El adiestrador de mandriles.

El adiestrador de mandriles.
Diseño de imagen: Manolo García.

martes, 18 de agosto de 2009

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )






























- No estaría mal, si encontrásemos un corredor abierto, pasarnos al otro lado - comentó Manuel en voz baja a Jacinto -. A lo mejor nos daban una medalla al valor, algo que no conseguiremos aquí de ninguna manera. ¡Y eso si no morimos hoy mismo! Siempre me arrepentiré por no haber estado en la otra parte cuando todo esto empezó. ¡Hay que joderse, que contradicciones tiene la vida! ¡Tener que luchar de parte de lo que odio y contra lo que siempre me he revelado! Realmente esta vida no tiene arreglo. Fíjate: estando en la cárcel conocí a un tipo que era de tu tierra, y buena gente. Su delito consistió en dejar a sus amigos, con quienes había celebrado una merienda una tarde de verano, las llaves de la panera de su amo, a quien solicitó permiso primero para celebrar su cumpleaños. Pero resultó que el amo le acusó después de haber robado unos costales de trigo. Y aunque él regresó aquel día pronto a su casa por encontrarse indispuesto, cometió el error de fiarse de los amigos, que después le traicionaron testificando en su contra. Pagó tres años de cárcel en el penal del Puerto de Santa María, donde le conocí.
Otros hemos hecho cosas muy feas, aunque haya sido por necesidad las más de las veces; pero siempre me ha dado mucha rabia y mucha pena gente como él, que llena las cárceles sólo por la arbitrariedad y el afán de resarcirse de los más poderosos.

-Cuando era un niño - continuó Jacinto - jugaba solo entre las cuatro paredes de la casa de citas que regentaba mi madre. Escondido entre las cortinas del salón, o corriendo por los pasillos de las habitaciones para ocultarme de los clientes, espiaba entre las rendijas y por las cerraduras de las puertas. He visto a esos "señores", a quienes gusta salir con la vara de "mayordomo" en las procesiones con aire de respetuosa honestidad, maltratar sádicamente a las mujeres que pagaban, acariciar lascivamente los genitales a chicos aún imberbes, pintarse los ojos y los labios para vestirse como rameras ante el espejo, y ladrar lastimosamente igual que perros maltratados en juegos de sumisión mientras se arrastraban por el suelo. Esos mismos señores que llevan de la mano a sus hijos a la Iglesia los domingos por la mañana, al lado de la esposa fiel y sumisa, y que condenan todo aquello que ellos no tienen coraje para exteriorizar, a pesar de haber nacido para ello. Yo tampoco estoy de parte de unos valores que perpetúan a los poderosos en su posición. Esta sublevación parte de los ricos, que se creen ahora herederos de la Iglesia, a la que mantienen en beneficio propio, y que siguen aprovechándose de los más débiles para llevarla a cabo. Para ellos es la Iglesia: para abolir sus matrimonios y ocultar o deshacerse de sus bastardos; para reprimir a sus vástagos rebeldes, o hacer progresar a sus más débiles e inútiles descendientes, que de otro modo serían la vergüenza de la familia. Pero no veo que el pueblo termine de despertar de su ignorancia, pues están aferrados a sus tradiciones como a un clavo ardiendo; y aún así, su fervor y devoción por sus santos y reliquias es más grande que el odio que sienten por sus tiranos. Así que no se que decirte, pues tal vez pasarse al otro bando, además de ser tarea muy complicada, puede resultar una apuesta equivocada. A éstos les mueve más la fe que la razón, y nunca ésta ha tenido más fuerza que la otra. No quisiera equivocarme ahora, que al menos estoy seguro en filas. Además ,no veo la manera ni el momento adecuados.

-Quizás no sea tan difícil, Jacinto - le contestó Manuel -.
 Pronto caerá la noche y en este lugar es fácil perderse ¿No? Si aprovechamos el momento adecuado, cuando estos quieran darse cuenta ya nos habremos alejado lo suficiente. Con la noche cesará este jaleo y puede que entonces podamos dar el salto al otro lado. En caso de complicaciones diremos que nos hemos perdido sin querer del grupo, y que estamos buscando a alguien relevante para entregarle el armamento. No creo que en estas circunstancias, con el revuelo que se ha formado y la necesidad de refuerzos, no nos vayan a creer.

-Puede que no sea tan buena la idea - le increpó José, que apareció por detrás de ellos -. Había dejado la delantera ocultándose en la espesura al verles rezagados, para comprobar que tramaban. 


-Manuel - continuó José -, creo que desde el primer momento quedé claro que llevaría a cabo esta misión pese a las dificultades que se me presentaran, y veo que me has valorado poco. Entiendo que esta guerra nos está enfrentando a todos, pero si tengo que empezar a disparar lo haré contra quien tenga más cerca y me amenace. No tengo nada en contra vuestra, pero no voy a permitir que esto se me escape de las manos cuando estoy a un paso de conseguirlo.

Manuel no dijo nada y miró a Jacinto con complicidad, esperando una respuesta. Pero Jacinto calló, suavizando la tensión que empezaba a producirse.

-Os adelantaréis al centro con las mulas. ¡Tomás; para y ponte a la cola! Si algo extraño notas a estos, apúntalos con el fusil y llámame enseguida. Yo continuaré a la cabeza.


José pasó por delante, no sin antes parar y dar instrucciones a Daniel para que cubriera sus espaldas, por si acaso. Daniel le contestó positivamente, poniéndose al momento en alerta.







La noche cayó en un instante y sólo la luna, que aparecía y desaparecía entre las copas de los árboles, aportaba algo de claridad. Poco a poco fueron apagándose las explosiones de las baterías artilleras y las ametralladoras empezaron a callar. De vez en cuando unos disparos, o alguna explosión de granada, hacían de comparsa al incesante y cada vez más próximo murmullo de hombres reagrupándose, retirando sus heridos. José se sentía cerca del punto de destino, pero la espesura del bosque le impedía concretar con seguridad. Sacó el mapa de su bolso para observar de nuevo los detalles. Al fondo, como a tres o cuatro kilómetros, parecía erigirse un alto bastante pronunciado que coincidía con las indicaciones del mapa. Seguramente ése, fuera el cerro Matabueyes que buscaban.

De pronto algo espantó al ganado, algo que en principio no acertó a ver, pero que se movía con rapidez entre los matorrales. El convoy quedó parado mientras las mulas se revolvían sin cesar, presas del pánico.

-Sujetadlas bien - ordenó José -. Si hace falta, amarrarlas a los árboles y estar a la expectativa. Creo que lo que se mueve no es humano, así que no tengáis miedo. Todo bicho viviente del hombre huye.
Entonces, como una exhalación, un enorme jabalí irrumpió contra la primera mula de cabeza golpeándola con enorme agresividad en las patas, tumbándola en el suelo. Después se revolvió violentamente, levantando una nube de polvo para desaparecer de nuevo entre la maleza. Todos se quedaron exhaustos un momento, sin reacción. Entonces José se descolgó y cargó su "Mauser", y apuntando, fue recorriendo con la vista en círculo el espacio más cercano. Estaba seguro de que el jabalí no andaba muy lejos y que pronto les envestiría de nuevo. Observó entonces un ligero movimiento en la hojarasca a su derecha, y un fuerte olor a puerco que salía del matorral. Apuntó al centro de una retama entre la que se distinguían dos pequeños puntos brillando con la luz lunar. Aproximó la mira del fusil y dirigió su puntería al medio de las dos centellas que lo observaban. Esperó un momento mientras contenía el aire en sus pulmones. Una enorme masa oscura saltó feroz en ese instante hacia él. Disparó. La bestia cayó hocicando a pocos pies de distancia suya. Pesaría unos doscientos kilos, era impresionante. Los dos enormes colmillos, enroscados hacia arriba en un morro largo y negro, destellaban en la oscuridad. Su lomo era totalmente negro. El vientre y las patas, de un color más grisáceo.
Hubiera sido un trofeo grandioso en un día de caza, pero aquello sólo podía encontrárselo José en un lugar como aquel y en un momento como ese, pues no era cazador. No le gustaba la caza.

-Joder - dijo Manuel - y eso que huyen del hombre. Este debía ser la excepción.

-Es un macho - contestó José mientras levantaba una de las patas traseras del bicho para ver sus genitales - y demasiado grande para ser un macho joven. Posiblemente por eso deambulara solo.
Se dirigió hacia la mula que había quedado tumbada en el suelo, que tenía las dos manos rotas y se retorcía de dolor. Comprendió que no podría continuar el camino, por lo que la liberó de su carga. Apoyó en su sien el fusil, tiró de la palanca de recarga y disparó.

-Bien - dijo - repartir su carga entre el resto de las mulas y prosigamos el viaje. No hay tiempo que perder. Son casi las once de la noche y deben estar esperándonos.

Habían cesado los ruidos en la sierra, dejando paso al cantar de los grillos en la oscuridad de la noche. Al poco salieron a un claro del bosque desde donde se veía el imponente cerro de Matabueyes; estaban a sus pies.

La aviación había dejado profunda huella en la vegetación, que aún humeaba por corros, y el terreno sobre el que se habían trazado las trincheras, salpicado de cráteres. 
A pocos metros, antes de que pudiesen verlos, alguien gritó:

-¡Alto, quien va! ¡Identificaros!


-¡El cabo primero José, de la novena compañía de infantería. Regimiento Viriato de Zamora!

-¡Santo y seña!

-"Arturo, nada más"

-Adelante. ¿Qué traéis?

-Material de refuerzo. Hemos perdido una mula en el camino; no así el material, que está íntegro. Debemos hacer entrega de él al teniente Santos.

-Sí, es el mando más destacado aquí.

-¿Cómo han ido las cosas? - Le preguntó José.

-Bien, dentro de lo que cabe. Hemos aguantado el bombardeo. Peor lo están pasando en Cabeza Grande. Como mañana siga así, tendrán que abandonarlo. Hoy ha sido una carnicería. Iré a buscar al teniente Santos.










El teniente apareció al poco tiempo acompañado de otros dos suboficiales.

-¿Es usted el soldado que ha mandado el capitán Gutiérrez del regimiento Viriato?

-Si mi teniente. Pertenecemos a la 9ª compañía.

-¿Qué nos traen ?

-Munición y morteros de 80 y 120 milímetros.

-Me ha dicho el guardia que perdieron una mula, ¿cómo así?

-No ha sido culpa nuestra señor. Un gran jabalí se interpuso entre nosotros. Conseguí matarlo, pero la mula quedó demasiado dañada para continuar, por lo que me deshice de ella.

-Procure no perder más, cabo; su misión no ha terminado todavía. Debe extremar al máximo la prudencia y a la vez ser decidido, expeditivo. Tendrá que regresar a Segovia y estar allí con las mulas antes de que levante el alba para realizar una nueva misión. Le esperan en la academia de artillería; es decir, en el Alcázar antes del amanecer. Es importantísimo. No pueden fallar.

-A sus órdenes mi teniente. Descansaremos un poco mientras damos de beber al ganado. También necesitan una parada para recuperarse y continuar.

-De acuerdo. Quedo de su cuenta el tiempo. Sea prudente.

-Lo seré señor.

-Pida los víveres que necesiten en cocina. De eso no tenemos problemas. Descarguen primero el material, mis hombres comprobaran el cargamento y se encargarán de retirarlo.

Acto seguido dio instrucciones a los dos suboficiales que le acompañaban.

-Gracias señor.

Cuando se fue el teniente Santos descargaron las mulas y las dieron de beber. José revisó los cascos y las patas de las mulas, comprobando que su estado no presentaba ningún deterioro visible en aquel momento. Mandó a Tomás que se pasara por la tienda de cocina para recoger algo de comida. Regresó al poco tiempo con una hogaza de pan y una longaniza de chorizo gordo de "Cantimpalos". Traía también un poco de café y una botella de aguardiente.

-Vamos a comer algo muchachos, y a echar un trago de este veneno que me han dado -. Dijo Tomás.

-Comeremos algo y tomaremos café - comentó José -; necesitamos estar bien despejados para regresar a Segovia; no tenemos mucho tiempo que perder.

- !Al cuerno con sus prisas! - Dijo Manuel -. Vamos de aquí para allá, esperando que nos maten en cualquier momento.

-Si quieres puedes quedarte aquí, no sobran hombres para combatir. Pediré, si lo deseas, un relevo. Seguro que cualquiera está dispuesto a cambiarte la misión -. Respondió José.

-Yo no he dicho eso, sólo quería decir que estamos cansados, que llevamos tres días de caminatas y que necesitamos descansar.

-¿Y tu crees, Manuel, que estos hombres que esperan el momento de entrar en combate están más enteros que tú? - Dijo Daniel -. Han soportado todo un día de bombardeos de la aviación, y alguno no habrá quedado integro. Mañana, seguro que buena parte de ellos tendrán que pasar a la acción para apoyar a los hombres destacados más adelante. Y según parece, no será nada fácil repeler el próximo ataque. Me ha contado el soldado de guardia que han muerto hoy más de doscientos allá arriba. Otros tantos han caído de parte republicana. No ha sido nada hermoso a la vista.

-Pues a mí no me importaría quedarme - continuó Tomás -; estoy deseando ver cara a cara a esos bárbaros y matar a los que pueda. Si fuera por mí, no lo dudaría.

-Pero te necesito, Tomás, - dijo José - y no podrá ser. Conoces bien las mulas y tienes mano para ellas. Otro cualquiera no me valdría. Me fió de ti y eso es lo importante. No quiero más comentarios sobre el asunto. Apuremos este café y emprendamos la vuelta.

Recogieron las vituallas y revisaron la munición de sus armas. Espabilaron un poco a las mulas antes de iniciar de nuevo la marcha a través de la espesura, de donde habían salido poco tiempo antes. Pero la falta de un guía que conociese el terreno les jugó una mala pasada, y sin querer, se alejaron un poco hacia el sur, perdiendo más de una hora de camino hasta que cayeron en la cuenta de que no seguían la misma ruta que habían llevado. De pronto s
e dieron de frente con el trazado de una vía de ferrocarril que no aparecía en el plano de José. Entonces, se detuvieron.

-Nos estamos alejando; por aquí no hemos pasado - se explicó José - pero hemos tenido suerte encontrándonos con esta vía. Nos llevará directo a Segovia si seguimos en dirección norte. De todos modos no iremos pegados a ella, es peligroso, no sabemos con quien nos vamos a encontrar. Caminaremos orilla del bosque, por dentro, para no ser sorprendidos.

Y así lo hicieron después de que cada uno bebiera un buen trago del aguardiente que Tomás había traído.

-¡Joder! - dijo Manuel - ¡Por mis muertos que nunca había probado un aguardiente igual! ¡Es fortísimo. Cómo calienta las tripas, la muy salvaje! Otra cosa no, pero cómo se cuidan los nacionales. No me extraña que así ganemos la guerra.

-Y si no la ganamos - continuó Jacinto - por lo menos lo pasaremos bien; y a lo peor, moriremos contentos -. Todos se echaron a reír.

-Dame otro trago Tomás, ésto está de muerte -. Y alzando más la voz, prosiguió Manuel : -¡Viva la madre que parió al destilador! Va por ti cabronazo. ¡Ole tus cojones!

-No vuelvas a levantar la voz, Manuel. Puede que alguien nos escuche - le increpó José -. En la noche se escuchan hasta las sombras. No quiero más contratiempos, y mucho menos morir por una tontería.

-Vale, vale - le contestó Manuel -. Parece que la tuvieras cogida conmigo.

-No, de eso nada. Pero eres muy dado a hablar demasiado y cuando te calientas no andas mirando. Aún quedan unos cuantos kilómetros hasta Segovia y la cosa está muy revuelta. No quisiera caer en manos enemigas. Así que mantengamos la boca cerrada y los oídos bien abiertos.












Así prosiguieron el viaje; callados, sin mediar la más mínima palabra; al acecho de cualquier movimiento, de cualquier sonido extraño. Llevaban andando como una hora siguiendo el trazado del ferrocarril, cuando oyeron el relincho de un caballo.

-Alto - ordenó José -. Me parece que alguien anda cerca. Pararemos un poco aquí mientras nos enteramos de que ocurre. Daniel, te adelantarás sin hacer el más mínimo ruido. Sólo quiero que mires y te enteres que pasa. Después regresa, veremos que hacer.

Daniel cargó su fusil, y camuflándose entre las sombras de los árboles y los peñascos, se adelantó al grupo. A medio kilómetro de distancia distinguió la luz débil de una linterna de petróleo a cuyo derredor se apiñaba un grupo pequeño de hombres. Serían unos cuatro o cinco, no acertó a concretar, con otros tantos caballos. Se aproximó más, reptando por el terreno para no ser detectado y tener ventaja para disparar. Uno de los caballos se movía inquieto, como si intuyera su acercamiento. Parecía ser el mismo que antes relinchara, pues aún seguía haciéndolo de vez en cuando. Daniel se acercó hasta el punto de poder oír la conversación que aquellos hombres mantenían.

-Estamos a un paso del túnel - decía uno de ellos -. Hay que comprobar otra vez los detonadores, dentro de una hora colocaremos las cargas. Tenemos que volarlo antes del amanecer, cuando comience de nuevo la ofensiva.

-Se van a joder esos cabrones de fascistas - dijo otro -. Cuando lo hayamos volado habremos cortado sus suministros por el sur, e inutilizado por un tiempo ese maldito camino de acceso a La Granja desde Segovia. Entonces nuestras tropas tendrán abierto el corredor sur para envolver la ciudad.

-Vamos a darles donde más les duele - exclamó un tercero.
Tras percatarse de sus intenciones, Daniel dio media vuelta y regresó sigiloso al punto de sus compañeros, que lo esperaban con impaciencia.

-¿Qué pasa? Cuéntanos Daniel - le dijo Tomás.

-Nos hemos topado con un grupo de"camaradas republicanos". Quieren volar el túnel del ferrocarril que hay más adelante, antes de llegar a Segovia.

-¿Qué hacemos ahora, José? - Tomas siguió con las preguntas.

-Muy sencillo Tomás: los mataremos. No vamos a desviarnos más de la ruta. Así tendremos dos pájaros de un tiro. Les rodearemos y dispararemos sin avisar. No podemos jugárnosla. No escoltaremos prisioneros. ¿Qué te parece Manuel?

-Parece mentira José que aún dudes de mí. Haré lo que tú digas. Al fin y al cabo no voy a decidir yo la guerra.

-No, pero puedes ayudar mucho ahora. Todos sabemos de tu sangre fría. Así que irás en cabeza delante de nosotros. Deberás presentarte como un desertor y no llevarás armas, tan sólo esa gran navaja cabritera que tanto te gusta lucir. Procura que no te la encuentren. Necesitamos saber cuantos son, no podemos cometer ningún error.

-¡Vamos, no jodas! me estás diciendo que me suicide. ¿No te parece demasiado?

-No te preocupes, nos tendrás cubriendo tus espaldas. Además, así no sentirás ninguna tentación, y de alguna manera representarás tu deseo. ¿No era pasarte al enemigo lo que querías?

-No me fío de él José - dijo Daniel, que se sentía eufórico ante la perspectiva de entrar en acción directa por primera vez -. Preferiría ser yo quien fuera en cabeza.

- ¿Y quien cubrirá tus espaldas, él? Me parece absurdo. Además a Manuel le sobra verborrea y cara dura. Es el trabajo perfecto para que nos demuestre su fidelidad; y creo que es el mejor para realizarlo.

-¡Hombre! La primera vez que te oigo algo en favor mío, aunque hubiera preferido que ese alago se lo hubiera llevado otro.

-Se hará todo como he dicho. Tomás y Joaquín buscarán su flanco derecho, y Daniel y yo iremos detrás de Manuel por el centro. Manuel, tu decidirás el momento oportuno. Utilizarás el cuerpo de quien cortes el cuello para cubrirte mientras disparamos. Las mulas quedan aquí hasta que hayamos acabado con esto. Intentaremos coger sus caballos. ¿Está claro todo?

-¿Cómo sabremos a quien debemos disparar cada uno? - Le interrumpió Joaquín.

-Nos pondremos de acuerdo cada grupo para elegir la presa según la posición más favorable. De todos modos, dispararemos contra quien se encuentra de pie sin importar si lo hacemos por la espalda. Eso nos dará más ventaja.

Manuel dejó el fusil en una de las mulas con el seguro puesto, mientras los demás cargaban sus armas disponiéndolas para disparar. Lentamente, y guiados por las indicaciones de Daniel, fueron acercándose al grupo de milicianos que descansaban sentados al calor de unas ascuas sobre las que cocía un cazo con café, que lanzaba su aroma sobre ellos. Manuel se adelantó unos metros, y cuando pudo verlos con claridad, con voz sinuosa les avisó:

- ¡He, camaradas; vengo desarmado y soy de los vuestros!

Los hombres, que se vieron sorprendidos en ese momento, se levantaron bruscamente empuñando sus armas, volviéndose hacia donde provenía la voz.

-Quien anda ahí - voceó uno -. Manuel salió de las sombras con las manos levantadas por encima de su cabeza.

-He desertado del ejército nacional. Llevo toda la noche deambulando por esta maldita selva y he oído a uno de vuestros caballos. ¡No disparéis, por Dios! Sólo quiero unirme a vosotros.

-No me fío - dijo uno de los hombres a otro; eran cinco en total -. Pregúntale de donde viene.

-Me he fugado del destacamento del cerro Matabueyes, hasta donde conduje un cargamento de mulas con armas. Estoy hasta los cojones de ese atajo de fascistas asesinos. Mataron a mi padre y no me quedó otra que alistarme a filas. Me incorporé en Cáceres. Soy gitano, y esos racistas no me dieron más oportunidad.

-Acércate, que podamos verte la cara - le sugirió uno -.

Manuel se adelantó despacio, con cierta desconfianza y temor, pero seguro de que sus compañeros seguían sus pasos. Y así era. José y los suyos reptaban por el suelo a poca distancia, atentos a cualquier movimiento extraño. Uno de los milicianos se acercó a Manuel y agarrándolo por un brazo lo condujo cerca de la mortecina hoguera. Después lo cacheó, sin percatarse de que en la parte interna posterior de uno de sus muslos, junto a la rodilla, se encontraba una navaja atada con un cordel.

-No viene armado.

-Arrímate al calor y toma un poco de café - dijo otro que parecía el jefe del grupo -; quiero que nos cuentes como están las cosas allá arriba.

Manuel echó mano al cazo con café y se sirvió un poco en un vaso vacío de porcelana que había junto a las cenizas. Estaba caliente, por lo que lo apretó entre sus manos frías y sudorosas por la tensión.

-Y bien, que puedes contarnos.

-No mucho, pues no he llegado a entrar en combate, aunque tengo oído que ambos bandos han sufrido elevadas bajas y que apenas se han movido las posiciones. El fuego está concentrado en Cabeza Grande y en La Granja, donde los republicanos han conseguido llegar a los jardines del palacio y han cortado las carreteras que van a Segovia y a Torrecaballeros. He oído que Varela ha regresado a Segovia en busca de refuerzos, que habrán llegado esta noche para ayudar en la defensa. Un par de regimientos de legionarios y regulares.

-¿Y como están las cosas en la retaguardia, en Matabueyes?

-Apenas una compañía lo defiende. Las fuerzas mayores están concentradas en Valsaín, en pleno foco de combate. Pero creo que mañana los republicanos les ganarán la mano.

-¿Ese cabrón de Franco no piensa moverse del norte? Es más listo que los conejos de monte. Pero cuando terminemos nuestra misión veremos si sigue impasible. Le vamos a cortar los suministros -. Dijo el que parecía el jefe.

Manuel sorbió un poco de café y se puso en cuclillas junto a la lumbre. Disimuladamente metió la mano en el bolsillo exterior de su pantalón de campaña, agujereado a propósito para acceder a su navaja, y tiró del cordel hasta tenerla en la mano. Después se levantó y dando media vuelta encaró al republicano que parecía el jefe del grupo, quien le había preguntado.

-Quisiera decirte algo a ti sólo, sin que nos escuchen tus hombres. No quiero ponerles nerviosos. Es importante para vuestra seguridad, y la mía.

-Bien, acércate más y dímelo. - Manuel dio un par de pasos, y cuando lo tuvo a un palmo hizo ademán de acercarse a su oído para hablarle. El otro inclinó la cabeza para escucharlo, y en ese momento el gitano abrió la navaja de muelles y le seccionó la garganta al grito de:

-¡ Ahora !

José y los suyos comenzaron a disparar contra todo lo que se movía creando un alboroto que puso nerviosos a los caballos, que levantándose de manos intentaban librar sus riendas de las ataduras a los árboles. Manuel se había agarrado por detrás del cuello ensangrentado de su víctima en un movimiento felino, tirando de su cuerpo hacia atrás hasta conseguir derribarlo y quedar tapado por él. No les dieron oportunidad de disparar, en breves momentos habían acabado con la vida de cinco hombres.




















































































































lunes, 3 de agosto de 2009

El adiestrador de mandriles. ( Un hombre que amaba los animales. )












































La carretera de Zamarramala que baja hacia Segovia, igual que la de Arévalo, que serpenteando sube a la ciudad, eran un devenir constante de camiones, animales cargados y tropas marchando hacia ella, que producía un ruido que se escuchaba a varios kilómetros de distancia. A la altura de la iglesia templaria de La Vera Cruz, con el imponente Alcázar al fondo, la soberbia catedral que se erige como un monolito impresionante y la iglesia de San Esteban, con su preciosa torre románico bizantina elevándose por encima de los tejados, producían a la vista un esplendido fresco al atardecer que quedó grabado para siempre en la memoria de José. 

Cruzando el cielo de la ciudad de norte a sur y de sur a norte, el intenso tráfico de aviones ensordecía aún más el ambiente, que se hacía agobiante para los hombres, cansados después de varios días de marcha y que esperaban un descanso merecido. Aún deberían cruzar la ciudad dejando a un lado el titánico acueducto romano para dirigirse a Palazuelos de Eresma, donde se encontraba su destino de acampada.


Las noticias sobre la inminente ofensiva republicana se extendieron como la pólvora entre los soldados. En la mayoría de los rostros se apreciaba el temor y el pánico a entrar en combate, y en otros, el ardor guerrero y aventurero que propiciaba su carácter impaciente.
José no mostraba el más mínimo recelo, pero en su corazón y en su mente no dejaba de habitar el recuerdo de Micaela, su novia, de quien no pudo despedirse.


Cuando llegaron al campamento era ya de noche aquel veintinueve de Mayo. Descargaron las mulas y las metieron en un cercado habilitado para ellas a orillas del río Eresma. Les dieron de comer un poco de grano y heno seco y después subieron a la tienda de cocina, donde se repartía la ración de rancho de la cena. Estaban hambrientos y muy cansados, tendrían aún que montar la tienda de campaña antes de acostarse para dormir, algo que les fastidiaba, pues parecía como si la jornada se resistiese a concluir haciendo que el cansancio acumulado fuera insoportable. A lo lejos, en lo alto de la sierra, como un murmullo lejano se oía el movimiento incesante de las tropas con su maquinaria bélica.


-José, - se dirigió a él Daniel - ¿ Cuando crees que nos mandarán ahí arriba?


-No lo se - contestó -, pero no creo que se demore mucho. El movimiento que traemos y lo que parece sucede ahí arriba, me hace pensar que no estaremos mucho tiempo de descanso. De todas formas, tal vez ni los mandos lo sepan. Estamos aquí para defender Segovia y seguramente no seremos nosotros los que empecemos el fregado.


-Ya podían irse por donde han venido. - Dijo Manuel - 
¡Maldita la hora que se me ocurrió alistarme! Deberían ser ellos, los mandos, quienes decidieran la guerra en vez de obligarnos a nosotros a matarnos sin sentido. Al fin y al cabo son los que cobran y viven de ello. Yo no tengo nada contra esos hombres de ahí arriba, nada me han hecho. 
¿Por qué me obligan a enfrentarme con quien no conozco si nada me deben, si en nada me han ofendido? ¿Debemos morir nosotros para que ellos vivan de puta madre? ¡Me cago en su estampa y en todos sus putos muertos!


-Las cosas se han puesto demasiado feas, Manuel. No luchamos contra ningún invasor, luchamos contra nosotros mismos. A mí si me han hecho cosas. A mí y a mi familia, y nosotros no nos hemos metido nunca con nadie. Es justo que ahora defendamos lo que aún quieren quitarnos: lo que somos, y a lo que no estamos dispuestos a renunciar -. Dijo Tomas.


-¿Y yo qué? - contestó Jacinto - ¿Tengo yo la culpa de ser quien soy, de ser como soy? No me avergüenzo de nada. Soy maricón, ¿y qué? Tengo dos cojones igual que cualquier otro, es posible que mejor que muchos de esos "señores" a los que estoy cansado de ver frecuentar sitios que después censuran para limpiar su reputación, y a quienes les da igual una almeja que un mejillón. ¡Malditos bastardos! Por su culpa me veo aquí. Si de algo me arrepiento es de haber nacido en esa mierda de ciudad donde he nacido, llena de pueblerinos incultos, gobernados por caciques sádicos y pervertidos hasta la médula. ¡Menuda casta de degenerados!


- Pues yo creo - dijo Daniel - que la incultura nos hace más manejables, y que nuestros dirigentes están aprovechándose de ello para conseguir sus fines particulares, sin el más mínimo respeto por las individualidades. En eso estoy contigo, Jacinto. Pero eso no les da derecho a destruir nuestras tradiciones, nuestra convivencia. Mi familia ha vivido siempre de la misma manera, sin meterse con nadie, sin ofender. ¿Por qué debemos ser todos iguales, si realmente no lo somos? ¿Por que pagar entonces individualmente la culpa de otros, en pos de la colectividad? Yo tenía una profesión, algo que sabía hacer bien y con lo que estaba satisfecho, ¿quienes son ellos para decirme a mí lo que debo, o no, hacer? Envenenaron mis mulas porque no pudieron tenerme de su lado, y me dejaron sin sustento; a mi y a toda mi familia. ¿A santo de qué? No se cuando empezará esto y si sobreviviré a ello, pero estoy dispuesto a luchar hasta el final contra todos aquellos que representan esos valores por los cuales yo me quedé sin los míos.





José los escuchaba recostado en su petate a la puerta de la tienda de campaña, al calor de la pequeña fogata donde se calentaba un pote menudo con café y un poco de achicoria mezclados.


- ¿Y tú que dices José? - le increpó Manuel -. Parece que contigo no va la cosa.

José meditó por un momento lo que había de decir y después respondió:


-Todos estamos aquí por lo mismo y de nada servirán nuestros pensamientos, nuestras motivaciones. Ahora habremos de preocuparnos por sobrevivir, nada más. No podemos hacer nada para detener esta locura a la que nos vemos arrastrados y debemos tener muy claro y no olvidar en que parte estamos. Yo tampoco he querido venir aquí, pero nunca somos dueños de nuestro destino. La vida nos ha puesto en este lugar, en esta hora maldita, y debemos afrontarlo como hombres; hombres que no deben dudar, ya que en frente nos encontraremos a otros que no dudarán, pues también desean sobrevivir por encima de todo, de cualquier idea. Estamos en el campo de batalla y no existe marcha atrás; o ellos, o nosotros.


-La verdad es que te explicas de maravilla, José. Pero no me convences - dijo Manuel -. Sigo pensando que deberían ir ellos. Nosotros tiramos con pólvora ajena, como aquel canalla de mi pueblo a quien quité la escopeta de las manos la pasada víspera del " Pilar ", y que mandado por su "amo" quería matar a un compañero que se había afiliado al sindicato y que le había exigido al amo sus derechos. Éste lo echó del trabajo sin pagarle, y el jornalero, un domingo a la hora de misa lo esperó fuera para "aostiarlo", lo cual hizo delante de todo el pueblo. Como venganza el señorito puso de capataz al más gandul y lameculos de sus criados, y metiendo unos duros en su bolso le dio una de sus escopetas de caza para que fuera a matarlo. Yo me lo encontré camino de las viñas y el muy iluso me contó lo que había pasado y cuales eran sus intenciones, por lo que, en un arrebato de cólera, le quité la escopeta de las manos y lo sopapeé. -Estúpido - le dije -, ¿por qué vas contra quien es como tú y defiende sus derechos y los tuyos? Lloró como una "María" y arrepentido volvió a su casa. Esto mismo creo que nos está pasando a nosotros, y que también deberíamos revelarnos contra ello.


-Bueno - dijo José - dejemos el tema ya. Es prioritario descansar. Mañana puede que sea un día muy largo y no tendremos otra posibilidad. Debemos estar preparados, con las cabezas despejadas. No sabemos aún cuál será nuestra misión ni qué nos tocará. Aprovechemos bien la noche y mañana ya veremos que pasa.




Arriba, en lo alto de la sierra, como relámpagos de una tormenta destellaban las luces de los convoyes, mientras el rugir de los motores, amortiguado por la distancia, presagiaba el nuevo escenario.
El primer cuerpo de ejército republicano fue desplegado desde el puerto de Guadarrama hasta el puerto de Somosierra. El sector del Alto del León se reforzó con una brigada y el de La Granja con una selecta división, la 35 del coronel Walter (General polaco que lucharía posteriormente contra los nazis en la Segunda Guerra Mundial), que estaba compuesta por dos brigadas internacionales (la XXXI y la XIV) controlando las alturas que dominan Valsaín y La Granja.


A las 3 horas de la madrugada cesó el tráfico arriba en la sierra, y con ello se impuso el silencio sobre la planicie inundada de estrellas. Las tropas nacionales fueron alertadas entonces a toques de cornetín, dispuestas en formación de combate a la espera del ataque inminente. 
En el cerro de Cabeza Grande, con sus 1428 metros de pendientes pronunciadas, pobladas de encinas y pinos, entre enormes rocas que hay que sortear para acceder hasta su cima, se encontraban destacados poco más de trescientos hombres del ejército nacional, que deberían contener el embate republicano en su descenso hacia La Granja y Valsaín. Preparados en sus trincheras, nidos de ametralladora y morteros, esperaban con expectación el momento en que habrían de entrar en combate. Y ese momento llegó el mismo día treinta de Mayo a las cinco horas y cuarenta minutos de la mañana, precedido por un impresionante fuego artillero que pronto cedería el paso a la aviación para que, adelantándose sobre las bases "franquistas", apoyara el avance de la infantería.





Pero el ataque inicial tuvo un desigual resultado, pues la XIV brigada del ejercito republicano que descendía por el centro apenas pudo salir de su posición, y tras dejar a su espalda las masas de pinos en su descenso, fue contenida por los nacionales desplegados desde Valsaín hasta el Cerro el Puerco. En el ala izquierda se hicieron fuertes los hombres destacados en Cabeza Grande, resistiendo las envestidas de la LXIX brigada. Mejor suerte corrió la XXXI brigada internacional del "general Walter" por el sector derecho, que logró descender hasta La Granja desbordando las fuerzas que la defendían y cortando las carreteras que conducen a Segovia y Torrecaballeros.


La situación en La Granja, a pesar de la ferrea defensa organizada por el general Varela, se complicó en tal medida por el acoso republicano, que el general regresó a Segovia para mandar al V Tabor de regulares de Melilla ( unidad cedida por el general Franco, más otra de leginarios ) que entrase en acción en los combates de La Granja de San Ildefonso.


La compañía a la que pertenecía José, como todo su regimiento, esperaban el momento en que tendrían que participar en la batalla que se desarrollaba frente a sus ojos, con la sierra de telón de fondo y la montaña de "La mujer muerta" como símbolo de presagio fatal .
Entonces el sargento primero de la compañía, con órdenes imperativas de su capitán, se dirigió a José:


-Cabo, prepare las mulas con su material, nos vamos a San Ildefonso. Inmediatamente. Debemos llegar antes de que caiga la tarde. Salimos dentro de media hora.


José alertó a los muchachos para que cargasen las mulas, y mientras lo hacían apreciaron un fuerte olor a sus espaldas transportado por la suave brisa que soplaba desde el oeste. Miraron atrás y vieron llegar, envueltos en una nube de polvo, al Tabor de regulares moros que se dirigía a combatir en La Granja.


-¡Maldita su estampa! - Dijo Manuel -. Huelen a rayos y demonios. Sólo con el olor matan.

-¿ Seguro que estos sabrán luchar ? - Contestó Daniel. 

-Vaya mierda que nos ha prestado el "Generalísimo".

-¿Y vamos a marchar tras ellos ? Menuda peste. Estoy por asegurar que con ellos llevan un regimiento de chinches. Esperemos que no se los peguen a las mulas -. Continuó Tomás.


Pasaron delante de ellos desfilando ordenadamente y al unísono, en doble fila. Sin hablar, sin prestar atención a otra cosa que no fuera la vista al frente y las órdenes de sus mandos.
Parecían hombres curtidos durante largo tiempo en el ejercicio de las armas y que habían sobrevivido a otras campañas, adquiriendo una experiencia que les aportaba un halo de superioridad. En sus rostros morenos, oscurecidos aún más por el sol estival, sus barbas largas, mal cuidadas, destacaban sus ojos fieros y expectantes, lo cual causó una profunda y extraña impresión en el grupo de José, que quedó paralizado el tiempo que desfilaron ante ellos.


-Cabo - le sorprendió el sargento -; cambio de órdenes.
Le entregó un mapa topográfico con una ruta marcada en rojo.


-Deberá dirigirse con las mulas en dirección Valsaín, al cerro de Matabueyes para entregar todo el material en el puesto de mando. Lo siento, es la posición más castigada por el combate. Necesitamos a toda costa mantenerla durante el mayor tiempo posible para evitar la maniobra de envolvimiento de La Granja. Allí también se combate a las puertas de la ciudad. Por ninguna razón se puede perder el abastecimiento. Allí arriba nuestros hombres dependen de lo que ustedes hagan. ¿Comprende bien lo que le digo, cabo?

-Perfectamente señor. Cumpliremos con nuestro deber.


-Preguntará por el teniente Santos. Él es el responsable de recoger el armamento. Adjunto al plano vienen todas las indicaciones, además de la contraseña, por si fuera necesaria. Empléense pronto en la tarea; es demasiado urgente para demorarla un minuto más.


La intensidad de los combates se descubría por encima de su vista a pocos kilómetros sobre las estribaciones de la sierra, mientras desaparecían en el bosque poblado de robles y encinas, de pinos y matorrales que ocultaban el escenario, más cercano a sus oídos cuanto más se adentraban; sintiendo más potentes el silbido de los obuses de la artillería y las deflagraciones de los morteros, los incesantes carraspeos de los nidos de ametralladoras y el interminable vocerío, que en cada diminuta pausa de la maquinaria, se oía como una marea en un día tormentoso.