargento primero Huertas, me dijo donde te encontrabas y ya lo ves, no he perdido ni un minuto para venir a verte.

-Gracias amigo; muchas gracias. Apuremos este rato antes de que tengamos que volver a nuestras obligaciones. ¿Quieres liarte un cigarrillo? Toma, coge; ahí va también el papel.

-No José, no fumo. Pero tomaré ese café caliente sin prisas.

-Vi a Manuel y a Jacinto cuando lo de Brunete, pero no había vuelto a tener noticias tuyas y de Daniel desde entonces. ¿Qué ha sido de él?- Preguntó José.


-Nos separaron en Santander. A él lo destinaron al Ejército del norte, del general Dávila. Luego cayó prisionero en la defensa de Huesca y se lo llevaron a Barcelona donde fue interrogado y torturado en una "checa" del PSUC. Lo dejaron libre gracias a la ayuda de un paisano tuyo conocido como "el Fortu"; un infiltrado de las JONES que había colaborado antes con los anarquistas de Durruti a su salida de "la modelo" tras la represión del golpe en Barcelona, cuando García Oliver abrió las cárceles permitiendo la salida indiscriminada de presos. El tal Fortu se alistó primero en las Columnas Anarquistas entre la espontanea efusión popular, apoyando las colectividades y participando con expolio y matanzas en la represión de los propietarios que se negaron a colaborar. Más tarde, durante el Mayo pasado en Barcelona, pasó información de los anarquistas al PSUC y participó como agitador durante los tiroteos. De este modo se ganó la confianza de los comunistas, convirtiéndose en comisario político. Hace apenas un par de meses, después del encuentro con Daniel, se pasó de nuevo a nuestro bando con información del Gobierno Republicano en Cataluña. Para Daniel fue una verdadera suerte encontrarse con él, pues al reconocerlo, "el Fortu" se vio obligado a salvar su vida temiendo ser descubierto.

-No se por qué, pero creo que ese tal Fortu es alguien a quien llevo un tiempo buscando. Tengo que cobrarme una deuda que no se si podrá pagar... Pero, ¿qué ha sido al final de Daniel ? - Continuó José.

-Regresó destrozado a casa - añadió Tomás -, desquiciado de los nervios por los interrogatorios y por las imágenes que allí vio. Dicen que son centros, "las checas", donde los rusos ensayan sus técnicas de interrogatorios; auténticos laboratorios de la tortura, de donde sólo se sale muerto o loco.

-No es que me alegre por lo de Daniel, ojalá estuviéramos todos lejos de esta puta mierda; pero por el momento, hasta donde yo conozco, aún permanecemos todos vivos - dijo José-.

-Creo que es una suerte, después de toda esta locura - sugirió Tomás.

-A mi me parece que la suerte, siempre caprichosa, no puede hacer que coincidan en algo tan importante como es sobrevivir tantos destinos - aseguró José -. Más bien creo en ese destino que los ha cruzado en su camino, y cuyo objetivo es perdurar.

-Esperemos que así sea; esto va para largo. Además es mejor mirar hacia adelante con optimismo. Tu tienes algo muy importante José, algo que siempre te ayudará mientras dure esta guerra y a lo que deberás agarrarte para no perder todas las ilusiones, pues esto es un caos, y si sobrevivamos a ello necesitaremos el resto de nuestra vida para reparar todo el mal que hemos hecho.

-Sí, es verdad Tomás; aunque la guerra sea un tumor que no podamos evitar que se extienda por todo nuestro cuerpo afectando a cada uno de nuestros sentidos, debemos esforzarnos por dar una oportunidad más a la vida, porque para ello nacimos. No creo lícito renegar de lo que sin pago previo ni condiciones nos ha sido dado. Nuestro deber es preservarlo.
Y bueno, ¿qué te parece el brandy? - Tomás seguía dando vueltas en su taza al chorro que José le sirviera sobre el poso del café.

-La verdad es que no acostumbro a beber; tan siquiera el vino llama mi curiosidad. Pero no te preocupes, lo probaré.

-Ahora es bueno un café caliente y un trago de licor; las noches son frescas ya, y el estómago lo agradece tanto como el cuerpo. Brindemos por nosotros: ¡De hoy en un año!

-¡De hoy en un año! - respondió Tomás mientras juntaba su taza con la de José y apuraba después el trago.

-Entonces - siguió José - ¿habéis venido para quedaros?

-Creo que sí, que de momento no nos moveremos de aquí. Parece que el alto mando no sólo prepara una nueva ofensiva sobre Madrid; las tropas del norte están siendo desplegadas en este frente, a pesar de que todas las noticias apuntan otro ataque sobre la capital. La experiencia de Toledo, que le dio a Franco el empujón definitivo para tomar el mando del "Alzamiento", puede que le haya hecho reflexionar sobre su estrategia.

-No creo que Franco esté dispuesto al más mínimo retroceso en el frente de Aragón - continuó José -; no se resignará a perder ni un sólo palmo del terreno ganado en el norte. Supongo que Madrid tendrá que esperar, aunque los republicanos estén convencidos de lo contrario.

-Buenas noches mi capitán - interrumpió Sergio con su llegada - te traigo algo para cenar.

-Creo que ya os conocéis - dijo José -; de todos los modos Sergio, éste es Tomás: un antiguo camarada y amigo. Sergio es mi sargento primero, y mi primer y más grande amigo aquí. Creo que os vais a llevar bien, ambos sois buenas personas y leales compañeros. Me gustaría que ya nada nos separara de nuevo mientras dure la guerra. Brindemos los tres por ello, no hay deseos que se cumplan sin pretenderlos, y todo brindis es una declaración de intenciones. ¡Por la amistad sin interés!

-¡Por la amistad! - Contestaron a dúo los otros dos.                   





martes, 11 de mayo de 2010

El adiestrador de mandriles.



- Mas, esta crisis que ahora de pronto nos invade, que nos ha dejado sin confianza, llenos de incertidumbre... Que nos deprime hasta el punto de no encontrar salida, ¿ a qué se debe ?
 ¿ Cuál la solución ?  -. Preguntaron las palabras angustiadas, obsesionadas por la indecisión, ante la cual el sentir se reveló sin dudarlo:


- Creemos necesitar la respuesta sobre la causa y el origen de nuestro mal, cuando lo que pretendemos es curarnos; pero antes hemos creído saber cuánto y cómo dosificar lo pernicioso de nuestros hábitos, de nuestras conductas equivocadas mientras estábamos sanos. Negaremos siempre habernos equivocado.
De este modo no existe solución, sino resultado.
En las crisis se pueden prever los resultados pero no existen soluciones de retorno a la situación anterior.


Nuestra vida transcurre entre decisiones, elecciones que creemos libres y con las que tratamos que dar respuestas a nuestras dudas. Y la mayoría de las veces los resultados, que no responden a lo que esperábamos, se tornan en nuevas dudas que nos dejan desconcertados frente a todo aquello que no hemos elegido, motivando nuevas decisiones.  
Las crisis se producen por la imposibilidad de decidir, que nos noquea bloqueando nuestra
determinación.  Acostumbrados a valorar nuestra existencia en base a nuestra capacidad de decisión, olvidamos que es demasiado limitada: podremos salir a la calle o no, si llueve, pero nuestra decisión no evitará que siga lloviendo. Lo cierto es, que condicionada por otras motivaciones, elegimos la decisión que creemos nos interesa más. Con nuestras decisiones tratamos de acomodarnos a los cambios a los que estamos sometidos por el movimiento que nos contiene y con el que intentamos coincidir: nos movemos sin parar durante la noche mientras dormimos buscando el acomodo, mas si no dormimos, diremos que toda la noche la pasamos dando vueltas.  No es que dejemos de acomodarnos mientras dormimos, sino que la falta de sueño hace que seamos conscientes de nuestro movimiento. Y exactamente eso es lo que sucede cuando entramos en crisis, pues sentimos el movimiento que fatalmente abate nuestro descanso y que no podemos compensar.


A la vez que elegimos eliminamos otras posibilidades, lo que nos aleja del todo acercándonos a la parte, y mientras podemos elegir creemos que todo está a nuestro alcance, aunque muchas sean las cosas que nos falten, y otras, sobren por su excesiva abundancia. Entonces nos estaremos acercando a la nada.


Hemos decidido qué queríamos ser, pero no, cómo queríamos ser, y ahora nos encontramos desconcertados y confundidos. Hemos decidido qué tener, sin pensar en el valor de lo que no elegimos ni en lo lícito de tal posesión, al igual que en su conveniencia. Abrumados entonces, sentimos el peso, la carga de la posesión impuesta por nuestras decisiones. Porque toda pertenencia significa una carga añadida a nuestra existencia, la cuál habremos de mantener, cuidar y conservar siempre a costa de nosotros mismos.


No somos infelices por no tener, sino por desear; y en la realización de nuestros anhelos se encuentra la insatisfacción que nos conduce a más deseos, y con ellos, a más decisiones motivadas, forzadas.
Justo en el momento que sentimos que nuestras decisiones son forzadas, que no dependen de nosotros mismos, entramos en crisis, en contradicción total que nos paraliza.





La respuesta del porqué de nuestro mal puede que se encuentre en el análisis de nuestra conducta, no así la solución al problema que se nos plantea y que supone un reto; porque significa un retorno al principio de nuestra personalidad, para, desde su reconocimiento, ir perdiendo apego a los deseos que nos han llevado a ser quienes somos. En este caso no cuenta la decisión, sino la pasividad. La pasividad, que no la negación; aquella que se adapta al ritmo del movimiento no inducido, artificiosamente creado, sino al natural de las cosas que acontecen sin que nuestra decisión tenga consecuencias. No tiene sentido gastar nuestra última munición en un último asalto, cuando mejor nos vendría emplearla en escapar. 

martes, 4 de mayo de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )































Cuando llegó el mediodía y el sol alcanzó el punto más alto en el cielo estival, las sombras desaparecieron. El verano se resistía como reflejo de los mismos hombres, que atrincherados a pesar del sofocante calor, soportaban las horas centrales del día sin moverse de sus lineas. Era el momento anterior al "rancho", cuando todos se relajaban un poco mientras se repartía. Alineados en la zona menos soleada de la trinchera, buscando la sombra escasa, echaban una cabezada apoyados en sus compañeros. Siempre había algún grupo más dado al vino y a la tertulia, que al final terminaba en trifulca con el bando enemigo poniendo punto final a la escasa, pero regeneradora siesta.

Sergio y sus hombres fueron apareciendo despacio y por intervalos cortos de tiempo sin hacer el más mínimo ruido, cuando todos estaban apostados comiendo o descansando. Corrían agachados a la orden de quien les precedía, tirándose al suelo de igual modo para camuflarse entre el escaso matorral de forma inmóvil, a la primera señal de peligro. En poco menos de diez minutos, todo el pelotón, con Sergio a la cabeza, habían subido a la cima de la foz.

José los esperaba con Berta a su lado, mientras entretenía al hambre masticando un trozo duro de cecina de burro.

De nuevo, a través de su barba rala de toda la semana, dejó escapar una sonrisa cuando vio aparecer a Sergio y tras él a sus hombres, uno a uno. Sergio se acercó al puesto de José después de darles instrucciones, pues habrían de participar de noche en una nueva misión.

-¿Novedades? - Le dijo José.
 

-Acceder es fácil; relativamente, claro. El problema lo tenemos abajo, junto al puente - dijo Sergio -. Existe una cueva bastante grande a escasos metros de donde se asienta su pilar central. Es un nido de ametralladoras que controla el paso hacia cualquier lado. Va a ser muy difícil eliminarlos sin hacer ruido.

-¿Cuántos hombres son? - Preguntó José de nuevo.

-Cuatro: dos tiradores con sus cargadores. Tienen apostadas las ametralladoras orientadas en sentidos opuestos. Desde aquí no se pueden ver, están justo debajo de nosotros. Ese punto es clave si queremos volar el puente. ¿Cuándo lo haremos?

-Estoy esperando información sobre nuestra situación en Belchite. No creo que allí puedan resistir mucho más. Los últimos intentos por sacar a nuestra gente han resultado inútiles - dijo José -. De todos modos lo intentaremos.

-¿Qué tal, Berta, bonita? -. 


Sergio se dirigió a la perra, le dio una palmada afectuosa en su paletilla derecha y después la rascó detrás de la oreja, algo que a Berta le encantaba y que hacía que se quedara aletargada, con los ojos casi cerrados.

-Os sintió antes de que pudiera veros. Ha estado todo este tiempo pendiente, desde que descendisteis ladera abajo - comentó José -. Esta noche se vendrá con nosotros a cazar hombres.

-¿Estás seguro de lo que dices? ¿Cómo crees que no nos supondrá un problema? En la guerra no podemos fiarnos de un perro.

-De un perro no, de su instinto - le replicó José -. De quien no podemos fiarnos es de los hombres. Somos torpes, inconscientes y confiados. No tenemos miedo a nada, y hasta una cáscara de nuez puede hacer que perdamos la vida si no pisamos con cuidado. Mira... 


José sacó de su mochila un pañuelo blanco y confeccionó con él una palomita. Al tiempo, Berta se olvidó de las caricias de Sergio y se puso derecha, con sus orejas levantadas y los ojos expectantes en las manos de José, que con magistral habilidad había hecho parecer al pañuelo lo que no era. Berta lo sabía, pero para ella aquello solamente era un juego, algo aprendido desde que se despertó su instinto.

-¡Joder! -. Dijo Sergio con asombro - ¡Parece de verdad una paloma! ¿De dónde te sacas esos trucos?

José le mostró una sonrisa mientras se levantaba.

- Mantenla sujeta a tu lado; no dejes que se suelte. Vendré enseguida, atento.


Marchó hacía el punte pasando al lado de los hombres que aún seguían comiendo, y entre un grupo de ellos que se encontraba más próximo a su entrada escondió la pequeña paloma de trapo, advirtiendo a los soldados de que su perra pasaría a recogerla, por lo que no debían entretenerla ni molestarla. Después volvió de nuevo donde Sergio y Berta se encontraban.

-Suéltala y observa - ordenó José a Sergio. 


La perra, que había estado impaciente todo el rato que desapareciera José, salió directa a por su objetivo olisqueando toda la linea de trincheras mientras buscaba entre los soldados. Por fin llegó donde José había escondido el pañuelo, y no sin antes observar a los hombres que lo ocultaban tras ellos y comprobar su aprobación, cogió en su boca con mucha suavidad la palomita que hiciese José y volvió directamente a entregársela. Sergio se había quedado boquiabierto, pues no sabía exactamente de las habilidades del animal, ni que José supiera como sacárselas.

-¿Lo ves? Ella nos ayudará ahí abajo tanto como nuestras armas. Se trata de apoderarse de las suyas sin ruido. De ello depende nuestro éxito.

-Ese pilar que sostiene el puente resultará difícil tirarlo al suelo - precisó Sergio -. Es un monolito gigante construido con enormes bloques de piedra.

-Utilizaremos todas las cargas disponibles si es preciso - observó José -. Pero bueno, ahora debes comer algo y descansar un rato.

-Sí, iré donde el ranchero y le pediré algo. Seguiremos hablando después. ¡Adiós Berta! Nos veremos luego.



 
José y Berta quedaron solos de nuevo. De su mochila extrajo un cuaderno con una pluma estilográfica - obsequio del curso de acceso para alférez - y comenzó a escribir una carta a Micaela, su novia:











Querida Micaela:

Me gustaría estar ahí, entre tus manos, en lugar de ésta que te escribo con la esperanza de que termine pronto la lucha y no tarde mucho en estar a tu lado.

En todo, pienso en ti; y cada hora, cada día que me mantiene alejado me trae más recuerdos tuyos. Aquí la guerra trata a los hombres como a bestias, sin consideración a sus sentimientos, a su sensibilidad humana, y éstos reaccionan por instintos, impulsados por el miedo y el deseo de sobrevivir. A pesar de tantas atrocidades que se cometen a diario, tal vez, como reacción necesaria de los hombres ante el horror y la sinrazón, surgen también sus mejores cualidades; las más comprometidas y audaces, las más compasivas y conmovedoras muestras de solidaridad y afecto entre las personas.
Yo te llevo siempre dentro de mí; eres mi talismán, mi amuleto de la suerte. No se por qué, pero creo que Dios me ha destinado a ti y no permitirá que nada me pase. A veces me revuelvo por ganas de verte y me reniego, pero cada vez que supero otro día y sigo vivo te recuerdo, y eso precisamente es lo que me hace mirar con confianza el futuro inmediato.

Escríbeme, no olvides poner bien todos los datos que te mando y cuéntame como va todo por ahí; cómo están tus padres y los míos, y que tal Alfredo y el resto de la cuadrilla.

En tu última carta me hablaste de José Luis, el hijo del herrero. Espero que no siga acosándote. Me he enterado por aquí de algunas cosas sobre él y no son agradables. Estoy casi convencido de que no ha regresado al pueblo herido de Santander, sino de aquí, del frente de Aragón, donde ha estado combatiendo de parte de los anarquistas. Quisiera que fueras precavida y que si de algo te enterarás me mantuvieses informado; estoy detrás de una pista sobre un asunto muy feo del que ahora no puedo referirte más. Espero que pronto pueda estar contigo y contártelo todo.

Dale recuerdos de mi parte a mis padres y a los tuyos; también a Alfredo. Dile que tengo muchas ganas de verle y de echar un trago con él en la bodega.

Para ti un beso. Siempre tuyo:
José.

Introdujo la carta doblada en un sobre algo amarillento y sucio y escribió la dirección. Mientras humedecía la goma del sobre para pegarlo, se presentó a él un soldado recién llegado de Zaragoza con un correo urgente. Después de hacer el saludo marcial el soldado entregó a José el sobre con las instrucciones que portaba desde el mismo cuartel general de Franco. Abrió el sobre, leyó el comunicado, y tras darse por enterado al soldado que hacía de correo, entregó a éste su carta dándole instrucciones claras para que llegara a su destino. Después le preguntó su nombre y la compañía a la que pertenecía, y le dijo:

-Cabo primera: en esa carta va mi vida y espero que ésta llegue a su final como la carta a su destino. Si muero primero, de nada habrá servido; mas si sobrevivo y de ella no obtengo respuesta, le haré a usted responsable. Y le juro que no pararé hasta que pague por ello.

-Sí, señor; cumpliré sus órdenes con el mismo tesón que me ha traído hasta aquí. No se preocupe, la carta no se perderá en Zaragoza. Me encargaré personalmente de enviarla desde allí.

-Gracias cabo. Supongo que no habrá comido por el camino. Pásese por ranchería y pida de mi parte que le den de comer y beber; y un buen café con aguardiente. Le vendrá bien para el viaje.

-A sus órdenes mi capitán.

Se iba al tiempo de llegar Sergio de nuevo, que fue a sentarse junto a José y Berta para descansar en tanto durara la tranquilidad, nunca entera, pues a lo lejos no dejaba de oírse el estrepitoso fragor de los combates que se daban en Belchite. Pero el sol plomizo que comenzaba a declinar permitiendo a las sombras ensanchar sus mantos, otorgaba a los hombres un momento de paz que sólo un loco rompería.


-Te he traído café y un poco de brandy.

-Gracias, te lo agradezco - le dijo José, que se estaba liando un pitillo -. Hoy no he comido y me vendrá bien.

-Podías haberme pedido que te trajera algo para comer.

-No, no tengo hambre. Creo que es el calor, que me quita el apetito. Después por las noches como mejor.

-Bueno y qué, ¿tienes ya noticias sobre la situación? He visto llegar al correo. Espero que sean buenas noticias.

-No tan buenas Sergio. Los refuerzos necesarios para lanzar una contraofensiva en toda linea no llegarán; no se mandarán más divisiones. Se nos pide aguantar nuestras posiciones sin movernos un ápice y en la medida de nuestras posibilidades darles cobertura a los que puedan escapar de Belchite.



-¿Pero, cómo José? Estaremos a unos quince kilómetros de allí. La puebla de Albortón está en sus manos y nosotros limitamos su perímetro de maniobras. Con nuestros efectivos...

-Con nuestros efectivos - replicó José - cortaremos por este lado su avance, echaremos abajo el maldito puente cueste lo que cueste, e intentaremos facilitar la salida de quienes consigan romper el cerco. Esas son las órdenes.

-¿Sabes que estamos metidos en una ratonera? - dijo Sergio -. Si se derrumba Belchite vamos a tener que salir de aquí cagando ostias.

-Ya lo se, pero mientras aguanten allí, nosotros haremos lo mismo. No tenemos elección, como ellos tampoco la tienen.
Hoy intentarán romper el cerco de nuevo. Tomarán esta dirección. Están informados de nuestra presencia aquí y esperan que les abramos paso. Si somos capaces de hacernos con esas ametralladoras que controlan desde abajo el desfiladero, es posible que podamos llegar al final de él y abrir un corredor seguro desde allí hasta nuestras posiciones. Primero tendrán que atravesar los campos de cultivo y las viñas que rodean La Puebla, después les será fácil llegar hasta nosotros.

-No sabemos que movimientos hay más allá del puente, ahí abajo - observó Sergio, que no tenía nada claro el éxito de la misión, teniendo en cuenta que sería una incursión peligrosa en la que los milicianos controlaban la salida sur de la foz desde La puebla de Albortón -. Lo veo complicado con un escaso número de hombres.

-Demasiados hombres meten mucho ruido de noche y son más difíciles de manejar. No necesitamos muchos, sino hombres capaces, que nos sigan a la primera orden.
 Una docena serán suficientes. Bajaremos esta noche. Tenemos que alcanzar la salida del barranco antes de las doce, hora en que intentarán romper el cerco en Belchite.


Ya no era un pueblo de vivos, sino de muertos y fantasmas. Las calles, desiertas de vivos, repletas de muertos que se descomponían al sol y que producían un hedor nauseabundo; habitadas por un interminable "balanceo" que surgía de todas partes llevando la muerte a quien trataba de salir de las casas, conquistadas desde su interior una a una, atravesando sus muros abiertos para comunicarlas y disputando a sangre y fuego cada dependencia, cada habitación.

A veces un niño moría protegiendo con su cuerpo a la madre cuando ésta lo transportaba en brazos. Otras veces era la madre quien caía fulminada al suelo; y el niño, entre su madre muerta y el sin par número de cadáveres que se amontonaban, lloraba totalmente consternado, horrorizado por la barbarie y la sinrazón entre los interminables disparos y el fuego que a cada poco llegaba del cielo, de aquellas modernas y diabólicas 
máquinas de destrucción.

Era cruel, terriblemente absurdo, irracional. Padres luchando dentro contra hijos que venían de fuera y viceversa. Hubo quienes fueron víctimas de sus mismos congéneres, y otros ejercieron de verdugos de sus vástagos.

El alzamiento militar del 36 provocó en Belchite una purga de dirigentes y simpatizantes de los partidos de izquierdas por parte de grupos de Falange que ascendió a cien muertos; empezando por el alcalde, que era socialista. Los "paseos de la muerte" se repetían todas las noches y los cuerpos aparecían sin enterrar entre los olivares y los trigos, en las viñas y en las cunetas de las carreteras.

Ahora, después de doce días de intensos combates, los milicianos soñaban con conquistar el pueblo definitivamente para vengarse de sus muertos, y los vivos que aún combatían para defenderlo lo hacían con heroísmo, pues preferían morir luchando que ser apresados.

El plan para romper el cerco era un plan suicida, pero como todos los intentos frustrados hasta entonces, había sido el resultado de la desesperación y del horror que producía la batalla. Mas esta vez, alentados por la noticia de que serían apoyados por las fuerzas que defendían el puente minero de Utrillas, se decidieron por romper el sitio en dirección a la Puebla de Albortón, donde a través de la Foz de Zafrané pretendían acceder a la zona nacional.

Berta iba delante; José, Sergio y sus hombres parecían seguirla a unos metros por detrás. Todos desaparecieron en la boca negra del abismo, que resultaba más tenebroso aún en la noche oscura, sin luna. José ordenaba a sus hombres avanzar o detenerse al mismo tiempo que su perra, con el mismo cuidado y sigilo con que ella lo hacía: la vista fija al frente y los oídos bien abiertos, suspicaces de sus mismos pasos.

La perra parecía conocerse el terreno y avanzaba en el mismo sentido que lo hicieran Sergio y el pequeño grupo de hombres. La mitad de los que iban, con Sergio a la cabeza, cruzaron el sendero del barranco ocultándose en las sombras más oscuras de la ladera; José y el resto de hombres se deslizaban sobre el otro costado mientras seguían a Berta, que adelantada por el centro les marcaba con su cuerpo hasta el más mínimo de los movimientos que se producían a su alrededor.



Al poco se dieron de bruces con el pilar del puente, que como un titán surgía del fondo oscuro de la foz revelándose contra las sombras. Una débil luz se apreciaba casi enfrente, sobre el lado en que José y los suyos se encontraban. Berta se detuvo al instante. La luz provenía de una pequeña fogata que ardía dentro de la cueva que describiera Sergio a José y que protegía del fresco de la noche a los hombres allí emboscados. José simuló el canto de una perdiz golpeando con el envés de uno de sus puños sus carrillos llenos de aire, mientras que con el otro, apoyado en sus labios a modo de trompeta, efectuaba el sonido. La perra, tras volver con energía su cabeza haciendo volar sus orejas en dirección a José, espero el segundo aviso de su amo y después salió despacio hacia él. José extrajo de uno de los bolsos del pantalón la palomita que había fabricado con el pañuelo, la rehízo y se la dio a olisquear a Berta; después volvió a guardársela en el bolsillo. Acarició a Berta mientras que con el otro brazo trataba de dar instrucciones a los hombres apostados en el otro lado para que no avanzasen más. Sergio consiguió verlo y detuvo a sus hombres. Entonces José soltó de nuevo a Berta, quien avanzaba ahora a escasos metros de su amo, pendiente a cada momento de su decisión y sin perder ojo al objetivo: el nido de ametralladoras que les cerraban el paso. Cuando estaban a escasos metros de la cueva, y gracias al resplandor de la lumbre que iluminaba sus siluetas, pudieron distinguir a los hombres que controlaban las ametralladoras. Berta permanecía expectante, sin moverse del sitio miraba a veces para atrás esperando la primera orden de José.
Éste, después de dar con sus brazos instrucciones a Sergio para que, aprovechando el momento oportuno de confusión, pasara con sus hombres hasta alcanzar el pilar del puente, sacó el pañuelo convertido en paloma, e introduciendo dentro de él cuidadosamente una pequeña piedra para que le aportara peso, lo lanzó desde donde estaban a la entrada de la cueva defendida por una pequeña barricada en semicírculo hecha de pedruscos y sacos de tierra.

Berta se fue acercado sigilosa, estirando su abdomen hasta doblar la columna para sentir el roce del suelo en su vientre y agazaparse sin hacer ruido. Los hombres hacían lo mismo, pendientes de cada movimiento, de cada postura del animal, que se acercaba lentamente a la boca de la cueva. Así llegaron unos a una esquina de la cueva y los otros más allá del camino, a la altura frontal de la misma. Berta se detuvo a unos tres metros del pañuelo, e impelida por José para que lo recogiera, comenzó a ladrar a los hombres del interior de la cueva buscando su aprobación para no ser sorprendida. Uno de ellos, que hacía guardia empuñando una de las ametralladoras, levanto su cabeza por encima de los sacos y vio la perra, que dejó de ladrar nada más sentirse reconocida.

-¡Eh! - dijo a los de dentro - no os lo vais a creer. Un perro, de caza al amparo de la noche.

-¡No jodas! - le contestó otro - ¿Qué coños pinta un perro por aquí?

-Es un perro de caza. Quizás se haya escapado para cazar; antes he sentido por ahí perdices. Creo que anda tras su olor.

-Llámalo, a ver si viene.

-Ven aquí bonito; mira, mira lo que tengo. Ven -. Le enseñó un trozo de tocino mientras la llamaba, pero Berta permaneció inmóvil. Sergio aprovechó la ocasión para pasar con sus hombres al otro lado del pilar del puente.

-Vamos bonito, ven; te daremos un buen trozo. 


Los otros milicianos se levantaron para ver también a la perra, alejándose de la claridad de la lumbre y olvidando por un momento el café caliente que estaban tomando para mantenerse despejados y alertas durante la noche.

Berta los miraba a ellos mientras movía su cola de un lado para el otro, retorciendo nerviosa el cuerpo y girando la cabeza mientras les ladraba de forma lastimera desde fuera, ansiosa por coger el pañuelo que tenían debajo.

-¡Psss! No ladres bonito - dijo uno - ven, ven aquí. Te trataremos bien y te daremos de comer.

-Yo saldré a buscarla - dijo otro -.

-Espera, voy contigo - contestó un tercero - que se queden estos aquí.

-A ver los listos -. Afirmó el cuarto.

-Déjalos; nos vamos a reír un rato con este par de cazadores de pacotilla -. Y se echaron a reír.

-Reír, reír, que más lo haremos nosotros; palurdos de ciudad, vais a ver como se domestica a un perro. 


De nuevo volvieron las risas y las chuflas por parte de los compañeros, que distraídos por la anécdota del momento no percibieron que detrás de ellos se habían situado varios hombres de José, cuchillo en mano. Cuando los dos que iban tras Berta salieron de la barricada, José volvió a reproducir el sonido que emite la perdiz en su reclamo y Berta regresó corriendo a su lado. Los dos hombres se quedaron parados, sorprendidos por la duda que ahora invadía sus mentes; y en ese momento de confusión, en la oscuridad de la noche y mientras sus compañeros se mofaban de ellos, todos fueron muertos en escasos segundos por los afilados cuchillos de media luna de los moros de José.

Enseguida se hicieron con las ametralladoras. Arrastraron los cuerpos de los milicianos hasta un hoyo de la ladera y los taparon con ramas y piedras. Sergio y sus hombres, entre los que se encontraba un artificiero, colocaron las cargas de dinamita en el perímetro del pilar atadas con alambre a un par de metros del suelo. Colocaron cuatro cargas, una en cada esquina del descomunal pilar, con sus detonadores y el cable suficiente para hacerlas detonar desde la cueva, donde quedarían cuatro hombres al frente de la posición.

Cuando terminaron emprendieron rumbo a la salida de la foz para recoger a los evadidos. Eran las doce de la noche y por el momento todo había salido bien. Sergio desconfiaba, los ladridos de Berta le hacían suponer que podrían haber alertado al enemigo. José contaba con ello, sabía que no se trataba de quedarse allí, sino de realizar una misión de rescate, sólo se necesitaba el tiempo justo para conseguirlo. Pero los presentimientos de Sergio de materializaron antes de lo esperado, pues los milicianos, alertados por los ladridos de Berta, mandaron rápidamente una patrulla de reconocimiento para determinar la situación entrando en contacto con sus compañeros de la cueva. A medio camino de la salida de la foz chocaron con los hombres de José en un combate cuerpo a cuerpo donde fue imposible evitar un primer tiroteo que puso en alerta a ambos bandos en las alturas de la foz, que automáticamente iniciaron una fuerte refriega en la oscuridad de la noche, que iluminó el fondo del barranco como los rayos de una tormenta que presagia la lluvia fuerte.

José se dio cuenta entonces de la situación de indefensión de sus hombres en la cueva, ahora que los soldados republicanos sabían de sus posiciones. El tiempo se agotaba y el incidente con la patrulla, aunque superado, no garantizaba que la salida del barranco estuviese abierta. De todos modos se decidió por continuar adelante, a pesar de que hacerlo supondría una posibilidad menos de poder volver sobre sus pasos, pues sus hombres en la cueva no podrían resistir mucho tiempo y tenían orden de volar el puente en último extremo. Siguieron avanzando a pesar del intenso combate que se desarrollaba por encima de sus cabezas, pero cuando llegaron al final de la foz, desde donde se podía ver campo abierto, varios tanques atravesaban las tierras y desde la Puebla de Albortón se les unían fuerzas de infantería en persecución de quienes habían conseguido romper el cerco en Belchite. No les dieron tiempo de atravesar las primeras viñas, donde fueron muertos sin que José y sus hombres, desde la distancia insalvable que existía entre éstas y donde ellos se encontraban, pudieran hacer algo para evitarlo. Cayeron uno tras otro, como conejos, extenuados por la larga carrera para sobrevivir a sus perseguidores, que no tuvieron piedad.

Impotentes, José y los suyos emprendieron el retorno a sus posiciones, a escasos minutos de las fuerzas republicanas que avanzaban hacia la foz con intención de bloquear su entrada y penetrar en el interior para recuperar el enclave de la cueva, el cual dominaban desde arriba en su linea de trincheras.





Llegaron al pilar del puente con los milicianos pisando sus talones. Les esperaban en la cueva con impaciencia cuando los vieron aparecer disparando a sus espaldas mientras corrían. Las ametralladoras de la cueva abrieron fuego de cobertura por encima de sus cabezas, y a duras penas consiguieron rebasarlas. Las cargas de dinamita colocadas en el pilar explotaron creando una onda expansiva cargada de piedras y cascotes que detuvo el ataque miliciano, envolviéndolo en una inmensa nube de polvo que posibilitó la huía ladera arriba de José y sus hombres.

Todo había sido en vano. No pudieron rescatar ni a uno sólo de los hombres que escaparon al terror de la batalla en Belchite. Y el puente, "el maldito puente", seguía ahí. Las cargas apenas habían alterado al magnífico, descomunal pilar sobre el que se asentaba el puente ferroviario, cuya estructura no se vio afectada en absoluto.