El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )




























Sacó de su bolsillo el viejo reloj que sólo marcaba las horas y limpió con sus dedos, enfundados en unos guantes de piel marrón, el vaho que se produjo al instante sobre el cristal.
Tras comprobar el horario, José volvió a mirar desde el puesto de observación los movimientos de las tropas enemigas antes de dar la orden de ataque. El objetivo estaba en el Muletón, un cerro que dominaba Teruel por su vertiente noreste y cuyo emplazamiento permitía al ejército republicano  machacar desde su altura los más importantes edificios de la ciudad, donde todavía resistían sus defensores.


Franco, por nada del mundo quería perder Teruel. En su cabeza no cabía una derrota, aunque intuía que allí no será como en Toledo. La República había formado un auténtico ejército con hombres bregados en otras batallas. Ya no eran alegres milicianos sin experiencia, con los corazones henchidos por la camaradería libertaria de los primeros momentos y la autodeterminación de sus mandos. 


En Teruel se concentraba una fuerza regularmente formada, y por primera vez dirigida desde un único criterio y en una sola dirección. El gobierno de Juan Negrín, con Indalecio Prieto como Ministro de Defensa y Vicente Rojo al mando de las operaciones militares, coordinaba la estrategia y el desarrollo de los acontecimientos en el frente. Todo el aliento de la República estaba puesto en una victoria que rehabilitase su prestigio perdido hasta entonces, y Franco se resistía con todas sus fuerzas a que un centímetro de aire aliviara los pulmones de un régimen tocado de muerte. El tiempo se acababa para aquella España, y sabía que cuanto más durara la guerra, la agonía de una república que había sido incapaz de evitar una lucha sangrienta entre hermanos, más tardaría el país en levantarse de sus escombros.
No era ajeno a la coyuntura política internacional de aquel momento, por ello buscaba sentirse seguro en su hura antes de que comenzase la quema en Europa; y su pretensión era una victoria total, aplastante, que el mundo no pudiera contestar. No deseaba en España más intervención extranjera para resolver sus asuntos. Las veces que, durante el pasado siglo, las potencias europeas intentaron poner orden en "la piel de toro", sólo habían traído desgracias para sus gentes y saqueos de sus riquezas. Y estaba dispuesto a que aquello no se repitiera, aunque para ello tuviera que aislar a España del resto del mundo; de un mundo que se ahogaba en su decrépita decadencia y que había comenzado a levantarse contra sí mismo para reinventarse otra vez. 
España estaba pagando un alto precio a ese mundo, que se revelaba con su sociedad civil alzada en armas, y Franco se había convencido de que después de la hecatombe el país sobreviviría por sus propios medios.


Aquel veintiocho de diciembre de 1937, día de Los Santos Inocentes,  Franco desata la contraofensiva en toda la linea del frente de la bolsa de Teruel, desde Las Celadas hasta El Campillo. A pesar de las duras condiciones meteorológicas, con más de un metro de nieve, el termómetro al borde de los veinte grados bajo cero y vientos cercanos a los ochenta kilómetros por hora, que aumentan la sensación térmica y que levantan auténticas nubes de nieve, la presión de las divisiones de Aranda por el norte y las de Varela por el sur, bien coordinadas con una fuerte cobertura aérea y gran preparación artillera, hacen que el frente de la bolsa se debilite. Y tras una tenaz resistencia inicial, apabulladas por la enorme presión del Ejército Nacional, que por fin consigue que sus aviones machaquen literalmente sus lineas de defensa, en las fuerzas republicanas, con más de cuatrocientas piezas de artillería batiendo su retaguardia, se produce un desconcierto entre las filas que las obliga a retroceder de sus posiciones iniciales empujadas contra la ciudad desde el centro, que comienza a debilitarse.


José espera el momento preciso en que entrará en acción. La 62 División de Castilla ha atacado primero y esta siendo barrida por la 11 División de Lister en la llanura de Concud. Ahora es el momento elegido para que la 150 - a la cuál corresponde la compañía de José - tome la iniciativa impidiendo que la división estrella del ejército republicano pueda ser relevada. Se da la orden y José lanza tras él a sus hombres en medio de un paisaje blanco que dibuja los cuerpos como dianas.










Oleadas de moros regulares se lanzan sobre la llanura sorprendiendo a los hombres de Enrique Lister, los más valerosos, entregados y mejor formados de todo el ejército republicano, los héroes de la 11División que nacieron del V Regimiento en la mítica defensa de Madrid. José y sus hombres van entre aquellos moros, a cuerpo descubierto en un paisaje que los delata, como simples peones en un tablero de ajedrez blanco. Pero la situación es complicada para los hombres de Lister, que saben que en el sector de El Campillo y la Muela la 82 División gallega del general Aranda está batiendo plenamente a la la 64 División republicana, y que la primera de Navarra se encuentra muy cerca de Teruel.
Lister repliega sus fuerzas, que se entremezclan con los hombres de la 68 que acuden a relevarlos, lo cuál crea una enorme confusión. El colapso es total en la retaguardia republicana; las carreteras y los accesos recién construidos se convierten en verdaderas ciénagas de nieve y barro donde se hunden los vehículos y las bestias, y los hombres mueren adormecidos sobre las máquinas varadas, reventadas por el frío, o sobre los cuerpos aún calientes de las mulas sepultadas en el manto blanco, helado. Un temporal desastroso que está afectando esta vez a la logística del ejército republicano, que mantiene sus convoyes parados impidiendo su maniobra y evitando el relevo y suministro adecuado de las tropas.
Las oleadas se repiten sin cesar. Una tras otra las compañías van entrando en contacto, convirtiendo la llanura de Concud en un manto ensangrentado donde la muerte es solamente una casualidad, como la vida. La lucha es encarnizada. Los hombres se lanzan a cuerpo descubierto al fuego de las ametralladoras y los morteros, y cada palmo de tierra se gana a base de más vivos entregados a morir. Lister se repliega a Concud, pero la presión de las divisiones nacionales es enorme y persiste la imposibilidad de un relevo de tropas adecuado, a todas luces insuficiente ahora.


José se bate con los suyos dirigiendo el ataque a golpe de pistola y silbato al lado de su inseparable Berta, que como al viento helado de la madrugada, esquiva impasible las balas sin temer los estruendos, las explosiones ni los gritos inhumanos de los hombres en la refriega. Hombre y perro son ahora la misma cosa, morirán uno al lado del otro o sobrevivirán juntos. Porque ella también lucha mientras se avanza evitando que nada ni nadie sorprenda a José; ladra, se abalanza y ataca todo aquello que se mueve y no considera suyo. José se siente seguro a su lado y al de Sergio, que cubre siempre sus espaldas y le ayuda a empujar a sus hombres al combate.


Los de la 11 División republicana se baten con valentía y venden caro cada metro cedido en su repliegue hacía Concud, pero Lister ve las cosas feas y abandona el pueblo tras dos días de combates en los que también se han perdido San Blas, La Guea y el Campillo. La Muela ha caído ante la IV de Navarra de Muñoz Grandes, y la 1ª de Navarra, a las órdenes de García Valiño, llega hasta las afueras de la ciudad y a la Estación. El frente exterior de la ciudad está apunto de derrumbarse mientras en su interior aún se combate por controlar los edificios del Seminario y del Gobierno Civil; allí se concentran los hombres que resisten el asedio del ejército republicano de forma sobrehumana, con los civiles que han conseguido refugiarse a su lado en condiciones calamitosas, sin apenas recursos para sobrevivir.


La última tarde de aquel 1937, año dramático y desastroso para España, José lucha con sus hombres a las puertas de Teruel, a la altura del cementerio viejo; el frente exterior y el interior son ahora el mismo y los asaltantes se sienten asediados. Una tremenda nevada, que imposibilita casi por completo la visibilidad, provoca que se suspendan las operaciones aéreas y que los hombres, paralizados por el frío  extremo, puedan darse una tregua en la lucha durante los momentos más intensos de la tormenta. Aún así el fuego de la artillería no cesa y en el interior siguen las detonaciones.
Se retoman los combates mientras la noche se cierra como muriera la tarde, nevando. Las fuerzas nacionalistas han llegado hasta las primeras casas de la ciudad y algunas unidades al interior, sin saber que Teruel ha sido desguarnecido, abandonado por las tropas de la 25 y 40 divisiones republicanas que han huido presas del pánico en una noche infernal, emocionalmente fatal. Los hombres que todavía defienden los reductos de Teruel, que tampoco conocen el hecho, incomprensiblemente no intentan enlazar con sus salvadores a pesar de tenerlos delante de sus ojos, al otro lado del puente sobre el río Turia, donde éstos levantan la guardia para controlar su paso sin decidirse a llegar al otro lado. 
Teruel es una ciudad donde por unas horas sólo mandan sus fantasmas.


José, entumecido y acurrucado junto a su perra en el puesto de mando de sus posiciones, recibe un correo de última hora. Lo trae un soldado de la 62 división, a quien su capitán, de forma expresa, le ha mandado que sea entregado personalmente.


- Señor - dice tras identificarse el soldado de camisa azul con distintivo de falange bordado en el pecho -. Esta carta es para usted, de parte de nuestro capitán, quien le felicita las fiestas y le desea un buen año nuevo.


- Gracias soldado, puede retirarse -. 
José abre el sobre y con sus dedos entumecidos saca de él una fotografía; es el retrato de José Luis, su paisano, el hijo del Herrero; con uniforme de capitán de la 10 Bandera de Falange. Al reverso de la foto, unas palabras:


- Gracias por tu ayuda en Concud; lo tendré en cuenta. No imaginé nunca que fueras tan leal y generoso. Siento que tu novia no lo entienda así y se haya liado con otro; aunque para ello haya tenido que delatar a su primo Alfredo, que ahora está escondido. Espero poder verte y que esto acabe pronto.








En aquellas últimas palabras José intuyó la malévola intención que escondían, y un arrebato de furia recorrió su cuerpo aterido por el frío. Y maldijo el día que tuvieran que encontrarse, pues luchaban juntos por una causa, y la batalla que ambos hombres librarían no tendría nada que ver con ella.

viernes, 24 de diciembre de 2010

El adiestrador de mandriles.

¿Por qué el matrimonio?, si lo importante es la vida en pareja. ¿Cuál es la fuerza, la razón por la que a través de los tiempos se mantiene en pie? - preguntaron curiosas las palabras -. Si no ponemos condiciones a nuestra entrega y es legal para con el otro, ¿qué necesidad tenemos de firmar nuestro compromiso, al que sólo nosotros damos validez?  Y el sentir se reveló:


- Nadie es capaz de conocer al otro hasta el punto de sentir todas sus emociones, todas sus dudas, todos sus miedos e ilusiones. Somos universos distintos que por un tiempo coinciden en el firmamento. Para la vida en pareja es necesaria la estabilidad, y las constelaciones se mueven buscando nuevas sincronías en el espacio infinito. Para no perderse en el viaje del tiempo la pareja necesita lealtad, para que siempre se muevan al unísono y sean inseparables, a pesar de la fuerza gravitatoria a la que estén sometidos.
Y la lealtad existe mientras se mantiene un compromiso que aporta confianza. El matrimonio significa el compromiso.
 El matrimonio no es una atadura, sino una autodeterminación personal avalada por el otro; algo muy distinto es lo que pretendamos hacer de ello. Entrega la pareja al mundo mostrándola como tal, y el mundo como lo que es la reconoce.
No depende del mundo la convivencia en pareja, mas si, en gran medida, del reconocimiento de éste. Nadie respeta lo que no se reconoce. Con el matrimonio el mundo reconoce la unión en pareja y la hace respetable, facilitándola, posibilitándola; aunque sólo el respeto mutuo por el otro y la entrega incondicional harán que perdure.
El matrimonio sólo es una norma social, pero como otras que perduran desde la noche de los tiempos, lo hace por su utilidad práctica, convirtiéndose en referencia básica de convivencia. Puede ser sustituido su nombre, más no así su significado, por lo que no se puede suplantar. Y no debe ser anulado, disuelto, so pretexto de repetirlo para poder rehacer nuestras vidas, pues nos estaremos engañando: nunca más nos comprometeremos igual; y aunque lo hiciésemos, no creeríamos en ello como antes.
Cuando dos personas se prometen para siempre, frente a todo, para viajar juntos a través del mundo y su tiempo, deberían saber que el final es separarse; mas no sin antes esperar a que la vida reclame al primero para que su luz se funda en el cosmos. La pérdida debe sentirse, ¿o acaso no es consecuencia de nuestro viaje? Perderemos lo que al principio no teníamos para comprender que también tendremos que partir, y quien antes nos dejó, nos enseñará como debemos comportarnos cuando llegue nuestra hora. Sólo entonces se habrá cumplido.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )







Las navidades de 1937 serían especialmente dolorosas para los españoles. La guerra estaba en su punto álgido y en todos los hogares se sufrían sus consecuencias. Aquel final de año, igual que el principio del siguiente, sería un tiempo que durante décadas las gentes tratarían de exiliar de sus memorias. El trágico, deprimente y espantoso espectáculo que España ofrecía al mundo aquella navidad, auguraba una tempestad mayor que los ojos atónitos de Europa contemplaban inconscientes de lo que después vendría, pues una hoguera había prendido para encender el gran fuego que removiera los cimientos de todas las civilizaciones, haciendo que el mundo cambiase de nuevo para volver a ser el mismo.

-Capitán, espero que sea la última vez que se extralimita en sus funciones - le dijo con voz firme su nuevo coronel -. Si empezamos por matar a nuestros soldados no necesitaremos ejércitos contra quienes luchar, porque estaremos luchando contra nosotros mismos.
Para todo existen normas y todo debe seguir un orden. Usted no es quien para decidir sobre la vida de sus soldados sin responsabilidad. Podría hacerle fusilar por ello. Quiero una explicación convincente; no puedo permitir que mis mandos actúen por su cuenta de esa manera. Hable capitán, y dígame el porqué de su proceder.

-Mi coronel - dijo José -. No quisiera ser un problema para usted. En sus manos está ahora mi destino y el de mis hombres, que han luchado a mi lado con valentía.

-No me salga con esas capitán - replicó el coronel -; si hubiese decidido otra cosa, no estaría usted aquí para darme explicaciones. Y eso mismo es lo que le estoy pidiendo.

-Señor: ¿Acaso no es ésta una guerra entre hermanos? - declaró José -. ¿Una lucha sin cuartel contra nosotros mismos? ¿De que reglas me habla coronel? ¿A qué responsabilidad se refiere? Nunca he dejado de sentirme responsable de mis hombres.  Ayer, como el resto del tiempo que llevo al frente de la compañía, tenía la responsabilidad de actuar sobre algo muy importante y rápidamente. De mi decisión dependía entonces la moral y la entereza de mis hombres, y actué convencido de que necesitamos verdaderos soldados, entregados a la lucha en defensa de sus compañeros, en quienes confían pues también por ellos luchan. No necesitamos asesinos y saqueadores que sólo lo hacen por el interés de enriquecerse, cometiendo para ello los más atroces delitos, y que salen corriendo cuando la cosa se pone fea.
Soy español, lucho contra españoles y tengo a mi cargo una compañía mora, pero no consentiré mientras esté al mando que se convierta en una banda de desalmados que masacra, saquea y ultraja a quienes son de mi sangre. 

-Capitán, sabe que las fuerzas de moros regulares son una pieza importante en nuestro ejército. Son profesionales formados en las artes de la guerra, no milicianos que surgen espontáneos como las setas en su tiempo. Viven de, por y para la guerra, y no tienen ideales; los han traído a luchar aquí el hambre y la miseria. Usted tiene a su cargo una compañía y yo todo un regimiento, y es a mi a quien corresponde tomar las decisiones importantes; decidir sobre la vida de nuestros hombres lo es.
Comprendo su reacción y veo que es usted un hombre de coraje, seguro que desea lo mejor para sus soldados; pero debe controlar sus impulsos si no quiere verse arrastrado por ellos. De usted y los suyos dependen otros muchos, y si pierde la calma, puede que sus convencimientos personales se transformen en cualquier momento en instintos incontrolados que pondrían en peligro la seguridad de nuestras fuerzas.
Admito que esta guerra nos está desgarrando y que es mucha la sangre vertida para pisar sobre ella sin mancharse. Creo que es inmoral y vergonzante que otros chupen como parásitos de nuestras venas desangradas. Pero debemos tener nervios de acero, estos hombres han venido a luchar y a morir en una guerra que no les importa si no es para enriquecerse si sobreviven. No necesitamos más revueltas, y las decisiones no premeditadas nos pueden traer serios problemas.

-No fue una decisión repentina, sujeta a ningún impulso - le interrumpió José -, había estado pensando en ello.

-No le entiendo capitán, explíquese -. Y le impelió a que lo hiciera -.

-Señor,  en la noche posterior a nuestra llegada de Fuentes de Ebro, se incorporaron a la compañía los primeros refuerzos para cubrir nuestras bajas por el frío. Por ellos nos enteramos de la revuelta de algunas de nuestras tropas en San Blas, y pronto comencé a notar que una cierta inquietud se extendía entre los hombres. Los "maunin"(cabos) llamaban más a menudo a los hombres al rezo, y uno de los recién incorporados era un "fokaha"(encargado de los temas religiosos nombrado por los "caídes").   
Desde ese momento comenzó mi mente a dar vueltas a lo sucedido, planteándome cómo atajaría de raíz el problema de encontrarme con él. Estuve pensando en ello toda la noche sin encontrar una respuesta que resolviera mis dudas, por lo que decidí que de cualquier forma, no consentiría el más mínimo conato de alteración del orden en mis filas. No sabía como debería resolverlo, ni en que momento, pero estaba convencido de que si entonces no actuaba con determinación, mi problema pasaría a otro y sería mucho mayor. Entonces hice más hincapié en las revistas y en el contacto directo con mis hombres, notando una cierta distancia de ellos respecto a mí, algo que muy al contrario, no sucedía antes; como si estuviesen imbuidos en una nueva consigna. Después ocurrió lo que ya sabe. Aquel soldado llevaba algo más que una dentadura de oro en su morral; la cabeza que rodó entonces por el suelo era un reclamo, un trofeo de guerra.

-Bien capitán, acepto sus explicaciones. Por otro lado admito el hecho de que su determinación ha calmado los ánimos, y aunque no me parezca la mejor manera de hacerlo, ha surtido un efecto inmediato. Pero no le permitiré que vuelva ha actuar por su cuenta en temas tan delicados. Me tendrá informado de cualquier duda que se le plantee respecto a sus hombres. Yo me encargo de los fusilamientos.  
José recordó entonces el fusilamiento en la serranía de Algairén de la familia de Piedad, y trató de ocultar en su respuesta la ironía que aquellas últimas palabras del coronel provocaban en su pensamiento.

-Comprendido mi coronel. Acataré sus órdenes -. Respondió José.













-Ahora que estamos de acuerdo - le dijo el coronel -, es más que probable que pronto entremos en acción; tan pronto como el tiempo nos deje. Mantenga a sus hombres preparados para el combate, éste puede empezar en cualquier momento. Tenemos órdenes de atacar Las Celadas y El Muletón en cuanto remita el temporal. Allí están concentradas las mejores divisiones republicanas y no va a ser ningún paseo. Morirán muchos hombres, y de la perfecta coordinación de las unidades, del valor y la determinación de nuestros mandos, resultará que consigamos vencer. 


Le veo preparado capitán: tiene arrojos, determinación y es disciplinado, pero usted sólo no ganará la guerra. Quiero que lo tenga en cuenta, esta batalla no es una escaramuza. Aquí se batirán, frente a frente, el corazón y el cuerpo de ambos ejércitos, de ambas Españas. Aquí se decidirá la guerra. Se que ha estado en Brunete y conoce lo que es una gran batalla, pero Teruel nos helará a todos. Después de lo que aquí pase el resto quedará decidido, sólo será cuestión de tiempo. Recuérdelo bien, capitán; y cumpla a rajatabla mis instrucciones. De este modo no habrá problemas entre los dos. Ahora puede retirarse.


Micaela intentaba redactar para los padres de José una carta dirigida a su hijo, con el objeto de felicitarle por Navidad y hacerle saber que se encontraban bien. La madre de José había estado indispuesta unos días con un dolor muy fuerte en la cadera, pero empezaba a mejorar lentamente, aunque el tiempo estaba muy frío y en nada le venía bien. Su padre se encontraba como siempre, entretenido ahora con el principio de la poda, haciendo manojos de sarmiento para el invierno siguiente, para la lumbre baja y el puchero. Y ella, que escribía aquella carta, feliz por no tener malas noticias suyas, aunque intranquila por la desaparición de Alfredo. De forma breve le relató como había sucedido lo de la desaparición, y que lo habían declarado desertor.
En el pueblo todo el mundo comentaba que Alfredo andaba escondido, que alguien de la familia lo tenía guardado y que como dieran con él lo matarían. La mayoría del vecindario miraba ahora con recelo a la familia de Alfredo y evitaban hablarles para no tener que verse involucrados en cualquier interrogatorio. Incluso algunas familias, que antes fueran carne y uña con ellos, dejaron de relacionarse.

El paisaje llano, suavemente ondulado, dominado por escasos tesos redondeados por el viento, permanece blanco. Las viñas sin podar han quedado convertidas por el hielo en fantasmagóricas cabelleras escarchadas. Los rastrojos de legumbre y cereal  se confunden con los barbechos y los sembrados, las lindes y linderas, los caminos y los senderos apenas insinuados en el relieve; como el arroyo que discurre helado a su paso por el pueblo, las acequias, el canal, el 
río y la carretera que se pierde en el horizonte. Todo blanco, todo escarchado. 
De las ramas de los árboles cae la escarcha por la acumulación de las capas y la niebla no levanta del todo durante el día. En la tarde la oscuridad se abalanza rápida sobre la luz acercando antes la noche, y el humo de las chimeneas se desdibuja sobre las luces débiles del pueblo, absorbido por la niebla espesa. Un paisaje navideño que raras veces es posible ver en la tierra de José, y que Micaela mira ahora con nostalgia por la falta de dos seres tan queridos.

Teruel es todo menos la estampa de una tarjeta navideña. Los movimientos de las masas de hombres, la maquinaria bélica, los convoyes de avituallamiento, los servicios sanitarios, los refugiados y desplazados por los combates, la ciudad entera en llamas mientras del cielo cae la nieve y las bombas; todo un remolino diabólico girando en torno de una ciudad que se derrumba a golpe de barreno y dinamita, mientras en su interior resisten aún los últimos defensores con la esperanza todavía de ser rescatados a tiempo. 


Franco nombra a Rey d´Harcourt comandante de la plaza instándole a que resista a toda costa mientras se lleva a cabo la contraofensiva exterior, pero todos los intentos por romper el cerco fracasan por el momento ante la tenaz resistencia republicana, que bate sus mejores unidades en la defensa del terreno ganado. 
 En el interior de la ciudad los zapadores republicanos, cuyo cuerpo engrosan los mejores barreneros asturianos, no paran ni de día ni de noche; las piquetas se emplean al máximo para ganar cada edificio o para tirarlo abajo con grandes minas de dinamita; y las gentes refugiadas, escondidas, aprisionadas en ellos, viven un 
terror indescriptible bajo el repicar constante de las piquetas en los suelos y los tabiques, antes de morir hacinadas por la falta de agua, de alimentos y medicinas el tiempo que se mantienen escondidos; o reventados y sepultados bajo los escombros tras las tremendas detonaciones de las cargas.






















También en los túneles se lucha y se muere; los defensores intentan sabotearlos para evitar que los zapadores consigan su objetivo de llegar hasta los muros o los sótanos de los edificios que aún resisten; escuchan tras las paredes para determinar la dirección que siguen al picar, esperando que abran boquete para sorprenderles en una lucha de contacto cuerpo a cuerpo, a bayonetazo limpio.  
Los asaltantes castigan con tiro raso de artillería los edificios que sirven de reductos a los defensores, que aún a pesar de los enormes estragos que tal potencia de fuego provoca en ellos, siguen resistiendo en pie, como los soldados que por mantenerse con vida en ellos luchan. Los primeros en ser volados son los edificios del Banco de España y El Casino, ocupados por refugiados civiles que sucumbieron con ellos y donde no se dejó recoger a los heridos.

Las enormes voladuras dan tiempo al saqueo y al pillaje por parte de unidades de la 25 división republicana, algo que intensifica la crueldad de la batalla en el interior de la ciudad, donde los civiles que aún quedan escondidos sufren duramente las consecuencias de los combates casa por casa. Allí se encuentran también madres con niños indefensos y ancianos que no han podido escapar y que mueren de frío, hambre, y por falta de recursos sanitarios. Teruel es ya una ciudad con un sólo hospital, colapsado por una ingente cantidad de bajas que no puede acoger ni atender por falta de recursos, y que tiene que trasladar heridos a otros hospitales fuera de la provincia.
En el Seminario y el convento de Santa Clara el Coronel Barba resiste con sus hombres todos los avatares, sin que por ello decaiga su entereza y su afán de resistencia. En el convento los enfrentamientos llegan a ser demenciales, espantosos y cuerpo a cuerpo; con toda la saña que el resentimiento entre hermanos puede provocar; con el exterminio total y salvaje del otro como razón para sobrevivir.

José y sus hombres esperan el momento de entrar en acción. El corazón se les encoge no sólo por el frío, que ronda ya los dieciocho grados bajo cero, también por los combates que se desarrollan por debajo de ellos y que afectan a sus posiciones, fuertemente castigadas por la aviación y la artillería enemigas.
Aún así el Cerro Gordo resiste las envestidas de las brigadas republicanas una y otra vez, defendido por un ejército que empieza a consolidar su posición y que se dispone para el contraataque.

-¡Soldados! - alzó fuerte la voz José para que todos le oyeran -. Sobreviviremos a esta larga noche; es nuestra primera obligación y será nuestra primera victoria. Muchos deberán emplearse en ello, pues los necesito a todos mañana. Si se quedan dormidos estarán muertos y no servirán para otra cosa que no sea rellenar con sus cuerpos el parapeto.
Prefiero hombres ebrios que muertos; rellenen sus cantimploras con brandy, no tenemos más calefacción. Y aquellos que fuman en "cachimba" mucho ojo, no se les vaya a apagar es sus manos, pues  para entonces habrán llegado al paraíso.  

martes, 7 de diciembre de 2010

El adiestrador de mandriles.





Y justo aquel momento, cuando el sentir se abría a la calma tras el silencio último de las palabras, era el menos indicado para dar rienda suelta a la ansiedad que produce el regocijo por lo que sentimos ganado y seguro; por aquello que creemos nuestro mejor bien y en lo que siempre confiamos.

- Es cierto - afirmaron las palabras -. "Quien tiene un amigo tiene un tesoro".

- Así es - surgió el sentir -. El buen amigo es como el tesoro que contiene un gran cofre, que ofrece a la mano que lo abre sus riquezas. 
En el corazón de un hombre caben todas las riquezas que otro pueda desear, y eso hace peligrosa la amistad.
Quien cree atesorar un amigo se confunde, la amistad no tiene dueño.
La verdadera amistad se nutre del día a día y del intercambio, y se requiere algo más sólido que un cofre para guardarla, pues crece y se afianza cuando se comparte, y se rompe como un cristal en cuanto la sentimos íntima. 
No existe traición sin amistad primero, y  muchas veces ésta, se basa en una traición anterior.
Por eso es verdad que quien tiene un amigo tiene un tesoro que tratara de guardar como tal para que no se lo roben. Entonces no podrá lucir sus joyas, ni disfrutará de todas sus riquezas; y para ello más valdría hundirlo en las profundidades del mar, para que nunca más pueda traicionar a otros corazones. 








Dedicado a un amigo verdadero, por desconocido. Porque me dio lo único que podía darme y ahora lo comparto con otros amigos que aún no conozco.
Gracias por tu caridad amigo. Eres grande, pues siendo tan pobre te regalas cada día al mundo, y éste agradecido, se viste también de ti cada mañana.

"Farruquito"












domingo, 5 de diciembre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )





El 15 de Diciembre de 1937, José y sus hombres permanecían aún en Fuentes de Ebro. Micaela seguía preocupada, no sólo por la desaparición de Alfredo, de quien no se tenían noticias, también por José, tan lejos de ella y tan cerca de Teruel; donde aquella misma tarde, entre una espesa niebla y nevando copiosamente, Lister arremetía contra Concud con su 11división cortando el kilómetro 137 de la carretera a Zaragoza, iniciando así la más mítica de las batallas de la guerra civil.


-Capitán - le informó el coronel -, tengo orden de que su compañía se reincorpore a la 150 división; está agrupando sus fuerzas para intervenir en ayuda de Teruel.
Tiene que preparar pronto a sus hombres para la partida; mañana al amanecer deberán estar listos. El campillo acaba de ser ocupado por la 41 división republicana - le indicó sobre un mapa -, y con San Blas tomado también por la 25 división, ha quedado cerrado prácticamente el cerco sobre Teruel.
Estoy muy agradecido de su colaboración el tiempo que ha estado entre nosotros, capitán. Me gustaría que sus problemas personales se resolvieran pronto y favorablemente, y le deseo la mejor de las suertes en esta campaña, a la cuál, estoy seguro que sobrevivirá.


-Muchas gracias mi coronel - le respondió José -; soy yo quien quiere darle las gracias por haberme ayudado en un momento tan crítico, cuando de verdad necesitaba una opinión cualificada y honesta. Del mismo modo deseo para usted lo mejor; y si un día hemos de volver a vernos, que sea cuando la guerra haya acabado.


-Que así sea. Ahora puede retirarse capitán.


-A sus órdenes mi coronel -. José se cuadró frente a su jefe haciendo el saludo marcial, y dando medía vuelta se encaminó a la puerta dispuesto a salir, pero cuando agarraba su pomo para abrirla, el coronel lo llamó:


-¡Ah, se me olvidaba! - dijo el camarada a su espalda -. Esta tarde llegó una carta para usted; es personal -. José se volvió para recoger de la mano de su coronel la carta, matasellada en su tierra con un remitente desconocido.


-Me gustaría - dijo el coronel - que el contenido de esa carta, sea lo que sea, le afecte lo menos posible. Debo recomendarle que  anteponga sus deberes como soldado a cualquier otro sentimiento personal, pues si no, no podrá cumplir con una cosa ni con la otra.


-Gracias señor; siempre lo tendré en cuenta -. Dijo José, que inmediatamente abandonó la estancia.


La noche era cruda, el viento soplaba helado del norte y la niebla caía convertida en escarcha. José sospechaba un cambio brusco del tiempo, tal vez al amanecer, lo que propiciaría una extensa nevada, como así sucedió.
La marcha hacia Teruel no iba a ser fácil. La ropa de abrigo y el calzado escaseaban o eran de pobre calidad y las inclemencias del tiempo harían del camino un infierno congelado, donde el barro, endurecido como el granito por el hielo, rompería los pies de sus hombres, repletos ya de sabañones.




Entre tanto, Teruel resistía el terrible embate de tres cuerpos de ejercito republicanos, que con la fuerza de sus ochenta mil hombres y toda su maquinaria de guerra querían ganar la primera ciudad para la República con un ataque relámpago y audaz, que pronto se volvería en su contra convirtiendo a Teruel en su propio matadero. Una helada y olvidada capital de provincias, con su batalla imprevista pero forzosa, decidiría la suerte de la guerra. 


La linea del frente, defendida con un escaso número de tropas y discontinuamente fortificada, había favorecido la penetración de las divisiones republicanas que cerraban progresivamente la bolsa hacia el interior de la ciudad. Un reducido número de fuerzas defendían ésta, apenas diez mil hombres entre soldados de la 52 división y paisanos armados al mando del coronel 
Rey d´Harcourt y el coronel Barba, que tras perder progresivamente las defensas exteriores de la ciudad 
(Ermita de Santa Ana, Vértice Castellar y Cementerio Viejo primero, y Villaspesa, El Mansueto y Santa Bárbara después) ocuparon los principales edificios del interior.


José llegó con sus hombres a Caudé el día veintiuno de Diciembre tras recorrer andando más de ciento cincuenta kilómetros, teniendo en contra las nefastas condiciones meteorológicas reinantes que llevaron a la baja por congelación a un gran número de sus hombres.
Durante todo el trayecto Berta se convirtió en un elemento fundamental, pues adelantada siempre del grupo, alertaba a éste con sus ladridos de la cercanía de las lineas enemigas, algo que facilitó sobremanera el viaje. La niebla, la nieve, el frío intenso y mortecino que soplaba sin piedad haciéndola volar en rachas,  azotaba a los hombres dificultando su visión y convertía su caminar en un castigo; todos los elementos estaban conjurados contra aquellos que iban a luchar, como si una maldición se abatiera sobre ellos para castigarles por sus pecados.


José guardaba celosamente la carta que le diera el Coronel; todavía no había encontrado el mejor momento para leerla y sentía cierto temor cuando pensaba que pudiera contener malas noticias. No imaginaba lo de Alfredo, y mucho menos la realidad en la que se encontraba: como un topo que vive escondido en el subsuelo y apenas sale para tomar aire fresco; solo, al cubierto de la noche, cuando no puede ser visto.
Al llegar a Caudé se enteraron de que algunas compañías de moros regulares se habían revelado contra sus mandos frente a San Blas, lo que provocó cierto desconcierto entre los hombres de José. Era la suya una compañía formada mayoritariamente por moros, mercenarios feroces y aguerridos que habían llegado desde África con licencia para matar "españoles rojos" y enriquecerse con el saqueo; algo, esto último, que José no permitía. Un Caid de Larache, jefe de los sublevados, quería que sus hombres tuvieran las manos libres después de la batalla, si es que resultaban vencedores. Aquello suponía otro problema que se añadía a las desfavorables condiciones meteorológicas, y que era necesario tener bien controlado antes de entrar en combate.  Para ello se busco la intermediación de un capitán de la Guardia Civil, Roger Olite Navarro, jefe de la legendaria compañía de La Calavera. Creada en septiembre de 1936 en Zaragoza como fuerza de choque, participó en todos los frentes del sector a partir de octubre de ese mismo año, destacándose por su bravura y ferocidad en la lucha, algo que debió impresionar mucho al jefe moro, que se había opuesto a cualquier otro intermediador que no fuese un oficial de la Guardia Civil. Resuelto el asunto, todo estaba dispuesto para tratar de romper la tenaza del ejército republicano que estrangulaba Teruel.


La Guardia Civil jugó un papel de primer orden, tanto en el momento en que se produjo el alzamiento militar, como en el desarrollo de la guerra. La mayoría de sus fuerzas estuvieron del lado de los sublevados, y otras muchas se fueron pasando al bando nacional durante el transcurso de la contienda. Además de combatir en el frente como tropas de élite, se encargaban de la represión de las milicias y de los elementos discrepantes, o supuestamente contrarios al nuevo régimen en los territorios bajo dominio nacional, lo que acrecentó su leyenda negra. 


Seguía nevando copiosamente y las temperaturas rondaban los diez grados bajo cero, pero los combates se daban en toda la linea del frente; desde Los Altos de Las Celadas y El Muletón, pasando por Concud y San Blas, hasta el Campillo y La Muela.
Durante los primeros días de combates la aviación republicana fue superior, debido principalmente al factor meteorológico, que marchaba en contra de las fuerzas nacionales inutilizando sus aeropuertos con el hielo y la niebla. Los republicanos castigaron duramente toda la linea de defensas exteriores de la ciudad, que débilmente defendidas consiguieron ofrecer una resistencia colosal a las fuerzas asaltantes, las cuales sufrieron muy serias bajas para poder alcanzarlas.





Tras perder las posiciones los defensores se refugiaron en el interior de la ciudad, en los principales edificios, donde se pasó a una lucha encarnizada casa por casa. 



José, en la posición de trincheras, pasaba revista a sus hombres ante la inminente entrada en combate. Su objetivo partía de un plan estudiado por Estado Mayor de Franco para socorrer a los defensores de Teruel. Con él se trataría de romper la bolsa que asfixiaba la ciudad. Las divisiones del General Yagüe, en forma de cuña, presionarían el centro de la bolsa buscando abrir brecha; entre tanto los flancos serían debilitados por los cuerpos de ejército de Aranda (Norte), y de Varela (Sur), apoyados por un fuerte aparato artillero y aéreo que proporcionarían el Cuerpo de Voluntarios Italianos y la Legión Cóndor respectivamente.


Al norte los altos de Las Celadas y El Muletón; por el centro Concud y San Blas, y al sur La Muela y Villastar, serían escenarios de brutales y cruentos combates de desgaste, en los cuales se emplearía a fondo la artillería, los tanques y más tarde la aviación, masacrando compañías enteras que ya se desangraban con las duras condiciones climatológicas de aquel invierno extremadamente frío.


Aranda fue el primero en incorporarse al frente con sus tropas, mientras  que Yagüe y Varela preparaban aún sus divisiones. La 150 división fue encuadrada en el Cuerpo de Ejército de Galicia, al mando del General Aranda, que actuaría por el norte, por lo que José y sus hombres habían sido de los primeros movilizados. Reforzarían de momento el Cerro Gordo, al este de Caudé, desde donde iniciarían los ataques para retomar las Celadas y El Muletón. 
  
-¡Despierte soldado! - le ordenó con determinación José mientras pasaba a su lado - Su obligación es estar despierto. No hemos llegado hasta aquí para que nos mate una helada. Si vuelve a quedarse dormido puede que no sea necesaria una bala enemiga para que muera; y será absurdo y ridículo haber sobrevivido a otras y palmarla de forma tan tonta.


El soldado, que había abierto los ojos bajo sus cejas llenas de escarcha y que permanecía medio petrificado todavía, apoyado sobre el talud de la trinchera y calado hasta la cabeza con una manta que se había vuelto blanca y rígida, respondió a la provocación de José con un débil: 

-Si, Señor. Lo que ordene Señor. 




Y al levantar la mano para realizar el saludo, la rigidez de la manta se rompió dejando caer al suelo nieve y trozos de hielo de sus pliegues. 
José continuó repasando la trinchera. Delante iba Berta y a su espalda Sergio, su amigo inseparable. Berta de detuvo de pronto olisqueando el morral ensangrentado de un soldado moro, el cuál  José creyó herido, por lo que reclamó a Sergio para preguntarle, pues aún sus hombres no habían entrado en combate.
Sergio le recordó que la compañía cubrió las bajas por el frío con soldados que habían combatido en Concud y San Blas. Entonces José mandó a Sergio que le atendieran. Berta no se apartaba del moro y no hacía otra cosa que olisquear nerviosa. Sergio se acercó entonces para comprobar las heridas al soldado, pero éste se revolvió para evitarlo y el morral cayó al suelo y se abrió, dejando escapar su carga siniestra.
 Sergio dio un paso atrás espantado: ante sus pies tenía la cabeza de un soldado republicano que el moro había cortado después de la lucha para extraerle sus dientes de oro. José se adelantó pistola en mano, y apartando a Sergio a un lado, disparo a quemarropa varias veces sobre el soldado, que fulminado cayó al suelo.


-No permitiré nada de esto en mi compañía - dijo José con la pistola aún en la mano mientras miraba en ambas direcciones -. Yo mismo mataré a quien incumpla mis órdenes. Somos soldados, no pájaros carroñeros. ¡Y quiero a to Dios despierto joder! Con figurillas de cristal no se ganan combates.


Lo expeditivo en la conducta de José provocó un efecto inmediato en las filas; no así dentro de su corazón, acostumbrado ya a decidir sobre la vida de otros sin demasiados remordimientos. De aquel modo se había endurecido desde que matara al primer hombre a sangre fría. Para entonces no trataba de buscar explicaciones morales a su conducta ni cortapisas a lo que creía que era su primera obligación: sobrevivir.


Tras los primeros combates, infructuosos para el ejército nacional, Franco suspende las operaciones hasta el día 29 debido a la imposibilidad de utilizar la aviación por las malas condiciones del tiempo, que mantiene sus aviones parados en las pistas heladas de los aeropuertos castellanos bajo temperaturas que mantienen el mercurio en los doce grados bajo cero. Mientras tanto reorganiza y dispone las fuerzas que ha ido concentrando en torno al cerco que el ejército republicano ha cerrado sobre Teruel.


En el interior de la ciudad se lucha con bravura y abnegación; unos para conservar la plaza y los otros para ganarla. Los combates se dan calle por calle y casa por casa, a golpe de granada de mano y ráfagas de metralleta; sin llamar, sin avisar, sin mirar siquiera antes para saber si no eran civiles indefensos contra quienes luchaban.
Los coroneles Rey d´Harcourt y Barba, atrincherados en los principales edificios de la ciudad, siguen ofreciendo una tenaz resistencia a las tropas republicanas; pero para el día de Noche Buena el Estado Mayor del Ejército Republicano y el mismísimo Ministro de Defensa de la República, Indalecio Prieto, ya consideran a Teruel ganada y empiezan a llover las condecoraciones, los ascensos y el despliegue propagandístico de cara al exterior.




José, en su puesto de mando en trincheras, espera órdenes para entrar en acción. Entre tanto, al abrigo de una estufa de leña, fuma un cigarro y apura un trago de brandy mientras lee la carta que le diera su antiguo coronel en Fuentes:


Hola José. 
Un saludo de tu amigo y camarada Daniel.
Espero que cuando recibas ésta te encuentres bien. Yo estoy bien, gracias a Dios, y a pesar de que las cosas no me fueron demasiado bien este último año; pero bueno, aunque no del todo, empiezo a encontrarme cada vez mejor.


Te preguntarás cómo es que he sabido tu dirección; te diré que me escribió Tomás contándome que habíais estado juntos, y por eso me decidí a escribirte. Mantengo buenos recuerdos de otros tiempos a tu lado, como cuando siendo niños, jugábamos al escondite en las ruinas del antiguo molino todas las tardes de verano, después de bañarnos en el río. Tu me decías siempre que me escondiera detrás de la piedra grande de moler, en aquel hueco más bajo que formaba la tarima; y a veces pasaba una hora hasta que volvías para decirme que el juego había terminado, que había ganado.


Deseo que esta guerra termine pronto y que regreses tal como te conocí. Así podremos disfrutar de otros buenos momentos y hablar de tantas y tantas cosas que nos han pasado desde la última vez que nos vimos.
Cuídate, procura que no te dominen los sentimientos, ésta es una guerra horrible. Y vuelve sano, todos te apreciamos.


Tu amigo Daniel.


                    Posdata:
                 Creo que tu compadre Alfredo anda desaparecido.


José se quedó estupefacto. No era Daniel, sino Alfredo, quien jugaba con él de niño al escondite en el viejo molino. Y Daniel no podía saber aquello a no ser que Alfredo se lo contara, no se conocían; sólo las confidencias sobre sus compañeros, que José hiciera a Alfredo aquellos días de permiso, eran lo que éste podía conocer de Daniel. Pero... ¡Maldición! Su propia batalla, la que más le importaba y que libraba a distancia muy lejos de él, la estaba perdiendo. Podía ser posible que Alfredo anduviera perseguido y que fuera Daniel quien estuviera ocultándolo, pero no comprendía bien por qué Micaela no había intentado comunicárselo aún. La sombra de una traición planeó entonces en su mente sorprendida por los celos.  


martes, 16 de noviembre de 2010

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )










Alfredo había desaparecido sin que nadie supiera de él. Se había esfumado como el humo por una ventana abierta a la noche, tras mezclarse en la atmósfera cargada con demasiados malos humos que congestionaban el solar patrio, convertido ahora en un lugar donde muchos no podían respirar.
Ni la familia, que fue la primera en reclamar su desaparición, sabía nada; vivían con la esperanza de que  las certezas de sus pensamientos no se cumplieran y que los presagios fueran falsos, mas se mantenían en una tensión constante y en el temor de que sus deseos les traicionaran como hacían siempre. La primera semana, tras la desaparición de Alfredo, había sido muy cruel para Micaela, que como el resto de la familia tuvo que soportar un infierno de miradas acusadoras, de murmuraciones y chismorreos a sus espaldas cada vez que salían de casa por alguna cosa. La vecindad había experimentado un cambio notable desde que empezara la guerra; la represión en la retaguardia nacionalista provocó que todos se miraran con desconfianza, en un clima donde la delación y la traición eran sinónimos de patriotismo. Había muchos desaparecidos, que suponían lo mejor para las familias de los perseguidos, pues los muertos aparecían pronto en cualquier lugar; en la misma puerta del cementerio, en las viñas de los alrededores del pueblo o junto a la tapia de algún palomar, nunca demasiado lejos como para no ser encontrados.

Una tarde, antes de que oscureciera, el párroco del pueblo llamó a la puerta de la casa de los padres de Micaela. Ella misma le abrió. No confiaba en absoluto en el clérigo, a quien no admiraba demasiado por la complicidad que había mostrado con los sublevados desde el principio de la guerra.
La Iglesia Católica era realmente el más leal y fuerte aliado de Franco: suponía primero un catalizador magnífico de todas las tendencias dentro del Alzamiento Militar, aportándole un carácter más homogéneo bajo el estandarte de una nueva cruzada que devolvería a España su tradición y su moral cristianas. La Iglesia trataba de resarcirse de los expolios de la República: de las quemas de iglesias y conventos, de la pérdida de su supremacía en la enseñanza y de su desamortización.
Por otra parte suponía para Franco una fuente inagotable de información y de propaganda, lo cuál lo hacía más poderoso, con mayor autoridad para imponer sus criterios personales de modo que el tiempo esculpiera en él al mayor estadista, al "gran dictador del sigloXX".

De todos modos, a Micaela, la visita del cura no la impresionó en absoluto, aunque no la esperaba. Su madre había hablado con él el día siguiente de la desaparición de Alfredo y regresó entristecida porque no sabía nada, lo que para ella era señal de algo poco bueno. Por eso, la visita del párroco aquella tarde le causó a Micaela una especie de satisfacción que aún no tenía claro a que se debía, tal vez a la esperanza de que Alfredo estuviese vivo.

-Hola Micaela - le dijo el cura -, quería hablar contigo un momento, sólo unos minutos; no quiero entretenerte si estás haciendo algo.


-No se preocupe Don Saturnino - respondió ella -, ya he terminado las "jeras" ( localismo que significa hacer las tareas caseras ). No hay prisas. ¿Qué se le ofrece hoy por aquí?


-Verás - le dijo Don Saturnino -: el caso es que la Guardia Civil me ha estado preguntando por tu primo Alfredo; no se creen que haya pasado a la otra zona, aunque no tienen ninguna noticia de él. Sospechan que alguno de vosotros le protege, y eso es lo peor que podéis hacer por vosotros y por él -. Micaela captó en el acto la indirecta y respondió:


-Ya sabe, Don Saturnino, que nada más enterarnos de su desaparición lo denunciamos a las autoridades y que todavía andamos buscándolo. Nadie en nuestra familia sabe donde se encuentra; hasta a unos primos segundos del pueblo de mi madre les han registrado la casa. Aquí estuvieron esta mañana otra vez con otro aviso. ¡Ojalá supiéramos de él, vivimos en permanente angustia!


-Bueno hija, yo sólo he venido a avisaros: es mejor que lo entreguéis si sabéis de él, pues más tarde o más temprano darán con su refugio y ya no habrá remedio.


-¿Pero que ha hecho, Don Saturnino, por qué le buscan? - preguntó ella -. Nunca se metió en nada y está enfermo; ni el ejército lo ha reclamado para alistarse. ¿Por qué ahora esa citación?¿Es que está tan mal el frente como para que tengan que pegar tiros hasta los inválidos?


-Alfredo no está inválido y tu lo sabes - replicó el cura con palabras recubiertas de falsa comprensión y complicidad, con las que trataba de sonsacar a la muchacha -. Puede servir a la patria de otros muchos modos, no tiene por que ser disparando. Mira, se necesitan personas en todos los sitios, y tal vez lo que pretendan sea colocarlo en algo en lo que esté empleado y sea útil a nuestros soldados. Todos debemos ayudar de alguna forma en el sostenimiento de esta santa cruzada; es nuestra obligación ineludible.


-Lo siento Don Saturnino, pero no puedo ayudarle - le dijo Micaela, que se alegraba de las noticias y advertencias que el cura le hiciera, pues aquello suponía que ellos tampoco sabían nada de Alfredo, que aún no había caído en sus manos -. Si pudiera le ayudaría, pero no he vuelto a saber nada  de mi primo. Aunque puedo ofrecerle un poco de chocolate que acabo de preparar, con unos churritos -. Micaela se lo ofreció de corazón, aunque esperaba que el párroco lo rechazase y se fuera pronto con la escusa de no estorbar la merienda. Pero a Don Saturnino, como a la mayoría de los mortales - y más los párrocos de aldea, acostumbrados a frecuentar faldillas y braseros de otras moradas -, no le amargaba un dulce. Ya había detectado el fuerte olor dulzón al entrar en la casa, pero la discreción y el momento delicado que su visita había provocado, evitó que de su boca saliera comentario alguno sobre la sabrosa cocción que desde la cocina impregnaba con su aroma toda la casa.



































-Bueno, admito que hay tentaciones a las que los hombres nos cuesta sustraernos, y siento tener que decir que el dulce es mi debilidad. ¡Que Dios me perdone por ello!  Pero sí, te aceptaré una taza, aunque no puedo entretenerme mucho si no quiero llegar tarde al rosario.



-Sólo es un momento - le dijo Micaela - siéntese; ahora mismo le sirvo su chocolate.

Micaela marchó a la cocina en busca del prometido refrigerio del señor párroco. Su madre se encontraba allí, había permanecido todo aquel tiempo en silencio, procurando que el párroco no supiera de su presencia, pues no quería ver al cura, a quien detestaba por andar siempre metido en traiciones y ser espía de las autoridades.



Don Saturnino miraba alrededor del amplio cuerpo de casa que hacía de recibidor, con los suelos de pulcra tierra batida y las paredes encaladas, prácticamente desnudas de decoración, salvo por un calendario con una imagen de la Virgen del Carmen y una pequeña poyata con otra figura en escayola de San Antonio. Una mesa camilla con faldillas oscuras de grueso paño remendado, bajo las cuales se apagaba lentamente un brasero de cisco y cuatro sillas de madera con asiento de esparto sobre las paredes desnudas, componían el escaso mobiliario. El candil de aceite colgado en una esquina y un candelabro con otra vela sobre la mesa, iluminaban míseramente la estancia ensombrecida por la oscuridad de la tarde mortecina.
Micaela volvió con una bandejita cargada con una taza de chocolate y cuatro churros, una cucharilla y una pequeña servilleta de fino tejido de hilo blanquísimo con bordados.


-Espero que le guste el chocolate, Don Saturnino - le dijo ella en tono complaciente -. Un primo mío de Pozoantiguo vino a vernos este verano y nos trajo una libra; allí  lo hacen muy bueno.


-¡Oh sí, tiene fama! - respondió el cura con una sonrisa complaciente -. Vezdemarban, Toro; saben prepararlo magistralmente. Me atrevería a decir que tan bien o mejor que su exquisito queso de oveja, o el muy nombrado en todo el mundo vino tinto, que tanto se deja querer y que oscurece la copa pero enciende el alma, y del cuál Baco hubiera hecho su principal. 

Se interrumpió un momento mientras introducía la cucharilla en la taza y degustaba el cremoso y espeso chocolate marrón, intensamente oscuro.


-¡Hum... Esta buenísimo! -  Y continuó. 
-En estos tiempos que corren con la guerra, algunos placeres como éste no se deben desaprovechar; no es cuestión de gula, más bien, diría yo, de sentido común. Ahora no cabe eso de: "una vez al año no hace daño"; no, que va, es más prudente decir: "una vez al año mejor que ninguna".


-Sí, había reservado unas tabletas para un día de invierno frío como hoy -  le explicó la muchacha -. El panadero me dio un poco de bicarbonato y una taza de harina para hacer los churros; siempre se ha llevado bien con nosotros.


-¡Pues están fabulosos, riquísimos! Pero, ¿tú no los pruebas?


-Estoy esperando a mi madre, que está en casa de los padres de José, mi novio -. Le espetó Micaela.











































¿Y qué tal José?¿Has vuelto a tener noticias suyas? Creo que lo habían ascendido a capitán. Es un buen muchacho, seguro que llegará muy alto -. Dijo el cura.





-Está bien, dentro de lo que se puede estar en el frente, claro. Hace tiempo que no me escribe, pero se que está bien -. Le contestó ella.


-Me alegro hija - siguió Don Saturnino con ironía -, y espero que la guerra termine y que regrese pronto para que yo pueda ser el anfitrión de vuestra boda.


Don Saturnino era un viejo menudo y medio encorvado. Lucía una boina negra que intentaba ocultar sus pelos canosos, siempre alborotados. Las cejas abundantemente pobladas y dos pequeños ojos oscuros desafiaban a su rostro, afilado por una prominente nariz que descansaba en un estrecho bigote, y que junto a una perilla rala, escasa, casi insuficiente, escondían unos labios finos y pequeños, con un tic nervioso agregado en su lado izquierdo. Su hábito bien remendado y pulcro, de un negro impoluto que resaltaba el alzacuellos blanco, denotaba cuidados y buena vida. Igual que los zapatos  negros con medias suelas, siempre relucientes; y sus manos pulcras, escrupulosamente aseadas, que raras veces se estaban quietas del todo, esbozando el carácter inquieto e intrigante del clérigo.


-No es indiscreción hija - cambió de tema el párroco -, pero tengo entendido que tu novio a denunciado a José Luis, el hijo de "Paco el herrero". Temo que sea verdad; cosa mala entre vecinos. No se lo que tendrá contra él, pero José Luis, amén de que siempre ha sido un joven impulsivo y venturero, procede de una buena familia, comprometida siempre con los valores de nuestra sagrada tradición cristiana; y son gente influyente.


-Quizás aquí no le conozcamos demasiado, Don Saturnino- replicó Micaela -. Aquí vienen unos y matan. Otros van y matan allí. El resultado es el mismo, y ellos son también los mismos, aquí y allí.


-Hija, esa es una acusación muy seria; José Luis no es de esos - insistió el cura -. Ha estado luchando en el frente contra los rojos, que quieren arrebatarnos con sus revoluciones nuestros valores, nuestra forma de vida tradicional, pacífica y sumisa con la pretendida ilusión de hacer depositario al pueblo de un poder que no les fue conferido y que quieren usurpar. José Luis es un muchacho que ha peleado con bravura por su patria y que está ayudando como ninguno para que no le roben su riqueza. Por cierto, se que te tiene en buen aprecio y que sigue la desaparición de tu primo con mucha preocupación. El otro día le vi, y me dijo que estaban haciendo todo lo posible para encontrarlo.


- ¿Se ha terminado el chocolate Don Saturnino?¿Quiere un poco más? - le preguntó Micaela disgustada por el rumbo que la conversación estaba tomando y decidida a que ésta terminase lo antes posible -. Creo que mi madre no tardará en volver y tengo un cesto de ropa tendida en la cocina que he de recoger.


-¡Oh no, gracias! Ha estado buenísimo pero no, no quiero pecar de glotón y no puedo entretenerte más. Me debo a mis obligaciones y a mis parroquianas, que no les gusta esperar; son sumamente puntuales.


-Gracias a usted por la visita, Don Saturnino. Ya sabe donde nos deja, para lo que necesite de nosotros. Les diré a mi madre que se ha pasado por aquí, se alegrará.


Adiós hija, que Dios te bendiga. Si supiera algo de Alfredo te lo comunicaré sin demora. Haz tu lo mismo hija, entre los dos intentaremos que nada malo le ocurra.


-De acuerdo Don Saturnino, lo haré según me dice, descuide -. Le despidió Micaela mientras cerraba la puerta a su salida. 

Nunca vio con agrado al viejo y pícaro cura, siempre arrimado a las familias pudientes del pueblo y cómplice en cada una de las ocasiones que estas resolvían sus litigios con los obreros. Le parecía ahora más ruin y despreciable en su papel de colaborador con los represores, que igual que ellos mostraba sin escrúpulos sus pretensiones haciendo del terror su principal aliado.

Se había mordido la lengua con lo de José Luis para ocultar al párroco sus sentimientos, por no darle motivo de que hablara más de él y que pudiera utilizarlos en algún sentido que no acertaba a concretar. Después de los angustiosos días pasados, la certidumbre de que Alfredo no había sido apresado sosegaba su alma acongojada y aquello era suficiente para contener una ira capaz de hacer que perdiera los estribos; quería evitar que la visita de Don Saturnino se saldara con un tanto a su favor.




Mientras tanto José seguía esperando una nueva orden, inconsciente de los avatares que Micaela y su familia estaban pasando en la retaguardia. Mantenía un pulso emocional donde la ausencia de noticias suponía para él la mejor de las probabilidades posibles, y prefería creer que nada excepcional estaba sucediendo a los suyos, por aquello de que las malas noticias llegan antes que las buenas. Así trataba de mantener el mayor tiempo posible aquel impás de espera.


-¿Cómo lo ves José?¿Crees que pasaremos aquí el invierno? - le preguntó Sergio mientras se tomaban un café caliente en el parapeto principal de la linea sur de trincheras, matando el frío de la helada mañana al lado de un cubo de hojalata lleno de mortecinas ascuas de la noche anterior. 
José dejó caer sobre su pecho los anteojos colgados al cuello, con los que trataba de ver más allá de la bruma, que se disipaba perezosamente sin hacer caso al débil sol de diciembre, impidiendo que la claridad penetrase de forma absoluta.


-Nos están sujetando aquí, pero no será por mucho tiempo. Me temo que nuestro próximo destino va a ser una batalla larga y cruel donde perderemos muchos hombres, si es que llegamos a sobrevivir. Será algo gordo; quizás mucho más que lo de Brunete y más que Belchite. Lo que no tengo es idea de cómo ni cuando, pero en este frente es donde sucederá y nosotros estamos destinados para ello.


-Sí, yo también lo creo así; nada bueno nos espera - dijo Sergio -. ¿Cómo ves el tiempo?¿Crees que sera un invierno frío?


-Frío ya hace mucho - le contestó José -. No conozco este clima, pero por lo que llevamos de año barrunto que será húmedo y muy frío. Si el jaleo empieza pronto lo vamos a pasar mal, estamos escasos de uniformes y me temo que las mantas no van a sobrar. Los republicanos tienen todas las fábricas; a nosotros nos visten los alemanes y los italianos con hierro y fuego, pero tendremos que arrastrar nuestros harapos toda la guerra.


-Hay muchos rumores sobre que Franco quiere acabar pronto la guerra, que iremos contra Madrid de nuevo.


-No, no lo creo. Madrid es un emblema y Franco sabe lo que se juega si fracasa de nuevo. Entonces la guerra sería aún más larga, más difícil de ganar. No, Franco quiere asegurarse el triunfo definitivo y llevará al ejército republicano a su terreno, donde lo pueda aniquilar. No pretende desplegar más sus tropas; el reagrupamiento de fuerzas tras la caída del frente del norte tiene un sentido y precisamente no es Madrid, sino la misma Valencia.
Barcelona y Valencia son ahora el cuerpo y el alma de la República, Madrid sólo representa un sentimiento de resistencia; tras perderse las provincias del norte, ya no sirve de puente y guía, y es una ciudad acosada donde se necesita más de lo que se puede producir.


-Pues eres el único que piensa así - le dijo Sergio mientras le ofrecía un trago de brandy de su petaca.




-Sí, supongo que así es - contestó José -, pero a mi me parece lo más lógico. Además no tendría sentido el espionaje si sucediera siempre lo que se pronostica. Piénsalo por un momento. Franco ha concentrado en el frente de Aragón el grueso de las divisiones que han luchado en el norte, y no ha movido tan siquiera una de las que se movilizaron desde Brunete en apoyo a Zaragoza; la presión la está ejerciendo contra Cataluña y el corredor al Mediterráneo. Rojo es un militar inteligente y no se dejará engañar, sabe que cualquier maniobra que merme sus fuerzas aquí supondrá una brecha que Franco no dudará en ensanchar. Lo más prudente para Rojo será precisamente una decisión condicionada, deberá para ello abandonar por el momento otros planes y mover ficha: si Madrid fuera atacada, el recién creado Ejército de Levante republicano quedaría en inferioridad de condiciones respecto a nuestras tropas, por lo que a Rojo no le queda otra que atacar. Franco lo sabe y estamos por ello aquí, esperando a que el adversario nos mande sus muchachos.



-¡Joder José, macho, tú sí que tenías que estar en el Estado Mayor! A mi no se me había pasado nada de eso por la cabeza y puede que tengas razón.


-Yo sólo digo lo que pienso y a ti, en quien confío; sin la responsabilidad de quien tiene que decidir - afirmó José -. Desde mi punto de vista lo entiendo así, pero seguramente no sería igual de conciso si fuese yo quien tuviera que adoptar tales decisiones; los hechos sólo dejan de ser pronósticos cuando suceden.


-Y de lo de tu paisano, ¿cómo van las cosas? - Le preguntó Sergio, mostrando su interés por las preocupaciones íntimas de su amigo.


-Nos veremos cuando termine la guerra ante un tribunal militar, de todas todas; salvo que yo evite ese trance matándolo antes -. Replicó José.