El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

miércoles, 31 de marzo de 2010

SABIDURÍA Y CIENCIA.




- Pero,si los dos buscan la verdad - preguntaron las palabras -, la razón de ser de las cosas y su comprensión en el orden cósmico, 
¿ cuál el factor fundamental que diferencia al sabio del científico ?  

- "El sabio sabe un poco de cada cosa y el científico mucho de una sola" -. Recordó el sentir como algo de siempre sabido.
 Mas, el científico busca su saber para actuar sobre el medio y transformarlo en su beneficio, mientras que el sabio sólo pretende adaptarse y fundirse en las cosas para sostenerlo.

- El sabio busca en él y en todas las cosas el punto en común, aquello que las relaciona y que las hace interaccionar entre ellas. El científico persigue lo mismo, pero se mantiene al margen, como 
si en él no estuviera parte del descubrimiento de la verdad misma.
El científico es el joven idealista que busca más allá de si mismo para descubrir las cosas. El sabio es el viejo que ha reconocido las cosas dentro de él y que ha dejado de buscar. 



- El camino del científico es sorprendente y obsesivo, el del sabio es relajado y reflexivo.

martes, 23 de marzo de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )































José sacó una pequeña navaja de uno de los bolsillos de su pantalón y cortó con cuidado el cordel que ataba el paquete. Fue desprendiendo el envoltorio sin dejar de mirar a la compañía que lentamente se deshacía en dos columnas, una a cada lado de la calle, y que dejaba atrás, en la plaza, el eco ruidoso de los hombres marcando el mismo paso sobre la calle adoquinada.
Miró de nuevo a sus manos, que soportaban el peso desnudo de una caja de hojalata que abrió con extremo cuidado. En su interior se encontraba un rosario de plata que precedía a una biblia con cubierta de cuero y bellas filigranas serigrafiadas en su pasta, perfectamente encajonada. Tuvo que poner boca abajo la lata para poder sacarla. Un sobre pesado que contenía algo más que una carta apareció encima del libro. Guardó el sobre sellado en el bolso derecho de su camisa y abrió el libro por el principio. En la primera hoja en blanco, antes del índice, leyó una dedicatoria:


- "Para Piedad; mi querida y dulce hermana.
Que nunca nos separe nuestro sentir".


Levantando la vista de la escritura, José giró la cintura para mirar atrás por última vez. Y sus ojos buscaron por un momento en el contorno de los soportales, en sus balcones y ventanas, para encontrar otra vez unos ojos que jamás se borrarían de su recuerdo. Mas, en vano contempló por un tiempo la plaza desierta al lado de Berta, que lo miraba curiosa. Metió de nuevo en la lata la biblia y el rosario de Piedad, y dando una palmada en el costado de Berta, le dijo:

-Bueno Berta, otro sitio que hemos conocido juntos. Ahora tenemos que irnos. 

Y ambos comenzaron a andar siguiendo a la tropa que desaparecía calle abajo.


-Mi capitán - le preguntó el teniente Vázquez -, los hombres quieren saber donde nos dirigimos. Están desconcertados por el relevo. Pensaban que serían ellos quienes se quedarían a defender la plaza.

-Teniente, parece usted nuevo - le reprendió José -. Ya debería saber que nuestra compañía se menea más que la compresa de una coja. ¿O acaso piensa usted que los frentes se mueven por el sólo hecho de esperar a que lo hagan?

-Perdone mi capitán - insistió Vázquez -, alguien tiene también que defender; existe la retaguardia.

-Vázquez, creo que no ha aprendido aún: en nuestra zona sólo están en la retaguardia quienes no pueden pegar tiros. El resto somos vanguardia, aunque como es lógico, también tengamos que defendernos.

-¿Quiere decir Capitán que me faltan arrojos? - Saltó el teniente un tanto desconcertado.

-Quiero decir que tiene su hoja de ruta y que con eso le basta. Acostúmbrese a obedecer sin  rechistar; así demostrará más nobleza, que es lo primero que en nuestra profesión se nos pide. El destino sigue siendo Belchite, teniente, y aunque dudo mucho de que lleguemos a tiempo para ayudarles, quiero que nuestros hombres estén preparados para el enfrentamiento en cualquier momento. Ni que decir tiene que alentar conjeturas equívocas no es bueno para nuestra tropa, y somos nosotros quienes debemos infundirles valor. ¡Ah! Otra cosa teniente, no se sienta mal, recuerde lo que un día dijo CarlosV : "Desde que se inventaron las armas de fuego no existen hombres valientes".


Sergio, que estaba detrás de José, esbozó una sonrisa que apenas pudo contener; y con una mirada de complicidad miró a José, quien permanecía serio, como si se creyera lo que acababa de decir.


-Lo siento mi capitán - argumentó el teniente Vázquez - pero no era mi intención que pensara que era por mí por quien preguntaba. Creían que iríamos al norte, a Huesca, pero este cambio imprevisto de planes les ha desconcertado. Los hombres comentan cosas que ni siquiera saben, y lo único que pretendía era tranquilizarles. 

-Haciéndoles suponer mejores expectativas no les ayudará - le replicó José -. Nuestros hombres necesitan cohesión y creer en sus posibilidades. No debe transmitirles debilidad, sino entusiasmo; y el entusiasmo se consigue inculcándoles fe en la victoria, en que sobrevivirán a cualquier situación. 
Quiero que aprenda bien esta lección teniente y que deje de importunarme con sus preguntas. Todo sucederá cuando llegue su hora.




José y Sergio se quedaron solos marchando al frente de la tropa. El teniente Vázquez volvió a la altura de su sección.


-Cómo crees que resultará lo de Belchite -. Preguntó Sergio.

- No lo se - dijo José -. Creo que estamos aprovechando el entretenimiento en el que están envueltos los republicanos en Belchite para reforzar todo el frente de Aragón con nuevas divisiones. Nosotros y la 150 de Saenz de Buruaga nos estamos desplegando por el centro y el flanco sur, mientras que nuevas divisiones navarras procedentes de Santander y Bilbao cubren el flanco norte. El contraataque es inminente si pretendemos detener su avance. De una manera u otra entraremos en combate. La suerte de Belchite puede estar echada por el momento, pero es importante estabilizar la linea del frente.  Zaragoza es vital, y mantener el frente alejado es el objetivo prioritario.




La Foz de Zafrané pertenece a un conjunto de barrancos que a lo largo de catorce kilómetros entre Fuendetodos y La Puebla de Albortón suponen una especie de frontera natural al noroeste de las tierras de Belchite, Cabeza de Partido en una comarca compuesta por un puñado de pueblos pequeños que dominan terrenos yermos y esteparios, junto a campos de secano sembrados de cereal con sus oasis de olivos, vides y almendros.
Justamente estas" foces" o "focinos se abren rompiendo el macizo calcáreo y salitroso de las zonas esteparias, como gargantas en el terreno que preceden los campos de cultivo que rodean los pueblos, enclavados en cursos de ríos escasos como el Aguasvivas, que pasa también por Belchite irrigando sus olivares gracias al sistema hidráulico de pequeños embalses y acequias que romanos y árabes construyeran siglos atrás.
El termino "foz" se corresponde con "hoz" en castellano; en este caso barranco, desfiladero.
La Foz de Zafrané, cuyo nombre evoca el perfume y el color intensos de los campos cultivados de azafrán mucho tiempo atrás, quizás cuando la foz tomó su nombre, desemboca en término de La Puebla de Albortón. 
Y precisamente el objetivo que José y sus hombres buscaban se encontraba allí.
 El puente minero de Utrillas era un eslabón de enlace de importancia estratégica de primer orden, pues a través de él se podía acceder desde las tierras bajas de Aragón a Zaragoza capital. Ambos ejércitos pretendían su control, que se disputaban desde cada uno de sus extremos. Además el desfiladero podía suponer una vía de escape para los defensores de Belchite, atrincherados tras las lineas enemigas y con pocas alternativas de romper el frente sin una ayuda coordinada desde el exterior.
El puente se asentaba sobre un pilar central enclavado en en el fondo del barranco, construido con la piedra extraída al norte de la foz y que se levantaba a más de cincuenta metros del suelo. El desfiladero era controlado durante el día desde arriba, y por la noche con incursiones de pequeñas patrullas que trataban de impedir cualquier tipo de tránsito o asentamiento, no pudiendo evitarse a veces el enfrentamiento directo entre ambas facciones.


En Belchite se combatía ferozmente desde hacía diez días. Las fuerzas republicanas habían conseguido entrar en el pueblo, pero éste, como sus defensores, se resistían a caer en sus manos. Las calles se convirtieron en el campo de batalla, y tras cada esquina, cada portal, cada ventana, se encontraba un tirador esperando, impasibles a la lluvia de proyectiles y bombas que sin cesar ponían la armonía y el ritmo a una melodía de sangre y destrucción.
El fuego constante de los morteros y el silbido de los obuses antes de impactar provocaban síncopes de terror en los combatientes, que buscaban un sitio mejor donde protegerse pegando su cuerpo a la tierra y tapando sus oídos mientras impactaban los proyectiles que provocaban lluvias de escombros y nubes de polvo, aprovechadas  para desplazarse de un lado a otro entre la confusión y el terror.
































Los republicanos tenían que conquistar casa por casa, fuertemente defendidas y comunicadas unas con otras, donde cada habitación podía resultar una trampa mortal y cada patio un corredor abierto al cielo de la muerte. Los escombros se convertían en aliados de los defensores, conocedores del terreno, de cada palmo y rincón del pueblo y de sus salidas al exterior.
La lucha se enconó en Belchite de una forma absurda para los republicanos, incapaces de asimilar la gran capacidad de resistencia de una fuerza tan pequeña que hería en lo más hondo el orgullo de su ejército, y que hubiera caído por su propio peso tras sus lineas sin haberle dedicado tropas tan necesarias para el avance del frente hacia Zaragoza.


José llegó con su compañía para reforzar el lado norte de la foz, pero con una misión especial: abrir un corredor de escape para las fuerzas defensoras de Belchite y volar el puente minero de Utrillas. Ambas cosas eran importantes, mas la voladura del puente era un objetivo ineludible, dado el claro empuje que desde Quinto y Codo venían ejerciendo las divisiones del recién creado Ejército Popular del Este, dirigido por el general Pozas desde su cuartel general de Bujaraloz, que esperaba que las divisiones de Belchite se unieran con las procedentes del este de Aragón.


Aún era de día cuando llegaron a la Foz de Zafrané. José desplegó la compañía en la cima norte de ésta, a lo largo de cuatrocientos metros hacia el puente.  Los soldados entraron en contacto con los hombres que defendían el puente, cortado en su entrada por una fuerte barricada de piedras y sacos de tierra. Se produjo entre ellos un momento de fraternidad, pues tanto en los defensores como en los hombres de la compañía de refuerzo se sentía la necesidad de protección. Fueron mezclándose unos con otros mientras se intercambiaban saludos y cosas que unos tenían y que los otros llevaban: brandy, vino, tabaco, revistas y raciones de comida.
El sol se retiró del horizonte y las sombras del atardecer comenzaron a imponerse sobre el terreno. José buscó su aposento en la cota más destacada de la trinchera, a pocos metros de la entrada del puente. Allí, junto a Sergio y su perra Berta, vigilaba el otro lado de la foz y podía ver con sus prismáticos el movimiento en las trincheras republicanas.


-¿Cuando empezaremos el trabajo José? - preguntó Sergio.

- Esperaremos algo más, mientras examinamos el terreno y ultimamos los detalles - contestó José -. La luna nueva nos favorece, y pasado mañana es luna nueva. Aprovecharemos la noche oscura para colocar las cargas sobre el pilar central. Tendremos que tener todo bien planeado, no podemos fallar. Tienes que seleccionar un comando para que encuentren un acceso seguro al barranco durante el día y varios puestos de observación de todos los movimientos que se produzcan al otro lado: la situación de sus tiradores, que coordenadas controlan y cuales los puntos libres de fuego.
Ten a punto la dinamita y los detonadores. Bajaremos con cinco hombres; quiero los mejores, los más letales y silenciosos; que manejen bien el cuchillo y sean capaces de morir sin quejarse.
































-De acuerdo José. Dispondré las cosas según me dices - dijo Sergio, que sacaba la cafetera de las ascuas de una pequeña lumbre apenas humeante, para servirse un café caliente.




- ¿Quieres un poco? - Preguntó a José.

-¿Queda algo de brandy? - contestó éste.

-Si, algo siempre queda - siguió Sergio, que cogiendo una taza de metal sirvió café caliente a su amigo. Después sacó de uno de sus bolsos una pequeña petaca metálica, la desenroscó y sirvió en ambos vasos unas gotas del licor espirituoso.

-Salud y suerte para mantenerla - dijo -.

-Salud - contestó José.

-A propósito - continuó Sergio -; no quisiera entrometerme, pero siento curiosidad por saber que contenía el paquete que dejó para ti esa mujer.

José cayó entonces en la cuenta de que aún no había abierto el sobre que guardaba en su camisa.

- Es curioso, no me acordaba ya - en aquel instante pasó por su mente la imagen de Micaela, su novia -. Esta puta guerra me está absorbiendo el pensamiento.

Se movió un poco para coger de detrás de su espalda la mochila de cuero, donde guardaba sus pertenencias mas íntimas; y sacó de ella la caja de lata con la biblia, que puso en las manos de Sergio. Y mientras éste la abría y extraía el libro, José desabrochó el ojal del bolso de su camisa y cogió el sobre cerrado. Contenía una carta manuscrita a mano, una fotografía de un grupo de milicianos en campaña y una lámina fina de oro con el sello de la CNT impreso. La carta se expresaba en los siguientes términos:


 Estimado capitán:


Espero que cuando lea esta carta perdure en usted el hombre que conocí. En ello pongo toda mi esperanza. Me demostró usted ser humano en medio de esta locura que nos ha invadido, y firme en sus convencimientos. He querido que conozca toda la verdad sobre este caso para que me ayude si usted puede y así lo desea.
Entre los hombres que aparecen en la fotografía destaca en primer plano mi hermano mayor, abrazado por el hombro con otro miliciano. Éste hombre fue quien lo delató, y además de haber sido la mano ejecutora en los fusilamientos de la gente de derechas del pueblo, se fugó con parte del oro que las colectividades habían transformado para comprar armas en el mercado negro.
Vino de Barcelona junto a mi hermano. Había sido liberado de la cárcel, como otros muchos asesinos y gente de mal vivir los primeros días del levantamiento. Participó en la revolución social, pero realmente era un esquirol, un activista de las JONS que milagrosamente se había salvado de la quema en Barcelona y que encontró en la revolución social que luego aconteció el medio propicio para camuflarse primero, y enriquecerse después gracias a la traición.
Señor, usted está en ese lado, de donde él nunca debería haber salido pues no es aragonés ni catalán, sino de tierra de Castilla. Debe encontrarlo capitán; y hacer justicia si en algo recuerda mi dolor. El día que lo haga no hará falta que me lo comunique, pues estoy segura que cuando así sea sentiré que mi pena ha cesado .
Gracias por todo capitán. Hasta siempre.


Piedad.


Tanto el rosario como la biblia me los regaló mi hermano hace algún tiempo. He creído que debería usted tenerlos. Le van a hacer más falta que a mí.




José, descreído, observó con atención la fotografía y clavó sus ojos en el rostro del hombre que con su brazo por encima del hombro abrazaba al otro que aparecía con él, adelantado del resto del grupo. No podía creerlo. Miró una y otra vez aquella cara con barba cerrada, medio canosa; y en el fulgor de su mirada identificó a alguien que conocía suficientemente y de quien sentía ahora haberse olvidado: era el mismísimo José Luis, el hijo del herrero y sobrino del Chino.
"Pero, ¿cómo puede ser?" - Pensó -. Suponía que sus andanzas le habrían llevado lejos, pero aquello le resultaba realmente absurdo, surrealista; no podía imaginarse como había podido sobrevivir en medio de los anarquistas a los que combatía.
Un escalofrío recorrió por dentro su cuerpo, y el sudor frío que afloró para sofocar su frente calenturienta lo quedó helado. Pensaba desesperadamente en Micaela y se reprochaba haber dejado de hacerlo por un momento siquiera. Ese hombre era un asesino y pretendía ahora lo que era más sagrado para él.


-¿Qué pasa? - le dijo Sergio -. Te has quedado mudo ¿o qué? Me quieres decir que pone esa puñetera carta.

José le dio la carta para que la leyese y también la lámina de oro para que la examinara.

-Joder, ¿qué coños quiere decir todo esto? No pretenderás jugar ahora a policías justicieros.

-No lo entiendes Sergio, como yo en tu caso no lo entendería tampoco; pero se da el hecho, que ese hombre de la fotografía es paisano mío y pretende en estos momentos a mi novia.

-Lo entiendo José, lo entiendo - le dijo Sergio -. Si es verdad lo que cuenta esa mujer en la carta y ese hombre es quien dices realmente, tienes un problema serio. No dudará en emplear todos los métodos si pretende a tu novia y más se empecinará cuanto menos lo consiga. Y si está bien relacionado en las esferas del movimiento, lo tienes duro compañero. Además estamos demasiado alejados de casa y sólo si caes gravemente herido conseguirás un permiso.
De todas formas debemos descansar ahora. Mañana nos espera un día duro y largo.
-Sí, será lo mejor. Pasa un trago de eso que guardas con tanto celo, intentaré relajarme y dormir un poco.


La noche cayó del todo extendiendo su manto oscuro; haciendo desaparecer los campos lejanos de la llanura, donde sólo el destello de alguna luz, como una estrella surgida del suelo, recordaba la posición de cualquier pueblo lejano. Y las pequeñas fogatas de las trincheras creaban una linea delgada de resplandores débiles y discontinuos, que hacía más tenebroso y oscuro el abismo de la foz.      


jueves, 4 de marzo de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )



La guerra había llegado como un torbellino devastador tras estallar la tormenta que, lentamente, había ido fraguándose en la sociedad española de principios del sigloXX. Los nuevos vientos ideológicos inspirados en la autodeterminación de los pueblos y el auge de la clase trabajadora organizada sindicalmente, chocaron contra los poderes de una burguesía que ya no era protagonista de los cambios sociales y que como clase dirigente no estaba siendo capaz de sostener un modelo político estable.
La "borrachera" de los años veinte, que en España sólo había supuesto un nuevo enriquecimiento de la burguesía en contraposición con las penurias de la clase trabajadora, se convirtió en espeluznante resaca a principios de la década de los años treinta, encubriendo una guerra abierta entre los empresarios y los sindicatos de trabajadores, que en algunos casos como el de la CNT, se habían convertido durante la lucha en auténticas fuerzas sociales. Ya entonces, este sindicato contaba con más de un millón y medio de afiliados.
La CNT ( Confederación Nacional del Trabajo ) no sólo era un sindicato, representaba un verdadero modelo de cambio, de revolución social. Era un modelo nacido en la lucha de clases, en la guerra subterránea entre trabajadores y empresarios que enfrentaban sus pistoleros en las calles. Había luchado contra el "Sindicato Libre" de los empresarios y contra todos los gobiernos desde su creación en 1910. Fue ilegalizada en 1911 por su participación en la huelga general convocada junto a la UGT, pasando a la clandestinidad hasta 1914. Participa de nuevo en la huelga general de 1917 y vuelve a ser ilegalizada por el régimen de Primo de Rivera en 1924. En 1931, tras el triunfo de la República, regresa otra vez a la legalidad. Durante este periodo protagoniza varios intentos de revolución social - Casas Viejas en Cádiz, o la Revolución de Octubre en Asturias - que fueron duramente reprimidos por los distintos gobiernos republicanos y que supusieron los primeros intentos de comunismo libertario.

Sus dirigentes eran auténticas leyendas de pasión revolucionaria, nuevos románticos que entregaban su vida a una causa por la que eran capaces de morir, dando forma e inmortalizando una utopía que era la auténtica alternativa del cambio social.
Su postulado, el anarco-sindicalismo, trataba de iniciar la revolución social de abajo a arriba,"como se construye una casa, [ palabras de Durruti ] desde los cimientos al tejado". Todo lo contrario a lo que los sistemas tradicionales proponían.

La CNT mantuvo siempre su posición abstencionista, pues no eran partidarios del sistema representativo democrático; pero durante las elecciones de 1936, preocupados por el auge de los partidos de derechas y sus métodos de represión sindical, dieron libertad de voto a sus afiliados, lo que contribuyó decisivamente a la victoria del Frente Popular.
Tras el alzamiento militar fue la primera fuerza en reaccionar, evitando con la movilización de sus bases la sublevación en Barcelona. Desde ese mismo momento, ni la Generalitat ni el mismísimo gobierno de la República mandaban en Cataluña: La CNT y la FAI eran las dueñas de las calles.

Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Joan García Oliver habían sido el alma y motor del movimiento anarco-sindicalista. Hombres idealistas que sólo a través de la acción concebían su ideario y cuyo modo de vida prendió la revolución obrera en la Barcelona de 1936. No en vano antes  practicaron el terrorismo, fueron pistoleros y atracadores de bancos, todo por y para el movimiento obrero y su revolución social.


Desde Barcelona se propagó la llama anarquista que prendió rápido en la sociedad catalana. Se socializaron todos los medios de producción  poniéndolos en manos de los trabajadores, que se organizaron de forma autónoma. Las fábricas, los almacenes, los comercios y hasta los restaurantes y las cafeterías, fueron socializados. La ciudad vivió unos momentos prodigiosos de colectividad fraternal entre la clase trabajadora y de auto-gestión de las fuerzas y los medios productivos.

En un principio, la muerte de Francisco Ascaso de un tiro en la cabeza mientras participaba en el asalto del cuartel barcelonés de Atarazanas, fue un impulso para la revolución social anarco-sindicalista, pero se quebró un pilar fundamental sobre el que se asentaba, y se forjó un mito. Como mito fue Durruti, que tras crear la primera milicia, la "Columna Durruti", dirigió ésta a defender Aragón - donde la CNT tenía una gran base de afiliados - de la sublevación militar que había triunfado en Zaragoza. Consiguió llevar a sus hombres a escasos cuarenta kilómetros de la ciudad, e implantó a su paso las colectividades agrarias, impuestas por la fuerza en muchos casos y donde algunos hombres de la columna - expresos de "La Modelo" de Barcelona liberados por García Oliver - cometieron crímenes contra la población.

Durruti era el líder, el hombre fuerte y duro de la CNT/FAI. Un caudillo verdadero cuyos hombres seguían por auténtica devoción, ciegos de su idealismo e ilusionados por su fe en la revolución.
Con más determinación y arrojo que medios se había enfrentado con el ejército nacional, consiguiendo detener su avance en el frente y partiendo Aragón en dos partes prácticamente iguales, de arriba a abajo. 

La CNT era entonces la principal fuerza de una república que no pretendían y que se tambaleaba ante el ímpetu del avance de los ejércitos nacionales. Apoyaban a la república en un frente común contra el fascismo y el totalitarismo del levantamiento militar, pero sólo como un primer paso para conseguir la revolución social. No creían en los sistemas democráticos, a los que tildaban de burgueses y favorecedores del capitalismo.
Por todo ello, existía una confrontación moral con el resto de sectores y fuerzas republicanas que, Francisco Largo Caballero (PSOE), encargado de formar gobierno tras la caída del gobierno de Giral (Izquierda Republicana), intentó neutralizar ofreciendo a la CNT importantes carteras ministeriales. De aquel intento resultó ministro de justicia el anarquista García Oliver - un ex-presidiario reincidente - fundador junto a Durruti y Ascaso del grupo anarquista "los solidarios", que pelearon en las calles pistola en mano contra el Sindicato Libre de la patronal. En el periodo de la dictadura de Primo de Rivera, Oliver crearía desde la cárcel el grupo "Nosotros", que entre otras cosas lideró la liberación de los presos de las cárceles catalanas en los días posteriores al estallido del 18 de Julio.  Pero aquello supuso la dimisión de Largo Caballero más tarde, presionado por los comunistas (PCE) y el ala socialista más próxima a éstos. Los comunistas no estaban dispuestos a dejar que triunfara la revolución social y el peso de las armas se inclinaba hacia Moscú, único proveedor de la República.



Durruti desconfiaba del gobierno de la República pues no le suministraba armas para sus milicias, impidiendo una ofensiva general sobre Zaragoza que hubiera aliviado al frente del Norte . Comenzaron las deserciones y Durruti ideó un plan para comprar armas en el mercado negro, lo cuál fue expuesto a Largo Caballero, que tras firmar el acuerdo en Madrid, se retractaría posteriormente presionado por los comunistas, que exigieron el pago por adelantado de las armas que Stalin les prometiera. Una gran parte del oro del tesoro de  la República viajó en barco rumbo a Moscú.

Durruti no tenía fe en la República, contra quien combatiera también durante sus gobiernos anteriores. No creía que a la clase dirigente, burguesa de los partidos republicanos, le interesase para nada la revolución social. Sabía que sólo les unía la lucha contra un enemigo mayor que tendrían que eliminar, si no querían ser exterminados con la ayuda de sus propias distensiones por el control del poder.

Y a pesar de su decepción, de saber que estaba siendo traicionado, acudió a defender Madrid con su columna en noviembre de 1936, siendo destinado a la defensa de la Ciudad Universitaria, la zona más comprometida de los combates. Y tras luchar con auténtica bravura contra un enemigo mucho mejor armado, murió en circunstancias que la historia no ha podido determinar, cuando la capacidad de un auténtico líder era fundamental en el desarrollo de la contienda. Con su muerte, de la que tanto el bando nacional como el republicano se beneficiaron, comenzó el imparable declinar del movimiento anarquista en España. La revolución social no había fracasado, era la víctima de una República, que le debía el mérito de haber luchado a su lado y que le había dado la espalda.

Casi un año después, las tropas de Lister entraron en Aragón iniciando una ofensiva larga y sangrienta que comenzaría con la batalla de Belchite, un pequeño pueblo del bajo Aragón donde se había hecho más fuerte la resistencia nacional. Los generales de la República, empeñados en no dejar ninguna bolsa de resistencia, concentraron todas sus fuerzas en la conquista de este hermoso y soberbio pueblo aragonés, joya del arte "mudéjar".
Durante catorce días todo un ejército empleó las armas de que disponía para reducir a una fuerza de dos mil hombres, apoyados por los vecinos que no quisieron escapar armados con sus escopetas de caza.

Belchite se iba a convertir en un escollo, en una china en el zapato del Ejército Popular, que permitiría a Franco reorganizar sus divisiones desplazando del frente de Madrid la 13 división de Barrón y la 150 de Saenz de Buruaga, además de parte de la Legión Cóndor con sus aviones. Mas, el esperado auxilio prometido a los defensores del heroico pueblo, nunca llegaría. La 13 división era desplazada hacia el norte mientras que la 150 división contenía el avance republicano por el sur. Belchite quedó embolsado tras las lineas republicanas, a escasos kilómetros del frente.

- Mi capitán - Sergio se dirigió a José con un paquete en la mano envuelto en cuartillas, al tiempo que éste se ocupaba de dirigir la compañía en formación para sacarla del pueblo con rumbo a un nuevo destino -.
- Si sargento, un momento. ¡ Compañía, fir...mes ! ¡ Sobre el hombro, ar ! ¡Media vuelta, ar !  ¡ En columna de a dos. Marchando, ar ! - La compañía empezó a moverse en doble columna de dos.
- Dime Sergio, ¿ te has encargado de recoger el equipaje ?
- Sí José; te traía esto.
- ¿ Qué es ? - preguntó José -.
- Me lo ha entregado personalmente par ti la mujer del otro día, Piedad.

José se quedo un tiempo mirando el paquete; estaba atado con un cordel de cáñamo y por su forma parecía que fuera un libro, un libro muy pesado.