El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

miércoles, 28 de octubre de 2009

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )



-Alférez, debe transmitir valor y carácter de sacrificio a nuestros hombres en mi ausencia - dijo el teniente al mando de la guarnición de Los Llanos -. Me ausentaré para hablar personalmente con quien esté al mando en Quijorna. La situación no podremos soportarla mucho más, se nos están acabando los víveres y las reservas de agua prácticamente se han agotado. Empieza también a escasear la munición y el número de bajas es demasiado elevado. Estamos muy mermados en fuerzas. Debemos buscar una salida, o moriremos todos.

-Mi teniente, disculpe; con todo respeto por su decisión - replicó José -. Comprendo muy bien sus sentimientos, pero ¿Qué salida? En Quijorna resisten como nosotros, con las mismas dificultades; resisten esperando refuerzos, están tan solos como lo estamos todos. Los refuerzos no llegarán si no somos capaces de resistir. Usted quiere partir para que alguien le de una solución, y me pide a mí que de valor y fuerza de sacrificio a unos hombres de los cuales se aleja. Creo, con todo respeto señor, que está confundido.

-¿Pretende, alférez, decirme lo que debo hacer?

-No, señor; como usted dijo esta situación no puede durar demasiado, por lo que no hace falta acelerar su final. No debemos retirarnos antes de lo que podamos resistir, y para ello no sólo cuentan las balas, como acaba de mencionar, sino ese valor y sacrificio que me pide transmita a estos hombres. Ahora es el momento en que nuestros soldados deben ver cohesión y unión fraternal; morirán tal vez todos juntos. En esta situación un sólo hombre es algo muy importante y necesario, y usted lo es, mi teniente. No defraude la moral de sus hombres abandonándolos. Yo me quedaré aquí, a su lado, igual que si usted se va. Aguantaremos durante todo el día si es posible y organizaremos la retirada para la noche; siempre sera más fácil alcanzar la carretera de Quijorna a Navalagamella que durante el día.
-Alonso, es usted un buen soldado, y creo que tiene razón. No dejaré solos a mis hombres, a quienes no serviría de nada rendirse, los matarían igualmente a todos; el odio que sienten los republicanos hacia ellos es tan fuerte como el terror que les producen. Están sedientos, al límite sus fuerzas, pero ahí están, luchando sin desánimo por un país que no es el suyo.

Las fuerzas africanas del ejército colonial español que combatieron a favor del bando nacional eran consideradas por los republicanos como saqueadores, violadores y asesinos de viejos y niños. Producían terror en la población republicana, cuya propaganda de guerra los catalogaba poco menos que de monstruos. Pero como en todas las guerras, las violaciones de los derechos humanos y los asesinatos sucedían en ambos lados de la contienda. Del mismo modo, la propaganda nacional destacaba los crímenes en la zona republicana.

-Señor, estos hombres obedecerán hasta el último momento sus órdenes. Aguantaremos hasta el anochecer y nos iremos retirando progresivamente.

-Bien alférez, quiero que coordine la acción de los morteros y las dos lineas de tiradores. Si aún disponemos de ese antitanque, cierre bien la linea hacia Quijorna, debemos evitar que nos envuelvan definitivamente. El Campesino tratará de romper con sus tanques ese ala y profundizar hasta Quijorna. Disponga en ese punto todo el fuego posible.

Aguantaron bien los ataques aéreos, pero la artillería castigaba fuertemente su retaguardia. No había salida, sólo seguir repeliendo las oleadas frenéticas de la infantería republicana, que luchaba con bravura sin importarles sus bajas. Bajas producidas por un puñado de hombres que se resistían a una muerte segura, y cuya disciplina férrea los impulsaba a seguir peleando de forma estoica y a mantener una defensa pétrea. Aún así los combatientes republicanos estaban a punto de desbordarlos por la enorme diferencia de fuerzas.

-¡Huertas! - Le ordenó José -. Quiero que cambie aquella escuadra de morteros para reforzar el fuego en el otro lado, apoyando la acción del antitanque. Primero sitúe esa
ametralladora en su ala y concentre allí más tiradores.
-Señor, estamos al límite de nuestras posibilidades. ¿Cuando llegarán los refuerzos?

-No habrá refuerzos. Lo seguiremos conteniendo hasta que llegue la noche, a ver si así podemos sacar de aquí a todos los hombres que nos sea posible.

-¿Existe una posibilidad de llegar a Quijorna o a Navalagamella? No me haga reír mi alférez, dudo mucho que podamos aguantar más de una hora sin morir.
-Sargento, desde el primer momento confié en usted. Creo que tiene poca o nula fe en sus posibilidades. Y ahora mismo es éso lo que se necesita. ¿Cómo está tan seguro de que morirá? Aún le queda toda la sangre en sus venas, y se necesita perderla para morir. Lucharemos hasta la última gota. Esas son las órdenes. Y ahora cumpla rápidamente las instrucciones que le he dado.

-Sí mi alférez, a sus órdenes. 

Haciendo el saludo marcial se perdió entre los escombros de las trincheras, el humo y el polvo provocado por la contienda; e impartiendo órdenes a los soldados, fue cumpliendo las instrucciones dadas por José.




El sofocante calor, excesivo incluso en aquella época del año, provocaba que el sudor se fundiera con las lágrimas y que la sed volviera locos a los hombres, pues no podían dejar de luchar ni para recuperar fuerzas. La furia se confundía con la desesperación en sus ojos, inyectados en sangre, con los párpados inflamados por el duermevela de los últimos días. José corrió agazapado por la trinchera hasta llegar al puesto de ametralladoras en el ala izquierda, que apoyada por dos escuadras de morteros concentraba su barrido de disparo en aquel sentido tan importante. Controlar el emplazamiento por aquella zona era vital para impedir el paso hacia el río Perales. Comprobó personalmente la munición, el estado de distribución de los efectivos y los estragos que la refriega estaba provocando en aquellos hombres a punto de derrumbarse, de entregarse para la rendición al borde de sus posibilidades físicas y mentales. José les alentó con su presencia, ayudando en algunas tareas de reorganización y suministro de munición; poniéndose en la zona de los tiradores en primera linea, reorientándo sus lineas de disparo. De allí partió hacia la otra ala, para ver de nuevo la penetración del ataque republicano por aquel flanco y supervisar la efectividad de la combinación del antitanque y la ametralladora situados allí. Escaseaban los obuses, pues la penetración de los tanques del "Campesino" se empezaba a abrir paso en esa zona y en aquella pieza residía la capacidad de contención del avance republicano. Sólo una escuadra de morteros apoyaba su fuego por aquel lado. Lo único que les favorecía era que el "Campesino" dividía sus fuerzas en un intento por controlar también Quijorna, lo que hacía que descargase peso en esa zona. Pero la munición se agotaba y era importante hacer más selectivo el fuego; precisamente esas fueron las instrucciones que José dio a sus hombres.

Recorría las lineas una y otra vez, comprobando las bajas y dando aliento a los soldados; disparando con ellos y ayudando a retirar los muertos de los vivos, mientras éstos continuaban luchando. En uno de esos momentos recibió un disparo que pasó rozando su sien y que le arrancó parte de su oreja derecha. Al tiempo, una granada de mano cayó dentro de la trinchera donde él estaba matando a dos soldados. La metralla impactó en uno de sus ojos quedándole ciego en ese momento y derribándole para atrás. Un universo de luz, envuelto entre una nube de polvo y calor excitante, había dejado inmóvil a José, como muerto. Y aunque sus ojos maltrechos apenas veían con claridad, pudo apreciar, después de que la nube de polvo se disipara, el hueco abierto por la granada aún sin cubrir; y haciendo un esfuerzo sobrehumano se levantó, cogió un arma automática que uno de los compañeros muertos perdiera de sus manos y se situó en el hueco disparando ráfagas sin parar, sin apenas apuntar, tratando de crear una cortina de fuego en aquel hueco. Y lo consiguió, no sin grandes esfuerzos y dificultades, pues la sangre manaba de su rostro mezclándose con el sudor, y apenas podía ver. Un soldado republicano saltó a la trinchera bayoneta en mano mientras José reponía munición, pero su cuello fue ha encontrarse con la bayoneta del sargento Huertas que corría en ayuda de José. Fue providencial, de otro modo José habría muerto seguramente.




-Gracias Huertas, le debo una. No me equivocaba cuando puse mi confianza en usted.

-No se preocupe señor; es normal, estamos en guerra.

-Creo que podremos resistir hasta la noche; pronto caerá la tarde. Haga un recuento de munición y de efectivos. Yo iré a comunicarme con el Teniente Álvarez; regresaré con nuevas instrucciones. No lo olvide sargento. Aguantar hasta el final es la orden por el momento.

-Si mi alférez, a sus órdenes -. José se dirigió al puesto del teniente Álvarez para darle nuevas sobre la situación en el otro lado.

-¿Que ha pasado alférez, parece usted un fantasma? Debería curarse.

-Si señor, entre todo, a eso vengo. Prácticamente no veo. Sólo quiero trasmitirle que el ala izquierda sigue resistiendo con furia, a pesar de que las bajas cada vez son mayores.

-¿Cree alférez que podrán resistir hasta la noche ?

-Seguro señor; están distrayendo demasiadas fuerzas sobre Quijorna, por lo que podremos aguantar.

-Bien alférez, quiero que le curen inmediatamente. Es usted indispensable en la próxima misión. Esta tarde preparará todos los efectivos que pueda sacar hacia Quijorna. Yo personalmente me quedaré aquí cubriéndoles el paso.

-Pero mi teniente, esa misión es demasiado importante para delegarla en mí. Creo que debería usted partir con esos hombres.

-No discuta mis órdenes Alonso. No voy a hacer lo que el capitán " Araña", que embarcó a la tropa y él se quedó en tierra. Yo moriré al lado de estos hombres si es necesario, pues mi misión es salvar la vida de cuantos me sea posible. Permaneceré aquí cubriéndoles las espaldas mientras ustedes se salvan. Nosotros trataremos de cruzar el río y llegar a Navalagamella.

La tarde fue dando paso a las sombras sin que los combates dejaran de sucederse. Más al contrario, se intensificaron de nuevo para sólo dejarlos respirar luego por un tiempo; como un dolor de muelas que aprieta en la mandíbula como si fuera una tenaza, y que cede unos segundos para ayudar al cuerpo a recuperarse y volver con más fuerza después.
José dispuso la mitad de los efectivos para retirarlos a Quijorna, mientras la otra mitad quedarían resistiendo las escaramuzas y los bombardeos nocturnos. Tratarían de llegar a la carretera de Navalagamella - Quijorna, sólo les separaban unos pocos kilómetros. Pero deberían tener mucho cuidado con las patrullas de información milicianas, podrían ser detectados al instante.
La noche favoreció la retirada como habían previsto. La intensidad de los combates se redujo significativamente, y aunque las baterías republicanas seguían castigando sus posiciones, consiguieron alcanzar la carretera hacia Quijorna sin demasiadas dificultades. Llegaron al pueblo sobre las doce de la noche. Se presentaron a la patrulla de guardia y José fue directamente a dar noticias al capitán sobre la situación en los Llanos.

-Mi capitán, a sus órdees. Acabamos de llegar del frente Los Llanos. Hemos podido escapar unos ochenta hombres. El resto no aguantará el amanecer. Están sin agua, víveres y municiones. Tratarán de escapar hacia Navalagamella, aunque no creo que lo consigan, están demasiado mermados de fuerzas.

-De acuerdo alférez. Me alegra verle de nuevo. Aprecio que la batalla ha dejado en usted la primera huella. Tiene suerte amigo, piense en ello. Otro hubiese muerto; pero no, la muerte no consiguió cogerle, y eso se llama suerte. Nos hacen falta hombres con suerte como usted. Nuestra situación no es muy distinta de la de ustedes allí arriba, y aunque podamos aguantar algo, tendremos que preparar un plan de retirada. Resistiremos todo el día de hoy, es fundamental para dar tiempo a que lleguen los refuerzos del norte. Después nos retiraremos a Navalagamella y a Sevilla la Nueva por el camino de Villanueva de Perales.
Ahora conduzca a sus hombres para que beban y coman algo antes de incorporarles a sus posiciones. Repongan munición y material e incorpórese rápidamente.


-A su órdenes mi capitán.





José condujo a los soldados cruzando el pueblo por calles llenas de escombros y muertos, casas humeantes y en llamas aún, hasta llegar a un viejo salón de baile que servía de enfermería y "cocina - comedor" al mismo tiempo. El local estaba dividido en dos, de forma que por la misma puerta entraban soldados hambrientos y otros heridos, algunos prácticamente muertos. Cuerpos reventados, sangrantes, sobre camillas desgarradas y polvorientas. Los vivos se cruzaban con los moribundos agonizantes, mientras otros, impávidos por el dolor, aullaban retorciéndose en los camastros. Los hombres escondían sus miradas pavorosas cabizbajos, esperando su ración de comida y su cantimplora de agua casi en silencio, mientras los cuerpos de los muertos eran sacados a la calle.
Allí oyeron a un soldado, que había logrado escapar a la ocupación de Brunete por Lister, relatar cómo habían detenido a dos mujeres a quienes acusaban de colaborar con los oficiales nacionales. Dos de ellos trataron de protegerlas del acoso de los soldados republicanos, pues sus pretensiones eran violarlas, y fueron muertos a tiros al instante. Tuvieron sus más y sus menos entre ellos, y al final, el comandante decidió mandarlas a retaguardia. 

Los asesinatos se sucedieron en ambos bandos durante el tiempo que se desarrolló la guerra aquel terrible trienio 1936 - 1939. Pero en el bando republicano éstos acontecimientos se vivían en un ambiente revolucionario y la expresión de la violencia tenía carácter social, mientras que la represión era ejercida en el bando nacional por el ejército y las fuerzas paramilitares. Aún así el resultado era el mismo: saqueos, expolios y crímenes de todo tipo, que incendiaron el país por todo su territorio y que dejaron sus campos y ciudades sembrados de muertos, viudas y huérfanos.

Modesto, el prestigio general de la República, estaba decidido a tomar a toda costa Quijorna. El avance del XVIII cuerpo de ejército republicano estaba varado, sin poder maniobrar. Los Llanos caerían al amanecer del día ocho. Los pocos hombres que aún combatían ya no parecían personas, sino fantasmas desquiciados por la sed y el cansancio agotador. Los pocos que pudieron escapar por la noche consiguieron llegar a la carretera de Navalagamella y reincorporarse a sus posiciones allí. El resto murió entre los pinos y las encinas, perseguidos por los milicianos que fueron dándoles muerte, uno a uno.

Esa misma mañana del ocho de Julio se reiniciaron los bombardeos contra Quijorna: primero la aviación demoliendo el pueblo a su paso, y después la artillería terminando el derribo. Seguidos entraron en acción los tanques, apoyando a la infantería que saltaba a bayoneta calada sobre las trincheras. El choque fue brutal, los muertos se contaban por centenares. Las defensas nacionales tuvieron que retroceder, reorganizándose en la zona del cementerio. Pero Modesto, dirigiendo personalmente las operaciones sobre el terreno de combate, dio un impulso nuevo a la batalla poniendo en juego la caballería, que remató la penetración en las lineas nacionales. Los combates se prolongaron todo el día ocho con una intensidad espantosa, sin agua, a más de 37º centígrados bajo un sol abrasador y hasta bien entrada la noche, cuando los defensores consiguieron abrirse paso entre dos divisiones mixtas republicanas, la X y la XI, hasta alcanzar la carretera de Navalagamella y retornar a sus antiguas posiciones. El pueblo de Navalagamella nunca sería rebasado por las fuerzas republicanas.
El ansiado pueblo de Quijorna por fin había sucumbido a la ofensiva republicana, que aún seguiría penetrando en el territorio nacional los dos días siguientes; mas había significado un heroico esfuerzo de resistencia que permitió al ejército nacionalista reorganizarse, reforzándose fuertemente con las tropas transportadas desde el norte. Franco movilizó dos divisiones navarras desde el frente de Santander - cuya toma tuvo que esperar un mes más - que reforzaron a la XIII división de Barrón - la llamada "Mano Negra" - del cuerpo de ejército del general Yagüe; la recién creada XII división del general Asensio Cabanillas y la 150 de Saénz de Buruaga, formando el cuerpo de ejército provisional de Brunete, al mando del general Varela. Además, la " legión Cóndor ", unidad de la "Luftwaffe" alemana cedida por Hitler a las fuerzas sublevadas contra la república, dotada con los más modernos aviones de la época, los rapidísimos cazas "Messerschmitt - 109", y los bombarderos "Heinkel - 111. Fue una fuerza fundamental que hizo posible el control del medio aéreo, decisivo en el desarrollo de la batalla.

























viernes, 2 de octubre de 2009

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )


Por méritos propios había ganado aquella posición, convirtiéndose en suboficial del ejército nacional sin pretenderlo. Era ahora un flamante "alférez provisional" de la XII división del Teniente General Asensio Cabanillas - recientemente creada para el momento-, que trabajaría colaborando en la organización y movilidad de una compañía de hombres bajo las órdenes directas de su capitán.
 Sentía haber perdido el destino en cuadras y la relación directa con sus compañeros, con quienes había adquirido una enorme complicidad tras los últimos acontecimientos, y tenía muchas dudas acerca de si sería capaz de desarrollar su trabajo, pues sólo había recibido unos cursos rápidos de formación militar impartidos por técnicos del ejército alemán . Dudaba si realmente era aquello lo que quería. Se necesitaban hombres con capacidades de decisión, de mando, de organización, y en una situación de guerra no quedan ni muchas ni buenas oportunidades para una negativa, por lo que decidió aceptar su suerte y no pensarlo más.

Una semana de permiso le había sabido a poco, a pesar de que la situación que reinaba en la zona nacional era de una represión extrema; tanto, que hacía casi más llevadera la vida dentro del ejército que fuera. Pero poder estar cerca de su novia Micaela, pasear con ella mientras charlaban animosamente y sentir su cuerpo cuando la abrazaba, su sonrisa fresca frente a sus labios, compensaba todos los males. Ella se sentía feliz teniéndolo a su lado mientras hacían algo entre los dos. Le gustaba verle tender con torpeza la ropa recién lavada, o secar con el trapo los cubiertos mientras charlaban de cualquier cosa. A ambos les agradaba sobremanera conversar distendidamente, desmenuzando el tema hasta el punto de terminar sacando el tono humorístico y acabar riendo juntos. Para él, cualquier oportunidad de estar solos significaba una posibilidad de llegar al final que deseaba. 



Hicieron el amor a la sombra de la siesta, en la despensa, durante el tiempo que ella destinaba a fregar la loza después de comer. Sobre una mesa llena de tarros y cacharros de guisar que fueron dispersados desordenadamente por el ímpetu de los cuerpos apretados contra la pared, sobre las estanterías repletas de utensilios. Él de pie y ella sentada en la mesa con su espalda apoyada en las estanterías, prácticamente vestidos. Con la impaciencia del momento y del tiempo de espera. Con todo el ardor que la juventud es capaz de derrochar y que hizo que por unos instantes de frenesí se olvidaran de la guerra.

Todavía pensaba en ello aquella mañana en el despacho del capitán, junto al resto de oficiales de la compañía. Era la primera reunión de instrucciones que mantenía y la falta de familiaridad hacía que se sintiese algo trastocado y fuera de lugar, por lo que su pensamiento se perdía en la primera imagen que anhelaba su recuerdo.

-Señores, debemos ayudar a contener con nuestras tropas el empuje del ejército republicano en Brunete. Tenemos órdenes de agregarnos a las fuerzas que soportan la ofensiva para taponar su penetración. Es una operación muy amplia. Han movilizado dos cuerpos de ejército con seis divisiones. Nuestras tropas desplegadas son mucho menores y tienen orden de resistir hasta el último momento; nosotros cubriremos sus bajas mientras lleguen los refuerzos. 
Nos prepararemos inmediatamente para poder alcanzar hoy mismo nuestras posiciones en Quijorna. Ahora resisten el envite de tres brigadas mixtas de la 46 división del "Campesino", dos centurias falangistas y una compañía de fusileros Ifni-Sahara . Pocos más de doscientos hombres frente a cuatro mil republicanos. Debemos ayudarles a salir de allí si no somos capaces de sujetar la posición.
Caballeros; de nuestra rapidez y destreza depende la ayuda que podamos prestarles. Quiero máxima disciplina y autoridad de mando. Han sido elegidos por sus cualidades de organización y por ser hombres desinteresados en su entrega en el combate. Hombres como ustedes son los que ahora necesita la nación. De ustedes depende este momento decisivo de la contienda. De su bravura, de su fuerza de voluntad y de amor por la patria. Esto es lo que habremos de transmitir a nuestros soldados.




Efectivamente, la batalla de Brunete se iba a convertir en todo un símbolo de victoria para el ejército nacional, aunque el resultado final dejara treinta y siete mil bajas entre ambos bandos y las posiciones de los ejércitos quedaran finalmente fijadas - hasta el final de la guerra - prácticamente donde habían estado inicialmente. Pero la ofensiva republicana, a pesar de haber conseguido aliviar el frente del Norte - Franco detuvo la toma de Santander y desplazó dos brigadas de Navarra, brigadas que tenían carácter de división - terminó con un gran desgaste del ejército republicano, que sacrificó una parte notable de sus mejores combatientes y de material. Por el otro lado supuso una gran subida de moral para los nacionales, gracias a su acertada estrategia y a su gran capacidad de resistencia, muchas veces heroica. Significó para ellos el resarcimiento por el fracaso de su ofensiva en el Jarama; y aunque también el sacrificio en vidas fue muy elevado ( 17000 hombres. ) , la balanza de la guerra se inclinó de su parte a partir de entonces. El ejército republicano quedó gravemente debilitado y su moral descendió hasta el punto de provocar graves desavenencias entre sus generales. Desavenencias que se convertirían en odios intestinos que contribuirían a su derrota.

La ofensiva diseñada por el coronel Rojo - jefe del estado mayor de Miaja - para aliviar el cerco de las fuerzas nacionales sobre Madrid y el desarrollo de la guerra en el frente del Norte, consistía en irrumpir en las lineas nacionales con dos cuerpos de ejército que romperían su frente por Brunete y Navalcarnero, para esperar a un tercer cuerpo de ejército que desde el sudeste de Madrid y el norte de Aranjuez descargaría golpes adicionales hasta encontrarse con los ejércitos del centro. De este modo, atacarían por retaguardia al ejército nacional cortando sus comunicaciones. En teoría no sería muy complicado, dada la superioridad de las fuerzas republicanas. Disponían de un ejército dotado de ochenta mil hombres, cincuenta carros blindados, ciento veinte tanques y más de doscientas veinte piezas de artillería de campaña, además de trescientos aviones "mosca" rusos. Al mando, los más acreditados generales republicanos: Lister, el Campesino y Walter por el V cuerpo; Gal, Galán y Enciso por el XVIII. 
En el frente nacionalista se encontraban dispersas unidades de la 71 división, en su mayoría fuerzas falangistas apoyadas por un nº aproximado de mil marroquíes.

La operación empezó a las diez de la noche del cinco de Julio de 1937, cuando Lister, al mando de la XI división, salió de los pinares de Valdemorillo para penetrar en el espacio libre que se abre entre Quijorna y Villanueva de la Cañada. Sobre las seis de la mañana habían rodeado Brunete, mientras que la IX brigada se dirigía hacia el rió Guadarrama y dos batallones de la 100 hacia Sevilla la Nueva. Brunete fue tomado sobre las siete de la mañana sin gran resistencia, pero eran detenidos en su avance hacia Navalcarnero.






-Lo ha entendido. Le ha quedado claro, Alonso -. Le dijo un oficial de su compañía mientras cruzaban la puerta para salir del despacho del capitán.

-Soy el teniente Robledo. Es bueno que vayamos conociéndonos.

-Sí mi teniente. Le agradezco su confianza. La verdad es que aquí estoy un poco perdido, es la primera vez que participo en una reunión de oficiales y nunca había pensado encontrarme en un ambiente así.

-¿Cómo así? No se haga el humilde conmigo alférez, se de su arrojo y valía en el combate. No debería impresionarle tratar con personas que dirigen la acción. Es usted un hombre de acción.

-No mi teniente, no me impresiona; sólo que no conozco a nadie. Mi cambio de destino, de compañía, me ha trastocado un poco. Pero intentaré estar a la altura.

-Así me gusta alférez. Ahora ya no puede decir que sea un extraño aquí. Pronto nos habrá conocido a todos, tal vez, más de lo que desee. Pero en eso no piense, cumpla con las órdenes y olvídese de lo demás. En nuestro ejército son la disciplina férrea, la entrega y el valor lo que nos distingue. Usted es valioso para nuestros hombres por la templanza y el valor demostrados, y para nosotros por su capacidad de organización y su lealtad.

Interrumpió la conversación para detener a un sargento que en ese momento pasaba a su lado. 

-¡Sargento Huertas! Un momento. Le voy a presentar al alférez Alonso.

-Si mi teniente, a su disposición. 

El sargento huertas era un hombre de mediana edad, alto y corpulento, con cara de bonachón malhumorado cuando se ponía serio. Tenía el pelo y las cejas casi blancas. Sus carrillos, colgados de los pómulos de unos ojos azules y grandes, llegaban hasta sus gruesos labios y le daban un aire de sabueso, de perro de presa que impresionaba a primera vista. Sus movimientos, incluidos sus gestos, eran enérgicos, casi repentinos, y su voz algo aflautada se volvía estridente e histérica cuando la levantaba.

- Estaba presentándome al alférez Alonso. No conoce a nadie aquí, le han trasladado hoy. Quiero que le presente también al resto de oficiales, y posteriormente lo lleve a su destino frente a la compañía. A partir de hoy será su superior directo, Huertas; colaborará con usted y los demás suboficiales en el manejo de la compañía a las órdenes de nuestro capitán y en coordinación con el resto de oficiales. Le ayudará en sus obligaciones. No dispone de conocimientos de instrucción y mando de tropas, pero estoy seguro de que con su ayuda, pronto será un hombre valioso.

-A sus órdenes mi teniente.

Los alférez provisionales cumplieron un papel muy valioso en el ejército nacional que fue decisivo en la organización de las distintas unidades y en su coordinación con las otras iguales o superiores. Suponían un enlace de mando y transmisión de órdenes entre oficiales y suboficiales, que hacía posible una disciplina férrea que no daba posibilidad a distinciones individuales, aportando cohesión a las filas. En la cadena de mando se imponía el rango social frente a las consideraciones políticas o de prestigio personal, mientras que en el bando republicano estas connotaciones ocasionaban divergencias en el escalafón y graves problemas de coordinación. La falta de esta figura en el ejército republicano supuso una grave carencia en su organización.

Pero ser alférez provisional suponía una ruleta rusa con un noventa por cien de probabilidades de morir. Eran los primeros mandos destacados en combate. Siempre al frente de la tropa en el ataque cuerpo a cuerpo, se jugaban la vida a cada momento en las trincheras de aquí para allá, coordinando la defensa desde la primera linea de disparo para defender hasta el final sus posiciones.

José y el sargento Huertas salieron de la sala después de que éste le presentara a los oficiales que, en corro, hablaban sobre la situación del momento y de cómo habrían de preparar a la tropa para iniciar la marcha hasta Quijorna. Después se dirigieron a la compañía para empezar a movilizar a los hombres para la campaña, repasando el uniforme y el material, revisando los fusiles, la munición y los víveres; haciendo recuento y reconocimiento de estado. 
José, serio y callado, en postura marcial al lado de Huertas mientras éste daba órdenes voceando, casi chillando, observaba como los hombres se equipaban y preparaban para la partida. Huertas fue poniendo al corriente de José los nombres de los cabos y demás soldados de la compañía destacados por sus actitudes y cualidades. Disponían de buenos tiradores, hombres especializados en hacerse francos en una posición para no dejar pasar a nadie dentro de sus coordenadas de disparo. Otros eran aguerridos soldados acostumbrados a luchar cuerpo a cuerpo, a la bayoneta calada; y algunos, excelentes artilleros, maestros manejando los morteros y las bombas de mano. Todos hombres bregados en otros combates y despiadados, de conocida crueldad por su brutal represión tras la toma de Badajoz, donde masacraron a cuatro mil civiles. Era una compañía de Regulares de Tetuán, en su mayoría moros, donde los pocos españoles apenas se distinguían debido al color tostado de su piel y las largas barbas que llevaban. Iban armados hasta los dientes, con bombas de mano y munición llenando sus cartucheras y colgando de las correas de sus arneses de cuero.

Salieron en fila del barracón para formar mientras esperaban la orden de salida. Entre tanto, revisaron de nuevo el equipamiento y las armas. A las tres y media de la tarde, bajo un sol de justicia aquel cinco de Julio de 1937, todo quedó preparado, a pesar del calor sofocante, para iniciar la marcha desde Navalagamella hacia Quijorna. Una vez terminada su misión se unirían a las fuerzas del centro, a la división provisional del general Asensio Cabanillas.

Llegaron a tiempo, a pesar de ser bombardeados por la aviación republicana en su avance por la carretera hacia Quijorna. Las tropas del Campesino trataban de hacerse con una cabeza de puente al otro lado del río Perales para controlar el vértice Los Llanos, defendido por una centuria de la quinta bandera de la Falange y una "mia" (100 hombres) de tiradores de Ifni-Sahara. Quijorna, a su vez, defendida por la V bandera de la Falange de Castilla a falta de la centuria de Los Llanos, y un tábor de regulares sin la mia que peleaba también allí; más el batallón 164 del regimiento Toledo. Disponían de tres piezas anticarro, una en Quijorna y dos en Los Llanos. 



El pueblo estaba totalmente atrincherado en las afueras y los hombres aguantaban las embestidas de oleadas de soldados republicanos que intentaban tomar sus posiciones y que caían muertos a escasos metros de distancia por el fuego de los fusiles, las ametralladoras y las bombas de mano de los defensores. El calor asfixiante se mezclaba con el polvo levantado por los hombres en masa y las máquinas de guerra, las explosiones de las bombas de la artillería y de la aviación republicanas. El sudor formaba surcos que discurrían por las caras de los soldados atenazados por la sed y que adoptaban una imagen fantasmal, haciendo más dramático el momento. Los compañeros muertos se utilizaban como parapetos, y esa misma visión, el contacto con los compañeros caídos, aportaba más valor a los hombres para seguir luchando con fiereza, sin miedo a la muerte con la que se rozaban.

El "Campesino" a toda costa trataba de tomar Quijorna, con el objetivo de allanar el paso a la división de Lister por el centro, despejar su ala izquierda y avanzar hacia Navalcarnero. Pero se había encontrado con una roca obstinada que le bloqueaba el paso impidiendo su avance.
 Lister y su división quedaron detenidos en Brunete, reservando los tanques a la espera de que se solucionara la situación en el ala izquierda. Y ese fue su error, no avanzar con la rapidez necesaria, lo que hubiera hecho imposible el refuerzo a tiempo de las tropas nacionales.




A su llegada a Quijorna la compañía de José fue dividida en dos secciones para que pudieran asistir a ambas posiciones en su defensa. José se encargaría de coordinar las órdenes y transmisiones entre los oficiales de las dos secciones, siendo la pieza móvil que permitiría un perfecto engranaje de mando.
En los Llanos eran necesarios más tiradores y en Quijorna cualquier refuerzo artillero venía bien. Allí se disponía de más hombres, aunque fueran insuficientes para contener el empuje de dos brigadas internacionales con sus carros de combate y un apoyo aéreo favorable. Por eso, todo lo que contribuyera a mejorar la capacidad de fuego era prioritario. Tenían delante los mejores hombres del ejército republicano, todos ellos muy idealistas, que luchaban por convicción y vocación. Habían venido de países lejanos para defender una causa que les parecía justa y por la que estaban dispuestos a morir. Además, el cerco sobre Madrid supuso para ellos un acto de heroísmo que hizo posible soportar la presión del asedio sobre la capital, y aquello les confería una fuerza que los impulsaba a romper el sitio.

Fueron encarnizados los combates bajo el calor sofocante de aquellos primeros días de verano, con temperaturas de 38º a la sombra y con escasez de agua. La resistencia de las fuerzas nacionales era obstinada. El alto mando sabía que era muy importante ganar el máximo tiempo posible y las órdenes eran de aguantar hasta el final sin rendirse. En ello residía la clave de la batalla, en dar tiempo a que pudieran formarse y movilizarse los refuerzos necesarios, ofreciendo la máxima resistencia en las puntas de penetración de la ofensiva republicana. El interés de reservar la artillería y los tanques mientras no concluyeran las primeras avanzadas fue una mala decisión que enredó y distrajo demasiadas fuerzas, además de paralizar el avance del V cuerpo de ejército, con Lister a la cabeza. Hasta Modesto, jefe del V cuerpo republicano, insatisfecho y dudoso de la estrategia del Campesino, tuvo que dirigirse personalmente al frente para dirigir las operaciones en Qijorna. Modesto era un buen estratega y mejor soldado; eficaz en el campo de batalla al lado de sus soldados si la situación lo requería, o en su puesto de mando en el Estado Mayor.

La cosa no iba mucho mejor por su ala izquierda, el II cuerpo de ejército, apenas despegar de su puesto en Vallecas, y tras un primer avance triunfal, sucumbió ante la férrea defensa nacional que se convirtió en contraofensiva furiosa que los hizo retroceder. Las fuerzas republicanas del segundo cuerpo eran soldados acostumbrados a la lucha defensiva, y a campo abierto se sentían indefensos, demasiado vulnerables. Tuvieron que retroceder hasta sus antiguas posiciones, y para cuando intentaron de nuevo la ofensiva, los nacionales habían concentrado ya las suficientes tropas de refuerzo para contenerlos.

-Mi teniente -. José se dirigió al teniente al frente de la defensa de Los Llanos. La situación era casi insostenible, la gran cantidad de milicianos que en oleadas trataban de abordar el alto que defendían y que controlaba el paso hacia el río Perales, y la fuerza conque la artillería enemiga les machacaba, hacían evidente que no podrían soportar mucho más sin retirarse.

-Mi teniente -. Silbaban las balas mientras le gritaba, y el teniente seguía dando instrucciones entre tanto.

-Perdone alférez, dígame: ¿Trae órdenes?

-Si señor. Debemos resistir y mantener el control en este punto inflexiblemente. Es extrictamente necesario evitar el avance mientras llegan refuerzos. Nuestros hombres deben saber que de nada les servirá salir corriendo sin cobertura. Los milicianos están sedientos y no sólo de agua. Serán masacrados sin remisión. Es mejor combatir. De todos modos está preparada la retirada, debemos solamente adaptarnos sin dudar a los planes. Saldremos seguro de aquí, pero por ahora debemos resistir.

-Bien - dijo el teniente - , ¿y que hay de la ametralladora que hemos pedido. Es imprescindible reforzar nuestro fuego por la izquierda. La hemos solicitado ya por transmisiones.

-No estamos sobrados de material por el momento y no podemos aportar esa máquina. Pero si podemos cederles un par de escuadras de morteros. Eso se realizará inmediatamente, pero no quieren la más mínima muestra de desmoralización o desánimo. No se puede retroceder un palmo.

-Bien alférez trasmita nuestra situación y dígales que resistiremos. Nuestros enemigos tienen más moral que inteligencia -. Y se echó a reír.

José regresó de nuevo al puesto de mando en Quijorna, entre el tiro raso de los cañones y las balas de las ametralladoras enemigas. Estaba de vuelta con refuerzos a las dos horas escasas, refuerzos que fueron muy eficaces para contener el ataque miliciano, donde caían los hombres amontonados unos encima de los otros mientras servían de defensa al avance de la siguiente oleada. Las metralletas bramaban y los obuses de los morteros causaban estragos en las fuerzas asaltantes. Una y otra vez se sucedían los ataques, y de nuevo eran repelidos con bravura inusitada por los defensores. Los tiradores regulares eran eficaces en el disparo y los hombres de Modesto y el Campesino caían como moscas a campo abierto.
Aquella noche no durmió nadie; continuaron sucediendo los ataques y los intentos de asalto a las trincheras nacionales, pero los defensores aguantaron bien.

Durante todo el día 6 se combatió con bravura y fanatismo, de lo cual resultó una carnicería enorme. Los hombres se convirtieron en héroes, en mártires, en bestias sedientas de sangre.
Modesto estaba determinado a conquistar ambas posiciones con urgencia, para dar suelta al XVIII cuerpo de ejército por el centro. La superioridad de fuerzas se hizo más patente ese día. Los republicanos utilizaron artillería y aviación, carros de combate y la caballería para hacerse con las ansiadas posiciones, no sin pagar antes un alto precio por ello.
Para los hombres situados en la linea de defensa de Quijorna y los Llanos la situación era extremadamente crítica ya, necesitaban una salida. Quijorna estaba rodeada por dos brigadas mixtas, prácticamente embolsada, sólo la resistencia de Los Llanos les permitía un cordón umbilical; pero aquel ala izquierda estaba a punto de derrumbarse.